miércoles, 24 de diciembre de 2014

DEL ESPACIO MATERIAL DE DESCARTES A LA TEORÍA GENERAL DE LA RELATIVIDAD

DEL ESPACIO MATERIAL DE DESCARTES A LA CURVATURA ESPACIO-TIEMPO DE LA TEORÍA GENERAL DE LA RELATIVIDAD
Valentín Vásquez
Oaxaca, México
valeitvo@yahoo.com.mx

Introducción

La física de la Relatividad General desarrollada por Einstein en 1915, es una teoría de la gravedad y del espacio. Este no puede separarse de su contra-parte: el tiempo, como lo prueba la Teoría de la Relatividad Especial, por ende, se trata de una nueva teoría física del espacio-tiempo y de la gravedad. Específicamente rechaza la concepción de la Ley de la Gravitación Universal, como una fuerza que actúa a distancia; en su lugar propone la curvatura del espacio-tiempo, como la causa de la desviación de la trayectoria rectilínea uniforme de los objetos materiales por una trayectoria curva. No obstante, en la vida cotidiana está tan arraigada la costumbre de percibir el movimiento, como resultado de la interacción por contacto de los objetos materiales, tal como lo establece la segunda ley de la Mecánica Clásica de Newton; por consiguiente, era la principal objeción contra la Ley de la Gravitación Universal descubierta por Newton y formulada matemáticamente. El mismo Newton no estaba conforme con su formulación, por no conocer la causa de la naturaleza de la misteriosa fuerza de atracción universal que actuaba en el vacío.

Uno de los principales opositores a la Ley de la Gravitación Universal, fue Leibniz, quién en su polémica con Newton, desarrolló la concepción del espacio como la coexistencia de los objetos materiales, con lo que rechazó terminantemente la acción a distancia de la fuerza de atracción universal.

La teoría General de la Relatividad establece que la trayectoria curva del espacio-tiempo es la causa de la trayectoria curva del movimiento de los objetos materiales. Sin embargo, la curvatura del espacio-tiempo es efecto, no causa de la desviación del movimiento rectilíneo uniforme, ya que la causa está en el movimiento de los objetos materiales que coexisten y al interactuar recíprocamente condicionan la curvatura del espacio-tiempo. En este sentido, el espacio no es el “recipiente” vacío en el que acontece el movimiento mecánico de los procesos materiales, como lo concebía Newton, se trata más bien de un espacio de naturaleza material continuo –infinito- y discontinuo –finito- en el que el movimiento es el resultado de la interacción directa –contacto- de los objetos materiales.

El movimiento del conocimiento de la física teórica, al igual que los procesos físico-materiales, se mueve cíclicamente: la física de Descartes, especialmente su teoría de los vórtices -remolinos-, que explica el movimiento de los planetas alrededor del Sol, es negada por la Mecánica Clásica de Newton, particularmente por la Ley de la Gravitación Universal; ésta es negada como fuerza que actúa a distancia por la Teoría General de la Relatividad y en su lugar establece la curvatura del espacio-tiempo como causa de la trayectoria curva del movimiento de los planetas alrededor del Sol, y en general de todos los objetos materiales, con lo que se retorna a los vórtices -torbellinos- de Descartes, pero a un nivel superior.


Fundamento teórico

El Diccionario soviético de filosofía (1965), explica que la extensión es una de las características fundamentales del espacio, cuyas dimensiones expresa. En el concepto de extensión, se refleja el momento de la estabilidad relativa y permanencia de un determinado tipo de conexión en las cosas y en los fenómenos. Dicha estabilidad es precisamente lo que hace posible comparar las dimensiones de los cuerpos. El materialismo metafísico, al separar de la materia en movimiento el espacio, lo concebía como extensión pura. Los atomistas de la Antigüedad -Leucipo y Demócrito- admitían la existencia del vacío como condición necesaria del movimiento de los átomos y asignaban al espacio únicamente la propiedad de extensión. En la filosofía de la Época Moderna, fue Descartes quien concibió con mayor claridad la idea del espacio como pura extensión. Leibniz criticó esta concepción cartesiana e indicó acertadamente que, partiendo de la extensión, sólo pueden inferirse conclusiones acerca de las propiedades geométricas del espacio; para poder aclarar la extensión se requiere un cuerpo, sin lo cual ésta queda reducida a una abstracción vacía. El materialismo dialéctico define el espacio como forma de existencia de la materia y con ello afirma que las propiedades espaciales de los cuerpos, y en particular su extensión, dependen de las propiedades de la materia en movimiento.

Konstantinov (1986), afirma que  todo objeto tiene extensión: es largo o corto, ancho o estrecho, alto o bajo. Cada cosa se encuentra entre las demás en un sitio o en otro. Los cuerpos poseen volumen, tal o cual forma externa. Cada forma de movimiento de la materia está vinculada necesariamente a la traslación de cuerpos. En todo ello se manifiesta el hecho de que los cuerpos y los objetos existen en el espacio, de que el espacio es condición cardinal del movimiento de la materia.

El espacio es una forma real objetiva de existencia de la materia en movimiento. El concepto de espacio expresa la coexistencia de las cosas y la distancia entre ellas, su extensión y el orden en que están situadas unas respecto a otras.

Los procesos materiales transcurren con cierta sucesión (unos antes o después que otros), se distinguen por su duración y tienen fases o etapas que se diferencian entre sí. Esto significa que los cuerpos existen en el tiempo.

El hecho de que las diferentes fases no coinciden en el tiempo y están separadas por un intervalo es condición cardinal de la existencia de esos procesos. El movimiento de la materia es imposible fuera del tiempo.

El tiempo es una forma real objetiva de existencia de la materia en movimiento. Caracteriza la sucesión del desenvolvimiento de los procesos materiales, la distancia entre las distintas fases de estos procesos, su duración y su desarrollo.

Ningún objeto material puede existir solamente en el espacio y no ser en el tiempo, o ser en el tiempo y no encontrase en el espacio. Siempre y en todas partes, cualquier cuerpo existe en el espacio y en el tiempo. Esto significa que el espacio y el tiempo están vinculados orgánicamente.

El espacio y el tiempo, como formas reales de existencia de la materia, se caracterizan por una serie de peculiaridades. Primero, son objetivos, existen fuera e independientemente de la conciencia. Segundo, son eternos, por cuanto la materia existe eternamente. Tercero, el espacio y el tiempo son limitados e infinitos.

Una peculiaridad importante del espacio consiste en que tiene tres dimensiones. Todo cuerpo material, por cuanto posee un volumen determinado, es necesariamente tridimensional.

A diferencia del espacio, el tiempo es unidimensional. Esto significa que cualquier momento del tiempo es determinado por un número, que expresa el período de tiempo transcurrido hasta ese momento desde otro tomado como comienzo del cálculo. Todos los acontecimientos siguen una sola dirección: de lo pasado a lo presente y de lo presente a lo futuro. Esta dirección de los procesos es objetiva, no dependen de la conciencia de los hombres que los perciben. En el espacio se pueden trasladar los cuerpos de la derecha a la izquierda y de la izquierda a la derecha, de arriba abajo y de abajo arriba. Pero es imposible volver en el tiempo procesos ligados por nexos causales, obligarles a ir de lo futuro a lo pasado. El tiempo es irreversible. En eso se diferencia sustancialmente del espacio.

La tesis de que el espacio y el tiempo son formas de existencia de la materia no solo define su carácter objetivo, real: significa también su nexo indisoluble con la materia en movimiento. De la misma manera que no hay materia fuera del espacio y del tiempo, no hay ni puede haber espacio y tiempo sin materia.

El materialismo dialéctico se distingue sustancialmente del materialismo metafísico por el postulado que proclama el nexo indisoluble del espacio y el tiempo con la materia. El materialismo metafísico, aun admitiendo la realidad objetiva del espacio y el tiempo, los considera, no obstante, como esencias autónomas, como recipientes vacíos independientes de la materia, destinados a guardar cuerpos y procesos materiales.

Un punto de vista semejante sustentaba Isaac Newton, fundador de la mecánica clásica. Para él, el espacio y el tiempo eran objetivos, pero existían independientemente de la materia en movimiento, eran inmutables por completo y no estaban vinculados entre sí. Los denominó absolutos. Las ideas de Newton acerca del espacio absoluto y del tiempo absoluto predominaron en la ciencia hasta comienzos del siglo XX, cuando apareció la física relativista, los naturalistas vieron claro, por fin, que era erróneo desvincular entre sí el espacio y el tiempo y separarlos de la materia en movimiento.

Resulta que la distancia entre los cuerpos no es igual en los distintos sistemas materiales en movimiento: al crecer la velocidad del movimiento, se reduce la distancia (longitud). De la misma manera, el intervalo de tiempo entre los sucesos, cualesquiera que sean, es diferente en los distintos sistemas materiales en movimiento: al aumentar la velocidad, dicho intervalo disminuye. Los mencionados cambios de las dimensiones espaciales (longitudes) y de los intervalos de tiempo en dependencia del movimiento material se producen en rigurosa correspondencia mutua. En ello se manifiesta el nexo interno entre el espacio y el tiempo.

El nexo orgánico del espacio y del tiempo con la materia y con el movimiento de ésta, descubierto por la teoría de la relatividad, ofrece una prueba científico-natural de la realidad objetiva del espacio y del tiempo, de su independencia respecto de la conciencia, del sujeto cognoscente.

Hernández, estudia la evolución del concepto del espacio y el tiempo, en una parte de su escrito rescata una cita de la Ciencia de la Lógica en la que Hegel explica la naturaleza del espacio y el tiempo en los siguientes términos: “La esencia del espacio y del tiempo es el movimiento, como unidad de la negatividad y la continuidad, pero ni la continuidad ni la discontinuidad deben ser puestas como la esencia”. Así pues, para Hegel la esencia del espacio y el tiempo está en el movimiento de la materia, aunque en su versión idealista, pero que una vez depurada de su misticismo teológico se convirtió en el fundamento de la concepción materialista dialéctica del espacio y el tiempo.

Kursanov (1960), explica que el materialismo dialéctico define el tiempo y el espacio como formas fundamentales de existencia de la materia en movimiento. Como formas de existencia de la materia en movimiento, el espacio y el tiempo son también realidades objetivas, como la materia misma.

En el siglo XX, la lucha filosófica a propósito de la esencia del tiempo y del espacio ha girado ante todo, en torno a la teoría de la relatividad, formulada por Einstein en 1905 (teoría especial) y en 1916 (teoría general). Es lógico que haya ocurrido así, pues esta teoría es una doctrina moderna acerca del espacio y del tiempo, de las leyes que rigen el movimiento de los cuerpos, efectuados a velocidades próximas a la de la luz. La teoría de la relatividad dio también un paso muy importante en la comprensión de las leyes del campo de gravitación y proporcionó una ecuación nueva de la gravitación, más profunda y exacta que la de Newton. Planteó de un modo nuevo varios problemas capitales de la física moderna, sobre todo en cuanto a la doctrina del espacio y el tiempo, lo que tiene gran importancia filosófica.

Al principio, casi todas las corrientes de la filosofía idealista adoptaron una actitud muy negativa frente a la teoría de la relatividad. Sirvió de motivo para semejante crítica idealista el hecho de que esta teoría rechazase el espacio absoluto y el tiempo absoluto de la mecánica de Newton, declarados por los kantianos formas eternas, apriorísticas -antes de la experiencia-, de la conciencia. Pero al aumentar el papel de la teoría de la relatividad en la ciencia física y extenderse y afianzarse su prestigio, los partidarios del idealismo han cambiado de actitud ante ella y la han interpretado en un espíritu idealista, orientándola contra el materialismo. Una de las interpretaciones idealistas consiste en afirmar que la teoría de la relatividad demuestra que para cada individuo existe su propio tiempo subjetivo en el espacio.

La teoría de la relatividad no tiene nada en común con semejante criterio subjetivista del espacio y el tiempo. En efecto, rechazó los citados conceptos de Newton de espacio absoluto y tiempo absoluto. Newton eleva el espacio y el tiempo a la categoría de absolutos, los separa de la materia y del movimiento y los convierte en principios independientes, absolutos. A diferencia de estos planteamientos, la teoría de la relatividad ha mostrado el estrecho nexo del espacio y del tiempo con el movimiento de los cuerpos materiales. La longitud y la continuidad no son absolutos ni independientes de los cuerpos en movimiento, sino que están determinados totalmente por las leyes del movimiento de éstos. Esta dependencia se expresa en la correspondiente forma matemática, y el observador no hace más que registrar los resultados de las mediciones de los intervalos de espacio y de los períodos de tiempo, que siempre tienen un significado objetivo, independiente de todo observador.

Del hecho de que el espacio y el tiempo son formas de existencia de la materia en movimiento dimana otra importante tesis del materialismo dialéctico: la que proclama la unión indisoluble del tiempo y el espacio, de una parte, y de la materia y el movimiento, de otra. En contra de las afirmaciones idealistas y teólogos, la filosofía materialista parte del hecho real de que la materia en movimiento se mueve siempre solamente en el espacio y en el tiempo reales.

