DIALÉCTICA
MATERIALISTA REVOLUCIÓN FILOSÓFICA DEL SIGLO XIX
Valentín Vásquez
San Andrés
Ixtlahuaca, Oaxaca, México
Valentin02111956@gmail.com
Introducción
En las tres primeras décadas (1807-1820) con las obras filosóficas
principales de Hegel: Fenomenología de
espíritu (1807). Ciencia de la lógica
(1812-1816) y Enciclopedia de las
ciencias filosóficas (1817), culmina la Filosofía Clásica Alemana, libros
en los que su autor plasma su concepción idealista de su filosofía y su
dialéctica. La primera obra constituye una introducción a su sistema filosófico
y describe el movimiento dialéctico del espíritu desde la sensibilidad concreto
sensible (espacio-tiempo) hasta el saber absoluto. Posteriormente, escribe su Ciencia de la lógica, una obra dividida
en tres partes: Doctrina del Ser, en la que plantea la primera ley de la
dialéctica: tránsito reciproco de la cantidad y calidad, la cual establece que todos
los procesos se mueven gradualmente hasta alcanzar un límite (medida) que si se
rebasa produce una cambio brusco (“salto”) y aparece una nueva cualidad;
Doctrina de la Esencia, en la que en polémica con la lógica aristotélica
descubre la ley de la contradicción; Doctrina del Concepto, en la que el
movimiento dialéctico se eleva de la esencia a la lógica. La estructura de su
obra sigue un movimiento dialéctico: El ser es negado por la esencia y ésta es
negada por el concepto; es decir, se ha producido una doble negación para
retornar al punto de partida: el ser abstracto. Así pues, los procesos del
pensamiento abstracto (lógica) son cíclicos. Finalmente, en su Enciclopedia de
las ciencias filosóficas, expone su sistema filosófico: Lógica menor, en la que
hace un resumen de su Ciencia de la lógica; filosofía de la naturaleza, en la
que el concepto (lógica) se convierte en naturaleza; filosofía de espíritu, en
el que el concepto en su desarrollo social se transforma en espíritu (lógica).
Una vez, se repite el movimiento dialéctico cíclico: de la lógica (concepto) a
la naturaleza y de ésta al espíritu (lógica).
El primero en percatarse de la concepción de la dialéctica idealista de Hegel fue Feuerbach, quien concibió que el movimiento cíclico del pensamiento abstracto no es retornar al mismo punto de partida: el pensamiento abstracto. Para salir del círculo vicioso, hay que invertir el proceso dialéctico y plantear el retorno a la realidad material, la cual existe independientemente de la Idea. Sin embargo, su materialismo se redujo a la contemplación pasiva de la naturaleza concreto-sensible del individuo abstracto (antropología).
Marx
y Engels no sólo criticaron la filosofía en general y la dialéctica en
particular hegelianas por su carácter idealista, sino que la superaron
dialécticamente al invertirla: es la realidad material la que en su prolongado
desarrollo histórico la que genera a la especie humana con su órgano material
(cerebro) sustrato del pensamiento abstracto. Es decir, es la materia la que
genera al pensamiento abstracto (lógica), con lo que la filosofía idealista de
Hegel la transforman en materialismo dialéctico (dialéctica materialista).
Respecto al materialismo
contemplativo de Feuerbach, Marx lo superó al concebir la práctica para
transformar la realidad concreto-sensible con la que la sociedad humana
transforma la naturaleza y se transforma ella misma. Además, la práctica es la
fuente de conocimiento y el criterio de veracidad del pensamiento abstracto.
Breve historia de la dialéctica materialista
Marx (1844) escribe que Feuerbach es el único que mantiene una actitud seria, una crítica, ante la dialéctica hegeliana y que ha hecho verdaderos descubrimientos en este terreno; es, en general, el verdadero superador de la vieja filosofía. La grandeza de la aportación y la silenciosa sencillez con que Feuerbach la entrega al mundo, presenta un sorprendente contraste con lo que por el contrario vemos en los otros.
La
gran hazaña de Feuerbach consiste:
1)
En haber probado que la filosofía [de Hegel] no es otra cosa que la religión
plasmada en pensamientos y desarrollada de un modo discursivo; de que también
ella, por tanto, debe ser condenada, como otra forma y modalidad de la
enajenación del ser humano.
2)
En haber fundado el verdadero materialismo y la ciencia real, por cuanto que
Feuerbach erige…en principio fundamental de la teoría de la relación social
“entre el hombre y el hombre”.
3)
En haber contrapuesto a la negación de la negación [hegeliana], que afirma ser
lo absolutamente positivo [Idea absoluta], lo positivo que descansa sobre sí
mismo y tiene en sí mismo su fundamento.
Feuerbach
explica del siguiente modo la dialéctica hegeliana (fundamentando con ello el
punto de partida de lo positivo, de lo cierto a través de los sentidos): Hegel
parte de la enajenación (lógicamente, de lo infinito, de lo abstractamente
general) de la sustancia, de la abstracción absoluta y fijada; es decir,
expresándonos en términos populares, parte de la religión y de la teología.
En
segundo lugar, supera lo infinito y estatuye lo real, lo sensorial, lo finito,
lo particular (filosofía, superación de la religión y la filosofía). Supera de
nuevo lo positivo y restablece la abstracción, lo infinito. Restablecimiento de
la religión y la teología.
Por
tanto, Feuerbach solo concibe la negación de la negación como contradicción de
la filosofía consigo misma, como la filosofía que afirma la teología
(trascendencia), después de haberla negado, es decir, después de haberla
afirmado en contraposición consigo misma.
En
la Enciclopedia [de las ciencias
filosóficas] Hegel comienza con la lógica, con el pensamiento puramente
especulativo, y termina con el saber absoluto, con el espíritu autoconsciente,
con el espíritu filosófico o absoluto que se capta a sí mismo, es decir, con el
espíritu abstracto supra humano; así, pues, toda la Enciclopedia…no es otra cosa que la esencia desplegada del espíritu
filosófico, su auto objetivación; del mismo modo que el espíritu filosófico no
es sino el espíritu del mundo que se piensa dentro de su auto enajenación, es
decir, el espíritu abstracto, enajenado, que se capta así mismo. La lógica –el
dinero del espíritu, el valor discursivo, especulativo, del hombre y de la
naturaleza-, su esencia que se ha vuelto completamente indiferente a toda
determinabilidad real y, por tanto, irreal, el pensamiento enajenado y, por
consiguiente, abstraído de la naturaleza y del hombre real; el pensamiento
abstracto…La exterioridad de este pensamiento abstracto…la naturaleza, tal y
como para este pensamiento abstracto es. Es exterior a él, la pérdida de sí
mismo; y ese pensamiento la capta también exteriormente, como pensamiento
abstracto, pero como un pensar abstracto, enajenado; finalmente, el espíritu,
este pensamiento que retorna a su propia cuna, que, en cuanto espíritu antropológico,
fenomenológico, psicológico, ético, artístico-religioso, solo comienza rigiendo
todavía para consigo mismo, hasta que por último se encuentra y se relaciona
consigo mismo en el espíritu absoluto, es decir, abstracto, cobrando así su
existencia consciente, la que a él le corresponde. Pues su existencia real es
la abstracción.
Lo
que hay de grande en la Fenomenología
[del espíritu] de Hegel y en su resultado final –la dialéctica de la
negatividad, como el principio motor y engendrador- es…de una parte, el que
Hegel conciba la autogénesis del hombre como un proceso, la objetivación como des
objetivación, como enajenación y como superación de esta enajenación, el que se
capte, por tanto, la esencia del trabajo y conciba al hombre objetivado y
verdadero, por ser el hombre real, como resultado de su propio trabajo. El
comportamiento real, activo, del hombre ante sí como ser genérico o la
manifestación de sí mismo como un ser genérico real, es decir, como ser humano,
solo es posible por el hecho de que crea y exterioriza realmente todas sus
fuerzas genéricas –lo que, a su vez, solo es posible mediante la actuación
conjunta de los hombres, solamente como resultado de la historia –y se comporta
ante ellas como ante objetos, lo que, a su vez, hace posible, solamente y ante
todo, la forma de la enajenación.
Hegel
adopta el punto de vista de la Economía Política moderna. Concibe al trabajo
como la esencia, como el ser del hombre que se hace valer; solo ve el lado
positivo del trabajo, pero no su lado negativo. El trabajo es el devenir para
sí del hombre dentro de la enajenación o en cuanto hombre enajenado. El único
trabajo que Hegel conoce y reconoce es el abstractamente intelectual. Por
tanto, lo que en general constituye la esencia de la filosofía, la enajenación
del hombre que se sabe, o la ciencia enajenada que se piensa, es lo que Hegel
reconoce como esencia suya, y por ello puede, frente a la filosofía precedente,
condenar sus aspectos concretos y presentar su filosofía como la filosofía. Lo
que otros filósofos hacían –el captar diversos aspectos concretos de la
naturaleza y de la vida humana como aspectos de la autoconciencia abstracta- es
lo que Hegel sabe por la acción de la filosofía; por eso su ciencia es
absoluta.
El
ser humano, el hombre, es, para Hegel, igual a autoconciencia. Toda enajenación
del ser humano no es, por tanto, nada más que la enajenación de la
autoconciencia. La enajenación de la autoconciencia no se considera como
expresión, expresión que se refleja en el saber y en el pensamiento, de la
enajenación real de la esencia humana. Lejos de ello, la enajenación real y
manifestada como real no es, en cuanto a su esencia más íntima oculta –y
revelada solamente por la filosofía-, otra cosa que el fenómeno de la
enajenación de la esencia humana real, de la autoconciencia. Por eso la ciencia
que comprende esto se llama Fenomenología
[del espíritu]. Toda reapropiación de la esencia objetiva enajenada se
manifiesta, por tanto, como una incorporación en la autoconciencia; el hombre
que se apodera de su esencia es solamente la autoconciencia que se apodera de
la esencia objetiva; el retorno del objeto al sí mismo es, por tanto, la
reapropiación del objeto.
En
Hegel la negación de la negación no es, por tanto, la confirmación de la
verdadera esencia, cabalmente por la negación de la seudo esencia, sino la
confirmación de la seudo esencia o de la esencia que se ha enajenado en su
negación, o la negación de esta seudo esencia como una esencia objetiva, que
mora fuera del hombre y es independiente de él, y de su transformación en
sujeto.
Un
papel peculiar desempeña…la superación, en la que se entrelazan la negación y
la conservación, la afirmación.
Así,
por ejemplo, tenemos que, en la filosofía del derecho de Hegel, el derecho
privado superado equivale a la moral, la moral superada equivale a la familia,
la familia superada equivale a la sociedad civil, la sociedad civil superada
equivale al Estado y el Estado superado equivale a la historia universal. En
realidad, siguen en pie el derecho privado, la moral, la familia, la sociedad
civil, el Estado, etc., solo que, convertidos en momentos, en existencias y
modalidades del hombre, que no valen aisladamente, que se superan y engendran
mutuamente, etc., en momentos del movimiento.
En
su existencia real se halla oculta esta su esencia móvil. Y solo se manifiesta,
solo se revela en el pensamiento, en la filosofía; por eso, mi verdadera
existencia religiosa es mi existencia filosófico-religiosa, mi verdadera
existencia política mi existencia filosófico-jurídica, mi verdadera existencia
natural mi existencia filosófico-natural, mi verdadera existencia artística mi
existencia filosófico-artística, mi verdadera existencia humana mi existencia
filosófica. Y lo mismo la verdadera existencia de la religión, el Estado, la naturaleza,
el arte. Pero, si para mi filosofía de la religión, etc., solo es la verdadera
existencia de la religión, eso quiere decir que solo como filósofo de la
religión soy verdaderamente religioso, con lo que niego la religiosidad real y
el hombre realmente religioso. Pero, al mismo tiempo, los confirmo, en parte
dentro de mi propia existencia o dentro de la existencia ajena, que opongo a
ellos y que solo es su expresión filosófica, y en parte en su forma originaria
peculiar, pues para mí valen solamente como el aparente ser de otro modo, como
alegorías, como formas ocultas bajo envolturas sensibles de su propia
existencia verdadera, es decir de mi existencia filosófica.
Y,
del mismo modo, la cualidad superada equivale a la cantidad, la cantidad
superada equivale a la medida, la medida superada equivale a la esencia, la
esencia superada al fenómeno, el fenómeno superado a la realidad, la realidad
superada al concepto, el concepto superado a la objetividad, la objetividad
superada a la idea absoluta, la idea superada a la naturaleza, la naturaleza
superada al espíritu subjetivo, el espíritu subjetivo superado al espíritu
objetivo ético, el espíritu ético superado al arte, el arte superado a la
religión, la religión superada al saber absoluto.
Hegel,
concibe el trabajo –dentro de la abstracción- como el acto de autogénesis del
hombre, el comportamiento hacia sí como hacia un ser extraño y la confirmación
de sí mismo, en cuanto ser extraño, como la conciencia genérica y la vida
genérica en gestación. Pero, en Hegel, este acto aparece, de una parte, como un
acto meramente formal, porque aparece como un acto abstracto, porque el ser
humano mismo solo se considera como ser pensante abstracto, como
autoconciencia; o en segundo lugar, por ser la formulación formal y abstracta,
la superación de la exteriorización se convierte en una confirmación de la
exteriorización, o aquel movimiento de auto génesis, de auto objetivación es,
para Hegel, la manifestación de vida humana absoluta, y por tanto, la última,
la que, al llegar a su esencia, constituye la meta de sí misma y se aquieta en
sí.
Este
movimiento, en su forma abstracta, como dialéctica, se considera, por tanto,
como la verdadera vía humana, pero como es una abstracción, una enajenación de
la vida humana, es considerada como un proceso divino y, por tanto, como el
proceso divino del hombre; proceso que recorre por sí mismo su esencia
abstracta, pura, absoluta, distinta de él.
Este
proceso ha de tener necesariamente un portador, un sujeto; pero el sujeto solo
deviene como resultado; y este resultado, el sujeto que se sabe como
autoconciencia absoluta, es, por tanto, Dios, el Dios absoluto, la idea que se
sabe y se confirma. El hombre real y la naturaleza real se convierten meramente
en predicados, en símbolos de este hombre real oculto y de esta naturaleza
irreal. Sujeto y predicado mantienen, por tanto, entre sí, la relación de una
inversión absoluta, son un sujeto-objeto místico o la subjetividad que
trasciende del objeto al sujeto absoluto como un proceso, como un sujeto que se
exterioriza y retorna a sí de la exteriorización, pero que al mismo tiempo la
recobra de nuevo, y el sujeto en cuanto este proceso; el puro e incansable
girar en sí.
El
objeto enajenado, la enajenada realidad esencial del hombre no es –puesto que
Hegel equipara el hombre a la autoconciencia- nada más que conciencia,
solamente el pensamiento de la enajenación, su expresión abstracta y, por
tanto, carente de contenido e irreal, la negación. La superación de la
exteriorización no es, por tanto, asimismo, otra cosa que una superación
abstracta y carente de contenido de aquella abstracción sin contenido, la
negación de la negación. La actividad llena de contenido, viva, sensible y
concreta, de la auto objetivación se convierte, de este modo, en su mera
abstracción, en la negatividad absoluta, abstracción que nuevamente vuelve a
plasmarse como tal y se piensa como una actividad independiente, como la
actividad por antonomasia.
Y,
como esta llamada negatividad no es otra cosa que la forma abstracta, sin
contenido, de aquel acto vivo real, tampoco su contenido puede ser más que un
acto formal, engendrado mediante la abstracción de todo contenido. Se trata,
por tanto, de formas de abstracción generales, abstractas, inherentes a todo
contenido, y por ello mismo indiferentes a todo contenido, a la par que,
precisamente por ello, valederas para un contenido cualquiera, de formas del
pensar, de categorías lógicas, desgarradas del espíritu real y de la naturaleza
real.
Lo
que Hegel aporta aquí de positivo –en su lógica especulativa- es el que los
contenidos determinados, las formas del pensar fijas y generales, son, en su
sustantividad frente a la naturaleza y el espíritu, un resultado necesario de
la enajenación general del ser humano y también, por tanto, del pensamiento
humano, que es por lo que Hegel las presenta y las resume como momentos del
proceso de la abstracción. Así, por ejemplo, el ser superado es la esencia, la
esencia superada el concepto, el concepto superado…la idea absoluta. Ahora
bien, ¿Qué es la idea absoluta? Esta se supera de nuevo a sí misma, sino quiere
recorrer de nuevo y desde el principio todo el acto de la abstracción y
contentarse con ser una totalidad de abstracciones o la abstracción que se
capta a sí misma. Pero la abstracción que se capta como abstracción se sabe cómo
nada; la abstracción no tiene más remedio que superarse, y arriba así a una
esencia que es cabalmente lo contrario de ella: a la naturaleza. Toda la Lógica es, por tanto, la prueba de que
el pensamiento abstracto de por sí no es nada, de que la idea absoluta de por
sí no es nada, de que solo la naturaleza es algo.
Hegel
presenta el sistema de categorías de la lógica especulativa, como momentos de
la abstracción y la superación dialéctica, que finalmente no son nada como conceptos
abstractos y que por el proceso de superación dialéctica se convierten en
realidad material. En suma, los conceptos abstractos de la lógica especulativa
hegeliana, por la dialéctica de la superación permanente se convierten en
naturaleza. La dialéctica hegeliana es tan peculiar que necesariamente el
concepto abstracto se transforma en realidad material.
La
idea absoluta, la idea abstracta, que “considerada con arreglo a su unidad
consigo es intuición”. Esta idea, alumbrada de un modo tan peregrino y tan
barroco y que ha causado a los hegelianos tan enormes dolores de cabeza, no es,
para nada, otra cosa que la abstracción, es decir, el pensador abstracto, que
aguzado por la experiencia y esclarecida acerca de su verdad, se decide, bajo
diversas condiciones –falsas y todavía de por sí abstractas-, a sacrificarse y
a poner su ser de otro modo, lo particular, lo determinado, en lugar de su ser
en sí, de su no ser, de su generalidad e indeterminabilidad, a dejar salir
libremente de sí la naturaleza, que llevaba dentro solamente como abstracción,
como objeto discursivo; es decir, a abandonar la abstracción y a contemplar de
una vez la naturaleza, libre de ella. La idea abstracta, convertida
inmediatamente en intuición, no es en absoluto otra cosa que el pensar
abstracto, que dimite y se decide a la intuición. Y todo este tránsito de la
Lógica a la Filosofía de la naturaleza no es otra cosa que el paso, tan difícil
de dar para el pensador abstracto y que, por tanto, éste describe como una gran
aventura, de la abstracción a la intuición de naturaleza sensible.
El
sentimiento místico empuja a los filósofos del pensamiento abstracto a la
intuición sensible, es el hastío, la nostalgia de un contenido.
La
naturaleza se ha entregado, como idea, bajo la forma del ser de otro modo. Y,
como la idea, así, es como lo negativo de sí misma o se es externamente,
tenemos que la naturaleza no es algo externo, puramente relativo con respecto a
esta idea, sino que la exterioridad constituye la determinación en la que es
como naturaleza.
El
revelarse, que es, como la idea abstracta, tránsito inmediato, devenir de la
naturaleza, es, como el revelarse del espíritu, que es libre, el estatuir la
naturaleza como su mundo; un estatuir que, en cuanto reflexión, presupone al
mismo tiempo el mundo como naturaleza independiente. El revelarse en el
concepto es la creación de aquella como su ser, en la que él se da la
afirmación y la verdad de su libertad.
Sánchez
Vásquez (1982) comenta que ya desde el prólogo de los Manuscritos económico filosóficos, Marx, no solo dice que la
crítica positiva en general…debe su verdadera fundamentación a los
descubrimientos de Feuerbach, sino que de él data la primera crítica positiva
humanista y naturalista. Marx destaca asimismo la segura, profunda, extensa y
sostenida influencia de sus escritos: “los únicos desde la Fenomenología y la Lógica de Hegel en que se contienen una
verdadera revolución teórica”.
Cuando
Marx escribe esto ya ha experimentado la influencia de Feuerbach que llega a él
no solo a través de su crítica de la religión, contenida en la Esencia del cristianismo [1841] sino de
su crítica de la filosofía especulativa de Hegel, expuesta en sus Tesis para la reforma de la filosofía
[1842] y Principios de la filosofía del
porvenir [1843].
En
1844, Marx comparte –con los jóvenes hegelianos- el entusiasmo general
despertado por la crítica feuerbachiana de la religión, de acuerdo con el
inequívoco testimonio de Engels. Sin embargo, desde el punto de vista de la
evolución del pensamiento filosófico de Marx, también influye en él, tanto en
su Crítica de la filosofía del derecho de
Hegel como en los Manuscritos,
junto a La esencia del cristianismo,
el texto aparecido un año más tarde con el título de Tesis provisionales para la reforma de la filosofía (escritas en
1842 y publicadas en 1843).
Aquí
la brecha abierta en una sección del sólido edificio hegeliano (Filosofía de la
religión) con La esencia del cristianismo
se extiende al edificio entero. En rigor, lo que hace Feuerbach es extender el
método, que él llama de la “crítica reformadora de la filosofía”, a la
filosofía hegeliana entera. El propio Feuerbach lo dice, con su lenguaje
aforístico, en la Tesis 7: “El método de la crítica reformadora de la filosofía
especulativa en general no se distingue del método ya empleado en la Filosofía
de la religión. No tenemos más que convertir el predicado en sujeto, y a éste
sujeto en objeto…”.
En
La esencia del cristianismo esto significaba instalar al hombre como el
verdadero sujeto en las relaciones entre el hombre y Dios. Pero una inversión
análoga –y la exigencia del restablecimiento consiguiente- tenemos en la
filosofía especulativa que transfiere la esencia del hombre y la naturaleza a
la Idea Absoluta que se convierte así en sujeto en tanto que el hombre y la
naturaleza, carentes de realidad propia, no son más que predicados.
