FASCISMO O SOCIALISMO EN LA ERA DEL CAPITAL
FINANCIERO
Valentín Vásquez
San Andrés Ixtlahuaca, Oaxaca, México
Valentin02111956@gmail.com
Introducción
Tradicionalmente en las investigaciones científicas los asesores de las
mismas, en el marco teórico consideran los artículos relacionados con el
problema de investigación más recientes; sin embargo, el marco de referencia
para que cumpla su cometido de ser una guía en el proceso de investigación,
debe recurrir a los trabajos científicos más relevantes (recientes y no
recientes…
1. Antecedentes
1.1. En la era del capitalismo financiero (imperialismo)
Luxemburgo (1915) cita el
folleto ¿Imperialismo o Socialismo?
Escrito algunos años antes del inicio de la Primera Guerra Mundial, por el
Partido Obrero Socialdemócrata Alemán, el cual concluía: “La lucha del contra
el imperialismo se convierte cada vez más en una lucha decisiva entre el
capital y el trabajo. ¡Peligro de guerra, encarecimiento de la vida y
capitalismo, o paz, bienestar para todos, socialismo! Esta es la alternativa.
La historia se encuentra ante grandes decisiones. El proletariado debe trabajar
incansablemente en su tarea histórico-mundial, fortalecer el poder de su
organización y la claridad de sus conocimientos. Suceda lo que suceda, o bien
tiene fuerza para conseguir ahorrar a la humanidad el terrible espanto de una
terrible guerra mundial, o bien se hundirá el mundo capitalista en la historia
de la misma forma en que nació, es decir, en sangre y violencia: el momento
histórico encontrará preparada a la clase obrera, y el estar preparada es
todo”.
Decía Engels: “la sociedad burguesa se encuentra ante un dilema: o avance
hacia el socialismo o recaída en la barbarie”. ¿Qué significa “recaída en la
barbarie” en el nivel actual de la civilización europea? Hasta ahora hemos
leído todas estas palabras distraídamente y las hemos repetido sin presentir su
terrible seriedad. Una ojeada a nuestro alrededor en este momento muestra lo
que significa una recaída de la sociedad burguesa en la barbarie. La guerra
mundial; ésta es la recaída en la barbarie. El triunfo del imperialismo conduce
al aniquilamiento de la cultura; esporádicamente, en el caso de que el período
iniciado de guerras mundiales haya de seguir su curso sin obstáculos hasta sus
últimas consecuencias. Hoy nos encontramos, como Engels pronosticaba ya hace
una generación, hace cuarenta años, ante la alternativa: o el triunfo del
imperialismo, el ocaso de toda civilización y, como en la vieja Roma,
despoblamiento, degeneración, desolación un enorme cementerio; o victoria del
socialismo, es decir, de la lucha consciente del proletariado internacional
contra el imperialismo y su método: la guerra. Este es el dilema de la historia
mundial; una alternativa, una balanza cuyos platillos oscilan ante la decisión
del proletariado con conciencia de clase. El futuro de la cultura y de la
humanidad depende de que el proletariado arroje con varonil decisión su espada de
lucha revolucionaria en uno de los platillos de la balanza. En esta guerra ha
triunfado el imperialismo. Su espada sangrienta del genocidio ha hundido con
brutal sobrepeso al platillo de la balanza en el abismo del valle de lágrimas y
de la vergüenza. Todo ese valle de lágrimas y toda esa vergüenza solo pueden
ser contrapesadas si aprendemos de la guerra cómo el proletariado puede
desembarazarse del papel de siervo en manos de las clases dominantes para
convertirse en el señor de su propio destino”.
Lenin (1916) en el contexto de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) escribió
que el imperialismo surgió como desarrollo y continuación directa de las
propiedades fundamentales del capitalismo en general. Pero el capitalismo se
trocó en imperialismo capitalista únicamente cuando llegó a un grado
determinado, muy alto, de su desarrollo, cuando algunas de las características
fundamentales del capitalismo comenzaron a convertirse en su antítesis, cuando
tomaron cuerpo y se manifestaron en toda la línea los rasgos de la época de
transición del capitalismo a una estructura económica y social más elevada. Lo
que hay de fundamental en este proceso, desde el punto de vista económico, es
la sustitución de la libre competencia capitalista por los monopolios
capitalistas. La libre competencia es la característica fundamental del
capitalismo y de la producción mercantil en general; el monopolio es todo lo
contrario de la libre competencia, pero esta última se va convirtiendo ante
nuestro ojos en monopolio, creando la gran producción, desplazando a la pequeña,
reemplazando la gran producción por otra todavía mayor y concentrando la
producción y el capital hasta el punto que de su seno ha surgido y surge el
monopolio: los cárteles, los consorcios, los trusts, y, fusionándose con ellos,
el capital en una docena escasa de bancos que manejan miles de millones. Y al
mismo tiempo, los monopolios, que surgen de la libre competencia, no la eliminan,
sino que existen por encima de ella y al lado de ella, dando origen así a
contradicciones, roces y conflictos particularmente agudos y bruscos. El
monopolio es el tránsito del capitalismo a un régimen superior.
Si fuera necesario dar una definición lo más breve posible del
imperialismo, debería decirse que el imperialismo es la fase monopolista del
capitalismo. Esa definición comprendería lo principal, pues, por una parte, el
capital financiero es el capital bancario de algunos grandes bancos
monopolistas fundido con el capital de las alianzas monopolistas de los
industriales y, por otra, el reparto del mundo es el tránsito de la política
colonial, que se extiende sin obstáculos a las regiones todavía no conquistadas
por alguna potencia capitalista, a la política colonial de dominación
monopolista de los territorios del globo enteramente repartido.
Sin olvidar lo convencional y relativo de todas las definiciones en
general, que jamás puede abarcar en todos sus aspectos las relaciones de un
fenómeno en su desarrollo completo, conviene dar una definición del
imperialismo que contenga sus cinco rasgos fundamentales a saber: 1) la
concentración de la producción y del capital llega hasta un grado tan elevado
de desarrollo, que crea los monopolios, los cuales desempeñan un papel decisivo en la vida económica; 2) la
fusión del capital bancario con el capital industrial y la creación, en el
terreno de este “capital financiero”, de la oligarquía financiera; 3) la
exportación de capitales, a diferencia de la exportación de mercancías,
adquiere una importancia particularmente grande; 4) se forman asociaciones
internacionales monopolistas de capitalistas, las cuales se reparten el mundo,
y 5) ha terminado el reparto territorial del mundo entre las potencias
capitalistas más importantes. El imperialismo es el capitalismo en la fase de
desarrollo en que ha tomado cuerpo la dominación de los monopolios y del
capital financiero, ha adquirido señalada importancia la exportación de
capitales, ha empezado el reparto del mundo por los trusts internacionales y ha
terminado el reparto de toda la tierra entre los países capitalistas más
importantes.
Lo característico del imperialismo es precisamente la tendencia a la
anexión no sólo de las regiones agrarias, sino incluso de las más
industrializadas, pues, en primer lugar, el reparto ya terminado del mundo
obliga a un nuevo reparto.
A pesar del aumento absoluto de la producción y de la exportación
industriales, crece la importancia relativa para toda la economía nacional de
los ingresos procedentes de los intereses y de los dividendos, de las
emisiones, de las comisiones y de la especulación, dando como resultado un
estado rentista: el Estado del capitalismo parasitario y en descomposición, y
esta circunstancia no puede dejar de reflejarse, tanto en todas las condiciones
políticas y sociales de los países respectivos.
El imperialismo es la época del capital financiero y de los monopolios,
los cuales traen aparejada en todas partes la tendencia a la dominación, y no a
la libertad. El resultado de dicha tendencia es la reacción en toda la línea,
sea cual fuere el régimen político y la exacerbación extrema de las
contradicciones en esta esfera también. Es decir, el imperialismo significa en
política: fascismo o socialismo. El desenlace dependerá de la correlación de
fuerzas: si el proletariado cuenta con una vanguardia política revolucionaria y
con arraigo en las masas proletarias, es probable el triunfo del socialismo,
pero sino es posible la implantación del fascismo.
En la economía imperialista, el monopolio es la antítesis de la economía
de libre competencia y, en lo político el fascismo es la antítesis de la
democracia liberal burguesa que imperó en el capitalismo de libre, desde el
siglo XVIII hasta fines del siglo XIX y principios del siglo XX, cuando
apareció el imperialismo.
1.2. En la crisis mundial del capitalismo financiero (1929-1933)
Togliatti (1935) inicia sus Lecciones
sobre el fascismo en Italia con la definición dada por el XIII Pleno de la
Internacional Comunista: “El fascismo es una abierta dictadura terrorista de
los elementos más reaccionarios, más chovinistas, más imperialistas del capital
financiero”, definición que desarrollará en sus lecciones.
