lunes, 16 de marzo de 2026

 

FASCISMO O SOCIALISMO EN LA ERA DEL CAPITAL FINANCIERO

Valentín Vásquez

San Andrés Ixtlahuaca, Oaxaca, México

Valentin02111956@gmail.com


Introducción

Tradicionalmente en las investigaciones científicas los asesores de las mismas, en el marco teórico consideran los artículos relacionados con el problema de investigación más recientes; sin embargo, el marco de referencia para que cumpla su cometido de ser una guía en el proceso de investigación, debe recurrir a los trabajos científicos más relevantes (recientes y no recientes…


1. Antecedentes

1.1. En la era del capitalismo financiero (imperialismo)

Luxemburgo (1915) cita el folleto ¿Imperialismo o Socialismo? Escrito algunos años antes del inicio de la Primera Guerra Mundial, por el Partido Obrero Socialdemócrata Alemán, el cual concluía: “La lucha del contra el imperialismo se convierte cada vez más en una lucha decisiva entre el capital y el trabajo. ¡Peligro de guerra, encarecimiento de la vida y capitalismo, o paz, bienestar para todos, socialismo! Esta es la alternativa. La historia se encuentra ante grandes decisiones. El proletariado debe trabajar incansablemente en su tarea histórico-mundial, fortalecer el poder de su organización y la claridad de sus conocimientos. Suceda lo que suceda, o bien tiene fuerza para conseguir ahorrar a la humanidad el terrible espanto de una terrible guerra mundial, o bien se hundirá el mundo capitalista en la historia de la misma forma en que nació, es decir, en sangre y violencia: el momento histórico encontrará preparada a la clase obrera, y el estar preparada es todo”.

Decía Engels: “la sociedad burguesa se encuentra ante un dilema: o avance hacia el socialismo o recaída en la barbarie”. ¿Qué significa “recaída en la barbarie” en el nivel actual de la civilización europea? Hasta ahora hemos leído todas estas palabras distraídamente y las hemos repetido sin presentir su terrible seriedad. Una ojeada a nuestro alrededor en este momento muestra lo que significa una recaída de la sociedad burguesa en la barbarie. La guerra mundial; ésta es la recaída en la barbarie. El triunfo del imperialismo conduce al aniquilamiento de la cultura; esporádicamente, en el caso de que el período iniciado de guerras mundiales haya de seguir su curso sin obstáculos hasta sus últimas consecuencias. Hoy nos encontramos, como Engels pronosticaba ya hace una generación, hace cuarenta años, ante la alternativa: o el triunfo del imperialismo, el ocaso de toda civilización y, como en la vieja Roma, despoblamiento, degeneración, desolación un enorme cementerio; o victoria del socialismo, es decir, de la lucha consciente del proletariado internacional contra el imperialismo y su método: la guerra. Este es el dilema de la historia mundial; una alternativa, una balanza cuyos platillos oscilan ante la decisión del proletariado con conciencia de clase. El futuro de la cultura y de la humanidad depende de que el proletariado arroje con varonil decisión su espada de lucha revolucionaria en uno de los platillos de la balanza. En esta guerra ha triunfado el imperialismo. Su espada sangrienta del genocidio ha hundido con brutal sobrepeso al platillo de la balanza en el abismo del valle de lágrimas y de la vergüenza. Todo ese valle de lágrimas y toda esa vergüenza solo pueden ser contrapesadas si aprendemos de la guerra cómo el proletariado puede desembarazarse del papel de siervo en manos de las clases dominantes para convertirse en el señor de su propio destino”.