De
este modo la religión y el idealismo, la teología y la filosofía especulativa
atribuyen a un producto humano, de la conciencia, una realidad absoluta; es
decir, ponen fuera del hombre en un ser ficticio (en Dios, en la Idea) lo que
en definitiva es él mismo; pero en esta inversión el hombre se presenta como un
ser enajenado.
Todo
esto lo encontramos claramente expresado en las Tesis provisionales para la reforma de la filosofía [1842], de
Feuerbach:
Sobre
el hombre como secreto o raíz de la religión y, a través de ésta, de la
filosofía especulativa (tesis 1): “El secreto de la teología es la
antropología, el secreto de la filosofía especulativa es la teología, la
teología especulativa…”.
Sobre
la exteriorización de la esencia humana o del pensamiento humano (Tesis
13): “La esencia de la teología es la
esencia del hombre trascendente, proyectada fuera del hombre; la esencia de la Lógica de Hegel es el pensar
trascendente, el pensar del hombre colocado fuera del hombre”.
Sobre
el carácter de esta operación como abstracción que funda, a su vez, la
enajenación del hombre (tesis 20): “Abstraer es poner la esencia de la
naturaleza fuera de la naturaleza, la esencia del hombre fuera del hombre, la
esencia del pensar fuera del acto de pensar. Al fundar todo su sistema en estos
actos de abstracción, la filosofía de Hegel ha enajenado al hombre de sí mismo.
Hegel
pretende haber superado la religión en la filosofía; sin embargo, al reducir
una y otra a su común fundamento antropológico Feuerbach niega semejante
superación. Así pues, la mistificación hegeliana alcanza no solo a su
concepción de la religión sino a su filosofía especulativa en general.
Subrayamos
mientras tanto que Marx había vislumbrado, por primera vez y en toda su
magnitud, de la mano de Feuerbach, la mistificación de la filosofía hegeliana.
Es evidente que al decir en el prólogo de los Manuscritos que los escritos de Feuerbach son “los únicos desde la Fenomenología y la Lógica de Hegel en
que se contiene una verdadera revolución teórica”, tiene presente las tesis
cardinales que acabamos de exponer. Al poner ante sus ojos, toda la
mistificación idealista hegeliana, esas tesis le permitieron aquilatar el
sentido profundo de la aportación feuerbachiana y con la conciencia aunque
restringida de sus límites, comenzar a revolucionar sus propias ideas…En este
proceso justamente la crítica feuerbachiana y, de modo especial, la dirigida al
meollo mismo del misticismo lógico hegeliano, es la única que, en contraste con
la “inconsistencia” y esterilidad de los jóvenes hegelianos, le presta una
ayuda muy importante. Por ello, no vacila en ensalzar con un acento que hoy
parece exagerado, los méritos de Feuerbach. En tanto que los jóvenes hegelianos,
se han revelado impotentes para rebasar a Hegel: “Feuerbach es el único que
mantiene una actitud seria, una actitud crítica, ante la dialéctica hegeliana y
que ha hecho verdaderos descubrimientos en este terreno; es, en general, el
verdadero superador de la vieja filosofía”.
Veamos
en que consiste a juicio suyo la triple y “gran hazaña de Feuerbach”. Consiste
primero: “1) en haber probado que la filosofía hegeliana no era otra cosa que
la religión plasmada en pensamientos y desarrollada de un modo discursivo; de
que también ella, por tanto, debe ser condenada, como otra forma y modalidad de
la enajenación del ser humano”.
Ya
vimos en las Tesis provisionales para la reforma de la filosofía la
aproximación feuerbachiana entre filosofía y religión, o entre teología y
filosofía especulativa sobre la base de su común raíz antropológica. Por ello,
al igual que la religión, la filosofía constituye una forma de enajenación del
ser humano. En sus Tesis, Feuerbach subraya, desde el comienzo, esta unidad de
la filosofía especulativa y la religión.
Marx
capta perfectamente la interpretación feuerbachiana de la filosofía
especulativa como desarrollo conceptual y consecuente de la religión; es por
ello, religión racionalizada (o “elaboración y resolución racionales o teóricas
del Dios que para la religión es trascender y no objetivo”). En consecuencia,
como “modalidad de la enajenación del ser humano” debe ser condenada al igual
que la religión, ya que no hace más que dar “otra forma” a dicha enajenación.
Resulta así que el mérito de Feuerbach consiste no solo en haber mostrado la
enajenación en la esfera religiosa, sino también en relación con ella –y como
desarrollo racional y consecuente de ella- en la filosofía especulativa. Así
pues, a los ojos de Marx, la gran hazaña de Feuerbach estriba en primer lugar
en haber puesto en relación a la filosofía especulativa con la religión como
modalidades ambas de la enajenación del ser humano. Afirmar esto significa
asimismo subrayar la idea de que para Feuerbach religión y filosofía
especulativa no son simples productos del error, sino productos de ser del
hombre que produce tanto una como otra forma de enajenación. Al destacar la
unidad de religión y filosofía, viendo en la primera la esencia de la segunda,
y ambas en relación con la enajenación del ser humano, Marx demuestra haber
comprendido lo que separa a Feuerbach en este punto, del materialismo anterior.
El
segundo de los méritos que Marx señala en Feuerbach se relaciona con el
fundamento del verdadero materialismo y de la ciencia. Consiste, por tanto: “En
haber fundado el verdadero materialismo y la ciencia real, por cuanto que
Feuerbach erige…en principio fundamental de la teoría la relación social “entre
el hombre y el hombre”.
Así
pues, Feuerbach pone como fundamento del conocimiento la esencia del hombre que
“solo se contiene en la comunidad, en la unidad del hombre con el hombre, pero
una unidad que se basa únicamente en la realidad de la diferencia del yo y del
tú”. Ya antes en el parágrafo 41 había dicho también: “La comunidad del hombre
con el hombre es el principio y el criterio primero de la verdad”.
Como
vemos, el joven Marx subraya como un mérito el que esta relación social entre
el hombre y el hombre sea puesta como fundamento de la teoría, pero se trata de
una relación en el marco de la concepción antropológica feuerbachiana que él
mismo en sus Tesis [sobre Feuerbach]
rechazará después. En efecto, se trata de la relación a la que alude en ellas
entre hombres abstractos, entre individuos vinculados por una abstracción: su
naturaleza común, inherente a cada individuo, y no por sus relaciones
propiamente sociales.
El
tercero de los méritos que Marx señala en Feuerbach se refiere a su crítica de
la dialéctica hegeliana y, en particular, de su modo de concebir la negación de
la negación. Recordemos que Marx ha afirmado antes: “Feuerbach es el único que
mantiene una actitud seria, ante la dialéctica hegeliana…”.
Pues
bien, ahora se trata de ver en que consiste el mérito de Feuerbach en este
punto, ya que en él encontramos no solo la crítica feuerbachiana de la
dialéctica hegeliana, altamente apreciada por Marx, sino también una crítica de
las limitaciones de la posición de Feuerbach con respecto a la dialéctica de
Hegel. Por lo pronto registremos que el mérito de Feuerbach en este terreno
consiste:
“…En
haber contrapuesto a la negación de la negación [hegeliana], que afirma ser lo
absolutamente positivo [Idea absoluta], lo positivo que descansa sobre sí mismo
y tiene en sí mismo su fundamento [naturaleza]”.
Tenemos,
en primer lugar, dos concepciones de lo positivo: lo positivo en sentido
hegeliano que se identifica con la negatividad como principio y motor del
desarrollo y que es “lo absolutamente positivo, y lo positivo en sentido
feuerbachiano que descansa en sí mismo y se funda a sí mismo no negativa sino
positivamente. Mientras que en Hegel lo positivo absoluto es la conclusión del
proceso a través de la negación de la negación, en Feuerbach es el punto de
partida.
Marx
expone la crítica feuerbachiana de la dialéctica de Hegel en los siguientes
términos:
“Feuerbach
explica del siguiente modo la dialéctica hegeliana (fundamentando con ello el
punto de partida de lo positivo, de lo cierto, a través de los sentidos):
Hegel
parte de la enajenación (lógicamente, de lo infinito, de lo abstractamente
general) de la sustancia, de la abstracción absoluta y fijada; es decir,
expresándose en términos populares, parte de la religión y la teología. En
segundo lugar, supera lo infinito y estatuye lo real, lo sensorial, lo finito,
lo particular (filosofía, superación de la religión y de la teología). En
tercer lugar, supera lo nuevo, lo positivo, y restablece la abstracción, lo
infinito. Restablecimiento de la religión y la teología.
Por
tanto, Feuerbach solo concibe la negación de la negación [hegeliana] como
contradicción de la filosofía consigo misma, como la filosofía que afirma la
teología (trascendente), después de haberla negado, es decir, después de
haberla afirmado en contraposición consigo misma”.
Marx
considera que Feuerbach está en lo justo al partir de lo positivo absoluto,
entendido como lo sensiblemente cierto, y no de lo infinito. Como materialista,
destaca así la primacía del ser sensible (“de lo cierto a través de los
sentidos”). La dialéctica hegeliana actúa en sentido inverso; su punto de
partida no es el ser real sensible, lo particular, lo determinado, sino una
abstracción: lo infinito inmediato captado bajo la forma de religión; en un
segundo momento, lo infinito es negado y tenemos a sí lo finito, lo particular,
lo sensible; esta experiencia captada racionalmente es la filosofía que, a su
vez, es la negación de la religión. Pero, en el tercer momento, una segunda
negación niega lo determinado, lo particular (lo real sensible).
En
el sistema dialéctico hegeliano, criticado por Feuerbach, el primer momento o
punto de partida (la religión) es negado en el segundo y restablecido, mediante
una nueva negación, en el tercero.
Marx
considera como un mérito de Feuerbach que éste interprete la dialéctica
idealista hegeliana, con su estructura de la “negación de la negación”, como un
proceso que lleva a la restauración de lo negado, a saber: la religión. Tras la
afirmación de la religión y la supresión de ésta, la filosofía entra en
contradicción consigo misma para salvarse como religión. Lo que constituía, en
el primer momento, lo positivo, es objeto de la negación en el segundo para ser
afirmado de nuevo como lo positivo en el tercer momento, pero se trata como
restauración de la religión de lo positivo tan abstracto y especulativo como en
el primer momento. El momento religioso, afirmado y negado, es reafirmado
definitivamente. Para Feuerbach, por tanto, la dialéctica idealista,
especulativa, de Hegel y su principio motor: la negatividad, no sirven más que
para fundamentar la religión, o más exactamente esta forma de religión y
teología que es el idealismo. Este carácter teológico de la dialéctica lo pone
claramente de manifiesto en el siguiente pasaje de los Principios de la filosofía del futuro [1843], no citado por Marx,
pero que seguramente tuvo a la vista:
“El misterio de la
dialéctica hegeliana no consiste en definitiva sino en negar la teología en
nombre de la filosofía, para negar a su vez a la filosofía en nombre de la
teología. La teología es el comienzo y el fin; en medio queda la filosofía como
negación de la primera posición; pero es la teología la que constituye la
negación de la negación”.
Marx,
ha sabido aquilatar este descubrimiento de Feuerbach: la estrecha relación
entre la dialéctica hegeliana y el idealismo. La dialéctica, ciertamente, en su
forma especulativa es el fundamento mismo del idealismo. Y esta forma es, ante
todo, para Feuerbach la que le imprime la negación de la negación. Pero Marx lo
critica a su vez por el carácter absoluto y unilateral que tiene en él la
crítica de la dialéctica hegeliana. O sea, no considera que el destino
definitivo de la dialéctica, con su estructura de la negación de la negación
esté sellado por la forma idealista, especulativa, que le da Hegel. Por ello,
dice que Feuerbach solo concibe la negación de la negación en una forma: como
contradicción de la filosofía consigo misma. Es decir, no concibe que la
negación de la negación pueda tener un contenido real, y de ahí que, para
escapar de las construcciones teológicas de Hegel, Feuerbach abandone la
negación de la negación. Ahora bien, para Marx, del rechazo de la dialéctica en
su forma idealista y del uso especulativo que hace Hegel de la negación de la
negación, no se desprende que haya que rechazar en bloque la dialéctica y la
estructura misma de la negación de la negación. Tal es la conclusión a que llega,
en definitiva.
Lo
que Feuerbach critica a Hegel –crítica que aprueba Marx- es que su negación de
la Negación no conduce a una verdadera afirmación de lo positivo verdadero que,
a juicio de él, es “la posición cierta a través de los sentidos y basada en sí
mismo”. Pero el problema no se resuelve simplemente con sustituir un positivo
por otro, eliminando el momento de la negatividad, momento que Marx trata de
recuperar.
Marx,
que acepta la crítica de Feuerbach, le reprocha el concebir la negación de la
negación como contradicción de la filosofía consigo misma, es decir, como un
problema puramente filosófico, o como un movimiento que se desarrolla entre
abstracciones. Para Feuerbach la negación de la negación solo se da –y por ello
la abandona- abstractamente, de un modo especulativo, al margen del movimiento
de lo real. Por ello, a lo positivo en sentido hegeliano que entraña en su
negación (posición y contraposición), opone Feuerbach lo verdaderamente
positivo, que descansa en sí mismo, que no conoce ni necesita de la negación, a
saber, lo real sensible. Para Feuerbach la contradicción y la negación de la
negación son solamente hechos de conciencia que no se dan en la realidad misma
(por ello dice Marx que solo la concibe como contradicción de la filosofía
consigo misma). Por tanto, la dialéctica, con su estructura de la negación de
la negación, solo la concibe Feuerbach en la forma en que se da en Hegel; en
forma especulativa, y no en el movimiento mismo de lo real.
En
consecuencia, aun aceptando la crítica feuerbachiana en cuanto que denuncia el
carácter especulativo de la dialéctica hegeliana, y aun aceptando la
contraposición de lo positivo como punto de partida en tanto que “lo cierto a
través de los sentidos”, Marx se niega a rechazar la negación de la negación –y
por tanto, la dialéctica- siempre que ésta abandone su forma especulativa y se
la vea entrañada en la realidad misma. Pero, incluso en su forma hegeliana,
verá en ella la expresión del movimiento mismo de lo real, solo que, en forma
abstracta, especulativa; es decir, deformada, mistificada.
Alejándose
de la crítica de Feuerbach a Hegel que le lleva a abandonar totalmente la
estructura de la negación de la negación, Marx subraya ahora los dos aspectos
de la negación: el positivo verdadero que surge en la lucha con la negación, y
el aspecto negativo como el único acto en el que un ser se afirma a sí mismo
(ya que se afirma al negar lo que se niega). A Hegel no hay que criticarle,
pues, por haber empleado esta categoría de la negación de la negación (así
entendida, con estos dos aspectos), sino por haberla empleado en su forma
especulativa (único blanco al que apunta la crítica de Feuerbach). Pero a
Feuerbach se le escapa lo que advierte Marx: a) que la estructura de la
negación puede adoptar otra forma como estructura del movimiento de la
historia, de lo real; b) que aun en la forma hegeliana es una expresión de este
movimiento si bien de un modo abstracto, especulativo, lógico.
En la crítica de
Feuerbach a Hegel hay un elemento fecundo que Marx retendrá: la oposición de lo
real, del hombre, como “lo positivo fundado en sí mismo”, a lo positivo
abstracto, la Idea. Pero, inmediatamente se separa de Feuerbach porque aun
admitiendo este punto de partida, para él no hay lugar para la dialéctica en lo
real mismo.
Ciertamente,
esta dialéctica del hombre real que Feuerbach no ve y que Hegel presenta en su
forma especulativa, no sería concebible sin el descubrimiento feuerbachiano del
hombre –y no la Idea- como “sujeto presupuesto”, pero este hombre está sometido
a un movimiento real, a una historia, que es justamente lo que Feuerbach no ve.
Hegel si ve la historia, pero como historia abstracta, especulativa, con un
sujeto abstracto –la Idea- en tanto que Marx encuentra en ella la expresión
misma de la historia del hombre.
Ahora
bien, cuando Hegel habla de la historia del hombre, entendida en esa forma, en
verdad no es su historia real, sino la historia del hombre en cuanto producto
de lo Absoluto. Se trata, en definitiva, para Hegel –en la interpretación del
joven Marx- de una historia que no tiene por verdadero sujeto al hombre sino a
lo Absoluto y en el curso de la cual surge y se desarrolla de su seno el
hombre.
Tenemos, pues, que a
través de su crítica a Feuerbach Marx vuelve a Hegel para recuperar la
dialéctica, el movimiento mismo del hombre real. Si Feuerbach tiene razón
frente a Hegel, como Marx reconoce al denunciar el carácter especulativo de su
dialéctica, si bien abandonando con ella la dialéctica misma, Hegel tiene razón
contra Feuerbach –nos viene a decir Marx- al presentar, aunque sea en forma
especulativa la dialéctica, es decir, el movimiento de lo real. Se trata, pues,
de recuperar, con ayuda de otra dialéctica, ese movimiento, es decir, la
historia real del hombre como sujeto, como proceso de auto reproducción. La
crítica de Feuerbach, una vez señalados sus méritos y limitaciones, exige
volver a Hegel para tratar de encontrar la verdad que yace oculta tras sus
abstractas y especulativas categorías.
Feuerbach,
es el primero que se enfrenta críticamente a Hegel, aunque con el saldo
negativo (abandono de la dialéctica) que el propio Marx señala agudamente.
Pero, con todo, aprovechará fecundamente, dándole un nuevo contenido, a una de
las categorías centrales de la de la Fenomenología:
la de enajenación y superación de la enajenación.
En
suma, cuando el joven Marx se enfrenta a la Fenomenología
solo cuenta con la crítica feuerbachiana de la dialéctica hegeliana. Pero esta
crítica no solo tiene las limitaciones que señala Marx, sino que dista mucho de
abrir un cauce que le permita llegar a la médula misma de la obra que él
considera “la verdadera cuna y el secreto de la filosofía hegeliana”. Pero para
ello se requiere descubrir el “misterio” de la Fenomenología que está por descubrirse. Y ese misterio es el que
Marx va a revelar en una de las confrontaciones más profundas y apasionantes
que registra la historia de la filosofía. Duelo de gigantes, el de Hegel y
Marx: “a tal señor, a tal honor”.
Tras
afirmar que la Fenomenología es la
“verdadera cuna y secreto de la filosofía hegeliana” y transcribir las grandes
divisiones de esta obra, Marx trata de poner de relieve cual es la verdadera
naturaleza del sujeto que sigue su itinerario fenomenológico desde la
conciencia ordinaria hasta el Saber Absoluto, o también: cual es el verdadero
protagonista de ese despliegue cuyas etapas o formas nos muestra Hegel en la Fenomenología. Pero, antes de adentrarse
en la Fenomenología Marx dirige su
mirada a la Enciclopedia y, dentro de
ella a la Lógica como su primera parte, pues allí se encuentra también el mismo
sujeto o protagonista:
“La
Enciclopedia de Hegel comienza con la
Lógica, con el pensamiento puramente
especulativo, y termina con el saber absoluto, con el espíritu autoconsciente,
con el espíritu filosófico o absoluto que se capta a sí mismo, es decir, con el
espíritu abstracto supra humano; así, pues, toda la Enciclopedia no es otra cosa que la esencia desplegada del
espíritu, su auto objetivación; desde el mismo modo que el espíritu filosófico
no es sino el espíritu del mundo que se piensa dentro de su autoenajenación, es
decir, el espíritu abstracto, enajenado, que se capta a sí mismo”.
Debemos
recordar que la Enciclopedia, a
diferencia de la Fenomenología, es
una obra de madurez. En la Enciclopedia
hallamos como sistema lo que en la Fenomenología
constituye el contenido del movimiento fenomenológico. En la Enciclopedia el espíritu aparece en un
triple plano: a) como pensamiento que se piensa a sí mismo; b) como naturaleza
y c) como espíritu. Pero este espíritu es ya un espíritu autoconsciente al cual
da Marx diversos nombres que significan lo mismo: saber absoluto, espíritu
filosófico, espíritu absoluto o espíritu abstracto supra humano. Marx trata de
subrayar este rasgo de la filosofía hegeliana que haya claramente confirmado en
la Enciclopedia: su pan
espiritualismo. Todo es espíritu. Esto lo vemos en la Enciclopedia en cuanto
que es la esencia desplegada de ese espíritu, en su última etapa, no es sino un
espíritu filosófico, o espíritu auto objetivado. Hegel caracterizará al
espíritu como espíritu enajenado, o auto enajenado. Eso es solo una nueva
manera de expresar su carácter de objetivado, puesto que la enajenación es
consustancial con la objetivación. Pero es una enajenación peculiar, según
Marx.
Siguiendo
ahora con la esencia última del espíritu, Marx encuentra su realidad en su
irrealidad, o sea, en la abstracción. La verdadera esfera del espíritu es, de
acuerdo con la interpretación de Marx, la abstracción. Y, con este motivo, se
remite a la primera parte de la Enciclopedia,
o sea, a la Lógica:
“La
Lógica –el dinero del espíritu, el
valor discursivo, especulativo, del hombre y la naturaleza-, su esencia que se
ha vuelto completamente indiferente a toda determinabilidad real y, por tanto,
irreal, el pensamiento enajenado y, por consiguiente, abstraído de la
naturaleza y del hombre real; el pensamiento abstracto”.
La
comparación de la lógica con el dinero, como dinero del espíritu, no puede ser
más afortunada. El espíritu, sabemos, es también en Hegel lo concreto, lo real
–la naturaleza y la historia-, pero todo lo concreto, todo lo que tiene un
valor o significación particular, se disuelve en ese elemento indiferente a
toda determinación concreta que es el pensamiento abstracto. Para Marx el
espíritu, abstraído así de toda determinación real, de la naturaleza y la
historia, es irreal, alejado de la realidad, y con ello pensamiento enajenado.
Marx
sigue exponiendo las grandes peripecias del espíritu, para ver en la naturaleza
la exterioridad de este pensamiento abstracto.