“Los estratos decisivos de la burguesía, la banca, la gran industria, el
estado mayor, se encuentran sobre el terreno del fascismo. Hasta la monarquía
se encontraba sobre este terreno en cuanto que el problema del fascismo ya se
había planteado y resuelto en la corte. El Vaticano apoyaba a pesar de eso al
fascismo. Los estratos decisivos, pues, estaban de acuerdo. Su línea era el
fascismo.
Solo en 1925-1926, nuestro Partido [Comunista] se lanzaba adelante y se
convierte verdaderamente en una vanguardia.
¿Por qué? Porque también aquí la situación objetiva, el carácter de la
estabilización del capitalismo italiano se revela plenamente. Se inicia la
ofensiva contra los trabajadores, el ataque a los salarios, se tiene un aumento
de la desocupación, un aumento del costo de la vida y particularmente se inicia
en este momento, con mayor intensidad, el proceso de concentración de la
economía, de la producción y su centralización. Sobre la base de esta
concentración las clases dirigentes de la burguesía inicia el proceso más
avanzado de unificación sobre la base de la unidad en la ofensiva más aguda
contra las organizaciones de la clase obrera.
La burguesía italiana tiene en el Partido Fascista una organización
política de tipo nuevo apropiada para ejercer la dictadura abierta sobre las
clases trabajadoras. No solo eso, sino que a través de toda una serie de otros
organismos y ligas, el Partido Fascista se convierte en una organización que da
a la burguesía italiana la posibilidad de ejercer en todo momento una presión
armada sobre las masas trabajadoras. El Partido Fascista de hecho ha creado a
su lado una milicia que también ha sufrido transformaciones pero que, a pesar
de todo, ha conservado el carácter de organización armada de partido. La
milicia no es el arma de los carabineros, no es el ejército, si bien ha tomado
algo de él. Pero a través de ella el partico controla vastos estratos de masas.
Es una de las bases principales de la fuerza de la dictadura.
Concluyendo, los puntos fundamentales a tener presentes para caracterizar
al fascismo, son los siguientes: 1) el régimen corporativo es un régimen
inseparable de la reacción política completa, de la destrucción de toda liberad
democrática; 2) el régimen corporativo corresponde a un grado avanzado de la
economía y es una forma con la cual el capitalismo financiero trata de
reforzar sus posiciones en la vida
económica del país; 3) la forma del estado debe ser totalitaria, tal que pueda
estrechar bajo su control a las grandes masas trabajadoras; 4) las
corporaciones son un instrumento para reprimir cualquier intento de
insurrección de las masas trabajadoras; 5) las corporaciones son un instrumento
para la propaganda ideológica de la colaboración de clases; 6) enmascarándose
con una ideología “anticapitalista” las corporaciones representan la
organización más reaccionaria del régimen capitalista”.
Toffler (1980) describe los rasgos principales de las dos olas
tecnológicas que antecedieron a La
Tercera Ola:
“La Era de la primera ola comenzó hacia el 8000 a. de J.C. y dominó en
solitarios la Tierra hasta los años 1650-1750 de nuestra Era. A partir de este
momento, la primera ola fue perdiendo ímpetu a medida que lo iba cobrando la
segunda, sobre cuya base tecnológica surgieron multitud de industrias, que
dieron su sello definidor a la civilización de la segunda ola. Hubo al
principio industrias del carbón, textiles y ferrocarriles, luego acerías,
fabricación de automóviles, del aluminio, productos químicos y utensilios. Surgieron
enormes ciudades fabriles. La civilización industrial, producto de esta segunda
ola, dominó entonces, a su vez, el Planeta, hasta que también ella alcanzó su
cresta culminante. Este último punto de inflexión histórico llegó a los Estados
Unidos durante la década iniciada alrededor de 1955, la década en que el número
de empleados y trabajadores de servicios superó por primera vez al de obreros
manuales, debido a la introducción generalizada de las computadoras. Estas no
son sobrehumanas. Se estropean, cometen errores…a veces peligrosos. No hay nada
mágico en ellas, y, por supuesto, no son espíritus” ni “almas” existentes en
nuestro entorno. Pero con todas estas cualificaciones y reservas, sigue
figurando entre los más sorprendentes y turbadores logros humanos, pues
realizan nuestro poder mental como la tecnología de la segunda ola realzó
nuestro poder muscular, y no sabemos adónde acabarán por conducirnos nuestras
propias mentes. A medida que nos vayamos familiarizando con el entorno inteligente
y aprendamos a conversar con él desde el momento que abandonamos la cuna,
empezaremos a utilizar computadoras con una desenvoltura y una naturalidad que
hoy nos resulta difícil de imaginar. Y nos ayudarán a todos a pensar más
profundamente en nosotros mismos y en el mundo. Fue precisamente durante esa
década cuando la tercera ola empezó a cobrar fuerza en los Estados Unidos. Desde
entonces ha llegado -con escasa diferencia de tiempo- a la mayor parte de las
demás naciones industriales, entre ellas, Gran Bretaña, Francia, Suecia,
Alemania, Unión Soviética, y Japón. En la actualidad, todas las naciones de
alta tecnología experimentan los efectos de la colisión entre la tercera ola y
las anticuadas economías e instituciones remanentes de la segunda. En todas las
sociedades anteriores, la infosfera [esfera de información] proporcionaba los
medios para una comunicación entre humanos. La tercera ola multiplica esos
medios. Pero también permite, por primera vez en la historia, la comunicación
de máquina a máquina y, más sorprendente aún, la conversación entre seres
humanos y el entorno inteligente en que se hallan inmersos. Cuando nos volvemos
a mirar las cosas con una más amplia perspectiva, resulta claro que la
revolución operada en la infosfera es por lo menos tan dramática como la
sucedida en la tecnosfera, en el sistema energético y en la base tecnológica de
la sociedad”.
Podría parecer que el resurgimiento del prosumidor “no es más que una
moda pasajera. Pero este deseo de tratarse uno mismo sus propios problemas,
refleja un cambio sustancial en nuestros valores”. Durante la primera ola (la
revolución agrícola), la mayoría de las personas consumían lo que ellas mismas
producían. No eran ni productores ni consumidores en el sentido habitual. Eran,
en su lugar, lo que podría denominarse “prosumidores”.
Fue la segunda ola (revolución industrial) que, al introducir una cuña en
la sociedad, separó estas dos funciones y dio con ella nacimiento a lo que
ahora llamamos productores y consumidores. Esta escisión condujo a la rápida
extensión del mercado o red de intercambio de mercancía y servicios, pero con
la tercera ola está desapareciendo.
“Lo que ha pasado casi inadvertido no es simplemente un cambio en las
pautas de participación en el mercado sino, más fundamentalmente aún, la
consumación de todo el proceso histórico de construcción de mercado. Este punto
de inflexión es tan revolucionario en sus implicaciones y, sin embargo, tan
sutil, que pensadores capitalistas y marxistas por igual, sumidos en sus
polémicas de la segunda ola, apenas han reparado en sus signos. No encaja en
ninguna de sus teorías, y por ello se les ha escapado casi por completo.
La especie humana se ha pasado por lo menos 10000 años construyendo una
red de intercambio mundial, es decir, un mercado. Durante los últimos
trescientos años, ya desde que comenzó la segunda ola, este proceso ha avanzado
con acelerada velocidad. La civilización de la segunda ola “mercantilizó” el
mundo. Hoy en el momento mismo en empezó a resurgir el prosumo está llegando a
su fin este proceso. Este proyecto de construcción, el más grandioso de toda la
historia, la instalación de los conductos y canales a cuyo través latió y
circuló gran parte de la vida económica de la civilización, dio en todas partes
a la civilización de la segunda ola su dinamismo interno y su empuje propulsor.
De hecho, si se puede decir que esta civilización ahora agonizante tuvo alguna
misión, fue mercantilizar el mundo. Hoy esa misión está casi completamente
cumplida.
La tercera ola producirá la primera civilización de “transmercado” de la
historia. Por “transmercado” no debe entender una civilización desprovista de
redes de intercambio, un mundo relegado a pequeñas comunidades, aisladas y
autosuficientes o reacias a comerciar entre ellas. No se trata de dar un paso
atrás. Por “transmercado” debe entenderse una civilización que depende del
mercado, pero que no se ve consumida ya por la necesidad de construir, ampliar,
refinar e integrar esta estructura. Una civilización capaz de avanzar a una
nueva agenda…precisamente porque el mercado se ha establecido ya.
Virtualmente concluida ya esa tarea de construcción, las enormes energías
anteriormente volcadas en la creación del sistema de mercado mundial quedan
libres para su aplicación en otros propósitos humanos… Lo que actualmente está
en juego es algo más que socialismo o capitalismo, algo más que energía,
alimentación, población, capital, materias primas o puestos de trabajo; lo que
está en juego es el papel que el mercado ha de desempeñar en nuestras vidas y
el futuro de la civilización misma. Esto, básicamente, es lo que resulta afectado
por el auge del prosumidor.