Lenin (1916) en el contexto de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) escribió que el imperialismo surgió como desarrollo y continuación directa de las propiedades fundamentales del capitalismo en general. Pero el capitalismo se trocó en imperialismo capitalista únicamente cuando llegó a un grado determinado, muy alto, de su desarrollo, cuando algunas de las características fundamentales del capitalismo comenzaron a convertirse en su antítesis, cuando tomaron cuerpo y se manifestaron en toda la línea los rasgos de la época de transición del capitalismo a una estructura económica y social más elevada. Lo que hay de fundamental en este proceso, desde el punto de vista económico, es la sustitución de la libre competencia capitalista por los monopolios capitalistas. La libre competencia es la característica fundamental del capitalismo y de la producción mercantil en general; el monopolio es todo lo contrario de la libre competencia, pero esta última se va convirtiendo ante nuestro ojos en monopolio, creando la gran producción, desplazando a la pequeña, reemplazando la gran producción por otra todavía mayor y concentrando la producción y el capital hasta el punto que de su seno ha surgido y surge el monopolio: los cárteles, los consorcios, los trusts, y, fusionándose con ellos, el capital en una docena escasa de bancos que manejan miles de millones. Y al mismo tiempo, los monopolios, que surgen de la libre competencia, no la eliminan, sino que existen por encima de ella y al lado de ella, dando origen así a contradicciones, roces y conflictos particularmente agudos y bruscos. El monopolio es el tránsito del capitalismo a un régimen superior.

Si fuera necesario dar una definición lo más breve posible del imperialismo, debería decirse que el imperialismo es la fase monopolista del capitalismo. Esa definición comprendería lo principal, pues, por una parte, el capital financiero es el capital bancario de algunos grandes bancos monopolistas fundido con el capital de las alianzas monopolistas de los industriales y, por otra, el reparto del mundo es el tránsito de la política colonial, que se extiende sin obstáculos a las regiones todavía no conquistadas por alguna potencia capitalista, a la política colonial de dominación monopolista de los territorios del globo enteramente repartido.

Sin olvidar lo convencional y relativo de todas las definiciones en general, que jamás puede abarcar en todos sus aspectos las relaciones de un fenómeno en su desarrollo completo, conviene dar una definición del imperialismo que contenga sus cinco rasgos fundamentales a saber: 1) la concentración de la producción y del capital llega hasta un grado tan elevado de desarrollo, que crea los monopolios, los cuales desempeñan  un papel decisivo en la vida económica; 2) la fusión del capital bancario con el capital industrial y la creación, en el terreno de este “capital financiero”, de la oligarquía financiera; 3) la exportación de capitales, a diferencia de la exportación de mercancías, adquiere una importancia particularmente grande; 4) se forman asociaciones internacionales monopolistas de capitalistas, las cuales se reparten el mundo, y 5) ha terminado el reparto territorial del mundo entre las potencias capitalistas más importantes. El imperialismo es el capitalismo en la fase de desarrollo en que ha tomado cuerpo la dominación de los monopolios y del capital financiero, ha adquirido señalada importancia la exportación de capitales, ha empezado el reparto del mundo por los trusts internacionales y ha terminado el reparto de toda la tierra entre los países capitalistas más importantes.

Lo característico del imperialismo es precisamente la tendencia a la anexión no sólo de las regiones agrarias, sino incluso de las más industrializadas, pues, en primer lugar, el reparto ya terminado del mundo obliga a un nuevo reparto.

A pesar del aumento absoluto de la producción y de la exportación industriales, crece la importancia relativa para toda la economía nacional de los ingresos procedentes de los intereses y de los dividendos, de las emisiones, de las comisiones y de la especulación, dando como resultado un estado rentista: el Estado del capitalismo parasitario y en descomposición, y esta circunstancia no puede dejar de reflejarse, tanto en todas las condiciones políticas y sociales de los países respectivos.

El imperialismo es la época del capital financiero y de los monopolios, los cuales traen aparejada en todas partes la tendencia a la dominación, y no a la libertad. El resultado de dicha tendencia es la reacción en toda la línea, sea cual fuere el régimen político y la exacerbación extrema de las contradicciones en esta esfera también. Es decir, el imperialismo significa en política: fascismo o socialismo. El desenlace dependerá de la correlación de fuerzas: si el proletariado cuenta con una vanguardia política revolucionaria y con arraigo en las masas proletarias, es probable el triunfo del socialismo, pero sino es posible la implantación del fascismo.

En la economía imperialista, el monopolio es la antítesis de la economía de libre competencia y, en lo político el fascismo es la antítesis de la democracia liberal burguesa que imperó en el capitalismo de libre, desde el siglo XVIII hasta fines del siglo XIX y principios del siglo XX, cuando apareció el imperialismo.