Pero de la misma manera que no puede haber materia fuera del espacio y del tiempo, tampoco existe el espacio separado de la materia en movimiento ni el tiempo separado de los procesos materiales: estas dos formas de existencia de la materia sin materia no son nada, son vanas representaciones, abstracciones muertas, existentes sólo en nuestro cerebro.

No existe ningún tiempo fuera de los objetos y procesos reales del mundo real. De la misma manera, no existe el espacio vacío desvinculado de la materia. Así lo ha confirmado plenamente la ciencia moderna. El progreso de la física, el surgimiento de la teoría de la relatividad y, en particular, el desarrollo de la teoría cuántica de los campos, han llevado a la conclusión de que el llamado vacío no es tal “vacío” en el viejo sentido de la palabra. Se puede extraer del espacio los electrones, protones, positrones, fotones y demás partículas de la sustancia. Pero incluso después de haber extraído eso, quedará “algo” que posee determinadas propiedades físicas. Ese “algo” o vacío actúa sobre las partículas de sustancia y es, a la vez, objeto de su influencia. El vacío representa un estado completamente determinado de los campos físicos materiales, que tienen siempre propiedades concretas, reales. Esto significa que, en realidad –pese a las afirmaciones de los teólogos e idealistas-, no existe el espacio vacío desvinculado de los procesos materiales.


Física de Descartes

Dynnik (1961) afirma que la filosofía de Descartes encierra un importante elemento materialista, su teoría física, que parte de una concepción materialista de la naturaleza. La piedra angular de la física cartesiana es su doctrina de la materia y el movimiento. La física materialista del filósofo francés, junto con su doctrina del método, enderezada contra la Escolástica Medieval, es una de las conquistas más altas del pensamiento filosófico del siglo XVII. Las tesis fundamentales de la física de Descartes son las siguientes: el universo es material e infinito; la materia, aunque se compone de partículas (o corpúsculos), es divisible en principio hasta el infinito; no existe el espacio vacío; la extensión es el atributo de la sustancia material; las partículas de materia se hallan sujetas a un movimiento que representa un cambio de su posición en el espacio; no existe ninguna fuerza al margen de la materia, con excepción de Dios; por último, la materia y el movimiento son indestructibles. Todos los fenómenos se reducen a un desplazamiento de las partículas materiales, a su acción mecánica mutua al entrar en contacto en el movimiento en que chocan y al cambio de forma de las partículas. La medida del movimiento es una magnitud, determinada por el producto de la velocidad del movimiento de las partículas por su masa. La suma total de esta magnitud, llamada posteriormente cantidad de movimiento, permanece absolutamente invariable en todo el universo. Así, pues, el principio de la increabilidad e indestructibilidad del movimiento, concebido éste como movimiento mecánico universal, lo extendió Descartes a todo el universo y se convirtió en un fundamento filosófico de la tendencia materialista en el campo de las ciencias naturales. Según Descartes, la materia universal era, al principio, totalmente homogénea y se hallaba sujeta a un solo movimiento en torbellino y rotatorio. El movimiento rotatorio en torbellino de la materia desprendió de su centro a las partículas más densas y más grandes, de las cuales se formaron posteriormente los planetas. En el centro quedaron las partículas del elemento más ligero o “fuego”, del que se formaron el Sol y las estrellas. El movimiento de rotación de los planetas produjo nuevos torbellinos locales, que dieron origen a nuevos sistemas solares, distintos del nuestro.

El Diccionario soviético de Filosofía (1965), afirma que Descartes (1596-1650) en cosmogonía elaboró un modelo, nuevo para la ciencia, sobre el desarrollo natural del sistema solar; consideraba que la forma básica del movimiento de la materia cósmica –movimiento que condiciona la estructura del universo y el origen de los cuerpos celestes– es el movimiento en torbellino –vórtices- de sus partículas. Esta hipótesis contribuyó al futuro éxito de la dialéctica de la naturaleza, pese a que el propio Descartes aún comprendía el desarrollo en un sentido mecánico. En sus investigaciones matemáticas y físicas, basó su doctrina sobre la materia o sobre la substancia corpórea. Identificaba la materia con la extensión o con el espacio: sólo la extensión no depende de lo subjetivo y se halla condicionada por las propiedades necesarias de la substancia corpórea. No obstante, Descartes introduce el dualismo en la física materialista: la causa general del movimiento, según él, es Dios, que creó la materia a la par del movimiento y del reposo, de los que conserva en aquélla una misma cantidad.

Rocha (2004) escribe que Descartes, el filósofo, físico y matemático  francés, inicia con una intrepidez sin límites, al crear todo un sistema del mundo en el que la materia se identificaba con el espacio, y no había lugar para el vacío.

La causalidad física se reduce a un principio puramente mecánico: todo cambio es movimiento y toda alteración del movimiento se debe al contacto entre los cuerpos. Para Descartes la cuestión clave de la Física, que nunca se había planteado hasta entonces, estribaba en las leyes de los choques entre los cuerpos, que él mismo formuló.

Para Descartes una consideración importante de la noción de la materia es la exclusión del vacío. Descartes identifica el lugar o espacio con la extensión, de donde el universo cartesiano se convierte en un pleno o continúo  de materia que hace inadmisible la posibilidad más remota del vacío. Sobre este particular, descartes se expresa de la siguiente forma: “Repugna que se dé el vacío o aquello en que no hay en absoluto cosa alguna. Ahora bien, el vacío tomado en la acepción de los filósofos, esto es, aquello en que no hay absolutamente sustancia alguna, está claro que no puede darse porque la extensión del espacio, o del lugar interno, no difiere de la extensión del cuerpo. Así como del solo hecho de ser un cuerpo extenso en largo, ancho y profundidad concluimos rectamente que es una sustancia, pues repugna en todo que haya extensión de la nada; lo mismo ha de concluirse del espacio que se supone vacío: puesto que en él hay extensión, por fuerza debe haber sustancia”. Ante la objeción de que el pleno podría entorpecer los movimientos de las partículas o corpúsculos, pues, es natural pensar un espacio libre para su desplazamiento, Descartes objeta y resuelve este problema por la vía del movimiento circular. Dice en su tratado El Mundo: “todos los movimientos que se dan en el mundo son de algún modo circulares, es decir, que cuando un cuerpo deja su lugar, entre siempre en el de otro, y éste en el de otro, y así se sigue hasta el último que ocupa en el mismo instante el lugar desalojado por el primero; de suerte que no hay vacío entre ellos.”

La explicación del movimiento circular en la mecánica de Descartes, se expone en la siguiente figura.

Figura 1. Movimiento circular de los objetos materiales

Es evidente que para Descartes la ausencia de vacío es lo que genera el movimiento circular en forma de torbellinos  o vórtices.

El espacio pleno no es un impedimento al movimiento, por el contrario, es su condición de su posibilidad real porque el movimiento solo se realiza por el contacto o choque de partículas. Resulta difícil imaginar la velocidad de las pequeñas partículas – de esta materia sutil, como también la llama Descartes- para ocupar, de manera casi instantánea, los espacios desalojados excluyendo toda posibilidad de formar un vacío; pero, teóricamente es perfectamente concebible dada la contigüidad que mantienen las partículas entre sí, lo que juntas y, en consecuencia, se mueven conjuntamente como en un círculo.

Los efectos transformadores que experimentan los cuerpos, se deben al arreglo que adoptan sus partes en movimiento. La naturaleza está constituida de partes de materia de distintos tamaños que se mueven continuamente de acuerdo a las leyes generales del movimiento. Así se expresa Descartes: “…Dios ha establecido tan maravillosamente estas leyes, que aunque supongamos que él no cree nada más de lo que he dicho, e incluso que no ponga ningún orden ni proporción, sino que componga con esto un caos, el más confuso y embrollado que los poetas puedan describir; ellas (las leyes) son suficientes para hacer que las partes de este caos se desembrollen por sí mismas y se dispongan en tan buen orden que tendrán la forma de un mundo perfecto, y en el cual podremos ver no solamente luz sino también todas las otras cosas tanto generales como particulares que aparecen en este verdadero mundo”.

Así pues, aún organizando el mundo, desde el inicio de su creación, de forma caótica, la necesidad física de tales leyes se impone sobre el indeterminismo o la irracionalidad, imposibilitando, de esta manera, lugar alguno para fuerzas o acciones distintas a la necesidad natural.

Una vez dado el primer impulso, el movimiento inicial en el universo por la acción divina, éste ya puede prescindir de su condicionamiento y continuar autónomamente su funcionamiento de acuerdo a las leyes del movimiento.

En lo referente a la ley de la inercia del movimiento de los objetos materiales, Descartes indica: “La primera es que toda parte de la materia, individualmente, continúa siempre existiendo en un mismo estado, mientras el encuentro con las otras no la obligue a cambiarlo. Es decir, que si tiene cierto tamaño no se tornará jamás más pequeña a menos que las otras la dividan; si es redonda o cuadrada no cambiará jamás esta figura sin que las otras la obliguen; si se ha comenzado en alguna ocasión a moverse, continuará haciéndolo con la misma fuerza hasta que las otras la detengan o la retarse”.

La tercera ley de la mecánica cartesiana está expuesta en El Mundo en los siguientes términos: “Supongo como segunda regla que cuando un cuerpo empuja a otro, no podría darle ningún movimiento si no perdiera al mismo tiempo proporcionalmente el suyo, ni quitárselo sin que el suyo aumente otro tanto…es imposible que sus movimientos cesen jamás, e incluso que cambien de algo más que de sujeto. Es decir, que la virtud o potencia de moverse a sí mismo, que se encuentra en un cuerpo, puede muy bien pasar, todo o en parte, a otro, y así no estar ya en el primero, pero que no puede dejar de estar del todo en el mundo”.

Para la física cartesiana era inconcebible dar crédito a la acción de fuerzas extrañas operando en el vacío. De no existir el pleno de partículas el movimiento no puede transmitirse. Todo movimiento es, indefectiblemente, el resultado de choque de partículas, de lo que se colige que una acción como la tracción, dándose en el vacío y afectando instantáneamente a todos los cuerpos del universo, venía a ser una hipótesis arbitraria, un regreso a las propiedades anímicas e intrínsecas de la epistemología tradicional. Descartes rechaza terminantemente la presencia de fuerzas ocultas y misteriosas ajenas al mecanicismo para explicar la realidad, proponiendo en su lugar una audaz teoría sustentada en los principios de la extensión y el movimiento de las partículas o corpúsculos, que daría cuenta del fenómeno gravitatorio y del funcionamiento unificado del cosmos. Es admirable la compleja construcción teórica que éste elabora al grado de constituirse en el siglo XVII, una teoría perfectamente plausible y aceptable para las exigencias de la ciencia de ese siglo. Para el movimiento de las partes constitutivas del mundo visible –los cielos, planetas, el Sol y las estrellas fijas-, Descartes afirma que  la materia de los cielos, gira continuamente a manera de vórtice, en cuyo centro se sitúa el Sol; las partículas más cercanas a éste, se mueven circularmente a mayor velocidad que las que se alejan. Análogamente a los giros –completos o incompletos, dependiendo de su cercanía al vórtice-, que realizan los residuos de paja arrojadas al vórtice que forman las aguas de un río. Si bien el movimiento de las partes, consideradas individualmente, tiende a moverse rectamente, en su conjunto no lo pueden realizar, y esto es necesariamente así, dada la proximidad de los corpúsculos que, al tocarse entre sí, ven alterada su tendencia original haciendo el movimiento curvo.

La tercera ley del movimiento tiene que ver con la circularidad del mismo. Dada la transmisión y conservación del movimiento, los corpúsculos interaccionan entre sí constantemente, ocasionado la circularidad del movimiento. Descartes lo expone así: “Agregaría en la tercera [ley] que mientras un cuerpo se mueve aunque su movimiento se dé a menudo en línea curva, y que no pueda jamás hacer ninguno que no sea en alguna forma circular, de cualquier modo cada una de sus partes individualmente, tiende siempre a continuar en línea recta. Y así su acción, es decir, la inclinación que tienen a moverse, es diferente de su movimiento”.

Una de las objeciones fuertes que planteaba el movimiento de la Tierra, era dar cuenta de la permanencia de los objetos contenidos sobre su superficie. La materia de los cielos al mover sus partículas agitadamente, va a entorpecer la tendencia rectilínea de los objetos, esto es, de salirse disparados de su órbita (fuerza centrífuga), obligándolos a curvarse, y, en consecuencia, a fijarse sobre su superficie (fuerza centrípeta). Mediante este equilibrio la Tierra, como los demás astros, mantienen su órbita elíptica alrededor del Sol, de la misma forma que la Luna, al ser llevada por su cielo más pequeño realiza su movimiento alrededor de la Tierra.