En síntesis, es asombroso lo que está sucediendo, la civilización de la
tercera ola resulta presentar muchas características -producción
descentralizada, escala apropiada, energía renovable, desurbanización, trabajo
en el hogar, elevados niveles de prosumo, por citar algunas pocas- que se
asemejan a las que se daban en las sociedades de la primera ola. Estamos
presenciando algo que se parece extraordinariamente a un retorno dialéctico.
Blanco (2023) dice que “Durante su visita a China, Lula arremetió contra el predominio internacional del dólar y llamó al grupo BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) a promover el uso de sus monedas nacionales en el comercio internacional y liberarse de la sumisión a las instituciones financieras, como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM), y formuló preguntas retóricas: ¿Por qué no podemos comerciar con nuestras propias monedas? ¿Quién decidió que fuera el dólar?
Lula
conoce la historia de Bretton Woods de 1944, la coaccionada
institucionalización del patrón monetario oro-dólar al mundo, por EU, con el
FMI y el BM como entes capataces regulatorios, junto con el Acuerdo General
sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT): un orden económico internacional impuesto
por el imperialismo yanqui para su propio beneficio, y de Europa y Japón en
segundo término.
No
es el dólar lo que hoy está en declive, sino EU; por eso su moneda decae.
Bretton Woods duró un suspiro: dados los déficits de EU en balanza de pagos –desde
mediados de los años 1960–, en 1971 Nixon eliminó el vínculo del dólar con el
oro y, con ello, suprimió el vínculo de todas las monedas con ese metal; el
dólar fue impuesto, así como moneda fiduciaria al mundo. El argumento
no dicho por EU: su poderío económico y militar. La defección monetaria del
imperio tuvo, como uno de sus productos, el señoreaje que paga el mundo a EU
por el uso del billete verde. Y empezó la financierización y la implantación
del neoliberalismo.
Si
el balance en cuenta corriente de cualquier país es con frecuencia deficitario,
su moneda termina por devaluarse en relación con la moneda fiduciaria del
planeta, se llame Zambia o Reino Unido, Argentina, México o Turquía. Eso no
ocurre con el dólar, aunque sea fiduciaria como todas, porque es (sigue siendo)
la moneda obligada de reserva a escala internacional. Ese es el dominio de la
fuerza económica y militar. EU es aún la mayor economía. Cerca de 90 por ciento
de las transacciones entre divisas implican un tramo en dólares; 40 por ciento
del comercio mundial fuera de EU se factura y paga en dólares, 60 por ciento
de las reservas mundiales depositadas en bancos centrales están denominadas en
dólares. Esos altos indicadores son actuales, pero todos provienen de
tendencias a la baja.
Un
estudio reciente del FMI (que refiero de M. Roberts The end of dollar
dominance?) indica: la proporción de reservas en dólares de los bancos
centrales “ha caído 12 puntos porcentuales desde principios de siglo, pasando
de 71 por ciento en 1999, a 59 por ciento en 2021…, esta caída ha ido
acompañada de un aumento de la proporción de lo que el FMI denomina ‘divisas de
reserva no tradicionales’, definidas como divisas distintas de las ‘cuatro
grandes’ (dólar estadunidense, euro, yen japonés y libra esterlina), es decir,
el dólar australiano, el dólar canadiense, el renminbi chino, el won coreano,
el dólar de Singapur y la corona sueca”.
Como
se observa, el espacio monetario pasó del dominio completo del dólar, a una
diversificación que incluyó primero a los cuatro grandes, y continuó con
las monedas señaladas. Las tendencias apuntan hacia una fragmentación
internacional de las reservas de divisas, no a una partición Occidente-Oriente.
En palabras del FMI: Si el dominio del dólar llega a su fin (un escenario,
no una predicción), entonces el billete verde podría ser derribado no por los
principales rivales del dólar, sino por un amplio grupo de monedas
alternativas: la multipolaridad. Si las tendencias permanecen conllevarían
resultados peores para la paz internacional y la expansión fluida del
capitalismo mundial, dice Roberts. De hecho, implica casi una situación
monetaria anárquica en la que las economías imperialistas, en particular la
estadunidense, podrían perder el control de los mercados monetarios mundiales.
Lo que está en juego es la definición de la dirección y la gestión de la
economía mundial, como consecuencia del declive de EU.
La
mejor apuesta de futuro puede estar en el BRICS. La tendencia de largo plazo
así lo indica”.
Blanco (2025) explica que “El declive
de la globalización neoliberal trajo consigo el declive del dominio de
Estados Unidos (EU) en la economía mundial. El imperio tiende a agotarse y, en
respuesta, surgen los proyectos de recuperación de Joe Biden al que le sigue el
de Donald Trump. Se trata de fondo del mismo proyecto: restablecer el lugar
antes indisputado de EU, aunque el estilo, la intensidad, las vías y los
instrumentos de cada personaje sean distintos.
En junio de 2022, el entonces
presidente Biden dijo en conferencia de prensa en Madrid: “Creo que todos
estamos de acuerdo en que ésta ha sido una cumbre histórica de la OTAN… La
última vez que la OTAN redactó una nueva declaración de principios fue hace 12
años. En aquel momento [yo] calificaba a Rusia de socio, y ni siquiera mencionaba
a China. El mundo ha cambiado, ha cambiado mucho desde entonces. Y la OTAN
también está cambiando. En esta cumbre hemos reunido a nuestras alianzas para
hacer frente tanto a las amenazas directas que Rusia representa para Europa
como a los retos sistémicos que China plantea para un orden mundial basado en
reglas”. El mismo discurso, con otras palabras y en otros espacios y
circunstancias, fue repetido muchas veces por Biden. Ciertamente, las
reglas que tanto ha invocado Biden son las reglas neoliberales para el
dominio estadunidense. Trump, por su parte, está en la mismas y tiene más
prisa; aunque parece dudar de la guerra como vía para imponerse al resto del
mundo. La fuerza del capital estadunidense y los instrumentos de la economía,
muy en particular los aranceles, son sus armas privilegiadas; su asunto es
doblegar a los demás, como un capitalista subyuga a otros capitalistas en la
arena de la competencia capitalista.
El proyecto Biden-Trump se inscribe por
necesidad en el trayecto del auge y el declive inexorable de la globalización
neoliberal. El punto de inflexión e inicio del trayecto neoliberal fue la caída
estrepitosa de la URSS (1989-1991), resultado de una crisis terminal provocada
por una larga historia de debilitamiento de su economía. La planificación
centralizada halló límites que le impuso la tecnología digital en materia de
control y administración económica de los años 1950-1980, por entonces poco
desarrollada; la planificación de la URSS, además, estaba afectada por una
corrupción galopante en el seno de las élites políticas, facilitada por una
organización política del Estado sin mecanismos de vigilancia y corrección por
parte de la sociedad soviética.
La URSS se disuelve en diciembre de
1991 con la renuncia de Mijaíl Gorbachov y sigue una década de crisis extrema:
la corrupción creció aún más con Boris Yeltsin, sobrevino un colosal caos
económico, la asunción del Consenso de Washington, el empobrecimiento agudo de
la sociedad, el alcoholismo de Yeltsin y calamidades sin precedente hundieron a
Rusia. De acuerdo con cifras del Banco Mundial, entre 1989 y 1998, el producto
interno cayó 6.3 por ciento en términos reales en promedio, año tras año;
perdió así 53.3 por ciento de su producción interna. A partir de 2000 empezaría
otra historia para Rusia de la mano de Vladimir Putin: la economía creció a una
tasa anual promedio de 3.4 por ciento. Biden pronosticó que Rusia se
volvería un paria con las sanciones que el conjunto de la OTAN le
aplicara después de la invasión a Ucrania, pero sucedió lo contrario, la
economía avanzó más rápidamente que en los años previos.
Y surgió China a tambor batiente. Un
caso único de crecimiento acelerado. Con cifras del Banco Mundial, entre 1980 y
2000, su economía se multiplicó 6.2 veces, y entre 2000 y 2023 se incrementó
6.14 veces. En los mismos lapsos, según la misma fuente, la economía de EU se
elevó por 1.9 y 1.6 veces. En 2023 China era la segunda mayor economía del
mundo: el PIB nominal de EU equivalía a 1.52 veces el PIB de China. En el mismo
año y misma fuente, China era la primera economía del mundo: su PIB PPA (por
paridad cambiaria) equivalía a 1.19 veces el PIB de EU. China es la primera
potencia manufacturera con 31.6 por ciento del total mundial, según el portal
de EU SafeGuard Global; le sigue EU, con 15.9 por ciento. Es también la segunda
potencia en inversión extranjera directa y ha creado obras de infraestructura
en casi 150 países. China ha llevado sus naves a la Luna y Marte, como EU;
ambos países compiten en computación cuántica, inteligencia artificial y un
largo etcétera. Por eso China representa una amenaza sistémica.