1.2. En la crisis mundial del capitalismo financiero (1929-1933)

Togliatti (1935) inicia sus Lecciones sobre el fascismo en Italia con la definición dada por el XIII Pleno de la Internacional Comunista: “El fascismo es una abierta dictadura terrorista de los elementos más reaccionarios, más chovinistas, más imperialistas del capital financiero”, definición que desarrollará en sus lecciones.

“Los estratos decisivos de la burguesía, la banca, la gran industria, el estado mayor, se encuentran sobre el terreno del fascismo. Hasta la monarquía se encontraba sobre este terreno en cuanto que el problema del fascismo ya se había planteado y resuelto en la corte. El Vaticano apoyaba a pesar de eso al fascismo. Los estratos decisivos, pues, estaban de acuerdo. Su línea era el fascismo.

Solo en 1925-1926, nuestro Partido [Comunista] se lanzaba adelante y se convierte verdaderamente en una vanguardia.

¿Por qué? Porque también aquí la situación objetiva, el carácter de la estabilización del capitalismo italiano se revela plenamente. Se inicia la ofensiva contra los trabajadores, el ataque a los salarios, se tiene un aumento de la desocupación, un aumento del costo de la vida y particularmente se inicia en este momento, con mayor intensidad, el proceso de concentración de la economía, de la producción y su centralización. Sobre la base de esta concentración las clases dirigentes de la burguesía inicia el proceso más avanzado de unificación sobre la base de la unidad en la ofensiva más aguda contra las organizaciones de la clase obrera.

La burguesía italiana tiene en el Partido Fascista una organización política de tipo nuevo apropiada para ejercer la dictadura abierta sobre las clases trabajadoras. No solo eso, sino que a través de toda una serie de otros organismos y ligas, el Partido Fascista se convierte en una organización que da a la burguesía italiana la posibilidad de ejercer en todo momento una presión armada sobre las masas trabajadoras. El Partido Fascista de hecho ha creado a su lado una milicia que también ha sufrido transformaciones pero que, a pesar de todo, ha conservado el carácter de organización armada de partido. La milicia no es el arma de los carabineros, no es el ejército, si bien ha tomado algo de él. Pero a través de ella el partico controla vastos estratos de masas. Es una de las bases principales de la fuerza de la dictadura.

Concluyendo, los puntos fundamentales a tener presentes para caracterizar al fascismo, son los siguientes: 1) el régimen corporativo es un régimen inseparable de la reacción política completa, de la destrucción de toda liberad democrática; 2) el régimen corporativo corresponde a un grado avanzado de la economía y es una forma con la cual el capitalismo financiero trata de reforzar  sus posiciones en la vida económica del país; 3) la forma del estado debe ser totalitaria, tal que pueda estrechar bajo su control a las grandes masas trabajadoras; 4) las corporaciones son un instrumento para reprimir cualquier intento de insurrección de las masas trabajadoras; 5) las corporaciones son un instrumento para la propaganda ideológica de la colaboración de clases; 6) enmascarándose con una ideología “anticapitalista” las corporaciones representan la organización más reaccionaria del régimen capitalista”.

Toffler (1980) describe los rasgos principales de las dos olas tecnológicas que antecedieron a La Tercera Ola:

“La Era de la primera ola comenzó hacia el 8000 a. de J.C. y dominó en solitarios la Tierra hasta los años 1650-1750 de nuestra Era. A partir de este momento, la primera ola fue perdiendo ímpetu a medida que lo iba cobrando la segunda, sobre cuya base tecnológica surgieron multitud de industrias, que dieron su sello definidor a la civilización de la segunda ola. Hubo al principio industrias del carbón, textiles y ferrocarriles, luego acerías, fabricación de automóviles, del aluminio, productos químicos y utensilios. Surgieron enormes ciudades fabriles. La civilización industrial, producto de esta segunda ola, dominó entonces, a su vez, el Planeta, hasta que también ella alcanzó su cresta culminante. Este último punto de inflexión histórico llegó a los Estados Unidos durante la década iniciada alrededor de 1955, la década en que el número de empleados y trabajadores de servicios superó por primera vez al de obreros manuales, debido a la introducción generalizada de las computadoras. Estas no son sobrehumanas. Se estropean, cometen errores…a veces peligrosos. No hay nada mágico en ellas, y, por supuesto, no son espíritus” ni “almas” existentes en nuestro entorno. Pero con todas estas cualificaciones y reservas, sigue figurando entre los más sorprendentes y turbadores logros humanos, pues realizan nuestro poder mental como la tecnología de la segunda ola realzó nuestro poder muscular, y no sabemos adónde acabarán por conducirnos nuestras propias mentes. A medida que nos vayamos familiarizando con el entorno inteligente y aprendamos a conversar con él desde el momento que abandonamos la cuna, empezaremos a utilizar computadoras con una desenvoltura y una naturalidad que hoy nos resulta difícil de imaginar. Y nos ayudarán a todos a pensar más profundamente en nosotros mismos y en el mundo. Fue precisamente durante esa década cuando la tercera ola empezó a cobrar fuerza en los Estados Unidos. Desde entonces ha llegado -con escasa diferencia de tiempo- a la mayor parte de las demás naciones industriales, entre ellas, Gran Bretaña, Francia, Suecia, Alemania, Unión Soviética, y Japón. En la actualidad, todas las naciones de alta tecnología experimentan los efectos de la colisión entre la tercera ola y las anticuadas economías e instituciones remanentes de la segunda. En todas las sociedades anteriores, la infosfera [esfera de información] proporcionaba los medios para una comunicación entre humanos. La tercera ola multiplica esos medios. Pero también permite, por primera vez en la historia, la comunicación de máquina a máquina y, más sorprendente aún, la conversación entre seres humanos y el entorno inteligente en que se hallan inmersos. Cuando nos volvemos a mirar las cosas con una más amplia perspectiva, resulta claro que la revolución operada en la infosfera es por lo menos tan dramática como la sucedida en la tecnosfera, en el sistema energético y en la base tecnológica de la sociedad”.

Podría parecer que el resurgimiento del prosumidor “no es más que una moda pasajera. Pero este deseo de tratarse uno mismo sus propios problemas, refleja un cambio sustancial en nuestros valores”. Durante la primera ola (la revolución agrícola), la mayoría de las personas consumían lo que ellas mismas producían. No eran ni productores ni consumidores en el sentido habitual. Eran, en su lugar, lo que podría denominarse “prosumidores”.

Fue la segunda ola (revolución industrial) que, al introducir una cuña en la sociedad, separó estas dos funciones y dio con ella nacimiento a lo que ahora llamamos productores y consumidores. Esta escisión condujo a la rápida extensión del mercado o red de intercambio de mercancía y servicios, pero con la tercera ola está desapareciendo.

“Lo que ha pasado casi inadvertido no es simplemente un cambio en las pautas de participación en el mercado sino, más fundamentalmente aún, la consumación de todo el proceso histórico de construcción de mercado. Este punto de inflexión es tan revolucionario en sus implicaciones y, sin embargo, tan sutil, que pensadores capitalistas y marxistas por igual, sumidos en sus polémicas de la segunda ola, apenas han reparado en sus signos. No encaja en ninguna de sus teorías, y por ello se les ha escapado casi por completo.

La especie humana se ha pasado por lo menos 10000 años construyendo una red de intercambio mundial, es decir, un mercado. Durante los últimos trescientos años, ya desde que comenzó la segunda ola, este proceso ha avanzado con acelerada velocidad. La civilización de la segunda ola “mercantilizó” el mundo. Hoy en el momento mismo en empezó a resurgir el prosumo está llegando a su fin este proceso. Este proyecto de construcción, el más grandioso de toda la historia, la instalación de los conductos y canales a cuyo través latió y circuló gran parte de la vida económica de la civilización, dio en todas partes a la civilización de la segunda ola su dinamismo interno y su empuje propulsor. De hecho, si se puede decir que esta civilización ahora agonizante tuvo alguna misión, fue mercantilizar el mundo. Hoy esa misión está casi completamente cumplida.