Aísa (1995) rescata la hipótesis de los vórtices de Descartes para explicar el movimiento de los planetas y el Sol y escribe: cada planeta está en el centro de un torbellino, sumergido en un plenum que llena todo el espacio. La rotación del torbellino es más rápida en el centro, lo que da al planeta el movimiento de rotación. Las partes periféricas del torbellino mueven a los satélites del planeta. Los torbellinos particulares de los planetas, están dentro de otro más grande que es el del Sol, que los arrastra en una trayectoria circular. La teoría explicaba por qué los planetas y satélites giran todos en el mismo sentido alrededor del Sol, por qué el movimiento es más rápido hacia el centro del torbellino que en la periferia, por qué los cuerpos son arrastrados al centro del torbellino, los más ligeros son obligados por los más pesados a causa de su deficiencia de fuerza centrípeta, con lo que se tiene una explicación de la gravedad.

Galindo (2012) al analizar los vórtices cartesianos para explicar el movimiento de los planetas, menciona que cuando Newton publicó su obra: Principios matemáticos de la filosofía natural (1687), la física de Descartes era muy popular. Su obra en el campo de la física había sido publicada después de su muerte en 1664, la cual no fue publicada en vida del autor, por temor a las represalias de la Iglesia –la Santa Inquisición-, tal como había sucedido con Galileo en 1633. Concretamente, Descartes atribuye el movimiento de los planetas debido a vórtices formados por partículas “celestiales” que arrastran a los mundos: “Podríamos suponer que el Sol está formado por un material muy líquido, cuyas partículas están tan en extremo agitadas que ellas transportan a las partículas celestiales vecinas que las rodean. Aún más…podríamos suponer que el material de los cielos, al igual que el que forman al Sol y las estrellas fijas, es líquido”.

Descartes prosigue su razonamiento y afirma que los cielos están llenos de partículas celestiales y en consecuencia no existe el vacío: “Algunos cometen el error de imaginarlos [a los cielos] totalmente vacíos…Están en un error…por la razón de que no existe el vacío en la naturaleza”.

Una vez que afirma que la Tierra no se mueve, para no entrar en confrontación con la Iglesia, ya que en el fondo era partidario de la teoría heliocéntrica de Copérnico, describe el mecanismo que imparte movimiento al sistema solar: “Habiendo…retirado todas nuestras preocupaciones sobre los movimiento de la Tierra, supongamos que el material celestial, en el cual están situados los planetas, se revuelve incesantemente en un vórtice con el Sol en su centro, de esta manera las partículas más cercanas [al Sol] se mueven más rápidamente que aquellas (hasta cierto límite) más alejadas de él, y que todos los planetas (entre los que incluimos a la Tierra) permanecen constantemente suspendidos entre los pedazos de este material celestial. Por esta sola hipótesis, sin la ayuda de algún otro artefacto, máquina o mecanismo, entenderemos fácilmente todo lo observado en el cielo”.

Descartes amplía su explicación recurriendo a un símil fluvial, que además le sirve para justificar el que los planetas más cercanos al Sol presenten períodos de traslación más cortos que aquellos más alejados: “Imaginemos el meandro de un río, donde el agua da vuelta, girando en círculos, algunos grandes otros menores. Notamos que los objetos flotando en esta corriente son conducidos por ella y giran dando vueltas y vueltas, aun los más pesados, algunos de los cuales rotan sobre sus propios centros. Aquellos que se encuentran más cercanos al centro –del remolino que los contiene- completan sus revoluciones más pronto que aquellos más alejados del centro. Finalmente, aun cuando estos remolinos siempre giran en círculos, estos difícilmente describen un círculo perfecto…de manera que no todas las partículas equidistan de su centro”.

En el párrafo anterior Descartes está reafirmando la teoría heliocéntrica de Copérnico, al afirmar que las partículas de los remolinos no recorren en su trayectoria círculos perfectos, es decir, se mueven en órbitas elípticas, tal como lo establece la primera ley de Kepler para el movimiento  de los planetas.

Descartes generaliza el movimiento de los vórtices o remolinos fluviales al movimiento de los planetas: “De manera similar imaginemos las mismas cosas ocurriendo en los planetas. Y esto es todo lo que necesitamos para explicar todos sus fenómenos”.

Descartes identifica la materia con la extensión espacial, pues esta es la única propiedad clara y distinta sin la cual no se pueden concebir los cuerpos. Piensa un poco en esta asociación porque es el alma máter de su sistema. Al establecer un dualismo tajante entre res extensa (los cuerpos) y res cogitans (los espíritus de Dios y el alma), reducía la naturaleza a un mecanismo inerte animado por la gracia de Dios.

La primera conclusión evidente es que la materia, o extensión, reduce los cuerpos a la pura geometría del espacio, de manera que todo cuanto existe es el movimiento relativo de las partes de esa extensión espacial. Todas las interacciones son mecánicas por choque y empuje de trozos de extensión.

La identificación de materia y extensión aseguraba el carácter geométrico de la materia. Bien. Pero llevaba necesariamente a un mundo pleno y a la eliminación del espacio vacío como contradictorio.

Como no existe el vacío, todo es materia-extensión en movimiento, y ese movimiento provoca el desgaste y la fragmentación de los cuerpos materiales en tres tipos de elementos.

Descartes llama "res extensa" a los cuerpos. La característica esencial o atributo de los cuerpos es la extensión, es decir, el estar en el espacio, y sus modificaciones variables o modos la cantidad, la forma y el movimiento. Como consecuencia de ello, los cuerpos se someten a la cantidad y pueden ser explicados en términos mecanicistas.

Leibniz modificó el modelo de Descartes en varios aspectos fundamentales, para explicar la impenetrabilidad de los cuerpos. Si los cuerpos son objetos meramente geométricos, ¿por qué no se atraviesan, como podemos imaginar que sucede con los objetos geométricos? La pregunta no tenía solución dentro del sistema de Descartes. Para contestarla era necesario considerar junto con la extensión, la fuerza como otra propiedad esencial de la materia. La fuerza debería ser repulsiva para resistir la penetración. Leibniz arguye además que hay que asignar fuerzas a todos los puntos de la materia, y no solo a partículas de tamaño finito.

Esta nueva concepción del espacio como un continuo de puntos materiales con fuerza asociada, encontró fuerte oposición por parte de los partidarios de la Física de Newton basada como ya se ha indicado en corpúsculos, vacío y acción a distancia.


Física clásica

Las leyes del movimiento de los cuerpos físicos fueron descubiertas por Galileo y Descartes y elevadas a un nivel superior por Newton.

Rocha (2004), explica que la Física de Newton tomaba como punto de partida un universo constituido por corpúsculos extensos y por espacio vacío. Cada uno de ellos con la propiedad de actuar a distancia, es decir, de ejercer fuerzas directa e instantáneamente sobre los demás. Con este esquema básico, Newton desarrolló sus conocidas teorías sobre el movimiento y sobre la gravitación universal publicadas en 1687. La Mecánica de Newton describe cómo las fuerzas que actúan por contacto directo producen movimiento:

La ley de Inercia (primera ley) por la cual un cuerpo se mantiene en su estado de movimiento si no actúan fuerzas externas sobre el mismo.

La proporcionalidad entre la intensidad de la fuerza y la aceleración (segunda ley).

El principio de Acción y Reacción (tercera ley), por el que la fuerza que ejerce un cuerpo sobre un segundo cuerpo es igual y de sentido contrario al que ejerce el segundo sobre el primero.

La teoría de la gravitación universal estudia la naturaleza de las fuerzas asociadas con los corpúsculos, son fuerzas atractivas y centrales, es decir, actúan según la recta que determinan sus respectivos centros. Newton estableció la variación cuantitativa de esta fuerza: resultaba ser directamente proporcional al producto de sus masas, e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que separa los centros de los cuerpos. Aplicando esta ley, pudo calcular el movimiento de los planetas con gran aproximación y también, deducir correctamente las leyes descubiertas por Kepler y Galileo. La teoría de Newton era sorprendentemente superior, en la predicción de nuevos resultados, a cualquier teoría precedente en la historia del pensamiento humano. La teoría newtoniana de la acción a distancia no involucra al medio y supone la existencia de corpúsculos, espacio vacío, fuerzas centrales actuando a distancia, e interacción instantánea.

Las leyes de la Mecánica Clásica y de la Gravitación Universal se exponen en la figura 2.

Figura 2. Leyes de la Mecánica Clásica de Newton

La Ley de la Gravitación Universal de Newton implica la negación de los vórtices de Descartes en la explicación de los movimientos planetarios alrededor del Sol, ya que considera que la fuerza de atracción actúa en el vacío e instantáneamente. Es decir, niega el espacio pleno –lleno- de Descartes y reafirma el espacio vacío.

Galindo (2012) comenta que Newton conocía perfectamente el modelo de los vórtices de Descartes, pues, en su biblioteca personal de más de 2000 obras, una era la del físico y filósofo francés. Ante esta situación Newton tuvo que adicionar en su Principios matemáticos de la filosofía natural (1687), una sección especial titulada: “Sobre el movimiento circular de los fluidos”, en la que escribió: “He emprendido, en esta proposición, investigar las propiedades de los vórtices, de manera que pudiese encontrar si los fenómenos celestes pudieran ser explicados por ellos…” y en el escolio a la proposición 53 expresa sus conclusiones: “De aquí que es manifiesto que los planetas no giran en torno a vórtices corpóreos; porque de acuerdo a la hipótesis copernicana, los planetas circulan alrededor del Sol en elipses, teniendo como foco común al Sol; y por su radio trazado hacia el Sol describen áreas proporcionales a los tiempos. Empero las partes de un vórtice nunca pueden girar con tal movimiento…La forma en que se realizan estos movimientos es en espacios libres sin vórtices”. Tan es así que en su obra Principios matemáticos de la filosofía natural (De Swaan, 1996), Newton al describir el principio del movimiento circular en los espacios libres, cita a Kepler y Descartes, como partidarios de la teoría de los vórtices o torbellinos para explicar el movimiento circular: "Filósofos recientes pretende explicar todo esto por la acción de ciertos vórtices (o torbellinos)), como lo hacen Kepler y Descartes"Una vez que Newton ha explicado el movimiento de los planetas alrededor del Sol y de los satélites, así como de los mares, por la acción de la fuerza de gravedad, pero no ha explicado la causa de la misma. A este respecto dice:  "Se propaga en todas direcciones a distancias inmensas, disminuyendo como el inverso del cuadrado de las distancias. Pero hasta aquí no he sido capaz de descubrir la causa de estas propiedades, y yo no compongo hipótesis; pues lo que no es deducido de los fenómenos debe ser llamado una hipótesis, y éstas, sean metafísicas o físicas, no tienen cabida en la filosofía experimental. Es inconcebible que la materia bruta inanimada obre sin la mediación de algo distinto, que no sea material e influya en otra materia. La gravedad debe ser causada por un agente que obra constantemente de acuerdo con ciertas leyes, pero dejo a la consideración de mis lectores el hecho de si ese agente es material o inmaterial. No pretendo conocer la gravedad. Para nosotros es suficiente que la gravedad exista realmente, actuando de acuerdo con leyes que hemos explicado, y sirviendo abundantemente para dar cuenta de todos los movimientos de los cuerpos celestes y de nuestro mar".


Física de la Relatividad General

Hawking (1988) afirma que Einstein, nuevamente revolucionó la física al proponer que la gravedad no es una fuerza como las otras, sino que es una consecuencia de que el espacio-tiempo está curvado, debido a la distribución de la masa y la energía en él presente. Los cuerpos como la Tierra no están forzados a moverse en órbitas curvas por una fuerza llamada gravedad; en vez de esto, ellos siguen la trayectoria más parecida a una línea recta en un espacio curvo, es decir, lo que se conoce como geodésica.

Hacyan (1995) comenta que “un principio básico, al que nos hemos acostumbrado tanto que nos parece evidente, es que la masa inercial y la masa gravitacional de cualquier cuerpo son iguales. Este es el principio de equivalencia que Galileo formuló por primera vez y que Einstein utilizó como fundamento de su teoría de la relatividad general. La implicación más inmediata del principio de equivalencia es que todos los cuerpos caen de la misma forma, independientemente de la masa que posean. El mismo Isaac Newton confirmó experimentalmente este principio antes de publicar las leyes de la mecánica que había descubierto. El experimento de Newton —más preciso que el realizado por Galileo en Pisa— consistió en medir el periodo de oscilación de varios péndulos de distintos pesos y materiales: después de un largo tiempo, los péndulos, cuyo movimiento se había sincronizado inercialmente, seguían oscilando con el mismo periodo. Y tres siglos después de los experimentos de Galileo y Newton, el principio de equivalencia se confirmó con técnicas modernas, con un margen de error de apenas una parte en un millón de millones. La equivalencia entre masa (o carga) gravitacional y masa inercial es un principio básico de la naturaleza, cuyo origen aún estamos lejos de comprender”.

El principio de equivalencia entre la gravedad y la aceleración, se esquematiza en la siguiente figura.

Figura 3. Principio de equivalencia de la gravedad y la aceleración

El mismo autor, explica “como una visión profética, Riemann especuló que podría existir una relación entre las propiedades geométricas del espacio y los procesos físicos que ocurren en él. Sin embargo, sus trabajos fueron considerados durante mucho tiempo como simples curiosidades matemáticas, ajenas al mundo real. No fue sino hasta la segunda década del siglo XX cuando Einstein llegó a la conclusión de que el espacio-tiempo en el que vivimos es un espacio riemanniano de cuatro dimensiones”.