A Trump le preocupa de modo especial el
déficit comercial que EU tiene con muchos países, en particular el que tiene
con China. Según la Oficina del Censo de Estados Unidos, el déficit comercial
de bienes de EU con China aumentó de manera gradual desde 6 mil millones de
dólares, en 1985, a la asombrosa cifra (palabras de esa oficina) de
382 mil millones de dólares en 2022 (279 mil millones en 2023). El déficit con
China llevó a Donald Trump, en marzo de 2018, a iniciar una guerra comercial
contra China, imponiéndole aranceles por 50 mil millones de dólares a productos
provenientes de este país oriental. China respondió imponiendo aranceles a 128
productos estadunidenses, incluida la soya, una de las principales
exportaciones de EU a China.
Los determinantes fundamentales del
saldo de la balanza comercial de un país son de orden macroeconómico. El
déficit comercial externo de EU con China está determinado por los niveles de
ahorro e inversión de EU, no por las políticas comerciales e industriales de
China, que pueden tener apenas una tenue relación con ese déficit.
Nada cambiará la determinación de EU de
hacer de China el principal motivo de su caída. Este lance será el eje
principal del conflicto mundial y marcará el carácter de la lucha social y
política. Por ese pleito cavernícola, EU reunirá toda la fuerza que pueda:
frenará toda ayuda hacia el exterior, suspenderá todas las guerras
que pueda porque su asunto no es ganar con la fuerza militar, sino ganar ríos
de plata. Se alejará de la OTAN. Se retiró ya del Acuerdo de París y manda al
diablo sus obligaciones con el medio ambiente: “Tenemos una emergencia
energética, así que vamos a perforar, baby, a perforar”, dijo Mr.
Trump. Resulta, sin embargo, que, como varias publicaciones señalaron, no hay
en EU tal cosa como una emergencia energética. La producción de petróleo y gas
está superando el crecimiento del consumo, EU vive un auge de sus exportaciones
petrolíferas; tanto, que su balanza externa petrolera es superavitaria; se
trata en realidad de apuntalar su megaproyecto de IA Stargate.
La salud humana a la
basura, adiós, Organización Mundial de la Salud, adiós. La arbitrariedad
del troglodita no conocerá reposo, buscando ganar más y más. No importa que en
los últimos años sus multimillonarios se hayan apoderado de más millones que
nunca, hay que ir por más. Y, claro, el proceso gringo invita a todos los ricos
del planeta a ir más lejos, con la desinhibición por delante, tal como lo
mostraron los nuevos amos de las Big Tech en la toma de
posesión. Thomas Piketty nos asombrará con el grado al que llegará la
desigualdad que nos espera. Las derechas y las ultraderechas del mundo están de
plácemes y ya ven nuevos estados que conquistar para agrandar sus arcas.
China, se advierte, es el motivo principalísimo
por el que Trump intentará intervenciones más profundas en América Latina.
Remediales y preventivas. La inauguración del puerto de Chancay –¡que los
chinos pronuncian Shanghái! –, en Perú, a 75 kilómetros de Lima, fue la gota
que derramó el vaso más allá de lo que Trump puede tolerar. Chancay estaba
destinado a convertirse en el primer hub logístico chino para
su operación en Sudamérica. El imperialismo estadunidense no lo tolera. Aún no
sabemos cómo Trump impedirá que ese proyecto prospere. Por lo pronto, se
propone apropiarse del Canal de Panamá.
Para que no haya dudas, entre las
primeras decisiones terminantes de Trump estuvo la cancelación del acuerdo de
Biden de retirar a Cuba de la lista de EU de países patrocinadores del
terrorismo. Trump probablemente se va a emplear muchos más a fondo contra Cuba,
Nicaragua y Venezuela, pero no solamente. MAGA requiere que América Latina esté
alineada al imperio. Los países latinoamericanos que han estado sacando de sus
manicomios y de sus cárceles a sus peores asesinos y violadores para enviarlos
a EU, entre ellos México, según la atrabiliaria narrativa trumpiana, se las
verán con Trump. Es decir, la migración que EU convierte sistemáticamente en
indocumentada, es la coartada ideológica para sujetar a América
Latina a su propósito de reconquistar la cúspide mundial.
La globalización neoliberal se halla en
un tobogán. El huracán trumpiano le ayudará a cobrar mayor velocidad.
López y Rivas (2025) comenta que “El libro de Marcelo Colussi
con el significativo título de Vamos por el socialismo (Clacso,
2024) es una obra necesaria y pertinente para los tiempos actuales,
caracterizados por una acumulación capitalista militarizada-delincuencial, por
el resurgimiento del fascismo y la prevalencia de Estados Unidos como poder
hegemónico del desastre. El autor no plantea una solución reformista ni
posibilista para paliar los antagonismos irreconciliables de clase y mejorar la
sociedad existente, sino, como asegurara Carlos Marx, propone construir una
nueva sociedad, sin propiedad privada, esto es, socialista. Así, Colussi remite
a la necesidad de volver a hablar de socialismo, lucha de clases, imperialismo
y antimperialismo, poder popular, revolución, que parecieron tornarse tabú o demodé,
una vez que la Unión Soviética implosionó y China adoptó mecanismos de mercado,
mientras numerosos partidos y organizaciones comunistas se han desintegrado o
trastocado en socialdemócratas.
Colussi piensa que el capitalismo no puede resolver
los problemas acuciantes de la sociedad, ya que es un sistema que no tiene
solución ni salida, ni puede transformarse a uno con rostro humano, por lo que
el cambio hacia el socialismo es imprescindible. De aquí la trascendencia de
este trabajo investigativo de largo aliento, en el que se propone, abiertamente
y sin ambages, la necesidad imperiosa de luchar por el socialismo, así como
reiterar la vigencia del marxismo, materialismo histórico o socialismo
científico, adaptando sus postulados a las nuevas realidades. La conocida
disyuntiva planteada por Rosa Luxemburgo de socialismo o
barbarie pasa a ser socialismo o fin de la humanidad y de la vida en el
planeta.
La Unión Soviética alcanzó logros importantes, como
desarrollo de la industria espacial, industria militar, desarrollo cultural,
etc.; pero, no logró lo que se esperaba. Sin embargo, La Unión Soviética
constituyó, sin lugar a dudas, el factor decisivo en la derrota del fascismo.
Sus fuerzas armadas se enfrentaron a lo largo de la guerra al grueso del
aparato militar nazi, y después de las victorias de Moscú, Stalingrado, Kursk y
Leningrado, se puede afirmar que los fascistas habían sido estratégicamente
derrotados.
El autor estudia también la experiencia de la
República Popular China, con su socialismo de mercado, si se quiere, pero
socialismo al fin, en la que el Partido Comunista fija férreamente las
políticas y controla al milímetro su implementación, y donde la totalidad de la
población tiene muy bien asegurados los satisfactores básicos, aunque, nos
advierte el autor, el costo está basado en la explotación de los trabajadores y
la existencia de un número considerable de propietarios privados
supermillonarios, que señala clases sociales diferenciadas.
En el análisis de la experiencia cubana, Colussi
recurre a una frase de Fidel Castro en la que declara enfáticamente: En el
mundo hay 200 millones de niños de la calle. Ninguno de ellos está en Cuba. Se
refiere al atroz bloqueo imperialista que dura ya más seis décadas y que impide
al gobierno cubano adquirir tecnologías, materias primas e innumerables
productos básicos para la sobrevivencia cotidiana. Pese a ello, y en medio de
enormes dificultades y problemas reales, el Estado revolucionario continúa
manteniendo el ideario socialista, siendo el único país del sur global que pudo
producir vacunas efectivas contra el covid-19, defendiendo su soberanía y
enarbolando el socialismo.
Colussi concluye que, aunque hoy en día el
capitalismo se ostenta triunfador, hay que seguir construyendo la alternativa
socialista, que es la única que puede significar un mejoramiento real para toda
la especie humana. Nos convoca a tener esperanza, que no es lo mismo que
ilusión. Este libro, nos reitera, es un llamado vehemente y enérgico a no
perder las esperanzas, y a actuar con el pesimismo de la razón y con el
optimismo del corazón, como pensaba Gramsci.
Esta obra, sin duda, será una valiosa contribución
para alentar particularmente a las jóvenes generaciones que, a contracorriente
y en un panorama incierto, se incorporan a la lucha contra el capitalismo y por
la construcción de una sociedad socialista.
Semo (2025), escribe que “A principios de 1971, el secretario del Tesoro de Estados Unidos, John Connally Jr.–antiguo gobernador de Texas, quien recibió un balazo cuando acompañaba a John F. Kennedy en su última y fatal gira– sugirió a Richard Nixon una medida rotunda para hacer frente a las compras masivas de oro por la banca internacional: desvincular el valor del dólar de su equivalente en oro. Su argumento fue elemental: Los extranjeros nos quieren joder; nuestro trabajo consiste en joderlos primero. Ecos de esa misma acometividad resuenan hoy (en calidad de ensañamiento) en la auténtica masacre arancelaria diseñada por Peter Navarro y Howard Lutnick. El shock provocado por Nixon en 1971 permitió a Washington inducir la crisis petrolera de 1973-1977 –que estuvo a punto de derribar a la economía mundial–, establecer el dólar como moneda franca del mercado global y dar comienzo a la era neoliberal. Por cierto, fue Henry Kissinger quien disipó todas las dudas al respecto. Lo aclara en su autobiografía, en el capítulo que lleva por título la pregunta: ¿Quién provocó la crisis petrolera? Él mismo responde en la primera frase: Fuimos nosotros.