Esa
exterioridad es doble: a) en cuanto que la naturaleza es exterior al
pensamiento, es decir, en cuanto el paso del espíritu de la esfera de la Lógica
a la de la naturaleza entraña, con la aparición de la contingencia (en la
naturaleza), la pérdida de sí mismo, y b) exterioridad en cuanto el pensamiento
capta a la naturaleza también exteriormente, pues solo puede captarla así en
virtud de la exterioridad de ella. Ahora bien, el pensamiento que capta esta
realidad enajenada, exterior, es el mismo pensamiento enajenado. Tal es el
sentido del siguiente pasaje de Marx: “La exterioridad de este pensamiento
abstracto…la naturaleza, tal y como para este pensamiento abstracto es. Es
exterior a él, la pérdida de sí mismo; y ese pensamiento la capta también
exteriormente, como pensamiento abstracto, pero como un pensar abstracto,
enajenado…”.
Ahora
bien, el fin de Hegel es mostrar la verdadera realidad del espíritu; por ello,
el pensamiento especulativo y la naturaleza solo son momentos de esta verdad.
Ello exige la superación de ese dominio extraño para que el espíritu retorne a
su verdadera existencia que Marx considera que no es otra, pese a estas
conquistas y reconquistas, que la abstracción. “…Finalmente, el espíritu, este
pensamiento que retorna a su verdadera cuna, que, en cuanto espíritu
antropológico, fenomenológico, psicológico, ético, artístico, religioso, solo
comienza rigiendo todavía para consigo mismo hasta que por último se encuentra
y se relaciona consigo mismo en el espíritu absoluto, es decir, abstracto,
cobrando así su existencia consciente, la que a él corresponde. Pues su
existencia real es la abstracción”. El espíritu retorna así a su cuna, cuna de
la lógica, del pensamiento abstracto, abstraído de la naturaleza y del hombre
real y, por tanto, irreal. La existencia real, en consecuencia, del espíritu,
como dice Marx, es la abstracción, o sea, la irrealidad. Así pues, a la
cuestión planteada, acerca de la verdadera naturaleza del espíritu hegeliano,
responde, remitiéndose sobre todo a la Enciclopedia,
afirmando su carácter abstracto, o sea, irreal.
Hasta
la naturaleza abstracta, irreal, del espíritu se ha presentado en el vasto
movimiento espiritual que expone Hegel de un modo sistemático en la Enciclopedia. Pero cabe preguntarse: ¿no
cambiará este carácter abstracto del sujeto si nos enfrentamos a un movimiento
real como es el de la historia del hombre real? ¿Qué carácter asumirá la
abstracción y la enajenación que hemos visto en ella cuando nos hallamos ante
el hombre real y ante esas enajenaciones que parecen revestir un carácter
concreto, real, como son el Estado, la riqueza, etc.? Aunque Marx no se formula
explícitamente la pregunta, está implícita al trasladar el foco de su atención
de la Enciclopedia a la Fenomenología. El paso de una a otra
entraña un cambio de plano: el paso a un plano más real, más concreto, puesto
que aquí nos encontramos ante realidades humanas, y también ante enajenaciones
del hombre mismo. ¿Podrá mantener Hegel también esta reducción al pensamiento
abstracto que hemos visto en la Enciclopedia?
La
existencia humana no escapa al mismo tratamiento. Este es uno de los errores
que Marx va a señalar en Hegel. Y este error –el tratar al hombre real y su
mundo como mundos de la abstracción, del pensamiento abstracto-, aparece sobre
todo en la Fenomenología. De ahí la
importancia que Marx le concede para ver, bajo una nueva luz, lo que ya ha
visto en la Enciclopedia. Por ello cobra una importancia peculiar para captar
el sentido entero de la filosofía de Hegel. Y ahora comprendemos porqué Marx
dice, por segunda vez, que es la “cuna” de la filosofía hegeliana.
Pues
bien, veamos cómo, a juicio de Marx, aparece la existencia humana en esta
perspectiva hegeliana y cuál es el verdadero sentido de su enajenación:
“Cuando
Hegel, por ejemplo, concibe la riqueza, el poder del Estado, etc. como una
esencia enajenada del ente humano, solo lo hace en su forma discursiva…Se trata
de esencias discursivas y, por tanto, simplemente de una enajenación del
pensamiento puro, es decir, del pensamiento filosófico abstracto. Todo el
movimiento termina, por tanto, con el saber absoluto. De donde se enajenan
estos pensamientos y a quién se enfrentan con la pretensión que se arrogan de la
realidad: en eso consiste, cabalmente, el pensamiento abstracto”.
Para
Hegel, según Marx, las instituciones sociales como la riqueza, el poder
estatal, son enajenaciones de la esencia humana, pero, a su vez, como esta se
reduce al pensamiento filosófico, abstracto, son en definitiva enajenaciones
del pensamiento abstracto. Son por ello entes del pensamiento, esencias
discursivas, y por esta razón Hegel las expone en su forma discursiva. Es
decir, Hegel no las concibe en su estado real, histórico, como elementos de la
historia real del espíritu.
¿Qué
es, en definitiva, el filósofo para Hegel? Es el hombre por el cual el espíritu
cobra conciencia de que la realidad entera es el espíritu; es el hombre capaz
de descubrir en esta realidad la trama de la razón. Su tarea es la más alta,
más incluso que la de la religión y la del arte: “elevar el contenido absoluto
que se encuentra en la representación religiosa a la forma de pensamiento”. En
su evolución, cada filosofía no ha hecho más que expresar el grado de autoconciencia
del espíritu en la esfera que le es propia, la del pensamiento. Con el
filósofo, la Idea llega a la plena conciencia de sí misma. Con el se cumple el
desarrollo del espíritu. En cuanto que con el filósofo (Hegel) tiene el
espíritu plena conciencia de sí mismo y ya no conoce enajenación alguna, de la
concepción hegeliana se desprende que el filósofo es el hombre des enajenado
(Hegel), en cuya filosofía la autoconciencia del espíritu se alcanza
plenamente.
Con
Hegel el espíritu capta la totalidad de lo real, y la capta como realidad del
espíritu. Con él la realidad entera se ha vuelto realidad del espíritu, o sea,
pensamiento, filosofía. El filósofo parece así escapar a la enajenación, aunque
piense en el interior de un mundo enajenado. Y no solamente escapa, sino que es
él quien establece la pauta de ese mundo.
Hegel
separa así la existencia de la conciencia: la filosofía en un mundo enajenado
escapa de la enajenación. Para Marx, en cambio, en un mundo enajenado la
filosofía es pensamiento en el interior de la enajenación, y no puede haber
filosofía no enajenada de una realidad enajenada. La filosofía expresa en forma
abstracta el mundo enajenado. Y el filósofo con su existencia abstracta
enajenada es la “forma abstracta del hombre enajenado” realmente.
Pero,
¿en qué consiste propiamente la enajenación del filósofo especulativo? El
filósofo pretende una comprensión absoluta, total y unitaria de la realidad, es
decir, reducir el ser, la realidad entera a términos de pensamiento; esto es
justamente lo que vemos en Hegel. Pero en cuanto hombre de su tiempo y de la
sociedad, en que se da realmente la enajenación, el filósofo no puede escapar a
la enajenación de este mundo real del que forma parte.
La
enajenación puede entenderse en un doble sentido: a) como expropiación de la
realidad al despojarla de su ser real para reducirla a su concepto, a su
abstracción. Es su sentido teórico (Hegel); b) como expropiación del hombre al
despojarlo de su esencia, de sus fuerzas esenciales. Es la enajenación
práctica, del hombre en el trabajo (Marx).
El
filósofo, hombre que vive al margen de la producción material, cae en el primer
tipo de enajenación. Pero ¿de qué deriva su enajenación? Justamente de su afán
de reducir la filosofía a mera expresión del mundo, y además, comprensión
absoluta y total del mundo, pero aceptando el mundo como tal, dejándolo
intacto. El filósofo especulativo se asigna la tarea de dar razón del mundo,
pero con este dar razón, en definitiva, justifica el mundo como es, e inválida
todo intento de transformar prácticamente lo real. Comprender al mundo es
apropiárselo teóricamente de un modo total y absoluto. Tal ha sido la
pretensión de la filosofía especulativa que culmina en Hegel.
Pero
el filósofo trata de entender un mundo enajenado, presentando la enajenación
como un hecho normal y, por tanto, justificándola. Y la normalidad y
justificación estriba precisamente en su reducción al pensamiento. El filósofo
corta sus raíces con la realidad, al disolver esta en el pensamiento y en esto
consiste justamente la naturaleza de la enajenación.
Con
su crítica del filósofo hegeliano como “forma abstracta del hombre enajenado”
Marx apunta a la médula de la filosofía misma como filosofía especulativa y
abona el terreno para una teoría posterior de la filosofía como ideología. La
filosofía se enajena por esencia en cuanto que existe una relación enajenada
entre el pensamiento y la realidad, en virtud de la cual el pensamiento se
sitúa en estos dos planos:
a)
Ignora o desconoce su relación con lo real; para ella, comprender lo real es
reducirlo al pensamiento.
b)
No solo ignora esta realidad, sino que trata de situarse por encima de ella,
convirtiéndose en la medida misma de lo real, en “la pauta del mundo
enajenado”.
Hegel
representa el caso límite de la filosofía como especulación, del filósofo que
al reducir toda la realidad a pensamiento no solo acepta, en su totalidad, el
hecho de la enajenación real, puesto que acepta el mundo como es, sino que hace
de su comprensión, de su reflejo teórico, la pauta, la ley o regla del mundo.
La
filosofía en tanto que mera especulación se ha comportado hasta ahora así. Pero
hay grados de especulación, y, por tanto, de enajenación. La filosofía de Hegel
que lleva hasta sus últimas consecuencias la tarea de reducir la realidad al
pensamiento, lleva hasta sus últimas consecuencias esta enajenación de la
filosofía.
El
filósofo, que tiene Marx en la mente sin nombrarlo, cuando lo califica de
“forma abstracta del hombre enajenado” que se ve así mismo en el papel de pauta
de ese mundo enajenado, es evidentemente Hegel.
Como
el pensamiento abstracto es el círculo del que nada escapa, dentro de él surgen
y se resuelven todas las oposiciones: del en sí y el para sí, de la conciencia
y la autoconciencia, del objeto y el sujeto, del pensamiento y la realidad. Las
oposiciones se resuelven reduciendo los opuestos a pensamiento, a un sujeto que
ya no se objetiva, a un objeto que ya todo él es sujeto. La historia real se
convierte en historia del pensamiento, de la filosofía; los conflictos reales
se resuelven en la esfera de la abstracción, e incluso la sensoriedad real,
sensible, no escapa a esta reducción. En el marco de este movimiento universal
del pensamiento abstracto sitúa Hegel la existencia humana, la objetivación y
la deshumanización de su esencia.
El
hombre no se define en Hegel por sí mismo, sino por su relación con ese otro
que es el pensamiento abstracto, y su enajenación se define, por tanto, no como
antítesis consigo mismo, con su esencia, sino como antítesis con el pensamiento
abstracto…la enajenación real del hombre y, por tanto, la superación real de
esta enajenación escapa por completo a Hegel. Pero esto es precisamente lo que
busca Marx y encuentra, aunque parezca paradójico, en forma mistificada en la
misma Fenomenología: “La apropiación
de las fuerzas esenciales del hombre convertidas en objetos, y en objetos
extraños, es, por tanto, conciencia, en el pensamiento puro, es decir,
abstracción, la apropiación de estos objetos como pensamientos y movimientos de
pensamientos…” (Hegel).
Todo
el movimiento de la objetivación de las fuerzas esenciales del hombre ocurre en
un plano teórico. Las fuerzas esenciales son las del hombre como ser
espiritual; los objetos en que se objetivan, lo son de la conciencia
–pensamientos-; el lugar en que se opera este proceso es la conciencia, el
pensamiento puro, la abstracción, y en este lugar se lleva a cabo también la
apropiación de estos objetos.
Tras
de afirmar esto, Marx pone en relación la Fenomenología
con las obras posteriores, para establecer la unidad fundamental entre aquella
y éstas, al señalar que en la primera se encuentra en germen lo que ya
sistemáticamente se encontrará después. La caracterización del modo abstracto,
irreal de la enajenación y reapropiación de las “fuerzas esenciales del hombre”,
que se pone de manifiesto en la Fenomenología,
es lo que hace que ya en esta obra esté “latente como germen, como potencia,
como un misterio, el positivismo acrítico y el idealismo no menos acrítico de
las obras posteriores de Hegel, esta disolución y restauración filosóficas del
empirismo existente”.
La
Fenomenología contiene, en germen,
potencialmente, lo que se mostrará en toda desnudez en el sistema hegeliano.
Por ello Marx emplea el término positivismo, en el sentido de un atenerse a los
hechos, justificándolos acríticamente, no fundadamente, y, por esto, Marx lo
califica como positivismo acrítico. La filosofía de Hegel quiere contar con los
hechos, pero los hechos están en ella para ser justificados. Pero es también un
idealismo acrítico, basado en el apriorismo no fundado de la Idea, que se
traduce, por un lado, en la negación de la experiencia presente y, por otro, en
su restauración, justificándola conservadoramente.
Todo
el sistema hegeliano lo ve Marx a la luz de esta doble caracterización: como un
intento frustrado de articular el espíritu y la realidad, la idea y el hecho.
Uno y otro se dan acríticamente y de ahí que pueda ser caracterizada por Marx
como idealismo y positivismo a la vez en cuanto que trata de dar lo suyo a la
idea y al hecho, pero lo da de un modo acrítico.
Hasta
ahora Marx se ha situado en una posición crítica frente a Hegel enderezada a
demostrar: 1) el carácter abstracto del sujeto y del movimiento en que se
realiza el proceso triple de objetivación y superación de ésta (o enajenación);
2) que este carácter abstracto al trasladar el movimiento del espíritu al plano
del hombre no cambia, pues el que se objetiva y enajena no es el hombre real,
sino el hombre en oposición con el pensamiento abstracto.
Aunque
en forma mistificada, como historia del pensamiento, Hegel no solo apunta a la
historia real, sino que proporciona la clave para entenderla como un movimiento
dialéctico de objetivación, enajenación y superación de la enajenación. A la
crítica tiene que seguir, por tanto, el reconocimiento de lo que Hegel aporta
en su Fenomenología, una vez
desmitificada. Y la clave central de su des mistificación es la categoría de
enajenación.
“La
Fenomenología es, por consiguiente,
la crítica oculta, todavía ante sí misma oscura y mistificadora; pero en cuanto
retiene la enajenación del hombre –aun cuando éste solo se manifieste bajo la
forma del espíritu-, se hallan implícitos y ocultos en ella todos los elementos
de la crítica y, con frecuencia, preparados y elaborados ya de un modo que descuella
ampliamente sobre el punto de vista hegeliano. La “conciencia desventurada”, la
“honrada conciencia”, la lucha entre “la conciencia noble” y “la conciencia
vil”, etc., estos capítulos sueltos, contienen los elementos críticos –pero aún
bajo una forma enajenada- de esferas enteras, como las de la religión, el
Estado, la vida civil, etc.”.
Como
vemos, Marx no regatea su reconocimiento a Hegel, sobre todo por el uso de la
categoría de enajenación, aplicada al hombre, aunque en forma mistificada, y
por haber ofrecido los elementos críticos –aunque en forma enajenada también-
de esferas completas de la vida social. Pero, a su vez, hay que reconocerle el
mérito de haber visto lo que se ofrecía como una posibilidad, es decir, el uso
real, no mistificado, tanto de la categoría central de enajenación del hombre
como de los elementos críticos en un análisis concreto social.
En
la crítica de Marx a la Fenomenología,
el concepto de enajenación –central en Hegel- conserva toda su importancia,
pero haciendo de él un uso real. Al ser puesto en relación con el hombre recibe
una dimensión práctica, real; el hombre se enajena práctica, realmente, en el
proceso de producción. Sin embargo, Marx reconoce, como un mérito de Hegel, el
mostrar al hombre en un proceso en el curso del cual se crea a sí mismo. Marx
señala que esta idea hegeliana, tan fecunda, se presenta también en forma
mistificada, puesto que los términos de ella –hombre, proceso, etc.- lo están.
Leamos este texto capital de Marx: “Lo más importante de la Fenomenología de Hegel y de su resultado
final –la dialéctica de la negatividad, como el principio motor y engendrador-
es, por tanto, de una parte, el que Hegel conciba la autogénesis del hombre
como un proceso, la objetivación como des objetivación, como enajenación y como
superación de esta enajenación, el que capte, por tanto, la esencia del trabajo
y conciba al hombre objetivado y verdadero, por ser el hombre real, como
resultado de su propio trabajo”.
Marx
señala como un mérito de Hegel el concepto de autogénesis o autoproducción del
hombre. El hombre se produce a sí mismo como ser específicamente humano. Esta
autoproducción es un proceso que pasa por tres fases: objetivación, enajenación
y superación de esta enajenación. Pero, como la objetivación es para Hegel
enajenación, las fases son más bien dos: subjetividad-objetividad (enajenación)
y reapropiación (cancelación de la objetividad y negación). El elemento motriz
de este proceso es el trabajo: el hombre es así resultado de su trabajo y la
esencia del trabajo estriba en ser el verdadero acto de autoproducción del
hombre. Hombre y trabajo aparecen así en estrecha vinculación y, por ello,
puede afirmarse que el hombre es trabajo, y que, en el trabajo, se hace a sí
mismo.
El
hombre es solo un ser humano en la medida en que objetiva sus fuerzas
esenciales, genéricas, y éstas solo puede objetivarlas como ser genérico,
social, junto con los demás. Pero justamente esta objetivación, es lo que hace
posible la enajenación.
La
exposición de la concepción hegeliana del trabajo en la Fenomenología nos permite comprender la crítica de Marx. El trabajo
aparece justamente en el proceso por el cual el sujeto (el espíritu) se eleva a
su plena autoconciencia. El hombre es espíritu; la superioridad transitoria del
señor sobre el esclavo se funda en que, arriesgando su vida, permanece en un
nivel humano, espiritual, mientras que el siervo, se queda en un nivel animal.
Pero, en la segunda fase del movimiento, el señor permanece en un plano animal
(el de mero consumidor) y detiene el desarrollo del espíritu; el esclavo, en
cambio, al infundir a las cosas la forma de su espíritu, asegura el desarrollo
de éste. Pero, ello es posible porque el trabajo es actividad espiritual,
actividad por la cual el espíritu se reconoce en las cosas mismas.
La
positividad del trabajo es evidente; el trabajo no solo forma las cosas, sino
que forma y forja al hombre mismo. No hay hombre –como demuestra el ejemplo del
señor- en el ocio, al margen del trabajo, Marx establece así los dos polos:
positivo -trabajo- y negativo –ocio-
Hegel
no ve que esta polaridad pueda darse en el seno mismo del trabajo. La
negatividad solo aparece con Marx cuando el concepto mismo de enajenación se
traslada a la esfera del trabajo, y éste se concibe como trabajo real,
material.
Franz
Mehring dice en el prólogo a La Sagrada
familia de Marx y Engels (1845),
que dicha obra adquirió la forma de una polémica contra la Gaceta Literaria, que Bruno Bauer y sus hermanos Edgar y Egberto
editaban en Charlottenburg, desde diciembre de 1843.
La
rapidez y facilidad con que la reacción romántica destruyó los “Anales
Alemanes” y la “Gaceta del Rhin”, en cuanto estos órganos dejaron la filosofía
para pasarse a la política, y la absoluta indiferencia con que la “masa”
contempló este “ametrallamiento” del “espíritu”, arraigaron en Bauer la
convicción que por este camino no se iba a ninguna parte. Para él, la salvación
estaba en retornar a la filosofía pura, a la teoría pura, a la crítica pura; y,
efectivamente, nada ni nadie se opondrían a este plan de levantar un gobierno
omnipotente del mundo en la esfera de las nubes ideológicas.
El
abismo entre el “espíritu” y la “masa” era el punto central que aparecía en la
labor de este periódico. Para la Gaceta Literaria, según sus propias palabras,
el espíritu solo tenía un enemigo, que ya conocía: las ilusiones y la
superficialidad de la masa. Por lo tanto, no hay que extrañarse que el
periódico de Bauer, con esta ideología, juzgase despectivamente todos los
movimientos de “masa” de la época, el cristianismo y el judaísmo, el pauperismo
y el socialismo, la revolución francesa y la industria inglesa.
Después
del prólogo los autores explican:
La
crítica perfeccionándose, alcanza aquí una altura de abstracción donde
únicamente las creaciones de su propio espíritu y su generalidad contraria a
toda realidad le parecen “algo” o, más bien, le parecen “todo”. El obrero no
crea nada, porque no fabrica más que objetos individuales, es decir, concretos,
tangibles, sin espíritu ni crítica, que la crítica pura tiene en horror. Todo
lo que es concreto, todo lo que es vivo, tiene un carácter de masa, carece de
crítica, no es nada, por lo tanto, y solo las creaciones ideales, fantásticas
de la crítica son todo. El obrero no crea nada: esta afirmación es, además,
absolutamente idiota, abstracción hecha de que el obrero aislado no produce
nada íntegramente, lo que es una tautología. La Crítica crítica no crea nada; el obrero crea todo, y a tal punto
que, por las creaciones de su espíritu, avergüenza a toda la crítica: los
obreros ingleses y franceses pueden testimoniarlo.
La
crítica no hace “más que formarse
fórmulas con las categorías de lo que existe”, la filosofía de Hegel, las
aspiraciones sociales: fórmulas, nada más que fórmulas; y a pesar de todas sus
inventivas contra el dogmatismo, ella misma se condena al dogmatismo y hasta el
dogmatismo femenino. Es y seguirá siendo una anciana, la filosofía de Hegel,
viuda y marchita, que cubre de adornos y afeites su cuerpo reseco, reducido a
la abstracción más repelente, y que con amorosas miradas busca un pretendiente
por toda Alemania.