El autor concluye que “la esencia de la teoría de Einstein es que la masa de un cuerpo deforma el espacio-tiempo a su alrededor. En ausencia de masa, el espacio-tiempo es plano y una partícula se mueve en línea recta porque nada influye sobre su trayectoria, pero en presencia de una masa gravitante, el espacio-tiempo se curva y una partícula se mueve a lo largo de una geodésica. De acuerdo, con esta interpretación de la gravedad, un planeta gira alrededor del Sol porque sigue una trayectoria geodésica en el espacio-tiempo deformado por la masa solar”.

La Relatividad General estudia el problema de la fuerza de gravedad y su relación con el movimiento acelerado. En un famoso experimento "pensado" o imaginario, Einstein razonó que es posible eliminar los efectos de la gravitación -el peso de las cosas- en un sistema en caída libre. Esto es algo que los astronautas experimentan todo el tiempo pues las cápsulas espaciales en órbita se encuentran totalmente en caída libre. A Einstein se le ocurrió esto hacia 1910, cuando ni se soñaba con la posibilidad de los viajes espaciales.
La atracción de los planetas hacia el Sol puede entenderse como resultado de una deformación del espacio producida por el Sol en su entorno. Los planetas orbitan como si fueran atraídos por el Sol, pero sólo siguen la curvatura del espacio. Así, también, los propios planetas curvan su espacio cercano, creando condiciones para que satélites naturales o artificiales giren en torno a ellos. Todo el universo funcionaría así.

La curvatura del espacio-tiempo se muestra en la figura siguiente.

Figura 4. Curvatura del espacio-tiempo

En 1916, Albert Einstein publicó una teoría de la gravitación basada en ideas geométricas. No hay atracción sino cambios en la geometría del espacio -y también del tiempo-, producidos por la presencia de materia. Así, la fuerza de atracción universal, implícita en la Ley de la Gravitación Universal se concibe como una propiedad de la geometría de la curvatura del espacio-tiempo (figura 5).

Figura 5. Geometría de la curvatura del espacio-tiempo

Galileo Galilei, a fines del siglo XVI, observó que todos los cuerpos caen o siguen las mismas trayectorias, si inician el movimiento de una misma manera. No importa qué masa tengan, si son más livianos o más pesados. En el siglo siguiente, Isaac Newton presentó su ley de Gravitación Universal que dice que todos los cuerpos en el universo se atraen con una fuerza que es proporcional a sus masas, e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia entre ellos. Una consecuencia de esta ley es también que el movimiento gravitatorio resultante no depende de la masa del cuerpo.

Inspirado por la observación de Galileo y por el carácter universal del movimiento gravitatorio, Einstein pensó que la gravitación podía entenderse mejor como un fenómeno geométrico, como una propiedad del espacio mismo. En lugar de ver la gravedad como una fuerza de atracción, se la puede entender como consecuencia de la curvatura del espacio, generada por la presencia de materia o energía.

La expresión matemática de la Teoría General de la Relatividad y su  significado   físico se muestra en la figura 6.

Figura 6. Expresión matemática de la Teoría general de la Relatividad

Una consecuencia notable de esta forma geométrica de entender la gravitación es que en un espacio curvado la luz también debe seguir trayectorias no rectilíneas. Esto sería notorio por ejemplo, si la trayectoria de la luz pasa cerca de un gran cuerpo celeste. Esta desviación no sería posible en la teoría de Newton, pues al no tener masa, la luz no podría ser atraída gravitacionalmente. Sin embargo, según Einstein, la luz se mueve en el espacio siguiendo la geometría. Si la geometría del espacio es curvada por la presencia de un cuerpo celeste, la luz será testigo de esa alteración y no se propagará rectilíneamente.

La desviación de un rayo de luz al pasar cerca del Sol fue comprobada en 1919 durante un eclipse. Esto marcó el comienzo de la fama de Einstein y de sus ideas.

La Relatividad General, además, permitió hacer otras predicciones de gran precisión, como la forma de la órbita de Mercurio, que es inexplicable usando sólo las leyes de Newton. Desde entonces la teoría de Einstein ha permitido descubrir fenómenos aún más espectaculares, como los agujeros negros, la expansión del universo y el Big-Bang.


Discusión

En los medios académico y científico está todavía muy arraigado el método metafísico -abordar el estudio de los objetos materiales como si estuvieran estáticos- para estudiar el movimiento de los objetos materiales, a tal grado que se "olvida" que tiene una historia. Con este enfoque metafísico el estudio del movimiento de los planetas alrededor del Sol, se aborda como si no tuvieran un origen; por esto, aparecen misterios, como la acción de fuerzas que actúan a distancia, tal como lo establece la Ley de la Gravitación Universal descubierta por Newton; pero que si se enfocan dialécticamente -en su movimiento histórico- dejan de ser enigmas misteriosos. Resulta que los planetas y satélites del sistema solar, juntos con sus movimientos de rotación y traslación, fueron producto de impactos frecuentes de una gran multitud de objetos materiales de tamaño variable. Así pues, los movimientos de traslación y rotación no constituyen ningún misterio en su origen, pues son el resultado de la acción de objetos materiales externos -fuerzas- que actuaron por contacto directo e imprimieron movimiento mecánico a los planetas y satélites, movimiento que ha perdurado miles de millones de años y así continuará, mientras no sea alterado violentamente por poderosas fuerzas externas. En suma, no existen fuerzas misteriosas que actúan a distancia, cuando el movimiento de los objetos materiales se aborda dialécticamente.

El descubrir la esencia y expresarla a través de leyes, como lo hizo Newton con su descubrimiento de la Ley de la Gravitación Universal -generalización de las leyes de Kepler- no implica conocer la causa de la fuerza de atracción, como el propio Newton lo reconoció en su obra. El conocimiento científico no se agota con el descubrimiento de la esencia, es necesario conocer también la causa. Esta es la contra-parte del efecto, por consiguiente, conocer la relación causa-efecto, entendida como la sucesión temporal necesaria entre ambos procesos, nos remite a la historia; es decir al origen de la causa, ya que ésta antecede al efecto. En este sentido, una vez conocido el efecto, es necesario retroceder al pasado para conocer el origen de la causa. Esto evita recurrir a fuerzas misteriosas que actúan a distancia e instantáneamente como le sucedió a Newton.

Los vórtices o torbellinos de Descartes fueron fundamentales en la formación del sistema solar, puesto que explican la acción de objetos externos que por contacto directo generan el movimiento de los objetos materiales en general y de los planetas y satélites en lo particular.

Los vórtices siguen obrando en la actualidad, pero solo ocurren con los fluidos -mares y atmósferas- y partículas sólidas pequeñas que son arrastradas alrededor de la mayoría de planetas, pero que no afectan significativamente el movimiento de traslación alrededor del Sol.

De Gortari (1959) menciona que "tal como se ha comprobado experimentalmente, las propiedades espaciales dependen fundamentalmente de la distribución de las masas y de las energías actuantes en los procesos que muestran dichas propiedades espaciales. Con este descubrimiento, han desaparecido completamente de la física las hipótesis de la ficticia acción a distancia y del éter fantasma. Y, al propio tiempo, se ha confirmado más aún, cómo el espacio no es independiente de los procesos existentes, ni constituye tampoco una especie de recipiente en el cual estuvieran inmersos los objetos; sino que, por el contrario, el espacio es simplemente el conjunto de las propiedades espaciales que son inherentes a los procesos y constituye una de sus formas de existencia". Con la Teoría de la Relatividad General, al considerar la curvatura del espacio-tiempo, desaparecen también las fuerzas enigmáticas a distancia.

Por otro lado, Meliujin (1960) afirma que la cosmología de Newton, a pesar de constituir toda una revolución científica en la física, tenía un carácter metafísico al considerar al espacio, como el receptáculo vacío e invariable de la materia e independiente de ella: El espacio vacío, una vez admitido, conducía lógicamente a la teoría mística de la acción a distancia. En este sentido, las idas de Newton significaron un retroceso en comparación con la teoría de Descartes, quien negaba el vacío absoluto y consideraba el espacio como la extensión de la materia, deduciendo su infinitud de la infinita extensión de la sustancia material.

La concepción moderna del espacio rechaza la concepción aristotélica y newtoniana del espacio como “recipiente” vacío en el que acontecen los procesos materiales. Más bien se trata de un espacio de naturaleza material, que excluye el vacío, tal como lo entendía Descartes en su física y también como la coexistencia simultánea y activa de los procesos materiales. Esta concepción del espacio es incompatible con la acción de fuerzas a distancia como lo considera Newton en la Ley de la Gravitación Universal, la cual establece que los cuerpos materiales se atraen instantáneamente y a distancia; específicamente expresa que la fuerza de atracción entre dos cuerpos, es directamente proporcional al producto de sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que los separa.

El sentido común nos indica que las fuerzas se producen por el contacto directo de los objetos materiales, por consiguiente, no pueden actuar a distancia en el vacío. En este sentido, la fuerza de atracción universal de la ley de Newton, no puede producirse a distancia y menos instantáneamente, pues por la Teoría de la Relatividad Especial, se sabe que la velocidad máxima de interacción de la materia es la de la luz y es de 300, 000 km./seg. Por consiguiente, lo que está detrás de la Ley de la Gravitación Universal es la incomprensión de la esencia del espacio. Este no es el lugar vacío en el que ocurre el movimiento mecánico de los objetos materiales, es más bien la coexistencia continua y discontinua de los procesos materiales y como los objetos materiales están en contacto no requieren de acciones a distancia para moverse.

La Teoría General de la Relatividad de Einstein también niega la atracción como una fuerza y la considera como una propiedad de la curvatura del espacio-tiempo. Sin embargo, la geometría del espacio-tiempo es efecto, no causa del movimiento de la materia, que es el que condiciona la curvatura del espacio-tiempo. Como los objetos materiales no se encuentran aislados sino que están concatenados, por consiguiente, se mueven conjuntamente y al condicionarse mutuamente, en su movimiento se desvían de una trayectoria rectilínea uniforme para curvarse. La magnitud de la curvatura del espacio-tiempo está en función de la masa de los objetos materiales que interactúan. Así, los cuerpos de mayor masa arrastran a los de menos masa a su alrededor, tal como sucede con el Sol que arrastra a los planetas a su alrededor y los planetas a sus satélites. Esto explica también, por qué cuando los planetas en el perihelio pasan más cerca del Sol, se mueven más rápido.

Tal parece que con la Teoría General de la Relatividad, se ha retornado a la teoría de los vórtices o remolinos que Descartes utilizaba para explicar el movimiento de los planetas alrededor del Sol, así como los planetas arrastran a sus satélites a su alrededor. Desde luego, no se trata de la vuelta exactamente al punto de partida, se trata más bien de un salto –cambio cualitativo- en la comprensión del movimiento de los objetos materiales. Así pues, se produce una nueva revolución científica en la Física, resultado de la acumulación gradual de conocimientos, principalmente desde el Renacimiento –siglos XVI y XVII-, particularmente de la física de Descartes, la Mecánica Clásica de Newton –incluyendo la Ley de la Gravitación Universal-, el electromagnetismo de Maxwell y la Teoría Especial de la Relatividad, proceso que culmina con un salto revolucionario en la concepción de la gravedad y la curvatura del espacio-tiempo (figura 7).

Figura 7. Nueva revolución científica en la física 



Conclusiones

Descubrir la esencia del movimiento de los objetos materiales, tal como lo hizo Newton con el descubrimiento de la Ley de la Gravitación Universal, no implica conocer la causa de la fuerza de atracción universal.

La teoría General de la Relatividad constituye una nueva revolución científica –salto- en la física, particularmente en la concepción de la curvatura espacio-tiempo y la gravedad.

Solo el enfoque dialéctico -abordar el estudio de los objetos como procesos que se mueven contradictoriamente- permite explicar racionalmente el movimiento de los objetos materiales.

La Teoría General de la Relatividad rechaza la concepción newtoniana de la acción a distancia de la fuerza de atracción universal, implícita en la Ley de la Gravitación Universal.

La Teoría General de la Relatividad considera a la atracción universal de los objetos materiales como una propiedad de la curvatura espacio-tiempo y no como una fuerza como la considera la Mecánica Clásica.

La curvatura del espacio-tiempo es inconcebible sin el movimiento de la materia, específicamente sin considerar la interacción de los objetos materiales que actúan por contacto para alterar el espacio-tiempo.

El espacio como objeto de estudio de la geometría constituye la forma -estructura- generada por la materia en movimiento -contenido-.

No se debe olvidar que el espacio no es el "recipiente" en el que se halla contenida la materia, sino que es una forma esencial de la existencia de la materia en movimiento. Por consiguiente, es un error hablar de las propiedades del espacio, sin relacionarlas con la distribución de las masas y su interacción.

Solo la concepción moderna del espacio como coexistencia simultánea y activa de los objetos materiales, permite dar una explicación racional de la curvatura espacio-tiempo de la Teoría General de la Relatividad.