La tercera ola producirá la primera civilización de “transmercado” de la historia. Por “transmercado” no debe entender una civilización desprovista de redes de intercambio, un mundo relegado a pequeñas comunidades, aisladas y autosuficientes o reacias a comerciar entre ellas. No se trata de dar un paso atrás. Por “transmercado” debe entenderse una civilización que depende del mercado, pero que no se ve consumida ya por la necesidad de construir, ampliar, refinar e integrar esta estructura. Una civilización capaz de avanzar a una nueva agenda…precisamente porque el mercado se ha establecido ya.

Virtualmente concluida ya esa tarea de construcción, las enormes energías anteriormente volcadas en la creación del sistema de mercado mundial quedan libres para su aplicación en otros propósitos humanos… Lo que actualmente está en juego es algo más que socialismo o capitalismo, algo más que energía, alimentación, población, capital, materias primas o puestos de trabajo; lo que está en juego es el papel que el mercado ha de desempeñar en nuestras vidas y el futuro de la civilización misma. Esto, básicamente, es lo que resulta afectado por el auge del prosumidor.

En síntesis, es asombroso lo que está sucediendo, la civilización de la tercera ola resulta presentar muchas características -producción descentralizada, escala apropiada, energía renovable, desurbanización, trabajo en el hogar, elevados niveles de prosumo, por citar algunas pocas- que se asemejan a las que se daban en las sociedades de la primera ola. Estamos presenciando algo que se parece extraordinariamente a un retorno dialéctico.

Blanco (2023) dice que “Durante su visita a China, Lula arremetió contra el predominio internacional del dólar y llamó al grupo BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) a promover el uso de sus monedas nacionales en el comercio internacional y liberarse de la sumisión a las instituciones financieras, como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM), y formuló preguntas retóricas: ¿Por qué no podemos comerciar con nuestras propias monedas? ¿Quién decidió que fuera el dólar?

Lula conoce la historia de Bretton Woods de 1944, la coaccionada institucionalización del patrón monetario oro-dólar al mundo, por EU, con el FMI y el BM como entes capataces regulatorios, junto con el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT): un orden económico internacional impuesto por el imperialismo yanqui para su propio beneficio, y de Europa y Japón en segundo término.

No es el dólar lo que hoy está en declive, sino EU; por eso su moneda decae. Bretton Woods duró un suspiro: dados los déficits de EU en balanza de pagos –desde mediados de los años 1960–, en 1971 Nixon eliminó el vínculo del dólar con el oro y, con ello, suprimió el vínculo de todas las monedas con ese metal; el dólar fue impuesto, así como moneda fiduciaria al mundo. El argumento no dicho por EU: su poderío económico y militar. La defección monetaria del imperio tuvo, como uno de sus productos, el señoreaje que paga el mundo a EU por el uso del billete verde. Y empezó la financierización y la implantación del neoliberalismo.

Si el balance en cuenta corriente de cualquier país es con frecuencia deficitario, su moneda termina por devaluarse en relación con la moneda fiduciaria del planeta, se llame Zambia o Reino Unido, Argentina, México o Turquía. Eso no ocurre con el dólar, aunque sea fiduciaria como todas, porque es (sigue siendo) la moneda obligada de reserva a escala internacional. Ese es el dominio de la fuerza económica y militar. EU es aún la mayor economía. Cerca de 90 por ciento de las transacciones entre divisas implican un tramo en dólares; 40 por ciento del co­mercio mundial fuera de EU se factura y paga en dólares, 60 por ciento de las reservas mundiales depositadas en bancos centrales están denominadas en dólares. Esos altos indicadores son actuales, pero todos provienen de tendencias a la baja.

Un estudio reciente del FMI (que refiero de M. Roberts The end of dollar dominance?) indica: la proporción de reservas en dólares de los bancos centrales “ha caído 12 puntos porcentuales desde principios de siglo, pasando de 71 por ciento en 1999, a 59 por ciento en 2021…, esta caída ha ido acompañada de un aumento de la proporción de lo que el FMI denomina ‘divisas de reserva no tradicionales’, definidas como divisas distintas de las ‘cuatro grandes’ (dólar estadunidense, euro, yen japonés y libra esterlina), es decir, el dólar australiano, el dólar canadiense, el renminbi chino, el won coreano, el dólar de Singapur y la corona sueca”.