Neil Ferguson, el historiador británico, puso de
relieve recientemente otro aspecto del exotismo de la singularidad
estadunidense. Ningún imperio en la historia, ni Roma ni Estambul, ni España u
Holanda, tampoco Inglaterra, logró preservar su hegemonía después de perder el
control de su déficit fiscal y adentrarse en la ruta de los saldos rojos de su
balanza comercial. La primera cifra delata el dominio creciente de una élite
rentista; la segunda, un desplome general de la productividad y un abuso de la
fuerza y de las armas. Estados Unidos es el único caso que refuta este axioma.
Durante 54 años, desde 1971, su economía creció como ninguna otra bajo un
déficit fiscal ascendente (hoy estrafalario) y una balanza comercial endémicamente
deficitaria. A cambio, gracias a su asombroso sistema financiero, contó con un
privilegio indiscutible: los recursos provenientes de todo el mundo
–depositados religiosamente en Wall Street– para propiciar y monopolizar una de
las mayores revoluciones tecnológicas de la historia: la digitalización del
mundo (y todas las partes que lo definen: la producción, la guerra, la
comunicación, la educación y hasta la vida emocional. En ese mismo medio siglo
provocó –y padeció– cuatro crisis mayores y de dimensión global –la crisis
petrolera, el desplome de los valores dot.com, la de las hipotecas en 2008
y la de la pandemia). Quien diga que se trata de un sistema estable está
hablando de una economía imaginaria. El misterio es cómo logró mantener la
confianza de los inversionistas durante todos esos trances.
En el fondo de la actual disputa por los aranceles
se encuentra algo de lo que pocos hablan: los profundos cambios que han
transformado el mundo de la producción y el trabajo. La automatización
cibernética tiene uno de sus antecedentes remotos en el fordismo de los años 20
del siglo XX. Conjugada con la actual estrategia neoliberal, ha provocado una
transferencia de la riqueza del trabajo al capital como nunca. El dilema de
Washington no es un déficit en la manufactura –como pregona su retórica
oficial–, sino los síntomas crecientes de una peligrosa crisis de
sobreacumulación. Por un lado, un nivel de productividad y tecnologización que
evade cualquier límite; por el otro, un estancamiento relativo de los
asalariados, a los que escapa la posibilidad de consumir lo producido. Se
olvida siempre que en el capitalismo son las contradicciones de la abundancia
(y no de la escasez) lo que causa los peores desastres. El fordismo y los locos
años veinte del siglo XX, fueron el preámbulo de la depresión de 1929; ojalá y
el automatismo digital –y la furia productivista de China– no desemboquen en
una catástrofe semejante.
Para sortear el atolladero, Estados Unidos
necesitaba un Roosevelt, no un gánster, como Trump. Es decir, reducir la
jornada de trabajo de 40 a 35 horas, una reforma fiscal que grave ganancias,
cobertura de salud universal y educación universitaria gratuita.
Pero la historia no admite agendas prestablecidas.
¿Acaso es el neofascismo la etapa superior del neoliberalismo? Lo cierto es que
la política de aranceles es un impuesto que castiga principalmente a quien vive
de su salario. También los recortes anunciados del personal gubernamental. Si
Wall Street muestra hoy una tendencia hacia la recesión, falta el tercer
capítulo de este trance. Una vez que Peter Navarro anuncie próximamente la
reducción de impuestos a las corporaciones, y Trump se divierta recibiendo a
las delegaciones de más de 50 países para renegociar aranceles pertinentes, la
Bolsa de Nueva York volverá a sonreír.
López y Rivas (2025) comenta que “El libro de
Camilo Valqui Cachi, Karl Marx en el siglo XXI: Crítica alternativa a
la fractura capitalista del metabolismo natural y humano (Editorial
Plaza y Valdés y Universidad Autónoma de Guerrero, 2024), destaca por su
profundidad teórica y su capacidad reflexiva, al enfrentar con maestría el reto
de actualizar las contribuciones del marxismo en el análisis de lo que su autor
acertadamente describe como la crisis, la barbarie y la decadencia de la
violenta civilización capitalista en el siglo XXI. La obra está escrita con la
erudición y los estilos de gran calado de la tradición marxista, con sugerentes
epígrafes, notas a pie de página con información adicional y sugerencias
bibliográficas, excelente redacción de principio a fin, una extensa y
actualizada bibliografía, incorporando obras inéditas de Marx, que
recientemente han sido publicadas gracias a los esfuerzos de colegas de otras latitudes,
como Néstor Cohan. Con la congruencia ética que lo caracteriza, Valqui aclara
que este estudio es la continuidad de una trayectoria de vida dedicada a estos
temas, y reconoce que muchos de sus planteamientos, tesis e hipótesis están
diseminados en libros colectivos y otros personales.
Valqui analiza los nexos internos de la complejidad
dialéctica capitalista, histórica y concreta, como una síntesis de múltiples
determinaciones, y observa el sistema capitalista como una moderna esclavitud
de los seres humanos y la naturaleza. Su estudio escudriña las formas de
explotación y dominio, sus contradicciones internas, sus expresiones
estructurales y supraestructurales, su conformación clasista y las luchas de
clases, sus crisis, límites históricos, su decadencia y descomposición
civilizatoria, así como la tendencia a su fin.
Con toda razón, Valqui se adscribe entre los
investigadores que consideran que la perduración de la actual civilización
capitalista conlleva al fin de la vida humana y natural del planeta. Por ello
Valqui examina la alternativa comunista de Marx al capitalismo y su imbricación
con la comunidad ancestral para superar el actual desorden planetario. El autor
afirma que las comunidades originarias, los pueblos y los modernos esclavos
asalariados, dotados de conciencia histórica, son los sujetos políticos para
superar la prehistoria capitalista. De allí la razón por la que el capitalismo
militarizado y delincuencial se plantea como estrategia recolonizar y llevar la
guerra a los territorios de las comunidades originarias, para devastar sus
condiciones de vida, la base material de su reproducción, para saquear su
cultura y destruir las prácticas comunitarias.
El imperialismo, por su parte, intensifica en el
mundo el despotismo mediático, el fundamentalismo, el macartismo, la
fascistización trasnacional, la criminalización, la infiltración de
organizaciones, la división y la fragmentación de la lucha de clases, de los
movimientos, resistencias y luchas de masas oprimidas, la cooptación de
sus dirigentes y la flagrante supresión de los derechos humanos.
Valqui reivindica un marxismo crítico, que refuta a
quienes consideran que ya no aplica, que está superado, y demuestra
lo que esta corriente de pensamiento puede ofrecer a la lucha de la humanidad
por su supervivencia. No hay ningún dejo de triunfalismo o cómoda modorra por
parte del autor en cuanto al ejercicio del pensamiento crítico, incorporando,
en ese camino, las ideas revolucionarias de Rosa Luxemburgo y de tantos otros
que ayer y hoy asumieron el compromiso de cambiar el mundo para construir una
sociedad comunista.
El autor somete a una crítica demoledora a los
ideólogos de todas las disciplinas, enajenados en su condición de partidarios
del eurocentrismo y del estadunidocentrismo, que plagan a la mayoría de las
facultades y centros de investigación de ciencias políticas y jurídicas con
paradigmas funcionales a la compleja recolonización imperial, promoviendo la
condición colonial epistémica, académica y profesional, en la docencia, la
investigación y la extensión universitaria, que afecta de manera histórica y
concreta a la formación de los nuevos profesionales, que egresan cargados con
muchos prejuicios para conocer y asumir las ciencias y la filosofía en su
complejidad dialéctica y materialista, y para asumir las causas insurgentes de
los pueblos y de la madre naturaleza.
Este trabajo refuta a esa academia funcional al
sistema, y será de gran utilidad a los movimientos sociales y a las nuevas
generaciones que requieren vencer, a contracorriente, la campaña en marcha del
sistema capitalista para aniquilar todo rastro de pensamiento antisistémico y
emancipatorio.
Romero (2025) escribe que “Desde la
Revolución Industrial, el mundo giró en torno a un centro. Inglaterra
inauguró la era del carbón, el acero y la máquina de vapor; su imperio fue el
laboratorio del capitalismo moderno. Las guerras del siglo XX agotaron esa
hegemonía y transfirieron el poder a Estados Unidos, que salió de la Segunda
Guerra Mundial con la mitad de la producción industrial global y un privilegio
sin precedente: emitir la moneda que el resto del mundo debía aceptar.
Ese “privilegio exorbitante”, como lo
llamó De Gaulle, permitió a Washington financiar su expansión con deuda.
Bretton Woods hizo del dólar el eje de la economía mundial, y cuando en 1971
Nixon rompió con el oro, el sistema no colapsó: se consolidó. Desde entonces,
buena parte del planeta trabajó, ahorró y comerció en dólares, financiando
déficits y guerras del país que los imprimía.