La curvatura del espacio-tiempo es efecto, no es causa de la curvatura del espacio-tiempo. La causa del movimiento de los objetos materiales es su coexistencia y la interacción que se genera por el contacto de los cuerpos materiales. Esto genera la desviación de la trayectoria rectilínea uniforme de los objetos materiales y los obliga a moverse en trayectorias curvas.

El espacio tiene dos acepciones: una es la extensión –longitud, anchura y profundidad o altura- que se caracteriza por la tridimensional, aunque con la Teoría Especial de la Relatividad se fusiona con el tiempo para generar el espacio-tiempo tetra dimensional; la otra, es la coexistencia simultánea y activa de los objetos materiales, que al interaccionar producen la curvatura del espacio-tiempo, tal como lo establece la Teoría General de la Relatividad.

La Teoría General de la Relatividad restablece la naturaleza material del espacio como lo concebía Descartes, al excluir el vacío. El espacio es material y más concretamente se trata de un complejo de relaciones entre los objetos materiales que coexisten al mismo tiempo.

Se reafirma la tesis del materialismo dialéctico que concibe al espacio como forma de existencia de la materia en movimiento. Es la materia en movimiento la que condiciona la curvatura del espacio-tiempo.

Al igual que el movimiento de los objetos materiales, el pensamiento teórico de la física se mueve cíclicamente: la física de Descartes es negada por la Mecánica Clásica de newton, particularmente la Ley de la Gravitación Universal, ésta es negada como fuerza que actúa a distancia por la Teoría General de la Relatividad, para retornar a la física de Descartes –teoría de los vórtices- pero a un nivel superior. Se ha producido la negación de la negación, para retornar al punto de partida pero a un nivel muy superior.


Referencias bibliográficas

Aísa Moreu. 1995. La filosofía mecánica de Descartes, Boyle y Huygens. Universidad de Zaragoza. Zaragoza, España.

De Gortari Eli. 1959. Introducción a la Lógica dialéctica. Segunda Edición. Fondo de Cultura Económica. México, D.F.

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Galindo Salvador. 2012. Entre vórtices cartesianos y gravitación newtoniana: la Cosmología de Andrés Guevara y Basoasabal S.J. (1748-1801). Revista Mexicana de Física. Estado de México.

Hawking Stephen. 1988. Historia del tiempo. Del big bang a los agujeros negros. Alianza Editorial (1992). Madrid, España.

Hernández Iriberri L. Evolución del concepto de espacio en el pensamiento materialista contemporáneo. México, D.F.

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Kursanov G. 1960. Problemas fundamentales del materialismo dialéctico. Ediciones Palomar. México, D.F.

Meliujin Serafin. 1960. El problema de lo finito y lo infinito. Editorial Grijalbo, S.A. México, D.F.

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Rosental y Iudin. 1965. Diccionario soviético de filosofía. Ediciones Pueblos Unidos, Montevideo, Uruguay.

Shahen Hacyan. 1995. Relatividad para principiantes. Colección: La ciencia desde México. Fondo de Cultura Económica. México, D.F.

martes, 9 de diciembre de 2014

DIALÉCTICA DEL ESPACIO Y DEL TIEMPO EN TEORÍA ESPECIAL DE LA RELATIVIDAD

DIALÉCTICA DEL ESPACIO Y DEL TIEMPO EN LA TEORÍA ESPECIAL DE LA RELATIVIDAD
Valentín Vásquez
Oaxaca, México
valeitvo@yahoo.com.mx


Introducción

Para la Mecánica Clásica el espacio y el tiempo son absolutos; es decir, no están condicionados por el movimiento de la materia. Específicamente al espacio lo concibe como el "receptáculo" en el que se produce el movimiento de los cuerpos materiales en su desplazamiento mecánico –cambio de posición espacial- en el que los objetos materiales conservan sus dimensiones espaciales –longitud, anchura y profundidad- y el tiempo es unidireccional (del pasado al futuro) e irreversible en el universo. Así pues, para la física clásica, el espacio y el tiempo son inmutables –inmóviles- y no están condicionados por el movimiento de la materia. Sin embargo, la Teoría Especial de la relatividad formulada por Einstein llevó el movimiento al interior del propio espacio y el tiempo, derrumbando así, la concepción del espacio y el tiempo absolutos de Newton.

Los principios básicos de los que parte la Teoría Especial de la Relatividad son: el relativismo y la constancia de la velocidad de la luz. 

El relativismo establece que las leyes de la física son las mismas en todos los sistemas de referencia inerciales –objetos materiales que se mueven uniformemente-. Este principio del relativismo se cumple con las leyes de la mecánica de Newton; sin embargo, con la Teoría Electromagnética de Maxwell (1865), en la que la luz es fundamentada como de naturaleza ondulatoria, implica que las ondas electromagnéticas requieren un sustrato material para moverse, al que los físicos denominaron éter.

Los experimentos de Michelson-Morley a fines del siglo XIX (1887), demostraron que la luz se mueve a velocidad constante en todas las direcciones, con lo que se aniquiló el misterioso éter en el que se moverían las ondas electromagnéticas. 

La constancia de la velocidad de la luz, en realidad constituye una ley que vincula internamente a la distancia (espacio)/tiempo. Matemáticamente toda ley es la unidad de constantes y variables. En este sentido la ley o principio de la constancia de la velocidad de la luz, implica que el movimiento de la luz es constante; por consiguiente, lo que varía son el espacio -distancia- y el tiempo, por ser las variables vinculadas en la expresión cuantitativa en la ley de la constancia de la velocidad de la luz. El postulado de la constancia de la velocidad de la luz termina con el espacio y el tiempo absolutos de la física de Newton, la cual negaba el nexo del espacio y el tiempo con el movimiento de los procesos materiales; con la Teoría Especial de la Relatividad, el espacio y el tiempo están condicionados por el movimiento de los objetos materiales, es decir, son relativos.

La relatividad del tiempo y del espacio implica que existen tiempos y espacios particulares que se mueven en correspondencia con la velocidad de los objetos materiales. Así el tiempo se ralentiza –se vuelve más lento- a medida que los objetos se acercan a la velocidad de la luz y la distancia –espacio-  se contrae en el sentido del movimiento de los cuerpos materiales.


Fundamentación teórica

El Diccionario soviético de filosofía (1965), afirma que la extensión es una de las características fundamentales del espacio. En el concepto de extensión, se refleja el momento de la estabilidad relativa y persistencia de un determinado tipo de conexión en las cosas y en los fenómenos. Dicha estabilidad es precisamente lo que hace posible comparar las dimensiones de los cuerpos. El materialismo metafísico, al separar de la materia en movimiento el espacio, lo concebía como extensión pura. Así los atomistas -Leucipo y Demócrito-, de la antigüedad griega admitían la existencia del vacío como condición necesaria del movimiento de los átomos y asignaban al espacio únicamente la propiedad de extensión. En la filosofía de la Época Moderna, fue Descartes quien concibió con mayor claridad la idea de espacio como pura extensión. Leibniz criticó esta concepción cartesiana e indicó acertadamente que, partiendo de la extensión, sólo pueden inferirse conclusiones acerca de las propiedades geométricas del espacio; para poder aclarar la extensión se requiere un cuerpo, sin lo cual ésta queda reducida a una abstracción vacía. El materialismo dialéctico define el espacio y el tiempo como formas de existencia de la materia en movimiento.

Konstantinov (1986), resalta la objetividad del espacio al indicar que se trata de una forma real objetiva de existencia de la materia en movimiento. El concepto de espacio expresa la extensión o volumen. Una peculiaridad importante del espacio consiste en que tiene tres dimensiones. Todo cuerpo material, por cuanto posee un volumen determinado, es obligatoriamente tridimensional.

Los procesos materiales transcurren con cierta sucesión (unos antes o después que otros), se distinguen por su duración y tienen fases o etapas que se diferencian entre sí. Esto significa que los cuerpos existen en el tiempo.

El hecho de que las diferentes fases no coinciden en el tiempo y están separadas por un intervalo es condición cardinal de la existencia de esos procesos. El movimiento de la materia es imposible fuera del tiempo.

El tiempo es una forma real objetiva de existencia de la materia en movimiento. Caracteriza la sucesión del desenvolvimiento de los procesos materiales, la distancia entre las distintas fases de estos procesos, su duración y su desarrollo.

Ningún objeto material puede existir solamente en el espacio y no ser en el tiempo, o ser en el tiempo y no encontrase en el espacio. Siempre y en todas partes, cualquier cuerpo existe en el espacio y en el tiempo. Esto significa que el espacio y el tiempo están vinculados orgánicamente.

El espacio y el tiempo, como formas reales de existencia de la materia, se caracterizan por una serie de peculiaridades. Primero, son objetivos, existen fuera e independientemente de la conciencia. Segundo, son eternos, por cuanto la materia existe eternamente. Tercero, el espacio y el tiempo son limitados e infinitos.

A diferencia del espacio, el tiempo es unidimensional. Esto significa que cualquier momento del tiempo es determinado por un número, que expresa el período de tiempo transcurrido hasta ese momento desde otro tomado como comienzo del cálculo. Todos los acontecimientos siguen una sola dirección: de lo pasado a lo presente y de lo presente a lo futuro. Esta dirección de los procesos es objetiva, no dependen de la conciencia de los hombres que los perciben. En el espacio se pueden trasladar los cuerpos de la derecha a la izquierda y de la izquierda a la derecha, de arriba abajo y de abajo arriba. Pero es imposible volver en el tiempo procesos ligados por nexos causales, obligarles a ir de lo futuro a lo pasado. El tiempo es irreversible. En eso se diferencia sustancialmente del espacio.

La tesis de que el espacio y el tiempo son formas de existencia de la materia no solo define su carácter objetivo, real: significa también su nexo indisoluble con la materia en movimiento. De la misma manera que no hay materia fuera del espacio y del tiempo, no hay ni puede haber espacio y tiempo sin materia.

El materialismo dialéctico se distingue sustancialmente del materialismo metafísico por el postulado que proclama el nexo indisoluble del espacio y el tiempo con la materia. El materialismo metafísico, aun admitiendo la realidad objetiva del espacio y el tiempo, los considera, no obstante, como esencias autónomas, como recipientes vacíos independientes de la materia, destinados a guardar cuerpos y procesos materiales.

Un punto de vista semejante sustentaba Isaac Newton, fundador de la mecánica clásica. Para él, el espacio y el tiempo eran objetivos, pero existían independientemente de la materia en movimiento, eran inmutables por completo y no estaban vinculados entre sí. Los denominó absolutos. Las ideas de Newton acerca del espacio absoluto y del tiempo absoluto predominaron en la ciencia hasta comienzos del siglo XX, cuando al crearse la teoría de la relatividad en la física, los naturalistas vieron claro, por fin, que era erróneo desvincular entre sí el espacio y el tiempo y separarlos de la materia en movimiento.

Una manifestación del nexo del espacio y del tiempo con la materia en movimiento es el hecho, señalado por vez primera en la teoría de la relatividad, de que la simultaneidad de los acontecimientos no es absoluta, sino relativa. Acontecimientos simultáneos con relación a un sistema material, o sea, en unas condiciones del movimiento, no son simultáneos con relación a otro sistema material, es decir, en otras condiciones del movimiento.

Resulta que la distancia entre los cuerpos no es igual en los distintos sistemas materiales en movimiento: al crecer la velocidad del movimiento, se reduce la distancia (longitud). De la misma manera, el intervalo de tiempo entre los sucesos, cualesquiera que sean, es diferente en los distintos sistemas materiales en movimiento: al aumentar la velocidad, dicho intervalo disminuye. Los mencionados cambios de las dimensiones espaciales (longitudes) y de los intervalos de tiempo en dependencia del movimiento material se producen en rigurosa correspondencia mutua. En ello se manifiesta el nexo interno entre el espacio y el tiempo.

El nexo orgánico del espacio y del tiempo con la materia y con el movimiento de ésta, descubierto por la teoría de la relatividad, ofrece una prueba científico-natural de la realidad objetiva del espacio y del tiempo, de su independencia respecto de la conciencia del sujeto cognoscente.

Hernández, estudia la evolución del concepto del espacio y en una parte de su escrito, rescata una cita fundamental de la Ciencia de la Lógica de Hegel: “La esencia del espacio y del tiempo es el movimiento, como unidad de la negatividad y la continuidad, pero ni la continuidad ni la discontinuidad deben ser puestas como la esencia”. En este sentido Hegel, sienta la base para entender el tiempo y el espacio como resultado del movimiento, aunque el movimiento lo concibe como el desarrollo de la "Idea Absoluta". A pesar del carácter idealista de la filosofía hegeliana, el hecho de haber conjeturado al movimiento como fundamento del espacio y del tiempo, implicó un gran avance en la concepción del espacio y del tiempo. Desmitificada la concepción idealista de la filosofía de la naturaleza -espacio y tiempo- de Hegel, se transformó en la base del materialismo dialéctico, el cual concibe al espacio y al tiempo como formas de existencia de la materia en movimiento.