Como se observa, el espacio monetario pasó del dominio completo del dólar, a una diversificación que incluyó primero a los cuatro grandes, y continuó con las monedas señaladas. Las tendencias apuntan hacia una fragmentación internacional de las reservas de divisas, no a una partición Occidente-Oriente. En palabras del FMI: Si el dominio del dólar llega a su fin (un escenario, no una predicción), entonces el billete verde podría ser derribado no por los principales rivales del dólar, sino por un amplio grupo de monedas alternativas: la multipolaridad. Si las tendencias permanecen conllevarían resultados peores para la paz internacional y la expansión fluida del capitalismo mundial, dice Roberts. De hecho, implica casi una situación monetaria anárquica en la que las economías imperialistas, en particular la estadunidense, podrían perder el control de los mercados monetarios mundiales. Lo que está en juego es la definición de la dirección y la gestión de la economía mundial, como consecuencia del declive de EU.

La mejor apuesta de futuro puede estar en el BRICS. La tendencia de largo plazo así lo indica”.

Blanco (2025) explica que “El declive de la globalización neoliberal trajo consigo el declive del dominio de Estados Unidos (EU) en la economía mundial. El imperio tiende a agotarse y, en respuesta, surgen los proyectos de recuperación de Joe Biden al que le sigue el de Donald Trump. Se trata de fondo del mismo proyecto: restablecer el lugar antes indisputado de EU, aunque el estilo, la intensidad, las vías y los instrumentos de cada personaje sean distintos.

En junio de 2022, el entonces presidente Biden dijo en conferencia de prensa en Madrid: “Creo que todos estamos de acuerdo en que ésta ha sido una cumbre histórica de la OTAN… La última vez que la OTAN redactó una nueva declaración de principios fue hace 12 años. En aquel momento [yo] calificaba a Rusia de socio, y ni siquiera mencionaba a China. El mundo ha cambiado, ha cambiado mucho desde entonces. Y la OTAN también está cambiando. En esta cumbre hemos reunido a nuestras alianzas para hacer frente tanto a las amenazas directas que Rusia representa para Europa como a los retos sistémicos que China plantea para un orden mundial basado en reglas”. El mismo discurso, con otras palabras y en otros espacios y circunstancias, fue repetido muchas veces por Biden. Ciertamente, las reglas que tanto ha invocado Biden son las reglas neoliberales para el dominio estadunidense. Trump, por su parte, está en la mismas y tiene más prisa; aunque parece dudar de la guerra como vía para imponerse al resto del mundo. La fuerza del capital estadunidense y los instrumentos de la economía, muy en particular los aranceles, son sus armas privilegiadas; su asunto es doblegar a los demás, como un capitalista subyuga a otros capitalistas en la arena de la competencia capitalista.

El proyecto Biden-Trump se inscribe por necesidad en el trayecto del auge y el declive inexorable de la globalización neoliberal. El punto de inflexión e inicio del trayecto neoliberal fue la caída estrepitosa de la URSS (1989-1991), resultado de una crisis terminal provocada por una larga historia de debilitamiento de su economía. La planificación centralizada halló límites que le impuso la tecnología digital en materia de control y administración económica de los años 1950-1980, por entonces poco desarrollada; la planificación de la URSS, además, estaba afectada por una corrupción galopante en el seno de las élites políticas, facilitada por una organización política del Estado sin mecanismos de vigilancia y corrección por parte de la sociedad soviética.

La URSS se disuelve en diciembre de 1991 con la renuncia de Mijaíl Gorbachov y sigue una década de crisis extrema: la corrupción creció aún más con Boris Yeltsin, sobrevino un colosal caos económico, la asunción del Consenso de Washington, el empobrecimiento agudo de la sociedad, el alcoholismo de Yeltsin y calamidades sin precedente hundieron a Rusia. De acuerdo con cifras del Banco Mundial, entre 1989 y 1998, el producto interno cayó 6.3 por ciento en términos reales en promedio, año tras año; perdió así 53.3 por ciento de su producción interna. A partir de 2000 empezaría otra historia para Rusia de la mano de Vladimir Putin: la economía creció a una tasa anual promedio de 3.4 por ciento. Biden pronosticó que Rusia se volvería un paria con las sanciones que el conjunto de la OTAN le aplicara después de la invasión a Ucrania, pero sucedió lo contrario, la economía avanzó más rápidamente que en los años previos.