¡El objeto¡¡Qué horror¡¡Nada
es más condenable ni más profano, nada es más deshonrado que un objeto por el
carácter de masa ¡¡ Abajo el objeto ¡
A
los ojos de la tranquilidad del conocimiento, el amor es una pasión abstracta
en el sentido del lenguaje especulativo, que llama concreto lo que es
abstracto, e inversamente.
La
pasión del amor no puede pretender el interés de un desarrollo interior, puesto
que no puede ser construido a priori, y su desarrollo es un desarrollo real que
se desenvuelve en el mundo sensible y entre individuos reales. Pero el interés
principal de la construcción especulativa reside en la respuesta a las
preguntas: ¿de dónde viene, a donde va? La pregunta de dónde “es la necesidad de
una idea, su prueba y su deducción” (Hegel). La pregunta a donde es el destino
“por el cual cada miembro particular del ciclo especulativo, en tanto que,
animado por el método, deviene al mismo tiempo el comienzo de un nuevo miembro”
(Hegel). El amor no merecería, pues, el interés de la crítica especulativa,
sino cuando se pudiera construir a priori su origen y fin. Lo que la crítica ataca aquí, no es solamente el
amor, es todo lo que está vivo, todo lo que cae directamente bajo los sentidos
y es del dominio de la experiencia sensible; en suma, toda la experiencia
material cuyo origen y cuyo fin nunca se pueden establecer por adelantado.
El
verdadero Proudhon dice: “no construyo un sistema; pido el fin del privilegio,
etc.”. En otros términos, el verdadero Proudhon declara que no persigue fines
científicos abstractos, sino que formula con respecto a la sociedad
reivindicaciones inmediatamente prácticas.
El
proletariado y la riqueza son antinómicos. Como tales constituyen un todo. Son
dos formas del mundo de la propiedad privada: Se trata de determinar el lugar
que uno y otra ocupan en la antinomia. No basta decir que son los dos aspectos
de un todo.
Todavía,
Marx y Engels utilizan el lenguaje kantiano (antinomias) para caracterizar la
contradicción social más importante en la sociedad burguesa: proletariado vs
riqueza derivada de la propiedad privada capitalista.
Que
el señor Edgar se permita comparar por un instante la igualdad francesa con la
“conciencia” alemana y percibirá que el segundo principio expresa a la alemana,
es decir, en el pensamiento abstracto, lo que el primero expresa a la francesa,
es decir, en el idioma de la política y de la intuición pensante. La conciencia
es la igualdad del hombre consigo mismo en el pensamiento puro. La libertad es la
conciencia que el hombre tiene de sí mismo en el mundo de la práctica, es
decir, por consecuencia el conocimiento que un hombre tiene de otro hombre
considerado como su igual. La libertad es la expresión francesa de la unidad del
ser humano, de la conciencia genérica y de la relación social y humana del
hombre con el hombre. Lo mismo que en Alemania la crítica destructiva, antes de
llegar con Feuerbach a la intuición del hombre verdadero, había ensayado
disociar, por el principio de la conciencia de sí, toda cosa determinada y toda
cosa existente, la crítica destructiva trató de llegar en Francia al mismo
objetivo por medio del principio de la igualdad.
“Proudhon
quiere mal a la filosofía, lo que en suma no podríamos vituperarle. ¿Pero
porque quiere mal a la filosofía? La filosofía –dice- hasta hoy no ha sido
práctica. Ha montado a horcajadas en el gran caballito de la especulación, y
los hombres le han parecido entonces demasiado pequeños. Yo creo que la
filosofía es excesivamente práctica. En otros términos, hasta hoy no ha sido
más que la expresión abstracta de la situación existente y nunca ha podido
desprenderse de las primeras condiciones de esta situación, condiciones que
acepta como absolutas”.
La
idea de que la filosofía es la expresión abstracta de la situación existente,
no pertenece originalmente al señor Edgar, sino a Feuerbach, quien, el primero,
profesó y declaró que la filosofía era el empirismo especulativo y místico.
Pero el señor Edgar, pretende darle a esta idea un giro original y crítico.
Mientras Feuerbach llega, en efecto a la conclusión que la filosofía debe
descender de la esfera de la especulación hasta la profundidad de la miseria
humana, el señor Edgar nos enseña, por el contrario, que la filosofía es
excesivamente práctica. Mas bien parece que la filosofía, precisamente porque
no era más que la expresión trascendente y abstracta de la situación existente,
a causa también de su trascendencia y de su abstracción, a causa de su
distinción imaginaria del mundo, debía creer que había dejado muy por debajo de
ella la situación existente y los hombres reales; que, por otra parte, puesto
que no se diferenciaba realmente del mundo, se encontraba en la imposibilidad
de dar un juicio real sobre el mundo o de ejercer en contra suyo una facultad
real de diferenciación; que ella no podía, pues, intervenir prácticamente y
debía limitarse a lo sumo a una práctica en abstracto. La filosofía no era
excesivamente práctica más que en el sentido que planeaba por encima de la
práctica. La crítica crítica, que no
ve en la humanidad más que una masa sin alma, nos da el testimonio más ruidoso
de la infinita pequeñez que los hombres revisten a la mirada de la
especulación. La vieja especulación se encuentra aquí de acuerdo consigo
misma…Aun cuando la especulación habla del hombre, no tiene en vista lo
concreto, sino lo abstracto, la idea, el espíritu, etc.
Según
el señor Edgar, poseer y no poseer son, para Proudhon, categorías absolutas. La
crítica crítica no ve en todas partes
más que categorías de la posesión y de la no posesión; posesión y no posesión,
el salario, la retribución, la miseria y la necesidad, el trabajo por la
necesidad, no son más que categorías…Si la sociedad solo tuviera que liberase
de las categorías de la posesión y de la no posesión, un dialéctico cualquiera,
más débil aún que el señor Edgar, ¡cuán fácilmente le haría vencer y suprimir
esas categorías!
Según
la crítica crítica todo el mal viene,
pues, de que el obrero piensa. Pero los obreros ingleses y franceses han
fundado, sin embargo, asociaciones donde no solo no se conforman con instruirse
mutuamente sobre sus necesidades inmediatas en tanto que obreros, sino también
sobre sus necesidades en tanto que hombres; donde manifiestan, además, una
conciencia muy profunda y muy extendida de la fuerza enorme, inmensa, que es el
resultado de su colaboración. Pero estos obreros comunistas y vulgares, que
trabajan en los talleres de Manchester y de Lyon, por ejemplo, no creen que
mediante el “pensamiento puro” podrían desembarazarse nunca de sus patrones y
de su propia miseria práctica. Experimentan muy dolorosamente la diferencia
entre el ser y el pensamiento, entre la conciencia y la vida. Saben que la
propiedad, el capital, el dinero, el trabajo asalariado, etc., no son simples
quimeras de la imaginación, sino sencillamente productos reales y prácticos de
su propia expoliación; que no se los puede suprimir, pues, más que de manera
práctica y material, para que, en la existencia de cada día, tanto como en el
pensamiento y en la conciencia, el hombre devenga hombre. Por el contrario, la crítica crítica les enseña que ellos
dejan en realidad de ser asalariados sí, en el pensamiento, suprimen la idea
del trabajo asalariado; si dejan, por el pensamiento, de considerarse como
asalariados y, conforme a esta imaginación extraordinaria, no se hacen pagar más
por sus personas. Idealistas absolutos, entidades puramente etéreas, después
pueden vivir naturalmente de la emanación del pensamiento puro. La crítica crítica les enseña que suprimen
al capital real dominando, mediante el pensamiento, la categoría del capital;
que se transforman realmente y devienen hombres reales transformando, por la
conciencia, su yo abstracto, y desdeñando, como una operación contraria a la
crítica, toda transformación real de su existencia real y, por lo tanto, toda
transformación real de las condiciones reales de su existencia, es decir, del
yo real de ellos. “El Espíritu”, que no ve en la realidad más que categorías,
reduce naturalmente toda la actividad y toda la práctica humana al pensamiento
dialéctico de la crítica crítica.
Esto es precisamente lo que diferencia al socialismo de la crítica, del
socialismo de la masa y del comunismo.
Después
que la crítica crítica, en tanto que
tranquilidad del conocimiento, ha sometido todas las antinomias vulgares;
después que, bajo la forma de categorías, se ha apoderado de toda realidad y ha
reducido toda la actividad humana a la dialéctica especulativa, vamos a ver cómo,
mediante la dialéctica especulativa, reproduce el mundo.
Cuando,
operando con realidades, manzanas, peras, fresas, almendras, yo me formo la
noción general fruta; cuando, yendo más lejos, me imagino que mi noción
abstracta, sacada de las frutas reales, es decir, la fruta, es una entidad que
existe fuera de mí y constituye hasta la verdadera entidad de la manzana, de la
pera, yo declaro, en lenguaje especulativo, que la fruta es la sustancia de la
pera, de la manzana, de la almendra, etc. Digo, pues, que lo que hay de
esencial en la pera o en la manzana, no es el ser pera o manzana. Lo que les es
esencial, no es su ser real, concreto, que cae bajo los sentidos, sino la
entidad abstracta que he deducido y que les he sustituido, la entidad de mi
representación: la fruta. Declaro a la manzana, la pera, la almendra, etc.,
simples modos de existencia de la fruta. Mi inteligencia finita, pero sostenida
por los sentidos, distingue, es cierto, una manzana de una pera y una pera de
una almendra; pero mi razón especulativa declara que esta diferencia sensible
es inesencial e indiferente. Ve en la manzana el mismo elemento que en la pera,
y en la pera el mismo elemento que en la almendra, es decir, la fruta. Las
frutas reales y particulares no son más que frutas aparentes cuya substancia,
la fruta, es la verdadera esencia.
Después
de haber hecho una fruta abstracta, la fruta, de las diferentes frutas reales,
la especulación, debe tratar, en consecuencia, de una manera u otra, de
regresar de la fruta, de la substancia, a las verdaderas frutas diferentes, a
la pera, la manzana, la almendra, etc. Pero cuanto más fácil es producir el
concepto abstracto, la fruta, tanto más difícil es producir las frutas reales.
Es hasta imposible, a menos que se renuncie a la abstracción, de que se pase de
la abstracción a su contrario.
La
filosofía especulativa renuncia, pues, a la abstracción de la fruta, pero
renuncia de manera especulativa, mística, teniendo aires de no renunciar a
ello. Así, únicamente en apariencia se eleva por encima de la abstracción. He
aquí como, probablemente, razona: Si la manzana, la pera, la almendra, la
fresa, etc., no son, en realidad, más que la sustancia, la fruta, ¿Cómo es
posible que la fruta se me aparezca tanto bajo el aspecto de la manzana, como
bajo el aspecto de la pera, etc.? ¿De dónde viene esta apariencia de diversidad
tan manifiestamente contraria a mi concepción especulativa de la unidad, de la
substancia, de la fruta?
La
razón está –responde la filosofía especulativa- en que la fruta no es una
entidad sin vida, sin caracteres distintivos, sin movimiento, sino una entidad
dotada de vida, de caracteres distintivos, de movimiento. La diferencia de las
frutas ordinarias en nada importa a mi inteligencia sensible, pero ella importa
al fruto mismo, a la razón especulativa. Las diversas frutas “profanas” son
diferentes manifestaciones de la fruta única; son cristalizaciones que forman
la fruta misma. De esta manera, por ejemplo, la fruta adquiere en la manzana y
la pera, el aspecto de una manzana y de una pera. No hay que decir, pues, como
cuando uno se colocaba en el punto de vista de la substancia: la pera es la
fruta, la manzana es la fruta, la almendra es la fruta; hay que decir, por el
contrario: la fruta se presenta como pera, la fruta se presenta como almendra,
y las diferencias que distinguen a la manzana, la pera, la almendra, son las
diferencias mismas de la fruta y ellas hacen de las frutas particulares
miembros diferentes en el proceso vital de la fruta. La fruta, en consecuencia,
no es más una unidad sin contenido ni diferencia; es la unidad en tanto que
generalidad, en tanto que totalidad de las frutas que forman “una serie
orgánicamente distribuida”. En cada miembro de esta serie, la fruta adquiere
una figura más desarrollada, más netamente caracterizada hasta que ella al fin
sea, en tanto que resumen de todas las frutas, la unidad viviente que contiene
y reproduce incesantemente cada uno de sus elementos, al igual como todos los
miembros del cuerpo se transforman incesantemente en sangre y son reproducidos
incesantemente por la sangre.
Ya
se ve: mientras que la religión cristiana no conoce más que una sola
encarnación de Dios, la filosofía especulativa tiene tantas encarnaciones como
cosas existen; es así como ella posee aquí, en cada fruta, una encarnación de
la substancia, de la fruta absoluta. Para la filosofía especulativa el interés
principal consiste, pues, en producir la existencia de las frutas reales y en
declarar, de manera misteriosa, que hay manzanas, peras, etc. Pero las
manzanas, las peras, etc., que encontramos en el mundo especulativo, no son más
que apariencias de manzanas, peras, etc., pues son manifestaciones de la fruta,
entidad racional, abstracta y, por lo tanto, ellas mismas son entidades
racionales abstractas. Por consecuencia, lo que os produce placer en la
especulación, es encontrar en ella a todas las frutas reales, pero solo como
frutas, teniendo un valor místico superior, surgidas del éter de vuestro
cerebro y no de la tierra material, encarnaciones de la fruta, del sujeto
absoluto. Volviendo, pues, de la abstracción, de la entidad racional sobrenatural,
de la fruta, a las frutas reales y naturales, daréis, en cambio, a las frutas
naturales un valor sobrenatural y las transformaréis en otras tantas
abstracciones. Vuestro interés principal es, precisamente, demostrar la unidad
de la fruta en todas sus manifestaciones, manzana, pera, almendra, etc.;
probar, por consecuencia, la conexión mística de estas frutas y hacer ver cómo,
en cada una de esas frutas, la fruta se realiza gradualmente y, por ejemplo,
pasa necesariamente de su estado de almendra a su estado de pera. El valor de
las frutas individuales no consiste, pues, en sus propiedades naturales, sino
en su propiedad especulativa, que les asigna un lugar determinado en el proceso
vital de la fruta absoluta.
El
hombre ordinario no cree adelantar nada de extraordinario diciendo que existen
manzanas y peras. Pero el filósofo, expresando esta existencia de manera
especulativa, ha dicho algo extraordinario. Ha hecho un milagro: de la entidad
racional irreal, la fruta, ha producido las entidades naturales reales, las
manzanas, las peras, etc. En otros términos: de su propia inteligencia
abstracta, que él representa exteriormente a sí mismo como un sujeto absoluto,
aquí la fruta, ha sacado esas frutas y, en toda existencia que enuncia, realiza
un acto creador.
La
filosofía especulativa, claro está, no puede realizar esta creación continua más
que intercalando, como siendo de su propia invención, propiedades reconocidas
por todos como pertenecientes en realidad a la manzana, a la pera, etc.; dando
los nombres de cosas reales a lo que la razón abstracta únicamente puede crear,
es decir, a las fórmulas racionales abstractas; declarando, finalmente, que su
propia actividad, por la cual pasa de la representación manzana a la
representación pera, es la actividad misma del sujeto absoluto. A esta
operación se la llama, en lenguaje especulativo, comprender la substancia como
sujeto, como proceso interior, como persona absoluta, y esta comprensión
constituye el carácter esencial del método hegeliano.
Teorema:
Demostrar como el hombre se hace dueño de los animales.
Solución
especulativa: Sea una media docena de animales, por ejemplo, el león, la
serpiente, el tiburón, el toro, el caballo y el perro. Construyamos por
abstracción, de acuerdo a estos seis tipos, la categoría animal.
Representémonos este animal como un ser autónomo. Consideremos al león, la
serpiente, etc., como disfraces, encarnaciones del animal en sí. Al igual que,
por medio de nuestra imaginación, hemos hecho del animal de nuestra
abstracción, un ser real, transformemos ahora los seres reales en seres de la
abstracción, en seres de nuestra imaginación. Ya lo vemos: el animal que, en el
león hace pedazos al hombre, que lo traga como el tiburón, le envenena como la
serpiente, le cornea como el toro, le lanza patadas como el caballo; ese
animal, bajo las formas del perro, no hace más que ladrar contra él y reduce el
combate contra el hombre a un simple simulacro.
Los
argumentos de Marx son contundentes contra la filosofía especulativa y
demuestra las raíces gnoseológicas del idealismo al absolutizar el papel de los
conceptos abstractos, totalmente independientes de la realidad material y con
un poder sobrenatural de crear los objetos concreto-sensibles, a semejanza del
Dios de la religión capaz de crear todo el mundo material. En suma, la
filosofía especulativa de Hegel transformada en teología racional.
“Es
en la masa –se nos informa- y no en otra parte como lo afirman sus antiguos
portaestandartes liberales, donde hay que buscar al verdadero enemigo del espíritu”.
Ya
en 1789 la revista de Loustalot, señalaba:
Los
grandes nos parecen grandes, solo porque estamos de rodillas. ¡Pongámonos de
pie!
Pero
para ponerse de pie no basta levantarse en espíritu y dejar pender sobre la
cabeza real y sensible el yugo real y sensible, que no se deja destruir por
simples ideas. Pero la crítica absoluta ha aprendido al menos, en la Fenomenología de Hegel, el arte de
transformar cadenas reales, objetivas y exteriores a mi persona, en cadenas
puramente ideales, subjetivas e interiores, y de mudar todas las luchas
exteriores y sensibles en simples luchas ideales.
La
crítica absoluta ha declarado que la masa es el verdadero enemigo del espíritu.
Y he aquí como desarrolla su afirmación: “El espíritu sabe ahora donde debe
buscar a sus únicos adversarios: en las frases, la ceguera voluntaria y la
inconsistencia de la masa”.
La
relación “espíritu y masa” todavía tiene un sentido oculto que se revelará
completamente en el curso de las explicaciones…En efecto: esa relación,
descubierta por el señor Bruno, no es otra cosa que el remate crítico y
caricaturesco de la teoría histórica de Hegel, la que, a su vez, no es mas que
la expresión especulativa del dogma germano–cristiano de la oposición del
espíritu y de la materia, de Dios y del mundo. En efecto: esta oposición se
expresa en la historia, en la humanidad misma, en la siguiente forma: algunos
individuos elegidos se oponen, en tanto que espíritu activo, al resto de la
humanidad considerado como la masa sin espíritu, como la materia.
La
concepción histórica de Hegel supone un espíritu abstracto o absoluto que se
desarrolla de tal manera que la humanidad no es más que una masa que está
impregnada más o menos conscientemente de él. En el cuadro de la historia
empírica, exotérica, Hegel hace que se realice, pues, una historia
especulativa, esotérica. La historia de la humanidad deviene la historia del
espíritu abstracto de la humanidad, por consecuencia, extraña al hombre real.
Paralelamente
a esta doctrina hegeliana, se desarrollaba en Francia la doctrina de los
doctrinarios, que proclamaban la soberanía de la razón, en oposición a la
soberanía del pueblo, en vista a la exclusión de la masa y para gobernar solos.
Es lógico. Desde el momento en que la actividad de la humanidad no es más que la
actividad de una masa de individuos humanos, es necesario que la universalidad
abstracta, la razón, el espíritu posean, al contrario, una expresión abstracta
que esté representada enteramente por algunos individuos. Y siguiendo su
posición y su fuerza de imaginación, todo individuo se dirá o no se dirá ese
representante del espíritu.
La
crítica sabe, pues, está encarnada en un pequeño número de hombres elegidos,
exclusivamente en el señor Bauer y sus discípulos, y no en una masa…De un lado
está la masa, el elemento pasivo, sin espíritu ni historia, el elemento
material de la historia; y del otro lado está el espíritu, la crítica, el señor Bruno y compañía, el
elemento activo de donde parte toda actividad histórica.
La
crítica absoluta, que nunca salió de la jaula hegeliana…con horror rechaza la
“idea simple”, la terminología, todo el modo de pensar de la filosofía.
Reemplaza todo esto con “la verdadera riqueza de las relacione humanas”, el
“fondo enorme de la historia”, la “importancia del hombre”, etc. Declara que
“el misterio del sistema está desvelado”. ¿Pero quién ha desvelado el misterio
del sistema? Feuerbach. ¿Quién ha aniquilado, pues, a la dialéctica de las
ideas, a la guerra de los dioses únicamente conocida por los filósofos? ¿Quién
ha puesto, pues, “la importancia del hombre”, o al menos al hombre en lugar del
viejo fárrago, hasta a la “conciencia infinita del yo”? Feuerbach y solo
Feuerbach. Y ha hecho más todavía. Desde hace bastante tiempo ha aniquilado
esas categorías, con las cuales la crítica juguetea actualmente, “la verdadera
riqueza de las relaciones humanas, el fondo inmenso de la historia, la lucha de
la historia, la lucha de la masa contra el espíritu, etc.”.
“Actualmente
los judíos están emancipados en la medida en que son avanzados en teoría; son
libres en la medida en que quieren ser libres”.
Esta
frase nos permite medir inmediatamente el abismo que separa al comunismo y al
socialismo vulgar y profano del socialismo absoluto. El primer principio del
socialismo profano rechaza, como una ilusión, la emancipación puramente teórica
y reivindica para la libertad real. Además de la voluntad idealista,
condiciones absolutamente tangibles, absolutamente materiales. ¡Que inferior
es, pues, a la santa crítica esta masa que cree necesarias las transformaciones
materiales y prácticas, aún sino se tratara más que de conquistar el tiempo y
los medios simplemente indispensables para cualquiera que desee ocuparse de
teoría!
En
resumen, esta sociedad no es otra cosa que el cielo crítico del cual es excluido
como infierno no crítico el mundo real. La crítica absoluta prepara en su idea
pura esta forma transfigurada de la oposición entre la masa y la crítica.
Se
ha señalado que el señor Bauer no comprende más que la naturaleza religiosa del
judaísmo, pero no la base profana y real de esta naturaleza religiosa. Combate
a la conciencia religiosa como algo autónomo. Por esto el señor Bauer explica a
los judíos reales por la religión judía, en lugar de explicar el misterio de la
religión judía mediante los judíos reales. El señor Bruno solo comprende, pues,
al judío en tanto que es objeto directo de la teología o del teólogo.