Kursanov (1960), explica que el materialismo dialéctico define el tiempo y el espacio como formas fundamentales de existencia de la materia en movimiento. Como formas de existencia de la materia en movimiento, el espacio y el tiempo son también realidades objetivas, como la materia misma.

En el siglo XX, la lucha filosófica a propósito de la esencia del tiempo y del espacio ha girado ante todo, en torno a la teoría de la relatividad, formulada por Einstein en 1905 (teoría especial) y en 1916 (teoría general). Es lógico que haya ocurrido así, pues esta teoría es una doctrina moderna acerca del espacio y del tiempo, de las leyes que rigen el movimiento de los cuerpos, efectuado a velocidades próximas a la de la luz. La teoría de la relatividad dio también un paso muy importante en la comprensión de las leyes del campo de gravitación y proporcionó una ecuación nueva de la gravitación, más profunda y exacta que la de Newton. Planteó de un modo nuevo varios problemas capitales de la física moderna, sobre todo en cuanto a la doctrina del espacio y el tiempo, lo que tiene gran importancia filosófica.

Al principio, casi todas las corrientes de filosofía idealista adoptaron una actitud muy negativa frente a la teoría de la relatividad. Sirvió de motivo para semejante crítica idealista el hecho de que esta teoría rechazase el espacio absoluto y el tiempo absoluto de la mecánica de Newton, declarados por los kantianos formas eternas, apriorísticas, de la conciencia. Pero al aumentar el papel de la teoría de la relatividad en la ciencia física y extenderse y afianzarse su prestigio, los partidarios del idealismo han cambiado de actitud ante ella y la han interpretado en un espíritu idealista, enfilándola contra el materialismo. Una de las interpretaciones idealistas consiste en negar la objetividad del tiempo y el espacio, al afirmar la contracción del espacio y la dilatación del tiempo dependen del observador.

La teoría de la relatividad no tiene nada en común con semejante criterio subjetivista del espacio y el tiempo. En efecto, rechazó los citados conceptos de Newton de espacio absoluto y tiempo absoluto. Newton eleva el espacio y el tiempo a la categoría de absolutos, los separa de la materia y del movimiento y los convierte en principios independientes, absolutos. A diferencia de estos planteamientos, la teoría de la relatividad ha mostrado el estrecho nexo del espacio y del tiempo con el movimiento de los cuerpos materiales. La longitud y la continuidad no son absolutos ni independientes de los cuerpos en movimiento, sino que están determinados totalmente por las leyes del movimiento de éstos. Esta dependencia se expresa en la correspondiente forma matemática, y el observador no hace más que registrar los resultados de las mediciones de los intervalos de espacio y de los períodos de tiempo, que siempre tienen un significado objetivo, independiente de todo observador.

De la concepción del espacio y el tiempo como formas de existencia de la materia en movimiento dimana otra importante tesis del materialismo dialéctico: la que proclama la unión indisoluble del tiempo y el espacio, de una parte, y de la materia y el movimiento, de otra. En contra de las afirmaciones idealistas y teólogos, la filosofía materialista parte del hecho real de que la materia en movimiento se mueve siempre solamente en el espacio y en el tiempo reales.

De la misma manera que no puede haber materia fuera del espacio y del tiempo, tampoco existe el espacio separado de la materia en movimiento ni el tiempo separado de los procesos materiales: estas dos formas de existencia de la materia sin materia no son nada, son vanas representaciones, abstracciones, existentes sólo en nuestra cabeza.

No existe ningún tiempo fuera de los objetos y procesos reales del mundo real. De la misma manera, no existe el espacio vacío desvinculado de la materia. Así lo ha confirmado plenamente la ciencia moderna. El progreso de la física, el surgimiento de la teoría de la relatividad y, en particular, el desarrollo de la teoría cuántica de los campos, han llevado a la conclusión de que el llamado vacío no es tal “vacío” en el viejo sentido de la palabra. Se puede extraer del espacio los electrones, protones, positrones, fotones y demás partículas de la sustancia. Pero incluso después de haber extraído eso, quedará “algo” que posee determinadas propiedades físicas. Ese “algo” o vacío actúa sobre las partículas de sustancia y es, a la vez, objeto de su influencia. El vacío representa un estado completamente determinado de los campos físicos materiales, que tienen siempre propiedades concretas, reales. Esto significa que, en realidad –pese a las afirmaciones de los teólogos e idealistas-, no existe el espacio vacío desvinculado de los procesos materiales.


Teoría Especial de la Relatividad

En un artículo en Internet, se escribe que a finales del siglo XIX se pensaba que las fuerzas de la naturaleza eran de tres tipos: gravitacional, eléctrica y magnética. La electricidad se caracteriza por la existencia de dos tipos de carga eléctrica, una positiva y una negativa. Cargas eléctricas del mismo signo se repelen y cargas de signo opuesto se atraen con una intensidad que varía con la distancia de la misma forma que la fuerza gravitacional.

La unidad fundamental de la electricidad es el electrón, descubierto experimentalmente en 1898 por J.J. Thompson; esta partícula elemental es un constituyente básico del átomo y posee una carga eléctrica indivisible. Las cargas eléctricas pueden estar en reposo o en movimiento. 

La similitud entre la fuerza magnética y eléctrica ya había sido advertida por los griegos en la antigüedad. A principios del siglo XIX, Hans Christian Oersted demostró que cagas eléctricas en movimiento generan un campo magnético. Otros experimentos conducidos por Ampere, Michael Faraday, en el transcurso del mismo siglo, confirmaban la íntima relación entre estos dos campos. En el año 1865, Maxwell fue el responsable de la unificación de estas dos fuerzas en lo que se llamó electromagnetismo. Las ecuaciones de Maxwell son la representación matemática de las propiedades físicas del campo electromagnético. Las manifestaciones del mismo, que anteriormente parecían desvinculadas, podían ser explicadas ahora en términos de una única teoría. Maxwell además predijo que la oscilación periódica de cargas eléctricas en movimiento produciría ondas electromagnéticas que se propagarían a la velocidad de la luz.

Al igual que sus contemporáneos, Maxwell pensaba que dado que las ondas electromagnéticas se propagan, deberían hacerlo en un medio, denominado éter; éste se caracterizaba por llenar todo el espacio, estar en reposo absoluto respecto a las estrellas fijas y por ser transparente al movimiento de la Tierra. Uno de los desafíos científicos más importantes en aquellos años era la demostración experimental de la existencia del mismo.

En agosto de 1881, apareció un artículo en la revista American Journal of Science cuyo autor era Albert Abraham Michelson. Siendo Michelson un conocido experto en las mediciones de la velocidad de la luz, comprende que Maxwell desconocía el alto grado de precisión con que podían hacerse dichos experimentos. En su artículo de agosto de 1881 Michelson concluye que no observó ninguna evidencia del éter.

Pocos científicos prestaron atención a su trabajo. Hendrik Lorentz (1853-1928), sin embargo, encontró errores en el experimento y dudaba de la interpretación de los resultados. El experimento volvió a repetirse esta vez en colaboración con Edward Williams Morley (1887) en la School of Applied Science en Cleveland. Los resultados nuevamente demostraron que los efectos del éter sobre la velocidad de la luz eran nulos y la comunidad científica aceptó la validez de los mismos. En otras palabras, el experimento de Michelson-Morley evidenció la inconsistencia de la teoría dinámica de la luz vigente en el siglo XIX.

La teoría del campo electromagnético desarrollada por Maxwell fue ampliamente aceptada por sus contemporáneos. Ésta, sin embargo, no era invariante bajo las transformaciones de coordenadas introducidas por Galileo, lo cual era un gran problema para los científicos de aquellos años.

El concepto de transformación de coordenadas se refiere a cómo cambian las diferentes cantidades físicas medidas por observadores en movimiento relativo. Por ejemplo, si hay dos personas sentadas en un avión, la velocidad de una respecto a la otra, en el sistema de referencia fijo en el avión, es cero. La velocidad, sin embargo, de cualquiera de ellas respecto a otra persona sentada en el jardín de su casa que observa el vuelo de la nave, es igual a la velocidad del avión tal como es registrada por el piloto en la cabina. Galileo introdujo una regla de adición simple que permite transformar las velocidades de un sistema de referencia a otro.

Las transformaciones de Galileo se derivan del principio de relatividad: la representación de los fenómenos físicos es independiente de la posición y movimiento de los observadores; en otras palabras, la forma de las leyes que rigen el mundo físico no dependen del sistema de coordenadas usado para describirlo. La mecánica desarrollada por Newton es perfectamente compatible con las transformaciones de Galileo, pero no así la teoría electrodinámica de Maxwell: las leyes del electromagnetismo no son invariantes, esto es cambian de forma, al ser sometidas a una transformación de Galileo. Otro grupo de transformaciones, sin embargo, de carácter completamente diferente al de Galileo dejaban invariantes las ecuaciones de Maxwell, las hoy conocidas como transformaciones de Lorentz.

Según relató Einstein, en aquel tiempo estaba seguro que las ecuaciones de Maxwell eran correctas y debido a la llamada invariancia de la velocidad de la luz, dichas ecuaciones tendrían que tener la misma forma en un sistema de referencia en movimiento uniforme. La invariancia de la velocidad de la luz, sin embargo, entraba en conflicto con la regla de adición de velocidades de la mecánica, esto es, las transformaciones de Galileo. Durante más de un año estuvo pensando en el problema.

La nueva teoría surgió esencialmente del abandono de la mecánica clásica en la descripción de los fenómenos electromagnéticos.

Einstein, creía en la verdad de las ecuaciones de Maxwell. Éstas, sin embargo, no eran invariantes bajo las transformaciones de Galileo, esto es, cambiaban de forma respecto a diferentes sistemas de referencia. El gran paso que dio Einstein para resolver el problema fue mantener la electrodinámica de Maxwell y modificar la mecánica de Newton para que satisfaga la invariancia bajo transformaciones de Lorentz. La nueva teoría fue relativista, ya que contrariamente a la teoría absoluta de Newton, ciertos parámetros como la masa del cuerpo, pasaban a depender de la velocidad del cuerpo relativa a un cierto sistema de referencia de coordenadas. El concepto mismo de simultaneidad de dos eventos se vuelve relativo al sistema de referencia utilizado para describir los eventos. La Teoría Especial de la Relatividad implicó una nueva forma de pensar en física, ya que los conceptos más esenciales en nuestra descripción del mundo, tales como el espacio y el tiempo perdían su carácter absoluto.

La formulación de la nueva teoría está contenida en dos postulados. Los dos postulados de la teoría son:

a). Principio de la Relatividad: la formulación de las leyes de la física debe ser invariante bajo transformaciones de coordenadas entre sistemas inerciales.

b). El principio de Constancia de la Velocidad de la Luz: la velocidad de la luz es la misma en todos los sistemas de referencia inerciales.

Un sistema inercial es un cuerpo cuya velocidad es constante respecto a todos los sistemas de la misma clase. Dado que la velocidad relativa entre todos estos sistemas no cambia, están libres de aceleración, y por lo tanto de las llamadas fuerzas no inerciales; todos los días experimentamos éstas fuerzas: en el ascensor, cuando un automóvil o cualquier otro medio de transporte cambia su velocidad. La teoría se llamó especial ya que está restringida a sistemas de referencia inerciales.

El aspecto más revolucionario de la teoría fue la desaparición de la simultaneidad absoluta. La duración de un intervalo de tiempo para un observador inercial (en movimiento rectilíneo uniforme) no tiene porqué coincidir con la duración del mismo intervalo para otro observador. El tiempo se vuelve relativo al sistema de referencia y por lo tanto al estado de movimiento del sistema. ¿Cómo es que siempre hemos observado que la duración de un intervalo de tiempo es el mismo independientemente de la velocidad del observador? La respuesta es que los efectos relativistas comienzan a ser significativos para velocidades mayores a 100,000 Km/seg, esto es para velocidades comparables con la velocidad de la luz.

La mecánica newtoniana, describe perfectamente aquellos fenómenos físicos que no involucren velocidades relativistas, como es el caso del movimiento de cuerpos en la Tierra, o hasta el momento, vehículos construidos por el hombre.

La desaparición de la simultaneidad absoluta implica que para objetos que se mueven a velocidades muy altas, comparables a la de la luz, el tiempo se torna más lento respecto a objetos que permanecen en reposo. El tiempo medido por el reloj de un dado observador se llama tiempo propio de ese observador. A un lapso de tiempo propio breve, puede corresponder un lapso de tiempo externo largo si el observador se mueve a velocidades comparables a la velocidad de la luz.