La guerra fría fue el
marco institucional de ese poder. Mientras el planeta se dividía entre
capitalismo y socialismo, Estados Unidos usó su superioridad industrial y
militar para construir alianzas y mercados bajo su órbita. La caída de la URSS
en 1991 pareció confirmar la supremacía definitiva del modelo estadunidense.
Pero el mundo unipolar que nació entonces expresó menos fortaleza propia que
agotamiento de competidores.
El giro neoliberal, impulsado por
Reagan y Thatcher, reestructuró el capitalismo: el capital financiero desplazó
al industrial; la rentabilidad trimestral sustituyó la inversión a largo plazo,
y la producción intensiva en mano de obra se trasladó a países con salarios
bajos y regulaciones débiles, primero México y el sudeste asiático, luego
China. Tras su ingreso a la OMC en 2001, China absorbió tecnología,
conocimiento y capital bajo un diseño de Estado: planificación, inversión
pública, control tecnológico y disciplina industrial. A diferencia de otros
países en desarrollo, obligó al capital extranjero a asociarse con el nacional,
asegurando transferencia tecnológica y aprendizaje productivo. El resultado es
conocido: la manufactura china superó ampliamente a la estadunidense y, en
sectores como la construcción naval, pasó de una presencia marginal a casi la
mitad de la producción mundial. En una generación, Asia –y en particular China–
desplazó el eje de la economía real.
La desindustrialización tuvo
consecuencias estratégicas. Una potencia que externaliza su manufactura
erosiona también su capacidad bélica. La industria militar estadunidense
enfrenta sobrecostos, retrasos y dificultades para reponer inventarios, y en
varias fronteras tecnológicas –semiconductores, robótica, IA,
telecomunicaciones, energías renovables– su ventaja se acorta. Rusia compite en
misiles hipersónicos y defensa antiaérea; China escala en inteligencia
artificial y producción avanzada. La hegemonía que fue un hecho se ha vuelto
una aspiración crecientemente difícil. Estamos en el ocaso del largo ciclo
anglosajón y en el ascenso de un nuevo equilibrio, con Asia como eje económico,
tecnológico y político.
Pese a ello, Washington actúa como si
el tablero no hubiese cambiado. Amenaza a rivales, sanciona a aliados e impone
aranceles con lógicas de guerra fría. Pero cada sanción acelera la
construcción de circuitos financieros y comerciales alternativos. El grupo
BRICS –ya mayor que el G-7 en PIB por paridad de poder de compra– amplía pagos
en monedas locales y reduce su dependencia del dólar. Convertir la divisa en
arma política termina por erosionar el propio sistema que la sostiene.
A lo externo se suma lo interno.
Estados Unidos es hoy una sociedad más desigual y fragmentada. Uno por ciento
de la población concentra una porción desproporcionada de la riqueza, la clase
media se reduce, el empleo industrial bien pagado se desvanece y la movilidad
social que alguna vez definió su relato nacional se debilita. En lo político,
la democracia muestra desgaste estructural: campañas capturadas por dinero
corporativo, polarización partidista y un Senado envejecido que bloquea
reformas. El cascarón institucional parece sólido, pero su capacidad de
adaptación a las transformaciones del siglo XXI es cada vez menor.
La paradoja es que esa debilidad
interna convive con una deuda externa colosal. Para mediados de 2025, la deuda
externa bruta de Estados Unidos supera 28.6 billones de dólares, equivalentes a
94 por ciento de su PIB, mientras la deuda pública total –interna y externa–
ronda 38 billones. Es un imperio que ya no se financia con su productividad,
sino con su crédito: un país que vive del ahorro global y cuyo poder depende de
que el mundo siga confiando en el dólar, aunque cada vez más actores comiencen
a buscar alternativas.
A ello se suma el costo de mantener más
de 750 bases militares en más de 80 países, un aparato desplegado para sostener
un orden que se resquebraja. Cada base es un recordatorio de una hegemonía
sostenida por la fuerza más que por la legitimidad. Estados Unidos ya no puede
con el peso de su propio dispositivo imperial: gasta más en defensa que las
siguientes 10 potencias combinadas, abusa de su poder sobre aliados y
adversarios por igual, y usa las sanciones como sustituto de la diplomacia. Pero
ese exceso de dominio ha comenzado a volverse en su contra. Ya no tiene
capacidad de abrir nuevos frentes: está atado militarmente en Taiwán, Ucrania,
Irán y otras regiones en tensión, y aun así insinúa intervenir en Venezuela,
una aventura que no podría sostener sin desbordar sus límites económicos y
estratégicos. Cada semana acumula conflictos que exceden su fuerza real, como
si el poder se hubiera convertido en una inercia imposible de detener.
La combinación de
endeudamiento crónico, exceso militar, desigualdad y parálisis política
configura un deterioro sostenido. No se trata de un colapso repentino, sino de
un proceso acumulativo. El país que simbolizó la modernidad enfrenta límites
que su poder financiero y militar ya no logra ocultar. Estamos presenciando el
final de la hegemonía anglosajona y el tránsito hacia un mundo plural, donde la
fuerza se mide no por la moral que se predica, sino por la capacidad de
producir, innovar y sostener un orden propio.
Fernández Vega (2025) explica que “A paso veloz, el
demencial inquilino de la Casa Blanca repite la palabra Lebensraum del
imperio alemán –cuya práctica más reciente fue la del Tercer Reich–, pero ahora
en versión gringa: expansionismo, colonización, limpieza étnica, asesinato
sistemático, robo de recursos naturales, invasión, gobiernos títeres,
autocracia y todo lo que ello conlleva, y, como sucedió a partir de 1933 con
Adolfo Hitler, parece que hoy nadie se atreve a detener la bestial andanada de
Donald Trump y sus halcones, por mucho que históricamente las consecuencias
para la paz y la estabilidad mundial son conocidas. ¿volverá la comunidad de
naciones a sentarse cómodamente y esperar para ver en qué momento revienta todo
esto?
En este relanzamiento de Lebensraum gringo,
el pretexto ya no puede ser la “crisis de los Sudetes”, como en 1938, sino
Venezuela con la enloquecida “exigencia” de Trump de que esa nación libre,
soberana y propietaria de sus recursos naturales “devuelva a Estados Unidos
todo el petróleo, las tierras y otros activos que nos robaron”; caso contrario,
dice el energúmeno, “invasión” y ¡viva la Doctrina Monroe y el Destino
Manifiesto!
En cuestión de semanas, la excusa de Trump pasó del
combate al “narcotráfico” venezolano al “terrorismo de Estado” de Nicolás
Maduro; de ahí a robar un buque petrolero en un descarado saqueo bucanero; y lo
más reciente, que no lo último, “bloqueo total” a esa nación sudamericana e invasión
“de ser necesaria”, porque lo que realmente quiere es el petróleo venezolano.
Lo demás es verso. Una vergüenza, pero, salvo honrosas excepciones, el grueso
de la comunidad de naciones, como sucedió 92 años atrás, calladita, encorvada y
cooperando, creyendo que así evitará las consecuencias del Lebensraum gringo.
Todo ello sin olvidar el intervencionismo en los procesos electorales de cuando
menos Argentina, Chile (con dos sicarios pro gringos y sionistas en los
respectivos gobiernos) y Honduras, más la permanente amenaza a México y
Colombia.
Así, el demente de la Casa Blanca, rodeado de sus
halcones, proclamó: “Venezuela está completamente rodeada por la armada más
grande jamás reunida en la historia de Sudamérica. Ésta sólo crecerá y la
conmoción para ellos será como nunca la han visto, hasta que devuelvan a
Estados Unidos todo el petróleo, las tierras y otros activos que nos robaron
antes. El régimen ilegítimo de Maduro utiliza el petróleo de estos yacimientos
robados para financiar el narcoterrorismo, la trata de personas, el
asesinato y el secuestro”.
Y algo más: “por el robo de nuestros activos y por
muchas otras razones, incluyendo el terrorismo, el narcotráfico y la trata de
personas, el régimen venezolano ha sido designado organización terrorista extranjera.
Por tanto, hoy ordeno un bloqueo total y completo de todos los petroleros
autorizados que entran y salen de Venezuela. Los inmigrantes ilegales y
criminales que el régimen de Maduro ha enviado durante la débil e inepta
administración de Joe Biden están siendo devueltos a Venezuela a un ritmo
acelerado. No permitiremos que criminales, terroristas ni otros países roben,
amenacen o dañen a nuestra nación, ni permitirá que un régimen hostil se
apodere de nuestro petróleo, tierras ni ningún otro activo, todo lo cual debe
ser devuelto a Estados Unidos inmediatamente”.