El
señor Bauer no sospecha, por lo tanto, que el judaísmo real, profano, y por
consecuencia el judaísmo religioso, es constantemente producido por la vida
burguesa moderna y encuentra su última expresión en el sistema financiero. No
podía sospecharlo, porque no conocía al judaísmo como miembro real del mundo
real, sino únicamente como miembro de su propio mundo, de la teología; porque,
hombre piadoso y sometido a la voluntad de Dios, veía al verdadero judío, no en
el judío activo de los días hábiles, sino en el judío hipócrita del sábado…Por
el contrario se ha probado que el judaísmo se conservó y desarrolló por, en y
con la historia, pero que ese desarrollo no puede ser constatado más que con
los ojos del hombre del mundo y no con los ojos del teólogo, puesto que hay que
buscarlo en la práctica industrial y comercial y no en la teoría religiosa. Se
ha explicado porqué el verdadero judaísmo no alcanzó su pleno desarrollo más
que en el mundo cristiano terminado y que es, en suma, la práctica acabada del
mundo cristiano. No se explicó la existencia del judío actual por medio de su
religión; se ha explicado la vida tenaz de la religión judía por los elementos
prácticos de la sociedad burguesa, que encuentra en esta religión un reflejo fantástico.
“Las ideas que la Revolución Francesa hizo nacer, no condujeron más allá del
estado de cosas que ella quería suprimir por la violencia”.
Las
ideas no pueden conducir más allá de las ideas del antiguo estado de cosas. De
hecho, las ideas no pueden realizar nada. Para realizar las ideas, se necesitan
hombres que ponen en juego una fuerza práctica. En su sentido literal, esa
frase crítica es igualmente, pues, una verdad que se comprende por sí misma, y,
por lo tanto, un nuevo “examen”.
El
señor Bauer podía desenterrar esa enseñanza de la Fenomenología de Hegel. En ella leemos, textualmente: “A propósito
de ese ser absoluto, la explicación entra en lucha consigo misma…y se divide en
dos partes: una llama a ese absoluto sin atributo…el ser absoluto supremo…y la
otra lo llama materia. El sentido es siempre el mismo; la diferencia no reside
en la cosa sino únicamente en la diferencia del punto de partida de las dos
formaciones”.
Para
Hegel está perfectamente claro, la diferencia entre el idealismo y el
materialismo. Aquel parte de la primacía del Espíritu absoluto y
consecuentemente como creador del ser material; en cambio el materialismo parte
de que la materia como lo primario y en su movimiento produce la conciencia;
por consiguiente, el pensamiento es derivado de la materia; específicamente es
producido por el cerebro humano.
Bauer…Hace
un llamamiento al arreo milagroso de Hegel que hace surgir las “categorías metafísicas”,
de la lógica, donde se encuentran resueltas en la “simplicidad” de la idea, y
las hace revestir con una “forma precisa” de la existencia física o humana; en
una palabra, las hace encarnarse.
Según
Hegel hay que considerar la substancia como un proceso interior. Y he aquí como
considera el desarrollo, desde el punto de vista de la substancia:
“considerándolo de cerca, percibe que ese desarrollo no es debido a que una
sola y misma cosa toma formas diversas, sino a que hay repetición informe de una
sola y misma cosa que contiene simplemente una fastidiosa apariencia de
diversidad”.
Hegel
dice: “por lo tanto, el concepto es la verdad de la substancia…la transición de
la relación de sustancialidad se hace por su propia necesidad inmanente e
indica simplemente que el concepto es la verdad de esta necesidad…la idea es el
concepto adecuado…el concepto…llegado a la existencia libre…no es otra cosa que
el yo o la pura conciencia de sí”.
La
disputa entre Strauss y Bauer referente a la substancia y al conocimiento de
sí, es una lucha en el seno mismo de las especulaciones hegelianas. En Hegel
hay tres elementos: la substancia espinosista, la conciencia Fichteana y la
unidad hegeliana de ambas, necesariamente contradictoria en sí, el espíritu
absoluto. El primer elemento es la naturaleza metafísicamente disfrazada en su
separación del hombre; el segundo es el espíritu metafísicamente disfrazado en
su separación de la naturaleza; el tercero es, metafísicamente disfrazado, la
unidad de ambos, el hombre real y la especie real.
Feuerbach
terminó y criticó a Hegel desde el punto de vista hegeliano; el espíritu
absoluto metafísico lo resolvió en “el hombre real basado en la naturaleza”;
terminó la crítica de la religión estableciendo magistralmente los grandes
principios fundamentales para la crítica de la especulación hegeliana y, por
consecuencia, para la crítica de toda metafísica.
La
verdad del materialismo es lo contrario del materialismo; es el idealismo
absoluto, es decir, exclusivo, trascendente. La conciencia de sí, el espíritu,
es el todo. Fuera del él no existe nada. La conciencia de sí, el espíritu, es
el creador omnipotente del mundo, del cielo y de la tierra. El mundo es una
manifestación de la conciencia de sí, que debe exteriorizarse y tomar la forma
del servidor; pero la distinción entre el mundo y la conciencia de sí no es más
que una distinción aparente. La conciencia de sí no diferencia de ella nada
real. Mejor dicho, el mundo no es más que una distinción metafísica, una
quimera y una imaginación surgidas de su cerebro etéreo. Ella hace desaparecer,
pues, la apariencia de que fuera de ella existe algo que habría así concebido;
y en lo que ha producido, no reconoce objeto real, esto es, objeto
distinguiéndose realmente de ella. Solo por ese movimiento la conciencia de sí
se produce en el sentido absoluto; en efecto, para convertirse en idealista
absoluto, el idealista absoluto necesita atravesar constantemente el proceso
sofístico, hacer del mundo exterior un mundo aparente, una simple creación de
su cerebro, explicar posteriormente esta forma imaginaria dándola por lo que es
realmente, a fin de poder proclamar, al final de cuentas, su existencia única,
exclusiva, a la que nada molesta,
incluso la apariencia de un mundo exterior.
Los
materialistas franceses han comprendido perfectamente los movimientos de la
materia como movimientos llenos de espíritu, pero todavía no han podido ver que
no son movimientos materiales, sino movimientos inmateriales, movimientos de la
conciencia de sí y, por lo tanto, puros movimientos de ideas. Todavía no han
podido ver que el verdadero movimiento del universo no ha devenido real y
verdadero sino como movimiento ideal de la conciencia de sí, libre y liberado
de la materia, es decir, de la realidad, o en otros términos, que un movimiento
material diferente del movimiento ideal no existe más que en la apariencia.
A
propósito de esta teoría hegeliana de la creación, Feuerbach hace observar: “la
materia es la exteriorización del espíritu. Así, la materia es dotada de
espíritu y de inteligencia; pero al mismo tiempo es formulada como una entidad
desprovista de existencia y de verdad, porque solamente el ser resultante de
esta exteriorización, es decir la materia, el ser despojándose de toda
materialidad, es enunciado como el ser en su perfección, en su figura y forma
verdaderas. Lo que se trata de negar aquí es, pues, el elemento natural,
material y sensible, de igual modo que lo que se trata de negar en la teología
es la naturaleza envenenada por el pecado original”.
La
crítica crítica espiritualista y teológica, no conoce, al menos en lo que
imagina, más que los grandes hechos políticos, literarios y teológicos de la
historia. Del mismo modo que separa al pensamiento de los sentidos, al alma del
cuerpo, a sí misma del mundo, separa de las ciencias naturales y de la
industria, a la historia y, para ella, el lugar de nacimiento de la historia no
está en la producción material y grosera que se hace sobre la tierra; está en
las nubes y las brumas que flotan en el cielo.
La
crítica de los ingleses y franceses no es una personalidad abstracta, distante,
que se encuentra fuera de la humanidad; es la actividad humana real de los
individuos que son miembros activos de la sociedad, que sufren, sienten,
piensan y obran como hombres. Por esto, la crítica que realizan es al mismo
tiempo, práctica; su comienzo es un socialismo en el cual preconizan medidas
prácticas, palpables, en el cual no se limitan a pensar, sino que sirve para
intensificar su acción. La crítica que realizan es la crítica viva, real, de la
sociedad existente, el reconocimiento de las causas de la decadencia.
El
misterio de esa osadía de Bruno Bauer lo encontramos en la Fenomenología de Hegel. Como Hegel reemplaza aquí al hombre por el
conocimiento, la realidad humana más variada aparece simplemente como una forma
determinada, como una característica del conocimiento. Incluso una simple
certeza del conocimiento no es más que una categoría pura, una idea pura, que
por lo tanto puedo suprimir en el pensamiento puro y vencer por el pensamiento
puro. En la Fenomenología de Hegel,
las bases materiales, sensibles, objetivas de las diferentes y diversas formas
del conocimiento humano, son dejadas en pie, y toda esta obra destructiva
termina en la filosofía mas conservadora, porque ella cree haber triunfado
sobre el mundo objetivo, real y sensible desde que lo ha transformado en un
simple ser ideal, en una simple característica del conocimiento y, en
consecuencia, puede resolver a su adversario, que se ha hecho etéreo, “en el
éter del pensamiento puro”. La Fenomenología,
pues, termina naturalmente por suplantar a toda la realidad humana con el
“saber absoluto”; el “saber”, porque el saber constituye la única existencia
del conocimiento y por el conocimiento no se conoce mas que él mismo y no es
molestado por un mundo objetivo real y condicionado por ese mundo. Presenta al
mundo sin pies ni cabeza. En su cabeza, pues, puede suprimir todos los límites,
dejándolos subsistir naturalmente para la mala materialidad, para el hombre
real. Además, considera necesariamente como límite todo lo que revela la
limitación del conocimiento, esto es, toda la materialidad, realidad,
individualidad de los hombres y de su mundo. Toda la Fenomenología tiende a demostrar que el conocimiento es la única
realidad.
Claro
está que, si la Fenomenología de
Hegel, a pesar de su tara especulativa original, da sobre muchos puntos los
elementos de una real característica de las condiciones humanas, el señor Bruno
y consortes no nos dan más que una caricatura hueca, una caricatura que se
conforma con aislar tal carácter particular de un producto espiritual, de
separarlo de las condiciones reales y de los movimientos reales, de hacer de él
algo ideal, una categoría, de dar luego esta categoría como el punto de vista
del producto, de la condición y del movimiento, a fin de poder dejar caer
miradas triunfadoras sobre lo que ella deja debajo suyo, y todo esto con aires
de gran sabio y colocándose en el punto de vista de la abstracción, de la
categoría general, del conocimiento general.
Marx (1845) en Las Tesis
filosóficas sobre Feuerbach, resume la concepción filosófica de Feuerbach
en 11 tesis:
1.-
El defecto fundamental de todo el materialismo anterior, es que solo concibe
las cosas, la realidad, la sensoriedad, bajo la forma de objeto o de
contemplación, pero no como actividad sensorial humana, no como práctica, no de
un modo subjetivo. De aquí que el lado activo fuese desarrollado por el
idealismo, por oposición al materialismo, naturalmente, no conoce la actividad
real, sensorial, como tal. Feuerbach quiere objetos sensoriales, realmente
distintos de los objetos conceptuales; pero tampoco el concibe la propia
actividad humana como una actividad objetiva. Por eso, en La Esencia del Cristianismo (1840-1841) solo considera la actitud
teórica [contemplativa] como la auténticamente humana, mientras que concibe y
fija la práctica solo en su forma suciamente judaica de manifestarse. Por
tanto, no comprende la importancia de la actuación revolucionaria,
práctico–crítica.
2.-
El problema de si al pensamiento humano se le puede atribuir una verdad
objetiva, no es un problema teórico, sino un problema práctico. Es en la
práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y
el poderío, la terrenalidad de su pensamiento. El litigio sobre la realidad o
irrealidad de un pensamiento que se aísla de la práctica, es un problema
puramente escolástico.
3.-
La teoría materialista de que los hombres son producto de las circunstancias y
de la educación, y de que, por tanto, los hombres modificados son producto de
circunstancias distintas y de una educación modificada, olvida que son los
hombres, precisamente, los que hacen que cambien las circunstancias y que el
propio educado necesita ser educado. Conduce, pues, forzosamente, a la división
de la sociedad en dos partes, una de las cuales está por encima de la sociedad.
4.-
La coincidencia de la modificación de las circunstancias y de la actividad
humana solo puede concebirse y entenderse racionalmente como práctica
revolucionaria. Feuerbach arranca de la auto enajenación religiosa, del
desdoblamiento del mundo en un mundo religioso, imaginario, y otro real. Su
cometido consiste en disolver el mundo religioso, reduciéndolo a su base
terrenal. No advierte que, de realizar esta labor, queda por hacer lo
principal. En efecto, el que la base terrenal se separe de si misma y se plasme
en las nubes como reino independiente, solo puede explicarse por el propio
desgarramiento y la contradicción de esta base terrenal consigo misma. Por
tanto, lo primero que hay que hacer es comprender ésta en su contradicción y
luego revolucionarla prácticamente eliminando la contradicción. Por
consiguiente, después de descubrir, en la familia terrenal el secreto de la
sagrada familia, hay que criticar teóricamente y revolucionar prácticamente
aquella.
5.-
Feuerbach, no contento con el pensamiento abstracto, apela a la contemplación
sensorial; pero no concibe la sensoriedad como una actividad sensorial humana
práctica.
6.
Feuerbach diluye la esencia religiosa en la esencia humana. Pero la esencia
humana no es algo abstracto inherente a cada individuo. Es, en su realidad, el
conjunto de las relaciones sociales. Feuerbach, que no se ocupa de la crítica
de esta esencia real, se ve, por tanto, obligado:
a)
A hacer abstracción de la trayectoria histórica, enfocando para si el
sentimiento religioso y presuponiendo un individuo humano abstracto, aislado.
b)
En él, la esencia humana solo puede concebirse como género, como una
generalidad interna, muda, que se limita a unir naturalmente los muchos
individuos.
7.-
Feuerbach no ve, por tanto, que el sentimiento religioso es también un producto
social y que el individuo abstracto que el analiza pertenece, en realidad, a
una determinada forma de sociedad.
8.-
La vida social es, en esencia, práctica. Todos los misterios que descarrían la
teoría hacia el misticismo, encuentran su solución racional en la práctica
humana y en la comprensión de esta práctica.
9.- A lo que más llega el materialismo
contemplativo, es decir, el materialismo que no concibe la sensoriedad como
actividad práctica, es a contemplar a los distintos individuos dentro de la
“sociedad civil”.
10.-
El punto de vista del antiguo materialismo es la sociedad “civil”; el del nuevo
materialismo, la sociedad humana o la humanidad socializada.
11.-
Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero
de lo que se trata es de transformarlo.
En
La ideología alemana (1846), Marx y
Engels exponen las concepciones filosóficas de los principales representantes
alemanes.
I.-
Feuerbach.
Según
anuncian los ideólogos alemanes, Alemania ha pasado en estos últimos años por
una revolución sin igual… al parecer, en los dominios del pensamiento puro.
Tratase, en verdad, de un acontecimiento interesante: del proceso de
putrefacción del Espíritu absoluto” [de Hegel].
“Los
viejos hegelianos lo comprendían toda una vez que lo reducían a una de las
categorías lógicas de Hegel. Los neohegelianos lo criticaban todo sin más que
deslizar por debajo de ello ideas religiosas o declararlo como algo teológico.
Los neohegelianos coincidían con los viejos hegelianos en la fe en el imperio
de la religión, de los conceptos, de lo general, dentro del mundo existente…Los
más jóvenes entre ellos han descubierto la expresión adecuada para designar su
actividad cuando afirman que solo luchan contra “frases”. Pero se olvidan de
añadir que a estas frases por ellos combatidas no saben oponer más que otras
frases y que, al combatir solamente contra frases de este mundo, no combaten en
modo alguno el mundo real existente. A ninguno de estos filósofos se le ha
ocurrido siquiera preguntar por el entronque de la filosofía alemana con la
realidad de Alemania, por el entronque de su crítica con el propio mundo
material que la rodea”.
“Totalmente
al contrario de lo que ocurre en la filosofía alemana, que desciende del cielo
sobre la tierra, aquí se asciende de la tierra al cielo. Es decir, no se parte
de lo que los hombres dicen, se representan o imaginan, ni tampoco del hombre
predicado, pensado, representado o imaginado, para llegar, arrancando de aquí,
al hombre de carne y hueso; se parte del hombre que realmente actúa y,
arrancando de su proceso de vida real, se expone también el desarrollo de los
reflejos ideológicos y de los ecos de este proceso de vida…no es la conciencia
la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia”.
Aquí
se esboza el problema fundamental de la filosofía en la esfera del desarrollo
histórico-social, como la relación entre el ser social y la conciencia social y
su solución materialista: es el ser social el que determina la conciencia
social.
“Allí
donde termina la especulación, en la vida real, comienza también la ciencia
real y positiva, la exposición de la acción práctica, del proceso práctico de desarrollo
de los hombres. Terminan allí las frases sobre la conciencia y pasa a ocupar su
sitio el saber real. La filosofía independiente pierde, con la exposición de la
realidad, el medio en que puede existir. En lugar de ella, puede aparecer, a lo
sumo, un compendio de los resultados más generales, abstraído de la
consideración del desarrollo histórico de los hombres. Estas abstracciones de
por sí, separadas de la historia real, carecen de todo valor”.
“El
lenguaje es tan viejo como la conciencia: el lenguaje es la conciencia
práctica, la conciencia real, que existe también para los otros hombres y que,
por tanto, comienza a existir para si mismo; y el lenguaje nace, como la
conciencia, de la necesidad, de los apremios del intercambio con los demás hombres…la
conciencia, por tanto, es ya de antemano un producto social”.
La
“concepción de la historia consiste…en exponer el proceso real de producción,
partiendo para ello de la producción material de la vida inmediata, y en
concebir la forma de intercambio correspondiente a este modo de producción y
engendrada por él, es decir, la sociedad civil en sus diferentes fases como el
fundamento de toda la historia…no se trata de buscar una categoría en cada
período, como hace la concepción idealista de la historia, sino de mantenerse
siempre sobre el terreno histórico real, de no explicar la práctica partiendo
de la idea, de explicar las formaciones ideológicas a base de la práctica
material, por donde llega, consecuentemente, al resultado de que todas las
formas y todos los productos de la conciencia no brotan por obra de la crítica
espiritual, mediante la reducción a la “autoconciencia” o a la transformación
en “fantasmas”, “espectros”, “visiones”, etc., sino que solo pueden disolverse
por el derrocamiento práctico de las relaciones sociales reales, de que emanan
estas quimeras idealistas; de que la fuerza propulsora de la historia, incluso
de la religión, la filosofía, y toda otra teoría, no es la crítica, sino la
revolución”.
“Los
alemanes se mueven en la esfera del “espíritu puro” y hacen de la ilusión
religiosa la fuerza motriz de la historia”.
“La
filosofía hegeliana de la historia es la última consecuencia, llevada a su
“expresión más pura” de toda esta historiografía alemana, que no gira en torno
a intereses reales, ni siquiera a los intereses políticos, sino en torno a
pensamientos puros”.
La
filosofía especulativa se reduce a los tres aspectos siguientes:
1.-
Desglosar las ideas de los individuos dominantes, que dominan por razones
históricas, bajo condiciones empíricas y como individuos materiales, de estos
individuos dominantes, reconociendo con ello el imperio de las ideas o las
ilusiones en la historia.
2.-
Introducir en este imperio de las ideas un orden, demostrar la existencia de
una trabazón mística entre las ideas sucesivamente dominantes, lo que se logra
concibiéndolas como “autodeterminaciones del concepto”.
3.-
Para eliminar la apariencia mística de este “concepto que se determina así
mismo”, se le convierte en una persona – “la autoconciencia” – o, si se quiere
aparecer como muy materialista, en una serie de personas representantes “del
concepto” en la historia, en “los pensadores”, los “filósofos”, los ideólogos,
concebidos a su vez como los fabricantes de la historia…con lo cual habremos
eliminado de la historia todos los elementos materialistas y podremos soltar
tranquilamente las riendas al potro especulativo”.
“Mientras
que en la vida vulgar y corriente todo tendero sabe perfectamente distinguir
entre lo que alguien dice ser y lo que realmente es, nuestra historiografía no
ha logrado todavía penetrar en un conocimiento tan trivial como éste. Cree a
cada época por su palabra, por lo que ella dice acerca de sí misma y lo que se
figura ser”.
II.- San Bruno.
“La
expresión abstracta y transfigurada en que se convierte, para Hegel,
tergiversándola, una colisión real, es considerada por esta cabeza “crítica”
como la colisión real. Acepta la contradicción especulativa y afirma una parte
de ella frente a la otra. La frase filosófica en que se expresa el problema
real es, para él, el problema real mismo. Vemos, pues, como, de una parte, en
vez de los hombres reales y de su conciencia real, toma la simple frase
abstracta: la “autoconciencia”, que se le antoja independiente de sus
relaciones sociales y enfrentada a ellas, y, en vez, de la producción real, la
actividad sustantiva de esta autoconciencia; y cómo, de otra parte, sustituye
la naturaleza real y las relaciones sociales realmente existentes por el
compendio filosófico de todas las categorías o nombres filosóficos de estas
relaciones en la frase “sustancia”, ya que, al igual que todos los filósofos e
ideólogos, ve en los pensamientos, en las ideas, en la expresión ideológica
sustantivada del mundo existente el fundamento de este mundo. Y huelga decir que,
con estas dos abstracciones ya carentes de sentido y de contenido puede
recurrir a una serie de trucos, sin necesidad de saber absolutamente nada del
hombre real ni de sus relaciones. No abandona…el terreno especulativo, para
resolver las contradicciones de la especulación; maniobra desde este mismo
terreno y hasta tal punto se mantiene él mismo en el terreno específicamente
hegeliano, que le quita constantemente el sueño la relación “entre la
autoconciencia” y el “espíritu absoluto”.