Hawking (1988) afirma que Maxwell en su teoría del electromagnetismo, calculó que las ondas electromagnéticas viajan a la velocidad de la luz -300, 000 kilómetros por segundo-. La teoría de Newton se había liberado, de un sistema de referencia absoluto, de tal forma que si se suponía que la luz viajaba a una cierta velocidad fija, había que especificar con respecto a que sistema de referencia se medía dicha velocidad. Para que esto tuviera sentido, se sugirió la existencia de una sustancia llamada éter que estaba presente en todas partes, incluso en el espacio "vacío". Las ondas electromagnéticas -luz- debían viajar a través del éter al igual que las ondas del sonido lo hacen a través del aire, por lo tanto tenían que ser relativas al éter. El Experimento de Michelson y Morley en 1887, descartó la existencia del éter, por consiguiente, la luz se mueve en el vacío sin necesidad del "misterioso" éter. En en lo referente al espacio y el tiempo, el físico teórico inglés indica que tanto Galileo como Newton creían en el tiempo absoluto. Es decir, ambos pensaban que se podía afirmar inequívocamente la posibilidad de medir el intervalo de tiempo entre dos sucesos sin ambigüedad, y que dicho intervalo sería el mismo para todos lo que lo midieran, con tal que usen un buen reloj. El tiempo estaba totalmente separado y era independiente del espacio. Esto es, de hecho, lo que la mayoría de la gente consideraría como de sentido común. Sin embargo, se ha tenido que cambiar nuestra ideas acerca del espacio y del tiempo. Aunque las nociones de lo que parece ser el sentido común funcionan bien cuando se utilizan en el estudio del movimiento de cosas, tales como manzanas o planetas, que se mueven relativamente lentas; en cambio, no funcionan, en absoluto, cuando se aplican a objetos que se mueven con o cerca de la velocidad de la luz. En este caso, fue necesaria una revolución en la física: La teoría de la Relatividad Especial, en la que se produce una revolución en la concepción del espacio y del tiempo. Estos dejan de ser absolutos, para transformarse en relativos, es decir, están condicionados por el movimiento de los objetos materiales.


Grigóriev y Miákishev (1986) explican que para entender la naturaleza de la fuerza de gravitación universal, se tiene que hablar de geometría, o, más exactamente, acerca del espacio y del tiempo. La geometría euclidiana formó parte de la física clásica incorporándose a ésta en su conjunto, sin cualesquiera reservas, y, de hecho, sin pensar siquiera en la necesidad de su comprobación. Para Galileo y Newton el espacio no era sino un fondo impasible y frío. El tiempo fluye como si se sometiera a la marcha de cierto reloj mundial absoluto que cuenta los segundos para todo el universo, con la particularidad de que a este reloj no le puede afectar el movimiento de la materia. Y esta concepción del espacio y del tiempo parecía inconmovible hasta principios del siglo XX. La Teoría de la Relatividad Especial derrumbó ésta concepción metafísica del espacio y del tiempo y la relevó con una nueva concepción revolucionaria en la que el tiempo y el espacio, está vinculados internamente al movimiento de la materia.

Azimov (1985) escribe que el físico Fitzgerald propuso una hipótesis para explicar el fracaso del experimento realizado por Michelson-Morley para probar la existencia del éter, sustrato hipotético por el que se movería la luz. Pensó que toda la materia se contrae en la dirección del movimiento y que la contracción es directamente proporcional a la velocidad con que se mueve. Un objeto que se moviera a 11 km./seg. experimentaría sólo una contracción equivalente a 2 partes por cada 1000 millones en el sentido del vuelo. Pero a velocidades realmente elevadas, la contracción es significativa. Unos 150,000 km./seg. sería un 15%; a 262,000 km./seg., la reducción sería del 50%. Es decir, que una regla de 30 cm. que pasara ante nuestra vista a 262, 000 km./seg. nos parecería que mide 15.24 cm., siempre y cuando conociéramos algún método para medir la longitud en pleno vuelo. Y a la velocidad de la luz de 300,000 km./seg. su longitud en la dirección del movimiento, sería cero. Puesto que, no puede existir una longitud inferior a cero, se deduce que la velocidad de la luz en el vacío es la mayor que pueda existir en el universo. En cuanto al tiempo, un reloj en movimiento registra el tiempo con más lentitud que uno en reposo. A decir verdad, todos los fenómenos físicos que varían lo hacen más lentamente cuando se mueven, que cuando están en reposo, lo cual equivale a decir que el propio tiempo se retrasa. A velocidades ordinarias, el efecto es imperceptible, pero a 262,000 km./seg., un reloj parecería que tarda dos segundos en marcar un segundo. Y, a la velocidad de la luz, el tiempo se paralizaría. En este sentido los datos experimentales ((Cox y Forshaw, 2009), confirman la hipótesis de Einstein consistente en el aumento en la duración del tiempo de la micropartícula subatómica -muón- cuando se acelera en la máquina Brookhaven hasta 99.94% de la velocidad de la luz. La predicción que debería durar 29 veces más tiempo que un muón en reposo, concuerda con lo que observaron los científicos e indica que en el universo de Einstein los relojes en movimiento registran el movimiento más despacio, los objetos se contraen en la dirección del movimiento y se puede viajar a miles de millones de años en el futuro.

Corrales (2007), escribe que los físicos y astrónomos anteriores a Newton habían mirado sólo la Tierra o el Sistema Solar. Eratóstenes, por ejemplo, que midió la circunferencia de la Tierra utilizando el tiempo que tardaban las caravanas en recorrer ciertas distancias; o Tolomeo, que dedujo mirando el Sol que la Tierra era redonda; o Kepler, Copérnico y Galileo, que estudiaron los movimientos de los cuerpos del sistema solar. Newton aspiraba a más, y buscaba una teoría con la cual explicar el movimiento y comportamiento de todos los cuerpos del universo. Como Newton estaba interesado en estudiar movimientos de los cuerpos celestes, necesitaba hablar de tamaños, distancias y posiciones, y de cómo las posiciones varían en el tiempo. Por eso, lo primero que necesitó hacer Newton es hablar del espacio y el tiempo. De hecho, Newton fue el primer matemático que habló de esas dos cosas, espacio y tiempo, y lo hizo tan bien, y de una manera tan clara, que nadie, hasta que llegó Einstein, pensó en contarlo de otra manera.

La idea que Newton tenía del espacio era la de un contenedor enorme, una caja grandísima y vacía en la que los cuerpos celestes flotan como bolas de navidad. Además, Newton pensaba que este espacio-caja es absoluto, es decir, que no cambia en el tiempo y es igual por todas partes. Esto quiere decir que tanto el espacio que ocupan las cosas (su tamaño), como el espacio entre las cosas quietas (la distancia entre dos cosas) o la posición que ocupan (su lugar en el espacio), son fijos y no cambian desde donde se midan. El tiempo para Newton es también absoluto: el tiempo está ahí y avanza a su ritmo independientemente de nosotros. El tiempo que transcurre entre dos sucesos es el mismo desde donde lo midamos: por ejemplo, el tiempo que transcurre entre dos eclipses de Luna será el mismo lo midamos desde la Tierra o lo midamos desde Marte. Dicho con otras palabras más precisas, las dimensiones de un objeto se mantienen fijas esté quieto o esté moviéndose, y los relojes mantienen su ritmo constante, ya estén quietos ya estén en movimiento.

Para poder medir las posiciones de los cuerpos del Universo, Newton utilizaba lo que en matemáticas llamamos un sistema de referencia; no hay ningún sistema de referencia que esté totalmente quieto; los planetas, las estrellas, las nebulosas, todo el Universo está en constante movimiento. Concretamente, Newton utilizó la transformación de galileo, una regla matemática llamada así en honor de Galileo (un físico y matemático que vivió en el mismo siglo que Newton, pero un poco antes en Italia) y que nos dice cómo pasar las medidas tomadas desde un sistema de referencia a otro.

El Principio de Relatividad establece que las leyes de la mecánica son las mismas para todos los sistemas de referencia que se muevan de manera uniforme. Este principio nos garantiza que da igual desde qué sistema de referencia midamos los movimientos de un cuerpo: siempre encontraremos las mismas leyes. Solo ha de cumplirse una condición: que elijamos sistemas de referencia que se muevan de manera uniforme los unos respecto a los otros.

A finales del siglo XIX, dos científicos estadounidenses llevaron a cabo un descubrimiento sorprendente: la velocidad de la luz es constante en todas partes. Este descubrimiento se conoce con el nombre de Ley de Propagación de la Luz.

La Ley de Propagación de la Luz es una ley universal que nos dice que la luz se propaga –se mueve- siempre en línea recta, y con una velocidad constante de 300, 000 kilómetros por segundo. Esta velocidad es la misma para la luz de todos los colores y de todos los objetos (lámparas, linternas o velas). Dicho con otras palabras: la velocidad de la luz nunca cambia. Como siempre se trata del mismo número constante 300,000 Km./seg., y los científicos le dan el nombre de “c”.

Otro de los grandes retos de la ciencia a lo largo de la historia, además de describir el movimiento de los cuerpos celestes, ha sido el describir el comportamiento de los fenómenos del magnetismo y la electricidad, que no siguen las leyes de la mecánica de Newton, y requieren sus propias matemáticas.

A finales del siglo XIX, el físico Maxwell logró, por fin, encontrar las ecuaciones matemáticas que describen el comportamiento de los fenómenos electromagnéticos, y fue el matemático Lorentz (1853-1928) el que encontró la regla matemática, conocida como la transformación de Lorentz, que permite pasar las ecuaciones de Maxwell que describen estos comportamientos de un sistema de referencia a otro.

Einstein decidió tomar como punto de partida tanto la Ley de la Propagación de la Luz como el Principio de Relatividad como ciertos, por lo tanto, la única explicación posible a la aparente incompatibilidad entre estos principios es aparente. Einstein encontró que la explicación estaba en el significado que todo mundo damos a los conceptos de distancia y tiempo como absolutos, hasta antes del descubrimiento de la teoría de la relatividad. Dicho con otras palabras: para nosotros, el tiempo en que algo ocurre y el tamaño de las cosas, son los que son, independientemente del sistema desde el que se midan. Y eso no es cierto. Fenómenos que son simultáneos cuando se observan desde un sistema de referencia, no lo son cuando se observan desde otro, y distancias que son iguales cuando se miden desde un sistema de referencia, no resultan necesariamente iguales al ser medidas desde otro sistema.

Para describir los fenómenos de la naturaleza se necesitan tomar dos tipos de medidas: medidas de tiempos y medidas de distancias. La primera medida de tiempo es la del momento en el que ocurre un suceso, el que sea. Hasta Einstein, siempre se había dado por hecho que el momento en el que algo ocurre es fijo y no depende del sistema de referencia desde donde se mida el tiempo. Por lo tanto, tiene sentido decir que dos sucesos ocurren a la vez, que son simultáneos, se mida desde donde se mida. Sin embargo, Einstein se dio cuenta de que esto no es verdad, que no tiene sentido hablar de dos sucesos simultáneos sin más.

Si el sistema de referencia se mueve, los relojes en él van más lentos, y cuanto más rápido se mueva el sistema, más lentos van los relojes en él. Por supuesto los habitantes del sistema no se dan cuenta, pues todo en su vida ocurre según ese tiempo más lento y a ellos les parece normal. Sólo se dan cuenta los que les observan y miden desde fuera. Dicho con otras palabras, todo sistema de referencia tiene su propio tiempo particular.

¿Cómo se miden las dimensiones de un cuerpo, esto es, las distancias entre sus partes? Queremos una manera de medir que sirva para todos los cuerpos del Universo, y algunos son enormes, como Marte. No podemos utilizar una regla. Lo que se suele hacer para medir una distancia (y por lo tanto las dimensiones y tamaños de los cuerpos), es medir el tiempo que tardamos en recorrer la distancia a una velocidad constante y conocida. Por ejemplo, si caminamos a dos kilómetros por hora, y tardamos tres horas en recorrer la distancia, sabemos que la distancia que hemos recorrido es de seis kilómetros. Ahora bien, si para medir distancias medimos tiempo, y cada sistema de referencia tiene su propio tiempo todo sistema de referencia tiene su propia “medida de la distancia” particular. Cuando el sistema de referencia se mueve, el tiempo va más lento, en menos tiempo se recorre menos distancia. Así pues, en un sistema de referencia que se mueve no solo decrece el ritmo del tiempo, también se produce la contracción del espacio –distancia-.

Se necesita pues, hacer los cálculos con reglas matemáticas que tomen en cuenta estas características de las medidas de tiempos y distancias, y las matemáticas de Galileo no lo hacen, pero las de Lorentz sí. Las transformaciones de Lorentz son fórmulas matemáticas que relacionan distancias, tiempo, velocidad de la luz y lo que se llama la masa de un cuerpo, y, por lo tanto, nos ofrecen información sobre cómo se relacionan entre sí estos conceptos. Al estudiar la información que sobre los conceptos de tiempo, espacio o masa nos ofrecen las transformaciones de Lorentz, Einstein comprendió que muchas de nuestra ideas sobre estos conceptos no son más que convenciones basadas en prejuicios (juicios previos a la observación de los fenómenos) y hábitos culturales.


Discusión

La concepción moderna del espacio y del tiempo, como formas de existencia de la materia en movimiento surgió en el siglo XIX, en una lucha frontal con el idealismo en sus vertientes subjetivista y objetivista.