Y surgió China a tambor batiente. Un caso único de crecimiento acelerado. Con cifras del Banco Mundial, entre 1980 y 2000, su economía se multiplicó 6.2 veces, y entre 2000 y 2023 se incrementó 6.14 veces. En los mismos lapsos, según la misma fuente, la economía de EU se elevó por 1.9 y 1.6 veces. En 2023 China era la segunda mayor economía del mundo: el PIB nominal de EU equivalía a 1.52 veces el PIB de China. En el mismo año y misma fuente, China era la primera economía del mundo: su PIB PPA (por paridad cambiaria) equivalía a 1.19 veces el PIB de EU. China es la primera potencia manufacturera con 31.6 por ciento del total mundial, según el portal de EU SafeGuard Global; le sigue EU, con 15.9 por ciento. Es también la segunda potencia en inversión extranjera directa y ha creado obras de infraestructura en casi 150 países. China ha llevado sus naves a la Luna y Marte, como EU; ambos países compiten en computación cuántica, inteligencia artificial y un largo etcétera. Por eso China representa una amenaza sistémica.

A Trump le preocupa de modo especial el déficit comercial que EU tiene con muchos países, en particular el que tiene con China. Según la Oficina del Censo de Estados Unidos, el déficit comercial de bienes de EU con China aumentó de manera gradual desde 6 mil millones de dólares, en 1985, a la asombrosa cifra (palabras de esa oficina) de 382 mil millones de dólares en 2022 (279 mil millones en 2023). El déficit con China llevó a Donald Trump, en marzo de 2018, a iniciar una guerra comercial contra China, imponiéndole aranceles por 50 mil millones de dólares a productos provenientes de este país oriental. China respondió imponiendo aranceles a 128 productos estadunidenses, incluida la soya, una de las principales exportaciones de EU a China.

Los determinantes fundamentales del saldo de la balanza comercial de un país son de orden macroeconómico. El déficit comercial externo de EU con China está determinado por los niveles de ahorro e inversión de EU, no por las políticas comerciales e industriales de China, que pueden tener apenas una tenue relación con ese déficit.

Nada cambiará la determinación de EU de hacer de China el principal motivo de su caída. Este lance será el eje principal del conflicto mundial y marcará el carácter de la lucha social y política. Por ese pleito cavernícola, EU reunirá toda la fuerza que pueda: frenará toda ayuda hacia el exterior, suspenderá todas las guerras que pueda porque su asunto no es ganar con la fuerza militar, sino ganar ríos de plata. Se alejará de la OTAN. Se retiró ya del Acuerdo de París y manda al diablo sus obligaciones con el medio ambiente: “Tenemos una emergencia energética, así que vamos a perforar, baby, a perforar”, dijo Mr. Trump. Resulta, sin embargo, que, como varias publicaciones señalaron, no hay en EU tal cosa como una emergencia energética. La producción de petróleo y gas está superando el crecimiento del consumo, EU vive un auge de sus exportaciones petrolíferas; tanto, que su balanza externa petrolera es superavitaria; se trata en realidad de apuntalar su megaproyecto de IA Stargate.

La salud humana a la basura, adiós, Organización Mundial de la Salud, adiós. La arbitrariedad del troglodita no conocerá reposo, buscando ganar más y más. No importa que en los últimos años sus multimillonarios se hayan apoderado de más millones que nunca, hay que ir por más. Y, claro, el proceso gringo invita a todos los ricos del planeta a ir más lejos, con la desinhibición por delante, tal como lo mostraron los nuevos amos de las Big Tech en la toma de posesión. Thomas Piketty nos asombrará con el grado al que llegará la desigualdad que nos espera. Las derechas y las ultraderechas del mundo están de plácemes y ya ven nuevos estados que conquistar para agrandar sus arcas.