Lo
primero con lo que nos encontramos en San Bruno “es con su continua
supeditación a Hegel” al compartir con él “su quimera de que, al cambiar la
conciencia, al tomar un nuevo rumbo la interpretación de las relaciones
existentes, puede derrocarse con ello todo el mundo anterior”, idealismo
reafirmado con el principio de que son “los pensamientos los que conmueven al
mundo”.
“La
materia es, ante todo, un ser actual y real, pero solo en sí, de un modo
oculto; solo al “expandirse y realizarse activamente en la pluralidad”, solo entonces
se convierte en naturaleza. Primeramente, existe el concepto de la materia, lo
abstracto, la idea, que luego se realiza en la naturaleza real. Es,
literalmente, la teoría hegeliana de la preexistencia de las categorías
creadoras”.
“La
crítica y los críticos, desde que existen, han dirigido y hecho la historia”,
insiste San Bruno en su concepción hegeliana de la historia.
III.- San Max.
“El
burgués inglés y el francés se lamentan de la falta de mercados, de las crisis
comerciales, de los pánicos bursátiles, de las constelaciones políticas
momentáneas, etc. [condiciones materiales reales], en cambio “el pequeño
burgués alemán, que solo tiene una participación activa ideal en el movimiento
de la burguesía y que, por lo demás, solo puede llevar al mercado su propio
pellejo, se representa su propia causa simplemente como “la buena causa”, como
”la causa de la libertad, de la verdad, de la humanidad, etc. [ideales]”.
Stirner
plantea que el “promover el pensamiento puro, aferrarse a él, es un goce
juvenil, y todas las figuras luminosas del pensamiento, la verdad, la libertad,
la humanidad, el hombre, etc., iluminan y entusiasman al alma juvenil. Este
joven da de lado luego al objeto y se ocupa solamente de sus pensamientos; todo
lo no espiritual lo resume bajo el nombre despectivo de las exterioridades, y
si a veces se deja llevar de las exterioridades, por ejemplo, de las
asociaciones estudiantiles, es porque descubre en ellas algo de espíritu, es
decir, porque se trata para él de símbolos”.
“Hemos
hablado…de la concepción filosófica alemana de la historia. En San Max
encontramos un brillante ejemplo de ella. La idea especulativa, la
representación abstracta se convierte en la fuerza propulsora de la historia,
lo que hace por tanto, de la historia simplemente la historia de la
filosofía…la historia se convierte, con ello, en la simple historia de las
supuestas ideas, en una historia de espíritus y de fantasmas, y la historia
real y empírica sobre [la] que descansa esta historia fantasmal se explota
únicamente para dotar de cuerpos a estos fantasmas; de ella se toman los
nombres necesarios encargados de dar a estos fantasmas una sombra de realidad”.
“Feuerbach
explica que” la teología es la ciencia de los fantasmas. Pero, mientras que la
teología usual tiene sus espectros en la imaginación sensorial, la teología
especulativa los tiene en la abstracción ajena a los sentidos”.
Hegel
concibe la historia como el movimiento de las ideas, en este sentido califica a
la época griega como el dominio de la filosofía antigua, a la Edad Media como
el dominio o imperio del espíritu imperfecto – la religión – y el siglo XIX
después de la Revolución Francesa como el imperio de la filosofía – desde luego
la hegeliana - a través del dominio de los principios abstractos.
“Bajo la dominación napoleónica, siguieron los
burgueses alemanes entregados a sus mezquinos regateos y a sus grandes
ilusiones…bajo estas ilusiones generales, era perfectamente lógico que llevaran
la voz cantante los estamentos que gozaban del privilegio de las ilusiones, los
ideólogos, los maestros de escuela, los estudiantes, los enrolados en las ligas
de la virtud, dando una expresión análoga y superabundante a las fantasías
generales y a la ausencia general de intereses”.
“La
revolución de Julio [Revolución Democrático–burguesa contra la aristocracia y
Burguesía Monárquica de 1830 en Francia]…impuso a los alemanes desde fuera las
formas políticas en consonancia con la burguesía desarrollada. Y, como las
relaciones económicas no habían alcanzado aún en Alemania, ni con mucho, la
fase de desarrollo correspondiente a estas formas políticas, los burgueses
aceptaron estas formas políticas solamente como ideas abstractas, como
principios de por sí indiferentes, como buenos deseos y frases, como
autodeterminaciones kantianas de la voluntad y de los hombres tal y como
debieran ser. De aquí que se comportaran hacia ellas en una actitud mucho más
moral y desinteresada que otras naciones; dicho en otras palabras, dieron
pruebas de una limitación de horizontes verdaderamente extraordinaria, y todas
sus aspiraciones se quedaron en letra muerta”.
“Cuando,
como hacen los ideólogos berlineses, se enjuicia al liberalismo y al Estado,
incluso dentro de los marcos de las impresiones locales de Alemania o hasta
limitándose a criticar las ilusiones burguesas alemanas acerca del liberalismo,
en vez de enfocarlo en conexión con los intereses reales de los que ha brotado
y fuera de los cuales no puede existir realmente, se llega, naturalmente, a los
resultados más absurdos con respecto al mundo. Este liberalismo alemán, tal y
como se lo proclamaba todavía hasta estos últimos tiempos, es, como hemos
visto, ya bajo su forma popular, simplemente una serie de fantasías, una
ideología acerca del liberalismo real. Nada más fácil, por tanto, que convertir
totalmente su contenido en filosofía, en puras determinaciones conceptuales, el
“conocimiento de la razón”. Y si, encima, se es tan desdichado que solo se
conoce el liberalismo ya patentado bajo la forma sublimada que le han dado
Hegel y los maestros de escuela puestos a su servicio, se llega a conclusiones
que pertenecen exclusivamente al reino de lo sagrado”.
Marx
en Miseria de la Filosofía (1847) dice:
“Así
pues, ¿en qué consiste toda la dialéctica del señor Proudhon? En sustituir el
valor de uso y el valor de cambio, la oferta y la demanda [hechos reales], por
nociones abstractas y contradictorias, tales, como la escasez y la abundancia,
la utilidad y la opinión, un productor y un consumidor, ambos caballeros del
libre arbitrio. ¿A dónde quería llegar por ese camino? A procurarse el medio de
introducir más tarde uno de los elementos que había eliminado, el costo de
producción, como la síntesis entre el valor de uso y el valor de cambio. Así es
como el costo de producción constituye a sus ojos el valor sintético o valor
constituido”.
Aquí
queda en evidencia la dialéctica hegeliana de los conceptos, en la que las
tesis son negadas por las antítesis, de cuya confrontación mental se deriva la
síntesis. Es decir, la Ley de la Negación de la Negación de Hegel, como la
fuerza motriz de los pensamientos.
“Si
el inglés transforma los hombres en sombreros, el alemán transforma los
sombreros en ideas. El inglés es Ricardo, acaudalado banquero y distinguido
economista; el alemán es Hegel, simple profesor de filosofía en la Universidad
de Berlín”.
Proudhon,
en su trabajo comenta: “No exponemos aquí una historia real según el orden
cronológico, sino según la sucesión de ideas. Las fases o categorías económicas
unas veces son simultáneas y otras veces aparecen invertidas en el tiempo…Sin
embargo, las teorías económicas tienen su sucesión lógica y su serie en el
entendimiento: ese orden es el que nosotros nos ufanamos de haber
descubierto”. A lo que Marx responde:
“En verdad, el señor Proudhon ha querido asustar a los franceses, lanzándoles
frases casi hegelianas…Desde el momento en que no se sigue el desarrollo
histórico de las relaciones de producción, de las que las categorías no son
sino la expresión teórica, desde el momento que no se quiere ver en estas
categorías más que ideas y pensamientos espontáneos, independientes de las
relaciones reales, quiérase o no se tiene que buscar el origen de estos
pensamientos en el movimiento de la razón pura”.
“Si
poseyésemos la intrepidez del señor Proudhon en materia de hegelianismo,
diríamos que la razón pura se distingue en sí misma de sí misma. ¿Qué significa
esto? Como la razón impersonal no tiene fuera de ella ni terreno sobre el que
pueda asentarse, ni objeto al cual pueda oponerse, ni sujeto con el que pueda
combinarse, se ve forzada a dar volteretas situándose en sí misma, oponiéndose
a sí misma y combinándose consigo misma: posición, oposición, combinación.
Hablando en griego, tenemos la tesis, la antítesis, la síntesis. En cuanto a
los que desconocen el lenguaje hegeliano, les diremos la fórmula sacramental:
afirmación, negación, negación de la negación. He aquí lo que significa manejar
las palabras…es el lenguaje de esa razón tan pura, separada del individuo. En
lugar del individuo ordinario, con su manera ordinaria de hablar y de pensar,
no tenemos otra cosa que esta manera ordinaria completamente pura, sin el
individuo”.
Está
claro que, para Proudhon, como para Hegel, la dialéctica de los conceptos se
mueve en forma pura al margen de las condiciones reales.
“¿Es
de extrañar que, en el último grado de abstracción –porque aquí hay abstracción
y no análisis- toda cosa se presente en forma de categoría lógica? ¿Es de
extrañar que, eliminando poco a poco todo lo que constituye la individualidad
de una cosa y haciendo abstracción de los materiales de que se compone y de la
forma que la distingue, llegamos a obtener sólo un cuerpo en general; que,
haciendo abstracción de los límites de ese cuerpo, no tengamos como resultado
más que un espacio; que haciendo, por último, abstracción de las dimensiones de
este espacio, terminemos teniendo únicamente la cantidad pura, la categoría
lógica? A fuerza de abstraer así de todo sujeto todos los llamados accidentes,
animados o inanimados, hombres o cosas, tenemos motivo para decir que, en último
grado de abstracción, se llega a obtener como sustancia las categorías lógicas.
Así los metafísicos, que, haciendo estas abstracciones, creen hacer análisis, y
que, apartándose más y más de los objetos, creen aproximarse a ellos y penetrar
en su entraña, esos metafísicos tienen, a su modo de ver, todas las razones
para decir que las cosas de nuestro mundo son bordados cuyo cañamazo [tela
tosca de cáñamo] está formado por las categorías lógicas. Esto es lo que
distingue al filósofo del cristiano. El cristiano no conoce más que una sola
encarnación del Logos, a despecho de
la lógica; el filósofo conoce un sinfín de encarnaciones. ¿Qué de extraño es,
después de esto, que todo lo existente, cuanto vive sobre la tierra y bajo el
agua, pueda, a fuerza de abstracción, ser reducido a una categoría lógica, y
que, por tanto, todo el mundo real pueda hundirse en el mundo de las
abstracciones, en el mundo de las categorías lógicas?”.
“Así
como por medio de la abstracción transformamos toda cosa en categoría lógica, de
igual modo basta hacer abstracción de todo rasgo distintivo de los diferentes
movimientos para llegar al movimiento en estado abstracto, al movimiento
puramente formal, a la fórmula puramente lógica del movimiento. Y si en las
categorías lógicas se encuentra la sustancia de todas las cosas, en la fórmula
lógica del movimiento se cree haber encontrado el método absoluto, que no sólo
explica cada cosa, sino que implica además el movimiento de las cosas…De este
método absoluto habla Hegel en los términos siguientes: El método es la fuerza
absoluta, única, suprema, infinita, a la que ningún objeto puede oponer
resistencia; es la tendencia de la razón a encontrarse y reconocerse a sí misma
en cada cosa”.
Si
cada cosa se reduce a una categoría lógica, y cada movimiento, cada acto de
producción al método, de aquí se infiere naturalmente que cada conjunto de
productos y de producción, de objetos y de movimiento, se reduce a una
metafísica aplicada. Lo que Hegel ha hecho para la religión, el derecho, etc.,
el señor Proudhon pretende hacerlo para la economía política”.
¿Qué
es, pues, este método absoluto? La abstracción del movimiento. ¿Qué es la
abstracción del movimiento? El movimiento en estado abstracto. ¿Qué es el
movimiento en estado abstracto? La fórmula puramente lógica del movimiento o el
movimiento de la razón pura. ¿En que consiste el movimiento de la razón pura?
En situarse en sí misma, oponerse a sí misma, en formularse como tesis,
antítesis y síntesis, o bien en afirmarse, negarse y negar su negación. ¿Cómo
hace la razón para afirmarse, para presentarse en forma de una categoría
determinada? Esto ya es cosa de la razón misma y de sus apologistas…Pero una
vez que la razón ha conseguido situarse en sí misma como tesis, este
pensamiento, opuesto a sí mismo, se desdobla en dos pensamientos
contradictorios, el positivo y el negativo, el sí y el no. La lucha de estos
dos elementos antagónicos, comprendidos en la antítesis, constituye el
movimiento dialéctico. El sí se convierte en no, el no se convierte en si, el
sí pasa a ser a la vez sí y no, él no es a la vez no y sí, los contrarios se
equilibran, se neutralizan, se paralizan recíprocamente. La fusión de estos dos
pensamientos contradictorios constituye un pensamiento nuevo, que es su
antítesis. Este pensamiento nuevo vuelve a desdoblarse en dos pensamientos
contradictorios, que se funden a su vez en una nueva síntesis. De este proceso
de gestación nace un nuevo grupo de pensamientos, que es su síntesis”.
“Así
como del movimiento dialéctico de las categorías simples nace el grupo, así
también del movimiento dialéctico de los grupos nace la serie, y del movimiento
dialéctico de las series nace todo el sistema”.
“Aplicad
este método a las categorías de la economía política y tendréis la lógica y la
metafísica de la economía política, tendréis las categorías económicas
conocidas por todos y traducidas a un lenguaje poco conocido, por lo cual dan
la impresión de que acaban de nacer en una cabeza llena de razón pura: hasta
tal punto estas categorías parecen engendrarse unas a otras, encadenarse y
entrelazarse las unas en las otras por la acción exclusiva del movimiento
dialéctico. Que el lector no se asuste de esta metafísica con toda su armazón
de categorías, de grupos, de series y de sistemas. Hasta aquí no hemos expuesto
sino la dialéctica de Hegel… [Éste concibe] todo lo que ha acaecido y todo lo
que sigue acaeciendo corresponde exactamente a lo que acaece en su propio
pensamiento. Por tanto, la filosofía de la historia no es más que la historia
de la filosofía, de su propia filosofía. No existe ya la “historia según el
orden cronológico”: lo único que existe es la “sucesión de las ideas en el
entendimiento”. Se imagina que construye el mundo por mediación del movimiento
del pensamiento, pero en realidad no hace más que reconstruir sistemáticamente
y disponer con arreglo a su método absoluto los pensamientos que anidan en la
cabeza de todos los hombres”.
“Las
categorías económicas no son más que expresiones teóricas, abstracciones de las
relaciones de producción. Como auténtico filósofo, el señor Proudhon comprende
las cosas al revés, no ve en las relaciones reales más que la encarnación de
esos principios, de esas categorías que han estado dormitando… en el seno “de
la razón impersonal de la humanidad”.
“Los
hombres, al establecer las relaciones sociales con arreglo al desarrollo de su
producción material, crean también los principios, las ideas y las categorías
conforme a sus relaciones sociales… Por tanto, estas ideas, estas categorías,
son tan poco eternas como a las relaciones a las que sirven de expresión. Son
productos históricos y transitorios”.
“Al
hablar el señor Proudhon de la serie en el entendimiento, de la sucesión lógica
de las categorías, declaraba positivamente que no querría exponer la historia
en el orden cronológico, es decir, según el señor Proudhon, la sucesión
histórica en la que las categorías se han manifestado. Todo ocurría para él en
el éter puro de la razón. Todo debía desprenderse de este éter por medio de la
dialéctica. Ahora que se trata de poner en práctica esta dialéctica, la razón
le traiciona. La dialéctica del señor Proudhon abjura de la dialéctica de
Hegel, y el señor Proudhon se ve precisado a reconocer que el orden en que
expone las categorías económicas no es el orden en que se engendran unas a
otras. Las evoluciones económicas no son ya las evoluciones de la razón misma”.
“Admitamos
que las relaciones económicas, concebidas como leyes inmutables, como
principios eternos, como categorías ideales, hayan precedido a la vida activa y
dinámica de los hombres: admitamos, además, que estas leyes, estos principios,
estas categorías hayan estado dormitando, desde los tiempos más remotos “en la
razón impersonal de la humanidad”. Ya hemos visto que todas estas eternidades
inmutables e inmóviles no dejan margen para la historia; todo lo más que queda
es la historia en la idea, es decir, la historia que se refleja en el
movimiento dialéctico de la razón pura”.
En
carta a P.V. Annenkov de diciembre de 1846, Marx comenta: “La abstracción, la
categoría considerada como tal, es decir, separada de los hombres y de su
acción material, es naturalmente, inmortal, inalterable, impasible: no es más
que una modalidad de la razón pura, lo cual quiere decir, simplemente, que la
abstracción, considerada como tal, es abstracta: ¡admirable tautología! Por
eso, las relaciones económicas, vistas en forma de categorías, son para el
señor Proudhon fórmulas eternas que no conocen ni principio ni progreso.
Marx
en su carta de enero de
Rosental
en su trabajo: Problemas de la dialéctica en “El Capital” de Marx (1970),
menciona que “en sus Glosas marginales al “Tratado de economía política” de
Adolfo Wagner, éste convertía las relaciones objetivas reales en conceptos
ideales de los que se servía para hilvanar sus “teorías”; Marx ataca la
disolución idealista del mundo real en nociones, y opone su método materialista
al idealismo. Demuestra que no es la noción de valor la que tiene que ser
dividida en valor de uso y valor de cambio, sino el valor mismo, real y objetivo,
que existe bajo esa doble forma: “yo no arranco nunca de los conceptos, ni, por
tanto, del concepto del valor, razón por la cual no tengo porque dividir en
modo alguno este concepto. Yo parto de la forma social más simple en que toma
cuerpo el producto del trabajo en la sociedad actual, que es la mercancía. Y
más adelante, al mostrar que la propia mercancía, la realidad objetiva, es la
que presenta dos aspectos, escribe: como se ve yo no divido el valor en valor
de uso y valor de cambio, como términos antitéticos en que se descompone lo
abstracto, el valor, sino que digo que la forma social concreta del producto
del trabajo, de la mercancía es, por una parte, valor de uso y por otra parte
valor…Además en la misma obra citada “Marx recuerda que los hombres nunca
comienzan jamás por el estudio teórico de los objetos del mundo exterior. El
punto de partida real es su relación práctica con el mundo. Las ideas y las
nociones no hacen más que expresar lo que la actividad repetida de producción
de bienes necesarios para la vida ha transformado en experiencia, en
adquisición de la conciencia humana. Los conceptos y las categorías no tienen
otro origen. La práctica es el fundamento de los conceptos humanos, porque es
su único criterio. En sus Tesis sobre Feuerbach, esbozo genial de una
concepción del mundo, Marx había concentrado en la práctica el conjunto de los
problemas de la teoría del conocimiento…En el capital profundiza la concepción
de la práctica, base de todo conocimiento y criterio de la verdad de los conceptos
y de las teorías científicas”.
En
el anterior pasaje, Marx explica el método que aplicó en el estudio del
capitalismo. No parte del método hegeliano que inicia con nociones abstractas y
por la negación de la negación retorna al punto de partida como Espíritu
absoluto. Parte de la realidad capitalista concreta representada por la
mercancía y a través del análisis de las contradicciones se eleva a la
apropiación espiritual del sistema capitalista como un todo concreto. La teoría
es el resultado de la generalización de la práctica repetitiva de los procesos
materiales. La práctica es el fundamento o base sobre el que descansa el
conocimiento teórico.
Debe
existir correspondencia entre las categorías y la realidad material: la
dialéctica de los conceptos es un reflejo de la dialéctica del mundo real.
En
el Anti-Dühring (1878), Engels escribió:
Los grandes hombres que en
Francia ilustraron las mentes para la revolución que había de desencadenarse,
adoptaron una aptitud resueltamente revolucionaria. No reconocían autoridad
exterior, de ningún género. La religión, la concepción de la naturaleza, la
sociedad, el orden estatal: todo lo sometían a la crítica más despiadada;
cuanto existía había de justificar los títulos de su existencia ante el fuero
de la razón, o renuncia a seguir existiendo. A todo se aplicaba como rasero
único la razón pensante. Era la época en que, según Hegel, el mundo giraba
sobre la mente, primero, en el sentido de que la mente humana y los principios
a los que llega su especulación clamaron por el derecho a ser acatados como
base de todos los actos humanos y toda relación social, y luego también en el
sentido más amplio de que la realidad, que no se ajusta a estos principios, se
vio subvertida de hecho desde los cimientos hasta el remate. Todas las formas
anteriores de sociedad y de Estado, todas las ideas tradicionales, fueron
arrumbadas en el desván como irracionales; hasta allí el mundo se había dejado
gobernar por puros prejuicios; todo el pasado no merecía más que conmiseración
y desprecio. Solo ahora ha apuntado el reino de la razón; en adelante, la
superstición, la injusticia, el privilegio y la opresión serían desplazadas por
la verdad eterna, por la eterna justicia, por la igualdad basada en la
naturaleza y por los derechos inalienables del hombre.
Ante todo, conviene
puntualizar que no tratamos ni mucho menos, de defender el punto de vista del
que arranca Hegel, según el cual el espíritu, el pensamiento, la idea es lo
originario y el mundo real es sólo una copia de la idea. Este punto de vista
fue abandonado ya por Feuerbach. Hoy, todos estamos conformes en que toda
ciencia sea natural o histórica, tiene que partir de los hechos dados, y por lo
tanto, tratándose de ciencias naturales, de las diversas formas objetivas y
dinámicas de la materia; en que, por consiguiente, en las ciencias naturales
teóricas las concatenaciones no deben construirse e imponerse a los hechos,
sino descubrirse en éstos, y, una vez descubiertas, demostrarse por vía
experimental hasta donde ello sea posible.