De inmediato, el presidente Venezolano Nicolás
Maduro denunció ante la Organización de Naciones Unidas –el enorme florero con
sede en Manhattan– las amenazas de Trump y el bloqueo total contra su país “por
constituir una amenaza directa a la soberanía, al derecho internacional y a la
paz”. Ágil y reactivo, como siempre, el burócrata que despacha como secretario
general de la ONU, Antonio Guterres, se limitó a “dar seguimiento a la situación”,
y tan preocupado quedó que apenas ameritó un comunicado oficial de 10 líneas.
Y Venezuela es la primera en la lista, de tal
suerte que de no poner un hasta aquí, no quedará rincón en el planeta sin ser
saqueado por Trump y su Lebensraum. Entonces, ¿quién detendrá al
nuevo Hitler? De no hacerlo, de nueva cuenta el mundo entrará en la ignominiosa
dinámica de los años del führer”.
Robinson (2026) explica que: “El ataque estadunidense-israelí a Irán
ha encendido de nuevo a Medio Oriente, pero no es más que el último de una
vertiginosa serie de convulsiones globales que abarcan desde el conflicto
geopolítico en Ucrania y Oriente Medio, hasta las guerras civiles en Myanmar y
Sudán, las disputas arancelarias, el ataque estadunidense a Venezuela, y el
terrorismo del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) en ciudades
estadunidenses, entre otros. Este tumulto global está impulsado por un
catalizador sistémico común: las violentas estrategias expansivas de un nuevo
complejo hegemónico del capital trasnacional, en respuesta a la crisis de época
del capitalismo global.
El complejo triangulado reúne a las gigantescas empresas tecnológicas, el capital financiero trasnacional y el complejo militar-industrial-represivo. El Gran Tech controla todo el ecosistema del capitalismo digitalizado, convirtiendo su enorme poder estructural en control político directo por medio del Estado fascista. Para impulsar su agenda, el bloque ha recurrido al Trumpismo Global, uno de los varios síntomas políticos morbosos que emergen a medida que se desmorona el orden internacional pos Segunda Guerra Mundial.
Las 20 principales empresas tecnológicas del mundo
tenían una capitalización bursátil combinada superior a los 20 billones de
dólares en 2025, una quinta parte del PIB global. El Gran Tech está, a su vez,
entrelazado con los gigantescos conglomerados financieros globales, que poseen
más de la mitad de las principales empresas tecnológicas. En 2022, había 33
empresas de gestión de inversiones de capital valoradas en 83 billones de
dólares de activos combinados, más de cuatro quintas partes del valor del PIB
mundial.
Silicon Valley y sus patrocinadores financieros
están recurriendo a las tecnologías digitales para la guerra y la represión,
fusionándose con el complejo militar-industrial-represión, completando así el
eje del poder del complejo, que a su vez se alinea con estados autoritarios,
dictatoriales y fascistas. Los multimillonarios tecnológicos y financieros se
están convirtiendo en actores geopolíticos globales. Ejercen su enorme poder
estructural por medio del Trumpismo Global, desarrollando nuevas modalidades de
control sobre la sociedad civil y buscando formas alternativas de legitimidad basadas
en la inestabilidad y el caos que faciliten el control de países y recursos.
El gobierno estadunidense ha denominado la nueva
dispensación política como Pax Silica. “Si el siglo XX funcionó con petróleo y
acero, el siglo XXI funciona con computación y los minerales que la alimentan”,
declaró el Departamento de Estado. Pax Silica implica el desarrollo de “cadenas
globales de suministro de IA” que impulsarán “oportunidades históricas y
demanda de energía, minerales críticos, manufactura, hardware tecnológico,
infraestructura y nuevos mercados aún no inventados”. En virtud de esta Pax
Silica, el régimen de Trump ha emprendido una desregulación radical de la IA y
de las finanzas. Ha seguido una estrategia de mercantilismo digital,
inscribiendo en sus negociaciones arancelarias con otros países la demanda de
derogación de sus leyes que regulan la IA, mientras el Gran Tech busca su
eliminación en al menos 64 países.
El telón de fondo de la vorágine global es la
crisis de época del capitalismo global. Estructuralmente, el sistema se
enfrenta a una crisis de sobreacumulación que genera una intensa presión para
la expansión que impulsa a la clase capitalista trasnacional (CCT) a buscar
salidas para descargar el excedente de capital acumulado. En 2025, China registró
un superávit comercial récord de 1.2 billones de dólares –un aumento de 20 por
ciento con respecto a 2024–, lo que indica una enorme sobrecapacidad global y
contribuye a la creciente competencia geopolítica por los mercados y las
oportunidades de inversión. Liderada por el nuevo complejo hegemónico de
capital, la CCT está desatando una ronda depredadora de expansión impulsada por
la digitalización, virando hacia formas más salvajes de acumulación
extractivista, apoderándose de tierras, energía y recursos minerales para
satisfacer la demanda de tecnología de la IA y centros de datos.
El Trumpismo constituye un Estado fascista
embrionario que está forjando nuevas alianzas con estados represivos de todo el
mundo. El fascismo en la era industrial y el fascismo en la era digital son
distintos. El fascismo del siglo XXI implica la fusión del capital trasnacional
con el poder político represivo y reaccionario en el Estado y con una
movilización fascista en la sociedad civil, una fusión cada vez más visible en Estados
Unidos bajo el régimen de Trump, a medida que el bloque hegemónico del capital
se une al Estado fascista. En Estados Unidos, el ICE está emergiendo como una
fuerza paramilitar fascista, una versión moderna de las camisas pardas que
sirven de puente entre el desarrollo del Estado fascista y una reorganización
fascista de la sociedad civil.
El Trumpismo Global reúne a diversas fuerzas
autoritarias y neofascistas de extrema derecha, alineadas ideológica y
políticamente, que defienden la agenda trumpista y aplauden su gansterismo
trasnacional. La consolidación del complejo capitalista hegemónico parece
depender ahora del extremismo ideológico y el caudillismo político del
Trumpismo Global. Este complejo está profundamente inmerso en sistemas
trasnacionales de guerra, control social, represión y vigilancia, a medida que
la acumulación militarizada se arraiga en toda la economía y la sociedad
global. El fascismo, la guerra y la acumulación están inextricablemente unidos
en la modalidad de acumulación que ahora persigue dicho complejo. En la lógica
depravada del capitalismo global en crisis, esta acumulación de masacres no es
más que la contraparte de la acumulación de capital”.
Harari (2024) inicia su obra Nexus
con la definición de la información, la cual la concibe como un nexo social lo
que implica entender muchos aspectos de la historia de la humanidad, desde sus
orígenes paleolíticos hace unos dos millones de años hasta el presente. A veces
la información representa la realidad y a veces no. Pero siempre conecta. Esta
es su característica fundamental. Si se analiza la historia de la información
desde la edad de piedra hasta la Era del Silicio, el aumento constante de la
conectividad no viene acompañado de un aumento simultáneo de la veracidad o
sabiduría. Al contrario de lo que de la creencia de la idea ingenua, Homo sapiens no conquistó al mundo
porque posea talento para transformar la información en un mapa preciso de la
realidad. En lugar de eso, el secreto de su éxito reside en el desarrollo de su
capacidad de conectar a masas de individuos a través del del uso de
información.
En junio de 1989, pocos meses antes de la caída del Muro de Berlín y del
Telón de Acero, Ronal Reagan declaraba que “el
Goliat del control totalitario será pronto derribado por el David del microchip
y que el mayor de los Grandes Hermanos se halla cada vez más desvalido frente a
la tecnología de las comunicaciones. La información es el oxígeno de la era
moderna. De filtra a través de los muros rematados con alambre de espino.
Planea sobre las fronteras electrificadas y repletas de trampas. Brisas de
rayos electrónicos soplan a través del Telón de Acero como si este fuera de
encaje”. En noviembre de 2009, durante una visita a Shanghái, Barak Obama
se dirigió con el mismo espíritu a sus anfitriones chinos: “creo firmemente en la tecnología y creo firmemente en la apertura
cuando se trata del flujo de información. Considero que, cuanta más libertad
haya en el flujo de información, más fuerte será la sociedad”.
A menudo, empresarios y compañías se han referido a la tecnología de la
información con un optimismo similar. Ya en 1858, un editorial de The New Englander sobre la invención del
telégrafo afirmaba: “es imposible que sigan
existiendo viejos prejuicios y hostilidades, ahora que se ha creado este
instrumento para que todas las naciones de la Tierra intercambien ideas”.
Casi dos siglos y dos guerras mundiales después, Mark Zuckerberg decía que el
objetivo de Facebook era “ayudar a la
gente a compartir más con el fin de hacer que el mundo sea más abierto y
promover el entendimiento entre personas”.