Dynnik (1961), afirma que la corriente filosófica subjetivista la desarrolló Kant y al caracterizar la primera fase del conocimiento, formula su teoría idealista subjetiva del espacio y del tiempo, señalando que todos los objetos de la percepción sensible existen en el espacio y en el tiempo y plantea la siguiente cuestión: ¿qué es lo que nos permite afirmar que los objetos de la percepción sensible no pueden darse fuera del tiempo y del espacio? ¿Por qué consideramos al espacio y al tiempo condiciones universales y necesarias de la existencia de todos los objetos de la percepción sensible? Sólo y exclusivamente, a juicio de Kant, porque el tiempo y el espacio son condiciones universales y necesarias de todo lo que se percibe y de todo cuanto puede ser percibido en general; es decir, porque son las condiciones universales y necesarias de todos los objetos de cualquier experiencia posible; el tiempo y el espacio son, a su vez, formas de la sensibilidad, de la percepción inmediata; vale decir, son formas subjetivas de la facultad sensible, propia del hombre. Conforme a este punto de vista, los objetos no existen en el espacio y en el tiempo por sí mismos, o sea objetivamente, sino en cuanto son percibidos por nuestros órganos sensoriales y actúan sobre estos. Semejante concepción idealista subjetiva del espacio y del tiempo es, a juicio de Kant, la única demostración de que uno y otro son efectivamente universales y necesarios. Esta demostración no puede derivarse de la experiencia, ya que la experiencia solo tiene que ver con cosas individuales, sin abarcar nunca la totalidad de las cosas existentes. Por tanto, concluye Kant, los conceptos de espacio y tiempo son a priori; lo cual quiere decir que no solo no derivan de la experiencia, sino que, por el contrario, son anteriores a ella, constituyendo las condiciones de toda experiencia posible. Así, pues, en contraste con el materialismo francés, que concebía el espacio y el tiempo como formas objetivas de la existencia de la materia, Kant negaba la objetividad del espacio y del tiempo y los consideraba como formas subjetivas, anteriores a la experiencia (formas a priori) de la percepción sensible inmediata.

El idealismo objetivo, cuyo máximo representante fue Hegel, no niega la objetividad del espacio y del tiempo, pero considera que los objetos materiales son creados por la “Idea Absoluta”. A pesar de su carácter idealista, la filosofía hegeliana hizo un gran aporte en la concepción del tiempo y del espacio, al señalar que la esencia de los mismos es el movimiento, aunque en su versión idealista.

La Teoría de la Relatividad Especial, negó la concepción absoluta del espacio y del tiempo newtoniana, al vincularlos con el movimiento de la materia. Tanto el espacio como el tiempo eran considerados al margen del movimiento de la materia. En lo referente al tiempo, Meliujin (1960) describe las contradicciones del tiempo en la Mecánica Clásica de Newton: "En primer término, no hay razón alguna para suponer que la propagación de las interaciones es infinita y el tiempo idéntico en todo el universo. En segundo lugar, la afirmación de que el tiempo fluye por igual en todas partes...". En este sentido, Hegel tenía completa razón al afirmar: "...Como las cosas finitas, se encuentran en el tiempo, pero las cosas no desaparecen por encontrarse en el tiempo, sino que ellas mismas son temporales y eso las determina objetivamente. El proceso de las propias cosas reales constituye, por consiguiente, el tiempo". Así pues, el tiempo es la propia duración del movimiento de la materia. A pesar del carácter idealista de la concepción hegeliana, significó un gran progreso al concebir el movimiento de la materia como la esencia del espacio y del tiempo.

Contra ambas corrientes filosóficas muy de moda todavía en el siglo XIX, apareció la concepción materialista dialéctica del espacio y el tiempo. En la definición resalta como característica esencial el carácter objetivo del espacio y el tiempo, en contraposición al idealismo que en el fondo los concibe como algo subjetivo derivado de la conciencia del sujeto cognoscente. El otro rasgo fundamental del tiempo y del espacio es el movimiento. Este no es concebido en la forma tradicional –en forma metafísica y mecanicista-, como el desplazamiento mecánico de los objetos materiales, se trata más bien de una concepción del movimiento, entendido como todo cambio o transformación inherente a los objetos materiales, resultado de las contradicciones internas que son las que mueven a la materia, y va desde el movimiento mecánico más simple –cambio de posición espacial- de los objetos materiales hasta el pensamiento humano, pasando por el movimiento biológico y el social.

La Teoría Especial de la Relatividad confirmó la validez de la definición del espacio y el tiempo como formas fundamentales de existencia de la materia en movimiento, tal como la concibe el materialismo dialéctico. Así, el espacio y el tiempo absolutos de la mecánica clásica de Newton, se convirtieron en relativos, es decir están condicionados por el movimiento de la materia.

El carácter relativo del tiempo y el espacio, no significa que tengan naturaleza subjetiva derivada del observador, como pretende el idealismo filosófico, más bien se trata de propiedades objetivas independientes del sujeto cognoscente. Este simplemente mide el tiempo y espacio relativos y objetivos.

Con la Teoría Especial de la Relatividad el movimiento se internaliza hasta en el espacio y en el tiempo, de tal forma que desde el microcosmos hasta el macrocosmos, lo único que existe es materia que se mueve en diferente grado. En el microcosmos el movimiento de las micro-partículas está regido por las leyes de la mecánica cuántica y en el macrocosmos rigen las leyes de la física relativista, pasando por las leyes de la mecánica clásica que rigen el movimiento de los cuerpos materiales que se mueven a velocidades terrestres.

Si lo único que existe en el universo es materia que se mueve, entonces ¿Qué caso tendría estudiar, lo que hoy es una cosa y mañana es otra? La respuesta está en las leyes que son categorías –conceptos muy generales- centrales en todas las ciencias en general y de las ciencias físicas en particular y reflejan la objetividad de los procesos materiales.

En el movimiento de la materia debe permanecer algo que se conserva en la variabilidad de los procesos materiales, esa constancia que está detrás del movimiento es propiamente la ley que está oculta a la sensibilidad y es necesario descubrirla a través de la investigación científica. Así pues, la ley es un concepto fundamental de toda ciencia y expresa la invariabilidad en la variabilidad de los fenómenos, expresa la inmovilidad en la movilidad de los procesos materiales o también se puede decir que refleja la constancia en la mutabilidad de los objetos materiales.

Un aspecto central de la Teoría Especial de la Relatividad, es el Principio de la Constancia de la Velocidad de la Luz. Este Principio, en realidad, se trata de una ley de la naturaleza física del movimiento de la luz. Se trata de una ley que expresa la constancia de la velocidad de la luz y si toda ley expresa el nexo interno, necesario y constante entre las variables, es evidente que se pueden deducir consecuencias trascendentales para la física como lo hizo Einstein y lo condujeron al descubrimiento de las leyes del movimiento de los cuerpos materiales que se mueven a velocidades cercanas a la de la luz. Si el movimiento de la luz es una ley que expresa la constancia, es evidente que lo que debe variar en forma inversa es el espacio –distancia- y el tiempo, para conservar la permanencia de la velocidad de la luz. Como en los movimientos terrestres a los que el sentido común está habituado, la disminución del intervalo del tiempo y la contracción del espacio son imperceptibles, por esto la variación del tiempo y el espacio fueron deducidas por el pensamiento abstracto de Einstein y así fundar una nueva rama de la Física: la Teoría Especial de la Relatividad.

En la figura siguiente se muestra el movimiento del tiempo, según la Teoría Especial de la Relatividad. Es evidente que para velocidades cercanas a la de la luz, el reloj que mide el tiempo lo hace más lentamente (dilatación), en comparación con el reloj que mide el tiempo de velocidades a las que estamos acostumbrados.

Figura 1. Dilatación del tiempo cuando los obtetos materiales se mueven a velocidades próximas a las de laluz
Si el tiempo se mueve más lento a velocidades próximas a la de la luz y si la distancia -espacio- se obtiene al multiplicar la constancia de la velocidad de luz -300 000 km/seg- x el tiempo para conservar la constancia de la velocidad de la luz; entonces, se produce una contracción de la longitud del objeto material que se mueve, a diferencia del cuerpo material que está en reposo (figura 2).

Figura 2. Contracción del espacio

La paradoja de los gemelos expresa el impacto de la movilidad del tiempo, en la edad de dos hermanos "similares" que se mueven a velocidades radicalmente contrastantes. Uno que se mueve en el sistema de referencia terrestre y otro que se mueve en una nave espacial a grandes velocidades -próximas a las de la luz-. Al regreso del viaje espacial, el efecto del tiempo en el hermano que se quedó en la Tierra es evidente, puesto que el tiempo se mueve más rápido en comparación con el movimiento del tiempo de la nave, en consecuencia, estará más viejo -anciano-, como se observa en la figura 3.

Figura 3. Paradoja de los gemelos

La Teoría Especial de la Relatividad, confirma que el conocimiento científico se mueve de la sensibilidad percibida por los órganos de los sentidos a la esencia oculta que está detrás de la apariencia percibida por la sensibilidad, porque es en la esencia donde está la verdad de los procesos cambiantes de la realidad material. La verdad es una categoría lógica fundamental de todas las ciencias y en particular de las ciencias físicas, expresa la concordancia del pensamiento abstracto con la esencia de los procesos materiales o en pocas palabras es la expresión lógica de la esencia. La ley científica –verdad- es una de las formas fundamentales del pensamiento abstracto que refleja la esencia de los fenómenos cambiantes, en este caso del movimiento de los cuerpos materiales que se mueven a grandes velocidades, cercanas a la velocidad de la luz. Además, el descubrimiento de la Teoría Especial de la Relatividad, pone en evidencia el carácter "escalonado” del movimiento del conocimiento científico: descubrimiento de la esencia de primer orden –leyes de la mecánica de newton- a la esencia de segundo orden –leyes de la física relativista- y seguramente en el futuro avanzará en el descubrimiento de la esencia de tercer orden –teoría física general unificada- en la que se integrarán la Mecánica Clásica, la Mecánica Cuántica y  la Física relativista, cuyo fundamento está en la unidad orgánica entre lo general y lo particular.


Conclusiones

De la ley de la constancia de la velocidad de la luz, se infiere, que si la luz en su movimiento es invariante, por consiguiente, son el espacio –distancia- y el tiempo los que tienen que variar, tal como lo demostró la Teoría Especial de la Relatividad.

La Teoría Especial de la Relatividad, confirma que el conocimiento científico se mueve de la sensibilidad percibida por los órganos de los sentidos a la esencia oculta que está detrás de la apariencia percibida por la sensibilidad, porque es en la esencia donde está la verdad de los procesos cambiantes de la realidad material y en el ámbito del pensamiento abstracto se expresa como ley, categoría fundamental de toda ciencia en general y de la física en particular, que no es más que la expresión lógica de la esencia, en este caso de los procesos físicos que se mueven a grandes velocidades –cercanas a la de la luz-.

El conocimiento científico se mueve de la esencia de primer orden –leyes de la mecánica de Newton- a la esencia de segundo orden –teoría física relativista- y seguramente culminará en el futuro con el descubrimiento de la esencia de tercer orden –teoría física general unificada-, integrada por la Mecánica Clásica, la Mecánica Cuántica y la Física relativista, cuyo fundamento está en la unidad orgánica entre lo general y lo particular.

La grandeza del pensamiento abstracto, privado de la posibilidad de experimentar con objetos materiales que se mueven a grandes velocidades –cercanas a la velocidad de la luz-, permitió a Einstein recurrir a “experimentos mentales”, para deducir la Teoría Especial de la Relatividad.

La Teoría Especial del la Relatividad descubrió el movimiento propio en el espacio y el tiempo. Hasta principios del siglo XX, la mecánica clásica de Newton solo concebía el movimiento mecánico –cambio de posición espacial de los objetos materiales-, con la nueva teoría física fundada por Einstein, el movimiento se introdujo al interior de los propios objetos materiales.

Con la Teoría Especial de la Relatividad desaparecen el espacio y el tiempo absolutos  -universales e inmóviles- de Newton, propiedades de los objetos físicos desvinculados del movimiento material de la materia.

Con la Teoría Especial de la Relatividad, el tiempo y el espacio se vuelven relativos, es decir dependen del sistema de referencia en el que se midan y en consecuencia, están condicionados por el movimiento material de los objetos materiales.

La Teoría Especial de la Relatividad confirma que entre el espacio y el tiempo existe un nexo interno orgánico.

La Teoría Especial de la Relatividad no niega las leyes de la mecánica clásica, solo delimita su campo de acción al movimiento de los objetos materiales que se mueven a velocidades relativamente lentas (terrestres).

La Teoría Especial de la Relatividad, confirma la validez de la definición del espacio y del tiempo, como formas de existencia de la materia en movimiento, tal como los concibe el materialismo dialéctico; pero no se trata del movimiento mecánico más simple, se trata del movimiento en su concepción más moderna, en el sentido de entenderlo como todo cambio que se opera en los procesos materiales, resultado de las contradicciones internas inherentes a los objetos materiales.

Así pues, el espacio y el tiempo al estar condicionados, por el movimiento de la materia, significa que los  cuerpos materiales no están contenidos en el espacio, ya que éste también es de naturaleza material, más bien la existencia de la materia es espacial y temporal. 


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