Tampoco puede hablarse de
mantener en pie el contenido dogmático del sistema de Hegel, tal y como lo han
venido predicando los hegelianos berlineses, viejos y jóvenes. Con el punto
idealista de arranque, se derrumba también el sistema construido sobre él, y,
por lo tanto, la filosofía hegeliana de la naturaleza.
Recuérdese que la polémica
de los naturalistas contra Hegel, en la medida que supieron comprenderlo
acertadamente, sólo versaba sobre estos dos puntos: el punto idealista de
arranque y la construcción arbitraria de un sistema contrario a los hechos.
El señor Dühring habla de
principios derivados del pensar, no deducidos del mundo exterior, de axiomas
formales que deben ser aplicados a la naturaleza y al mundo humano y por lo
que, por consiguiente, se han de regir la naturaleza y el hombre. Pero ¿de dónde
saca el pensamiento esos axiomas? ¿Los saca de sí mismo? No, pues el propio
señor Duhring dice: el terreno puramente ideal se limita a esquemas lógicos y
figuras matemáticas…Los esquemas lógicos solo pueden referirse a formas del
pensar; y aquí solo se trata de las formas del ser, del mundo exterior, formas
que el pensamiento no puede tomar y deducir jamás de si mismo, sino únicamente
del mundo exterior. Pero con esto se invierte toda la relación: los principios
no son ya el punto de partida de la investigación, sino sus resultados finales;
no se aplican a la naturaleza y a la historia humana, sino que se abstraen de
ella; no son la naturaleza y el mundo humano los que se rigen por los
principios, sino que estos solo tienen razón de ser en cuanto coinciden con la
naturaleza y la historia. En esto
consiste la única concepción materialista de las cosas y la opuesta, la del
señor Duhring, es la idealista, que hace girar las cosas, sobre la cabeza y
construye el mundo real a partir de la idea, de una serie de esquematismos o
categorías anteriores al mundo, existentes de toda una eternidad, ni más ni
menos como…un Hegel.
En efecto, coloquemos la Enciclopedia [de las ciencias filosóficas]
de Hegel, con todas sus fantasías febriles, junto a las verdades definitivas,
de última instancia, del señor Duhring. Primeramente, lo que el señor Duhring
llama esquemática general del mundo, es lo que Hegel llama la Lógica. En
seguida, viene en ambos la aplicación de estos esquemas [lógicos], o sea
categorías lógicas, a la naturaleza, y tenemos la filosofía de la naturaleza, y
finalmente, su aplicación al mundo humano, lo que Hegel denomina filosofía del
espíritu. El orden lógico interno de la jerarquía dühringiana nos lleva, pues,
con una absoluta espontaneidad, a la Enciclopedia
de las ciencias filosóficas de Hegel.
La unidad del mundo no
consiste en su ser [dada su diversidad de múltiples objetos finitos], aunque su
ser es una premisa de su unidad, ya que el mundo tiene ante todo que ser, para
ser una unidad. En general, el ser se plantea como problema a partir del límite
donde termina nuestro círculo visual. La unidad real del mundo consiste en su
materialidad, que no tiene su prueba en unas cuantas frases de prestidigitador,
sino en el largo y penoso desarrollo de la filosofía y las ciencias naturales.
Detengámonos un momento a
comparar esta nítida clasificación de los eficaces esquemas generales y su
punto de vista realmente crítico, con las crudezas, arideces y fantasías
febriles de un Hegel. Y nos encontramos con que la Lógica de Hegel comienza con el ser,
exactamente lo mismo que el señor Duhring; que del ser resulta la nada,
igual como en el señor Duhring; con que de este nada–ser se pasa al devenir, cuyo resultado es la existencia, es
decir, una forma más alta y más colmada del ser, exactamente lo mismo que en el
señor Duhring. La existencia nos lleva a la calidad, y ésta a la
cantidad…exactamente lo mismo que en el señor Duhring…Ni más ni menos que la
línea nodal hegeliana de relaciones de medida en que, al llegar a un
determinado nudo, la gradación ascendente o descendente puramente cuantitativa
origina ya un salto cualitativo, como acontece, por ejemplo, con el agua puesta
a calentar o enfriar, en que el punto de ebullición y el punto de congelación
son los nudos en que se efectúa el salto a un nuevo estado de aglutinación, en
que, por lo tanto, la cantidad se trueca en calidad.
Nuestra investigación ha
procurado, asimismo, llegar a las raíces, y se ha encontrado con que las raíces
de los esquemas fundamentales y radicales del señor Duhring están en las
fantasías febriles de un Hegel, en las categorías de la Lógica hegeliana (primera parte, teoría del ser), siguiendo
estrictamente la vieja sucesión hegeliana y sin molestarse gran cosa en
disfrazar el plagio.
Del ser, Hegel pasa a la
sustancia (esencia), a la dialéctica. Aquí trata de las determinaciones
reflejas, de sus antagonismos y contradicciones internas, como, por ejemplo, lo
positivo y lo negativo, analiza luego la causalidad o relación de causa y
efecto, y termina con la necesidad. El señor Duhring hace exactamente lo mismo.
Lo que Hegel llama teoría de la sustancia (esencia), el señor Duhring lo
traduce: propiedades lógicas del ser. Pero éstas consisten principalmente en el
antagonismo de fuerzas, en contradicciones. En cambio, el señor Duhring niega
radicalmente la contradicción. En seguida, pasa a la causalidad y de ésta a la
necesidad. Por lo tanto, cuando el señor Duhring dice de si mismo: “nosotros,
los que no filosofamos desde una jaula”, quiere decir que filosofa en una
jaula, y esta jaula es la del esquematismo hegeliano de las categorías.
El tiempo tuvo…un comienzo.
¿Qué existía antes de éste? El mundo, en un estado idéntico a sí mismo,
invariable…Si el mundo conoció alguna vez un estado en el que no aconteciese
absolutamente cambio alguno, ¿Cómo pudo pasar de ese estado a los cambios? Lo
absolutamente inmutable, que además se encontraba desde toda la eternidad en
ese estado, no pudo, por sí solo, salir del mismo para entrar en el estado de
movimiento y del cambio. Necesariamente tuvo que haber sobrevenido de fuera,
del mundo exterior, el primer impulso que le imprimiese movimiento. Y ese
primer impulso, como es sabido, solo es una expresión para nombrar a Dios. El
señor Duhring vuelve, pues, a introducir en la filosofía de la naturaleza,
agudizados y ahondados, aquel Dios y aquel más allá que tan gallardamente
presentó como abatidos en su esquemática del mundo.
Por si misma la identidad
absoluta no puede trascender al cambio. Por si mismo, no hay posibilidad alguna
de que el equilibrio absoluto engendre el movimiento…De la nada, nada puede
salir sin que medie un acto de creación, ni aun concediendo que lo que salga
tenga las mínimas dimensiones de una diferencial matemática.
La unidad de materia y
fuerza mecánica a que llamamos medio universal es, por decirlo así, una fórmula
lógico–real de que nos valemos para presentar el estado idéntico a si mismo de
la materia como premisa de todas las fases del desarrollo que cabe contar. Como
se ve, no hay manera de quitarse de encima ese primitivo estado idéntico a si
mismo de la materia. Aquí lo encontramos bajo el nombre de unidad de la materia
y fuerza mecánica, y ésta como fórmula lógico–real, etc. Por consiguiente, allí
donde termina la unidad de materia y fuerza mecánica, empieza el movimiento.
Esta fórmula no es más que una tentativa, bastante poco feliz, de aprovechar
para la filosofía de la realidad las categorías hegelianas del en sí y para sí. En la primera reside,
para Hegel, la identidad primitiva de las contradicciones ocultas y
rudimentarias encerradas en una cosa, en un fenómeno o en un concepto; en la
segunda, esos elementos ocultos empiezan a diferenciarse y separarse y comienza
el conflicto. Por consiguiente, debemos representarnos el estado primitivo e
inmóvil como la unidad de la materia y la fuerza mecánica, y el tránsito al
movimiento como la separación y la oposición de ambos. Todo lo que con esto
salimos ganando es, no la demostración de la realidad de aquel fantástico
estado primitivo, sino la posibilidad de concebirlo por medio de la categoría
hegeliana del en sí, y asimismo un
fantástico fin mediante la otra categoría, la del para sí…Seguimos sin saber dónde estaba la fuerza mecánica en aquel
estado ni como pudo pasarse de la inmovilidad absoluta al movimiento sin
impulso de fuera, o, lo que es lo mismo, sin un Dios.
La cuestión es bastante
sencilla. El movimiento es el modo de existencia de la materia. Jamás, en parte
alguna, ha existido ni puede existir materia sin movimiento. Movimiento en el
espacio universal, movimiento mecánico de más pequeñas masas en los diferentes
planetas, vibraciones moleculares en forma de calor o de corrientes eléctricas
o magnéticas, síntesis o análisis químicos, y vida orgánica: en una u otras
formas de movimiento, o en varias a la vez, se encuentra cada átomo de materia
del mundo en cada momento dado. Toda quietud, todo equilibrio son siempre
relativos y sólo tienen sentido en relación con tal o cual forma determinada
del movimiento…Materia sin movimiento es tan inconcebible como movimiento sin
materia. Por eso, el movimiento es tan increíble y tan indestructible como la
propia materia; y a ello se refiere la filosofía antigua (Descartes) cuando
dice que la cantidad de movimiento existente en el mundo es siempre la misma.
El movimiento, por lo tanto, no puede ser creado, solo puede ser desplazado.
Cuando el movimiento es desplazado de un cuerpo a otro, se le puede considerar,
por cuanto se desplaza, por cuanto es activo, como la causa del movimiento
desplazable, pasivo. El movimiento activo es lo que llamamos fuerza, mientras
damos al pasivo el nombre de manifestación de la fuerza. Y es tan claro como la
luz del día que la fuerza tiene la misma magnitud que sus manifestaciones,
puesto que el movimiento que se ejecuta es el mismo en ambos.
La idea de un estado inmóvil
de la materia es, según eso, una de las ideas más vacías y absurdas, es una
pura fantasía febril tomada de Hegel. No vale darle vueltas, bajo la dirección
del señor Duhring, llegamos siempre al…dedo de la providencia.
Para la dialéctica, el hecho
de que el movimiento se exprese en su contrario, en la quietud no representa
ninguna dificultad. Para ella…toda esa antítesis es puramente relativa; no
existe quietud absoluta ni equilibrio incondicional. Todo movimiento aislado
tiende al equilibrio, y el movimiento total altera nuevamente el equilibrio. De
aquí que la quietud y el equilibrio sean, donde quiera que se presenten, el
resultado de un movimiento limitado, y es natural que ese movimiento pueda
medirse y expresarse por sus resultados, y pueda, a la vez, restablecerse
partiendo de él, bajo una u otra forma.
La transición de una forma
de movimiento a otra, por muy gradualmente que se desarrolle, representa siempre
un salto, un viraje decisivo.
El señor Anti-Dühring al
tratar la moral y el derecho, solo da un nuevo giro al viejo método idealista,
llamado también apriorístico, que consiste en establecer y probar las
propiedades de un objeto, no partiendo del objeto mismo, sino derivándolas del
concepto que de él nos formamos. Lo primero es formarse un concepto del objeto;
luego, partiendo de éste, no hay que poner todo patas arriba y medir el objeto
por su imagen, el concepto. No es, pues, el concepto el que ha de ajustarse al
objeto, sino al revés, éste al concepto.
Aquí está expresado con toda
claridad el método apriorístico idealista kantiano y hegeliano, caracterizado
por el movimiento del concepto abstracto a lo concreto sensible: la realidad
material derivada del concepto.
Hegel fue el primero que
supo exponer de un modo exacto las relaciones entre la libertad y la necesidad.
Para él, la libertad no es
otra cosa que el conocimiento de la necesidad. La necesidad sólo es ciega en
cuanto no se le comprende. La libertad no reside en la soñada independencia de
las leyes naturales, sino en el conocimiento de estas leyes y en la posibilidad
que lleva aparejada de hacerlas actuar de un modo planificado para fines
determinados. Y esto rige no solo con las leyes de la naturaleza exterior, sino
también con las que presiden la existencia corporal y espiritual del hombre:
dos clases de leyes que podremos separar a lo sumo en la idea, pero no en la
realidad. Por consiguiente, el libre arbitrio no es, según eso, otra cosa que
la capacidad de decidir con conocimiento de causa. Así, pues, cuanto más libre
sea el juicio de una persona con respecto a un determinado problema, tanto más
señalado será el carácter de necesidad que determine el contenido de ese
juicio; en cambio, la inseguridad basada en la ignorancia que elige, al
parecer, en forma caprichosa entre un cúmulo de posibilidades distintas y
contradictorias, demuestra precisamente de ese modo su falta de libertad,
demuestra que se halla dominada por el objeto que pretende dominar.
La libertad consiste, pues,
en el dominio de nosotros mismos y de la naturaleza exterior, basado en la
conciencia de las necesidades naturales; es, por lo tanto, forzosamente, un
producto del desarrollo histórico. Los primeros hombres salidos del reino
animal eran, en todo lo sustancial, tan poco libres como los animales mismos,
pero cada paso dado en la senda de la cultura era un paso dado en la senda de
la libertad.
Mientras consideramos las
cosas como estáticas e inertes, cada una de por sí, una al lado de la otra
[espacio] y sucesivamente [tiempo], no descubrimos en ellas ninguna
contradicción. Nos encontramos con determinadas propiedades, en parte comunes,
en parte diferentes y hasta contradictorias entre sí, pero que, en este caso,
no albergan ninguna contradicción por estar distribuidas entre objetos
diversos. Hasta donde alcanza esta forma de abordar los objetos de
investigación, podemos desenvolvernos con el método especulativo, vulgar, de la
metafísica. Pero, todo cambia de raíz, tan pronto como queramos analizar las
cosas en su movimiento, en su transformación, en su vida, en su influencia
recíproca. Entonces, caeremos inmediatamente en un cúmulo de contradicciones.
Ya el movimiento es de por sí una contradicción; el simple desplazamiento mecánico
de un lugar sólo puede realizarse gracias al hecho de que un cuerpo esté al
mismo tiempo, en el mismo instante, en un lugar y en otro, gracias al hecho de
estar y no estar al mismo tiempo en el mismo sitio. Y el surgimiento continúo y
la simultánea solución a esta contradicción es precisamente lo que constituye
el movimiento.
[Cuando se rebasan los
límites del ser, se produce la coexistencia simultánea de un conjunto de
objetos finitos materiales, definida como el espacio…El espacio es la negación
del tiempo. Este es producto del movimiento y consiste en la sucesión de los
procesos materiales]
Si ya el simple movimiento
mecánico, el simple desplazamiento de lugar encierra una contradicción, tanto
más la encierran las formas superiores del movimiento de la materia, y muy
especialmente la vida orgánica y su desarrollo. Ya hemos visto que la vida
consiste precisamente, ante todo, en que un ser sea al mismo tiempo, en el
mismo instante, el que es y otro. La vida no es, pues, a su vez, más que una
contradicción albergada en las cosas y en los fenómenos y que se origina y
soluciona incesantemente; al cesar la contradicción, cesa la vida y sobreviene
la muerte. Hemos visto, asimismo, que tampoco en el mundo del pensamiento nos
hallamos libres de contradicciones.
¿Qué es la negación de la
negación? Una ley extraordinariamente general y, por ello mismo,
extraordinariamente eficaz e importante, que rige el desarrollo de la
naturaleza, de la historia y del pensamiento; una ley que, se impone en el
mundo vegetal y animal, en la geología, en las matemáticas, en la historia y en
la filosofía.
La dialéctica no es más que
la ciencia de las leyes generales que rigen la dinámica y el desarrollo de la
naturaleza, de la sociedad humana y del pensamiento.
Negar, en dialéctica, no
consiste lisa y llanamente en decir no, en declarar que una cosa no existe, o
en destruirla caprichosamente…el carácter de la negación obedece en primer
lugar, a la naturaleza general, y en segundo lugar, a la naturaleza específica
del proceso. Yo no debo solo negar, sino también eliminar nuevamente la
negación. La primera negación ha de ser, pues, de tal naturaleza, que haga
posible o permita que siga siendo posible la segunda. ¿Cómo? Eso dependerá del
carácter específico de cada caso concreto. Al moler un grano de cebada, al
aplastar un insecto, ejecuto indudablemente el primer acto de negación, pero
hago imposible la segunda negación. Cada clase de objetos tiene, por lo tanto,
su modo peculiar de ser negada de tal manera que engendre un proceso de desarrollo,
y lo mismo ocurre con las ideas y los conceptos.
La esquemática del mundo,
que sin perdonar nada a la hondura del pensamiento ha fijado las formas
fundamentales del ser, resultó ser una imitación infinitamente superficial de
la Lógica de Hegel, con la que comparte la superstición de que esas formas
fundamentales o categorías lógicas existen no se sabe dónde, misteriosamente,
antes y al margen del mundo al que han de aplicarse. La filosofía de la
naturaleza nos brinda una cosmogonía que tiene por punto de arranque un estado
de la materia idéntico a sí mismo, un estado solo concebible con la más
irremediable confusión acerca de las relaciones entre la materia y el
movimiento, y solo concebible, además, bajo el supuesto de un Dios personal y
entronizado al margen del mundo, cuyo impulso es el único que puede sacar a
dicho estado de la materia de la inmovilidad y lanzarlo al movimiento.
La filosofía de la realidad
no es, en fin, de cuentas, para decirlo como Hegel, más que la más superficial
deyección de la seudo cultura alemana.
Engels señala en Ludwig Feuerbach y el fin de la Filosofía
Clásica Alemana (1888) que, no ha habido tesis filosófica sobre la que más
halla pesado la gratitud de gobiernos miopes y la cólera de liberales, no menos
cortos de vista, como sobre la famosa tesis de Hegel planteada en su trabajo: Filosofía del derecho de 1821: “todo lo real
es racional y todo lo racional es real”. Pero para Hegel, no todo lo que
existe, ni mucho menos, es real por el solo hecho de existir. En su doctrina,
el atributo de la realidad solo corresponde a lo que, además de existir, es
necesario.
Ahora bien; según Hegel, la
realidad no es, ni mucho menos, un atributo inherente a una situación social o
política dada en todas las circunstancias y en todos los tiempos. Al contrario.
La república romana era real, pero el Imperio romano que la desplazó lo era
también. En 1789, la monarquía francesa se había hecho tan irreal, es decir,
tan despojada por toda necesidad, tan irracional, que hubo de ser barrida por la
gran Revolución, de la que Hegel hablaba siempre con el mayor entusiasmo. Como
vemos, aquí lo irreal era la monarquía y lo real la revolución. Y así, en el
curso del desarrollo, todo lo que un día fue real se torna irreal, pierde su
necesidad, su razón de ser, su carácter racional, y el puesto de lo real que
agoniza es ocupado por una realidad nueva y viable; pacíficamente, si lo viejo
es lo bastante razonable para resignarse a morir sin lucha; por la fuerza, si
se opone a esta necesidad. De este modo, la tesis de Hegel se torna, por la
propia dialéctica hegeliana, en su reverso: todo lo que es real, dentro de los
dominios de la historia humana, se convierte con el tiempo en irracional; lo es
ya, por consiguiente, por su destino, lleva en sí de antemano el germen de lo
irracional; y todo lo que es racional en la cabeza del hombre se halla
destinado a ser un día real, por mucho
que hoy choque todavía con la aparente realidad existente. La tesis de que todo
lo real es racional, se resuelve, siguiendo todas las reglas del método
discursivo hegeliano, en esta otra: todo lo que existe merece perecer. En esto
precisamente estribaba la verdadera significación y el carácter revolucionario
de la filosofía hegeliana: en que daba al traste para siempre con el carácter
definitivo de todos los resultados del pensamiento y de la acción del hombre.
En Hegel, la verdad que debía de conocer la filosofía no era ya una colección
de tesis dogmáticas fijas que, una vez
encontradas, solo haya que aprenderse de memoria; ahora, la verdad residía en
el proceso mismo del conocer, en la larga trayectoria histórica de la ciencia,
que, desde las etapas inferiores, se remonta a fases cada vez más altas de
conocimiento, pero sin llegar jamás, por el descubrimiento de una llamada
verdad absoluta, a un punto en que ya no pueda seguir avanzando, en que solo le
reste cruzarse de brazos y sentarse a admirar la verdad absoluta conquistada. Y
lo mismo que en el terreno del conocimiento filosófico, en los demás campos del
conocimiento y en el de la actuación práctica. La historia, al igual que el
conocimiento, no puede encontrar jamás su remate definitivo en un estado ideal
perfecto de la humanidad; una sociedad perfecta, un estado perfecto, son cosas
que solo pueden existir en la imaginación; por el contrario: todos los estadios
históricos que se suceden no son más que otras tantas fases transitorias en el
proceso infinito de desarrollo de la sociedad humana, desde lo inferior a lo
superior. Todas las fases son necesarias, y por lo tanto, legítimas para la
época y para las condiciones que las engendran; pero todas caducan y pierden su
razón de ser, al surgir condiciones nuevas y superiores, que van madurando poco
a poco en su propio seno; tienen que ceder el paso a otra fase mas alta, a la
que también le llegará, en su día, la hora de caducar y perecer. Del mismo modo
que la burguesía, por medio de la gran industria, la concurrencia y el mercado
mundial, acaba prácticamente con todas las instituciones estables, sagradas por
una venerable antigüedad, esta filosofía dialéctica acaba con todas las ideas
de una verdad absoluta y definitiva y de estados absolutos de la humanidad,
congruentes con aquella. Ante esta filosofía, no existe nada definitivo,
absoluto, consagrado; en todo pone de relieve su carácter perecedero, y no deja
en pie más que el proceso ininterrumpido del devenir y del perecer, un ascenso
sin fin de lo inferior a lo superior, cuyo mero reflejo en el cerebro pensante
es esta misma filosofía. Cierto es que tiene también un lado conservador, en
cuanto que reconoce la legitimidad de determinadas fases sociales y de
conocimiento, para su época y bajo sus circunstancias; pero nada más. El
conservadurismo de este modo de concebir es relativo; su carácter
revolucionario es absoluto, es lo único absoluto que deja en pie.