Hasta el presente, para funcionar, cada red de información de la historia
dependía de creadores de mitos y de burócratas humanos. Las tablas de arcilla,
los rollos de papiro, las imprentas y los aparatos de radio han tenido un
impacto trascendental, pero siempre fue tarea de humanos componer los textos,
interpretarlos y decidir quién debía ser quemada como bruja o esclavizado como
los opositores al poder soviético en Rusia. A partir de ahora, con la
revolución digital, los humanos tendrán que lidiar con creadores de mitos
digitales y con burócratas digitales. En la política del siglo XXI, la división
principal podría no darse entre democracias y regímenes totalitarios, sino
entre seres humanos y agentes no humanos. En lugar de separar democracias de
regímenes totalitarios, un nuevo Telón de Silicio puede separar a todos los
humanos de nuestros jefes supremos algorítmicos e ininteligibles. Gente de toda
nacionalidad -incluso dictadores- podría encontrarse al servicio de una
inteligencia desconocida capaz de controlar todo lo que hacemos mientras
tenemos poca idea de qué es lo que ella está haciendo.
Los mecanismos de auto control necesitan legitimidad para funcionar. Si
los humanos somos propensos al error, ¿Cómo podemos en que los mecanismos de
autocontrol sean infalibles? Para librarnos de este bucle en apariencia
infinito, a menudo hemos fantaseado con un mecanismo sobrehumano, libre de todo
error, en que podamos confiar para identificar y corregir nuestras propias
equivocaciones. En la actualidad cabría esperar que la Inteligencia Artificial
(IA) proporcionara dicho mecanismo, como cuando en abril de 2023 Elon Musk
anunció: “Voy a poner en marcha algo que denomino TruthGPT o una IA suprema que
busque la verdad e intente entender la naturaleza del universo”. Se trata de
una fantasía peligrosa que no considera la falibilidad humana propensa al
error.
Discusión
El
capitalismo manufacturero apareció en Europa (Holanda, Italia, Inglaterra,
etc.) en los siglos XVI y XVII sobre las “ruinas” artesanales del sistema de
producción feudal, en el que la tecnología basada en la pólvora, la brújula y
la imprenta fueron fundamentales para la navegación mundial, conquista
territorial de nuevos países y difusión de las ideas; pero, lo que inaugura
propiamente al capitalismo industrial es la primera revolución tecnológica en
la segunda mitad del siglo XVIII en Inglaterra, basada en las industrias:
acerera, mecánica (máquinas de vapor, molinos, reloj, etc.) derivadas de la
aplicación de las ciencias a la producción, entre las que destacan la química,
la termodinámica, la astronomía, etc.,
con lo que las ciencias naturales se convierten en verdaderas fuerzas
productivas que impulsan el desarrollo del capitalismo industrial. Durante el
siglo XIX se produjeron otras evoluciones industriales, entre las que destacan
la eléctrica, la telegráfica y telefónica (para las comunicaciones) y petrolera
en las postrimerías de dicho siglo.
El
capitalismo industrial inició con empresas relativamente pequeñas basadas en la
libre competencia, condición que prevaleció hasta fines del siglo XIX y
principios del siglo XX en el que se empiezan a gestar la formación de
monopolios que sustituyen a la libre competencia, dando origen al imperialismo
en el que se produce la fusión del capital industrial con el capital bancario
para formar el capital financiero, con lo que se instaura una nueva etapa en el
desarrollo del capitalismo mundial: la exportación de capitales, en vez de la
exportación de mercancías que caracterizó al capitalismo de libre competencia,
así aparece también las guerras imperialistas por el reparto del mundo para
proveerse de materias primas para sus industrias de los países
subdesarrollados. Esto sucedió en la Primera Guerra Mundial (1914-1918) en la
que las Potencias Centrales (Imperio Alemán, el Imperio Austro-Húngaro y
Otomano), se enfrentaron a Triple Entente (Francia, Reino Unido, y Rusia). En
lo político hizo su aparición el fascismo como la alternativa política reaccionaria,
particularmente en Alemania en la que el Partido Obrero Socialdemócrata fue
reprimido violentamente para contener el movimiento revolucionario del
proletariado alemán y así arrástralo a la guerra imperialista en contubernio la
dirigencia del partido. Además, después de la conflagración mundial aparece el
fascismo en Italia (1922)
Las guerras imperialistas de conquistas de
nuevos territorios en el mundo, no culminan con la Primera Guerra Mundial, con
la Gran Depresión Mundial (1929-1939) se dieron las condiciones económicas y
políticas para el inicio de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) en la que los
contendientes principales son: Potencias del Eje (Alemania, Italia, y Japón) vs
Potencias Aliadas (Unión Soviética, Reino Unido, Francia y Estados Unidos) para
un nuevo reparto del mundo. En lo político una vez más aparece el fascismo en
Europa (Alemania, Reino Unido, España, etc.) para reprimir al movimiento
popular que obstaculizaba el desarrollo de la guerra de conquista imperialista.
Con la derrota de las potencias del Eje y el triunfo de las Potencias Aliadas
el poder soviético se extendió a Europa Oriental (parte oriental de Alemania,
Polonia, Hungría, Bulgaria, Checoslovaquia, etc.).
En
la tercera década del siglo XXI en el contexto de la crisis económica y
decadencia del capitalismo occidental (Unión Europea, Reino Unido y Estados
Unidos) para frenar su colapso económico está recurriendo a la guerra militar y
económica para enfrentar el ascenso económico de países emergentes agrupados en
el bloque de los BRICS (Brasil, Rusia, China y Sudáfrica) que ponen en riesgo
su hegemonía mundial, confrontación que puede escalar y desencadenar la Tercera
Guerra Mundial con armas nucleares, en la que la humanidad en su totalidad
estará en peligro de extinción. En lo político está echando mano del fascismo
para reprimir el movimiento popular que se opone a sus políticas económicas,
sociales y políticas que atentan contra sus interese. La derrota del bloque
occidental implicará la derrota del fascismo y el triunfo del grupo de los
BRICS abrirá la puerta a los movimientos proletarios en su lucha en favor del
socialismo. El resultado final dependerá de la correlación de las fuerzas
políticas de los contendientes. Esperemos que la cordura y la razón prevalezcan
entre los adversarios y se evite la guerra nuclear.
La
revolución tecnológica por sí misma es condición necesaria, pero no suficiente
para derrocar el modo de producción que le es inherente, se requiere la acción
revolucionaria del proletariado bajo la dirección de su vanguardia política
para destruir el Estado del capital financiero (Estado Fascista) e imponer un
nuevo poder político (Estado proletario) e implementar las transformaciones
revolucionarias (políticas, económicas, sociales, etc.) para sentar las bases
del modo de producción socialista.
Conclusiones
El
fascismo es la dictadura reaccionaria del capital financiero no sometida a
ninguna legalidad de la democracia liberal burguesa (poder legislativo y poder
judicial) y el poder ejecutivo (gobierno) recurre a decretos y órdenes
ejecutivos sin el aval de los poderes legislativo y judicial.
El
fascismo y el socialismo son las políticas de la burguesía reaccionaria y del
proletariado revolucionario respectivamente, en la época del capital financiero
internacional.
En
las épocas de crisis económicas del capitalismo financiero aparece la
disyuntiva: ¿fascismo o socialismo? El desenlace ha dependido de la correlación
de las fuerzas políticas contendientes: si favorece al capital se impone el
fascismo; si favorece al movimiento proletario se impone el socialismo.
En
el contexto de la Primera Guerra Mundial imperialista triunfaron la dos opciones:
derrota de la socialdemocracia alemana socialista y la imposición del fascismo
en Alemania; triunfo del Partido Bolchevique dirigido por Lenin en Rusia y la
instauración del poder soviético.
En
el marco de la Segunda Guerra Mundial imperialista triunfo el fascismo en
Europa: principalmente Alemania, Italia y España, dada la debilidad del
movimiento político del proletariado.
En
la tercera década del siglo XXI en el contexto de la crisis económica y
decadencia del capitalismo occidental (Unión Europea, Reino Unido y Estados
Unidos) para frenar su colapso económico está recurriendo a la guerra militar y
económica para enfrentar el ascenso económico de países emergentes agrupados en
el bloque de los BRICS (Brasil, Rusia, China y Sudáfrica) que ponen en riesgo
su hegemonía mundial, confrontación que puede escalar y desencadenar la Tercera
Guerra Mundial con armas nucleares, en la que la humanidad en su totalidad
estará en peligro real de desaparecer del planeta. En lo político está echando
mano del fascismo para reprimir el movimiento popular que se opone a sus
políticas económicas, sociales y políticas que atentan contra sus interese. La
derrota del bloque occidental implicará la derrota del fascismo y el triunfo
del grupo de los BRICS abrirá la puerta a los movimientos proletarios en su
lucha en favor del socialismo. El resultado final dependerá de la correlación
de las fuerzas políticas de los adversarios. Esperemos, que la razón prevalezca
entre los contendientes para evitar una guerra nuclear.
La
revolución tecnológica por sí misma es condición necesaria, pero no suficiente
para derrocar el modo de producción que le es inherente, se requiere la acción
revolucionaria del proletariado bajo la dirección de su vanguardia política
para destruir el Estado del capital financiero (Estado Fascista) e imponer un
nuevo poder político (Estado proletario) e implementar las transformaciones
revolucionarias (políticas, económicas, sociales, etc.) para sentar las bases
del modo de producción socialista.
Referencias
bibliográficas
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