Lo que si tenemos que decir
es que en Hegel no aparece desarrollada con tanta nitidez la anterior
argumentación. Es una consecuencia necesaria de su método, pero el autor no
llegó nunca a deducirla con esta claridad. Por la sencilla razón de que Hegel
veíase coaccionado por la necesidad de construir un sistema, y un sistema
filosófico tiene que tener siempre, según las exigencias tradicionales, su
remate en un tipo cualquiera de verdad absoluta. Por tanto, aunque Hegel, sobre
todo en su Lógica, insiste en que
esta verdad eterna no es más que el mismo proceso lógico (y a la vez
histórico), vese obligado el mismo a poner un fin a este proceso, ya que
necesariamente tiene que llegar a un fin, cualquiera que sea, con su sistema.
En la Lógica puede tomar de nuevo este fin como punto de arranque, puesto que
aquí el punto final, la idea absoluta, se enajena, es decir, se transforma en
la naturaleza, para recobrar más tarde su ser en el espíritu, o sea en el
pensamiento y en la historia. Pero, al final de toda la filosofía no hay más
que un camino para producir semejante trueque del fin en comienzo: decir que el
término de la historia es el momento en que la humanidad cobra conciencia de
esta misma idea absoluta y proclamar que esta conciencia de la idea absoluta se
logra en la filosofía hegeliana. Mas con ello, se erige en verdad absoluta todo
el contenido dogmático del sistema de Hegel, en contradicción con su método
dialéctico, que destruye todo lo dogmático; con ello, el lado revolucionario de
esta filosofía queda asfixiado bajo el peso de su lado conservador
hipertrofiado. Y lo que decimos del conocimiento filosófico, es aplicable
también a la práctica histórica.
El sistema, es cabalmente,
lo efímero en todos los filósofos, y lo es precisamente porque brota de una
necesidad imperecedera del espíritu humano: la necesidad de superar todas las
contradicciones. Pero superadas todas las contradicciones de una vez y para
siempre, hemos llegado a la verdad absoluta, la historia del mundo se ha terminado,
y, sin embargo, tiene que seguir existiendo, aunque ya no tenga nada que hacer,
lo que representa, como se ve, una nueva e insoluble contradicción. Tan pronto
como descubrimos que, planteada así la tarea de la filosofía, no significa otra
cosa que pretender que un solo filósofo nos de lo que solo puede darnos la
humanidad entera en su trayectoria de progreso; tan pronto como descubrimos
esto, se acaba toda filosofía, en el sentido tradicional de esta palabra. La
verdad absoluta, imposible de alcanzar por este camino e inasequible para un
solo individuo, ya no interesa, y lo que persigue son las verdades relativas,
asequibles por el camino de las ciencias positivas y de la generalización de
sus resultados mediante el pensamiento dialéctico. Con Hegel termina, en
general, toda filosofía; de un lado, porque en su sistema se resume del modo
más grandioso toda la trayectoria filosófica; y, de otra parte, porque este
filósofo nos traza, aunque sea inconscientemente, el camino para salir de este
laberinto de los sistemas hacia el conocimiento positivo y real del mundo.
Mientras que para el
materialismo lo único real es la naturaleza, en el sistema hegeliano ésta
representa tan solo la enajenación de la idea absoluta, algo así como una
degradación de la idea; en todo caso, aquí el pensar y su producto discursivo,
la idea, son lo primario, y la naturaleza lo derivado, lo que en general solo
por condescendencia de la idea puede existir.
Fue entonces cuando apareció
la Esencia del Cristianismo (1841) de
Feuerbach. Esta obra pulverizó de golpe la contradicción, restaurando de nuevo
en el trono…al materialismo. La naturaleza existe independientemente de toda
filosofía; es la base sobre la que crecieron y se desarrollaron los hombres,
que son también, de suyo, productos naturales; fuera de la naturaleza y de los
hombres, no existe nada, y los seres superiores que nuestra imaginación
religiosa ha forjado no son más que otros tantos reflejos fantásticos de
nuestro propio ser. El maleficio quedaba roto; el sistema saltaba hecho añicos
y se le daba de lado. Y la contradicción, como solo tenía una existencia
imaginaria, quedaba resuelta.
El problema cardinal de toda
filosofía, especialmente de la moderna, es el problema de la relación entre el
pensar y el ser. El problema de la relación entre el pensar y el ser, entre el
espíritu y la naturaleza, problema supremo de toda filosofía, tiene, pues
raíces, al igual que toda religión, en las ideas limitadas e ignorantes del
estado de salvajismo. Pero no pudo plantearse con toda nitidez, ni pudo
adquirir su plena significación hasta que la humanidad europea despertó del
prolongado letargo de la Edad Media Cristiana. El problema de la relación entre
el pensar y el ser, problema que, por lo demás, tuvo gran importancia en la
escolástica de la Edad Media; el problema de saber que es lo primario, si el
espíritu o la naturaleza, este problema revestía, frente a la iglesia, la forma
agudizada siguiente: ¿el mundo fue creado por Dios, o existe desde toda una
eternidad?
Los filósofos se dividían en
dos grandes campos, según la respuesta que diesen a esa pregunta. Los que
afirmaban el carácter primario del espíritu frente a la naturaleza, y por tanto
admitían en última instancia, una creación del mundo bajo una u otra forma,
formaban el campo del idealismo, los otros, los que reputaban la naturaleza
como lo primario, figuraban en las diversas escuelas del materialismo.
Pero, al lado de estos, hay
una serie de filósofos que niegan la posibilidad de conocer el mundo, o por lo
menos de conocerlo de un modo completo. Entre ellos tenemos, de los modernos, a
Hume y a Kant, que han desempeñado un papel muy considerable en el desarrollo
de la filosofía. Los argumentos decisivos en la refutación de este punto de
vista han sido ya aportados por Hegel, en la medida en que podía hacerse desde
una posición idealista; lo que Feuerbach añade de materialista, tiene más de
ingenioso que de profundo. La refutación más contundente de estas
extravagancias, como de todas las demás extravagancias filosóficas, es la práctica,
o sea el experimento y la industria. Si podemos demostrar la exactitud de
nuestro modo de concebir un proceso natural reproduciéndolo nosotros mismos,
creándolo como resultado de sus propias condiciones, y sí, además lo ponemos al
servicio de nuestros propios fines, damos al traste con la “cosa en sí”
inaprensible de Kant.
Ahora bien, durante este
largo período, desde Descartes hasta Hegel y desde Hobbes hasta Feuerbach, los
filósofos no avanzaban impulsados solamente, como ellos creían, con la fuerza del
pensamiento puro. Al contrario. Lo que en la realidad les impulsaba eran,
precisamente, los progresos formidables de las Ciencias Naturales y de la
industria. En los filósofos materialistas, esta influencia afloraba a la
superficie, pero también los sistemas idealistas fueron llenándose más y más de
contenido materialista y se esforzaron por conciliar panteísticamente la
antítesis entre el espíritu y la materia; hasta que, por último, el sistema de
Hegel ya no representaba por su método y su contenido más que un materialismo
puesto cabeza debajo de una manera idealista.
La trayectoria de Feuerbach
es la de un hegeliano que marcha hacia el materialismo; trayectoria que, al
llegar a una determinada fase, supone una ruptura total con el sistema
idealista de su predecesor. Por fin le gana con fuerza irresistible la
convicción de que la existencia de la idea absoluta anterior al mundo material,
que preconiza Hegel, la preexistencia de las categorías lógicas antes que
hubiese un mundo, no es más que un residuo de la Fe en un creador ultramundano;
de que el mundo material y perceptible por los sentidos, del que formamos parte
también los hombres, es lo único real y de que nuestra conciencia y nuestro
pensamiento, por muy supersensuales que parezcan, son el producto de un órgano
material, físico: el cerebro. La materia no es un producto del espíritu: el
espíritu mismo no es más que el producto supremo de la materia. Esto es,
naturalmente, materialismo puro. Al llegar aquí, Feuerbach se atasca. No acierta a sobreponerse al prejuicio
rutinario, filosófico, no contra la cosa, sino contra el nombre de
materialismo.
Pero el paso que Feuerbach
no dio, había que darlo, había que sustituir el culto del hombre abstracto,
médula de la nueva religión feuerbachiana, por la ciencia del hombre real y de
su desenvolvimiento histórico. Este desarrollo de las posiciones
Feuerbachianas, superando a Feuerbach, fue iniciado por Marx en 1845, con la Sagrada Familia.
De la descomposición de la
escuela hegeliana brotó además otra corriente, la única que ha dado verdaderos
frutos, y esta corriente va asociada primordialmente al nombre de Marx. También
esta corriente se separó de la filosofía hegeliana replegándose sobre las
posiciones materialistas. Es decir, decidiéndose a concebir el mundo real tal
como se presenta a cualquiera que lo mire sin quimeras idealistas que no
concordasen con los hechos, enfocados en su propia concatenación y no en una
concatenación imaginaria. Y esto, y solo esto, es lo que se llama materialismo.
Esta corriente no se
contentaba con dar de lado a Hegel; por el contrario, se agarraba a su lado
revolucionario, al método dialéctico. Pero, bajo su forma hegeliana este método
era inservible. En Hegel, la dialéctica es el auto desarrollo del concepto. El
concepto absoluto no solo existe desde toda una eternidad, sino que es, además,
la verdadera alma viva de todo el mundo existente. El concepto absoluto se
desarrolla hasta llegar a ser lo que es, a través de todas las etapas
preliminares que se estudian por extenso en la Lógica y que se contienen todas en dicho concepto; luego, se
enajena al convertirse en la naturaleza, donde, sin la conciencia de sí,
disfrazado de necesidad natural, atraviesa por un nuevo desarrollo, hasta que,
por último, recobra en el hombre la conciencia de sí mismo; en la historia,
esta conciencia vuelve a elaborarse a partir de su estado tosco y primitivo,
hasta que por fin el concepto absoluto recobra de nuevo su completa
personalidad en la filosofía hegeliana.
Como vemos en Hegel, el
desarrollo dialéctico que se revela en la naturaleza y la historia, es decir,
la concatenación causal del progreso que va de lo inferior a lo superior, y que
se impone a través de todos los zigzags y retrocesos momentáneos, no es más que
un cliché del auto movimiento del concepto; auto movimiento que existe y se
desarrolla desde toda una eternidad, no se sabe donde, pero desde luego con
independencia de todo cerebro humano pensante. Esta inversión idealista era la
que había de eliminar. Nosotros retornamos a las posiciones materialistas y
volvimos a ver en los conceptos de nuestro cerebro las imágenes de los objetos
reales, en vez de considerar a estos como imágenes de tal o cual fase del
concepto absoluto. Con esto, la dialéctica quedaba reducida a la ciencia de las
leyes generales del movimiento, tanto el del mundo exterior como el del
pensamiento humano: dos series de leyes idénticas en cuanto a la esencia, pero
distintas en cuanto a la expresión, en el sentido de que el cerebro humano
puede aplicarlas conscientemente, mientras que en la naturaleza, y hasta hoy
también, en gran parte, en la historia humana, estas leyes se abren paso de un
modo inconsciente, bajo la forma de una necesidad exterior, en medio de una
serie infinita de casualidades. Pero, con esto, la propia dialéctica del
concepto se convertía simplemente en el reflejo consciente del movimiento
dialéctico del mundo real, lo que equivalía a poner la dialéctica hegeliana
cabeza abajo; o mejor dicho, a invertir la dialéctica que estaba cabeza abajo,
poniéndola de pie. Con esto volvía a ponerse en pie el lado revolucionario de
la filosofía hegeliana y se limpiaba al mismo tiempo de la costra idealista que
en Hegel impedía su consecuente aplicación. La gran idea cardinal de que el
mundo no puede concebirse como un conjunto de objetos terminados, sino como un
conjunto de procesos, en el que las cosas que parecen estables, al igual que
sus reflejos mentales, en nuestras cabezas, los conceptos, pasan por una serie
ininterrumpida, por un proceso de génesis y caducidad a través de los cuales,
pese a todo su aparente carácter fortuito y a todos los retrocesos momentáneos,
se acaba imponiendo siempre una trayectoria progresiva; esta gran idea cardinal
se halla ya tan arraigada, sobre todo desde Hegel, en la conciencia habitual,
que, expuesta, así, en términos generales, apenas encuentra oposición. Pero una
cosa es reconocerla de palabra y otra es aplicarla a la realidad en cada caso
concreto, en todos los campos sometidos a investigación. Si en nuestras
investigaciones nos colocamos siempre en este punto de vista, daremos al traste
de una vez para siempre con el postulado de soluciones definitivas y verdades
eternas; tendremos en todo momento la conciencia de que todos los resultados
que obtengamos serán forzosamente limitados y se hallarán condicionados por las
circunstancias en las cuales los obtenemos; pero ya no nos infundirán respeto
esas antítesis irreductibles para la vieja metafísica todavía en boga: de lo
verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo, lo idéntico y lo distinto, lo
necesario y lo fortuito, sabemos que estas antítesis solo tienen un valor
relativo, que lo que hoy reputamos como verdadero encierra también un lado
falso, ahora oculto, pero que saldrá a la luz más tarde, del mismo que lo que
ahora reconocemos como falso guarda su lado verdadero, gracias al cual fue
acatado como verdadero anteriormente; que lo que se afirma necesario se compone
de toda una serie de meras casualidades
y que lo que se cree fortuito no es más que la forma detrás de la cual
se esconde la necesidad, y así sucesivamente.
El viejo método de
investigación y de pensamiento que Hegel llama metafísico, método que se
ocupaba preferentemente de la investigación de las cosas como algo hecho y
fijo, y cuyos residuos embrollan todavía con bastante fuerza las cabezas,
tenían en su tiempo una gran razón histórica de ser. Había que investigar las
cosas antes de poder investigar los procesos. Había que saber lo que era tal o
cual cosa antes de pulsar los cambios que en ella se operaban.
Hay tres grandes
descubrimientos, que han dado impulso gigantesco a nuestros conocimientos
acerca de la concatenación de los procesos naturales: el primero es el
descubrimiento de la célula [1837-1838], como unidad de cuya multiplicación y
diferenciación se desarrolla todo el cuerpo del vegetal y del animal, de tal
modo que no solo se ha podido establecer que el desarrollo y el crecimiento de
todos los organismos superiores son fenómenos sujetos a una sola ley general,
sino que, además, la capacidad de variación de la célula nos señala el camino
por el que los organismos pueden cambiar de especie, y por tanto, recorrer una
trayectoria superior a la individual. El segundo es la transformación de la
energía [década de los 40 del siglo XIX], gracias al cual todas las llamadas
fuerzas que actúan en primer lugar en la naturaleza inorgánica – la fuerza
mecánica y su complemento, energía potencial, el calor, la radiación, la
electricidad, el magnetismo y la energía química – se han acreditado como otras
tantas formas de manifestarse el movimiento universal, formas que, en
determinadas proporciones de cantidad,
se truecan las unas en las otras, por donde la cantidad de una fuerza
que desaparece es sustituida por una determinada de otra que aparece, y todo el
movimiento de la naturaleza se reduce a este proceso incesante de
transformación de unas formas en otras. Finalmente, el tercero es la prueba,
desarrollada primeramente por Darwin [1859] de un modo concatenado, de que los
productos orgánicos de la naturaleza que hoy existen en torno nuestro,
incluidos los hombres, son el resultado de un largo proceso de evolución, que
arranca de unos cuántos gérmenes primitivamente unicelulares, los cuales, a su
vez, proceden del protoplasma por vía química.
Gracias a estos tres grandes
descubrimientos, y a los demás progresos formidables de las ciencias naturales,
estamos hoy en condiciones de poder demostrar no solo la trabazón entre los
fenómenos de la naturaleza dentro de un campo determinado, sino también, a grandes rasgos, la existente entre los
distintos campos, presentando así un cuadro de conjunto de la concatenación de
la naturaleza bajo una forma bastante sistemática, por medio de los hechos
suministrados por las mismas ciencias naturales empíricas. El darnos esta
visión de conjunto era la misión que corría antes a cargo de la llamada
filosofía de la naturaleza. Hoy cuando es necesario enfocar los resultados de
las investigaciones naturales solo dialécticamente, es decir, en su propia
concatenación, para llegar a un “sistema de la naturaleza” suficiente para
nuestro tiempo, cuando el carácter dialéctico de esta concatenación se impone,
incluso contra su voluntad, a las cabezas metafísicamente educadas de los
naturalistas; hoy, la filosofía de la naturaleza ha quedado definitivamente liquidada.
Y lo que decimos de la
naturaleza, concebida aquí también como un proceso de desarrollo histórico, es
aplicable igualmente a la historia de la sociedad.
Resultados y discusión
Una vez expuesto el
marco de referencia dialéctico, se deduce que está integrado por tres leyes
universales de la dialéctica materialista, expuesta entre 1839 y 1888, por
grandes pensadores alemanes, entre los que destacan: Ludwig Feuerbach, Karl
Marx y Friedrich Engels, quienes invirtieron la dialéctica idealista del gran
pensador también alemán, Friedrich Hegel, para depurarla de su “misticismo
religioso” y transformarla en materialismo dialéctico (materia en movimiento) o
dialéctica materialista, cuyas leyes son las siguientes:
1.1. Ley de la contradicción
Esta ley establece
que en el universo todos los procesos son contradictorios tanto en lo material
como en su expresión mental (pensamiento). Esta ley es la más importante, ya
que la contradicción es la que mueve a la materia y al pensamiento, lo que
permite definir a la dialéctica como la ciencia de la contradicción.
1.2. Tránsito recíproco de la
cantidad vs la cualidad
Esta ley es un caso
particular de la anterior ley de la contradicción y concibe que en el universo
todos los procesos materiales y mentales, se desarrollan en forma gradual
(cantidad) y al rebasar cierto rango (medida) se produce un cambio repentino
(brusco) cono conocido como salto con el que aparece una nueva cualidad (nuevo
proceso). Los cambios cuantitativos (graduales) son acumulativos, mientras no se
rebase un límite (medida) y el salto implica la aparición de un nuevo proceso
material o mental.
1.3. Ley de la negación de la
negación
Esta ley es la
síntesis de las dos anteriores, ya que en el proceso dialéctico la
contradicción implica la eliminación de dos adversarios; es decir, se trata de
una doble negación para retornar al punto de partida, pero a un nivel superior.
De esta ley se deduce que en el universo: todos los procesos son cíclicos y se
mueven en espiral, porque no vuelven exactamente al punto de partida. Además,
establece que el movimiento (cambio o transformación) de la materia y el
pensamiento es de lo simple a lo complejo.
Las tres leyes
universales de la dialéctica, son el fundamento teórico de todas las ciencias
particulares, ya que lo universal o general está parcialmente contenido en lo
particular. Es decir, que todo objeto es la unidad contradictoria de lo general
vs lo singular, puesto, que lo particular es solo un eslabón intermedio entre
ambos y son fundamentales para el estudio de los procesos materiales (naturales,
sociales) y mentales (lógicos).
Conclusiones
La
dialéctica hegeliana culmina la historia de la filosofía clásica alemana,
caracterizada por concebir la historia, como desarrollo del pensamiento
abstracto (lógica), cuyo movimiento lo niega (primera negación) para transformarse
en naturaleza (filosofía de la naturaleza), en seguida la naturaleza es negada
(segunda negación) para convertirse en filosofía del espíritu, con lo que se
produce doble negación para retornar al punto de partida (concepto o espíritu
absoluto). Así pues, el pensamiento abstracto se mueve cíclicamente sin
“aterrizar” en la realidad material.
La
dialéctica hegeliana sólo se mueve en la esfera del pensamiento abstracto, cuyo
movimiento genera la naturaleza y la sociedad; es decir, la idea o espíritu
absoluto deja de lado la historia material del mundo. En este sentido, la
realidad material concreto-sensible es creada por el concepto (idea, Dios,
espíritu absoluto). En suma, se trata de una filosofía idealista, al concebir
que la materia es creada por el pensamiento abstracto (llámese concepto, Dios o
Espíritu absoluto).
El
primero en percatarse de la concepción de la dialéctica idealista de Hegel fue
Feuerbach, quien concibió que el movimiento cíclico del pensamiento abstracto
no es retornar al mismo punto de partida: el pensamiento abstracto. Para salir
del círculo vicioso, hay que invertir el proceso dialéctico y plantear el
retorno a la realidad material, la cual existe independientemente de la Idea.
Sin embargo, su materialismo se redujo a la contemplación pasiva de la
naturaleza concreto-sensible del individuo abstracto (antropología).
Marx
y Engels no sólo criticaron la filosofía en general y la dialéctica en
particular hegelianas por su carácter idealista, sino que la superaron
dialécticamente al invertirla: es la realidad material la que en su prolongado
desarrollo histórico la que genera a la especie humana con su órgano material
(cerebro) sustrato del pensamiento abstracto. Es decir, es la materia la que
genera al pensamiento abstracto (lógica), con lo que la filosofía idealista de
Hegel la transforman en materialismo dialéctico (dialéctica materialista).
Respecto
al materialismo contemplativo de Feuerbach, Marx lo superó al concebir la
práctica para transformar la realidad concreto-sensible con la que la sociedad
humana transforma la naturaleza y se transforma ella misma. Además, la práctica
es la fuente de conocimiento y el criterio de veracidad del pensamiento
abstracto.
En
resumen, los descubrimientos científicos de las ciencias naturales y sociales
hasta el siglo XIX, al sintetizarlos, Marx y Engels produjeron una verdadera
revolución filosófica: la dialéctica materialista (materialismo dialéctico).
Desde entonces, la nueva concepción filosófica ha sido guía en las
investigaciones de las ciencias particulares para generar nuevos conocimientos.
Referencias bibliográficas
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Sánchez
Vásquez Adolfo. 1982. Filosofía y economía en el joven Marx. Los manuscritos de
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