China, se advierte, es el motivo principalísimo por el que Trump intentará intervenciones más profundas en América Latina. Remediales y preventivas. La inauguración del puerto de Chancay –¡que los chinos pronuncian Shanghái! –, en Perú, a 75 kilómetros de Lima, fue la gota que derramó el vaso más allá de lo que Trump puede tolerar. Chancay estaba destinado a convertirse en el primer hub logístico chino para su operación en Sudamérica. El imperialismo estadunidense no lo tolera. Aún no sabemos cómo Trump impedirá que ese proyecto prospere. Por lo pronto, se propone apropiarse del Canal de Panamá.

Para que no haya dudas, entre las primeras decisiones terminantes de Trump estuvo la cancelación del acuerdo de Biden de retirar a Cuba de la lista de EU de países patrocinadores del terrorismo. Trump probablemente se va a emplear muchos más a fondo contra Cuba, Nicaragua y Venezuela, pero no solamente. MAGA requiere que América Latina esté alineada al imperio. Los países latinoamericanos que han estado sacando de sus manicomios y de sus cárceles a sus peores asesinos y violadores para enviarlos a EU, entre ellos México, según la atrabiliaria narrativa trumpiana, se las verán con Trump. Es decir, la migración que EU convierte sistemáticamente en indocumentada, es la coartada ideológica para sujetar a América Latina a su propósito de reconquistar la cúspide mundial.

La globalización neoliberal se halla en un tobogán. El huracán trumpiano le ayudará a cobrar mayor velocidad.

López y Rivas (2025) comenta que “El libro de Marcelo Colussi con el significativo título de Vamos por el socialismo (Clacso, 2024) es una obra necesaria y pertinente para los tiempos actuales, caracterizados por una acumulación capitalista militarizada-delincuencial, por el resurgimiento del fascismo y la prevalencia de Estados Unidos como poder hegemónico del desastre. El autor no plantea una solución reformista ni posibilista para paliar los antagonismos irreconciliables de clase y mejorar la sociedad existente, sino, como asegurara Carlos Marx, propone construir una nueva sociedad, sin propiedad privada, esto es, socialista. Así, Colussi remite a la necesidad de volver a hablar de socialismo, lucha de clases, imperialismo y antimperialismo, poder popular, revolución, que parecieron tornarse tabú o demodé, una vez que la Unión Soviética implosionó y China adoptó mecanismos de mercado, mientras numerosos partidos y organizaciones comunistas se han desintegrado o trastocado en socialdemócratas.

Colussi piensa que el capitalismo no puede resolver los problemas acuciantes de la sociedad, ya que es un sistema que no tiene solución ni salida, ni puede transformarse a uno con rostro humano, por lo que el cambio hacia el socialismo es imprescindible. De aquí la trascendencia de este trabajo investigativo de largo aliento, en el que se propone, abiertamente y sin ambages, la necesidad imperiosa de luchar por el socialismo, así como reiterar la vigencia del marxismo, materialismo histórico o socialismo científico, adaptando sus postulados a las nuevas realidades. La conocida disyuntiva planteada por Rosa Luxemburgo de socialismo o barbarie pasa a ser socialismo o fin de la humanidad y de la vida en el planeta.

La Unión Soviética alcanzó logros importantes, como desarrollo de la industria espacial, industria militar, desarrollo cultural, etc.; pero, no logró lo que se esperaba. Sin embargo, La Unión Soviética constituyó, sin lugar a dudas, el factor decisivo en la derrota del fascismo. Sus fuerzas armadas se enfrentaron a lo largo de la guerra al grueso del aparato militar nazi, y después de las victorias de Moscú, Stalingrado, Kursk y Leningrado, se puede afirmar que los fascistas habían sido estratégicamente derrotados.

El autor estudia también la experiencia de la República Popular China, con su socialismo de mercado, si se quiere, pero socialismo al fin, en la que el Partido Comunista fija férreamente las políticas y controla al milímetro su implementación, y donde la totalidad de la población tiene muy bien asegurados los satisfactores básicos, aunque, nos advierte el autor, el costo está basado en la explotación de los trabajadores y la existencia de un número considerable de propietarios privados supermillonarios, que señala clases sociales diferenciadas.

En el análisis de la experiencia cubana, Colussi recurre a una frase de Fidel Castro en la que declara enfáticamente: En el mundo hay 200 millones de niños de la calle. Ninguno de ellos está en Cuba. Se refiere al atroz bloqueo imperialista que dura ya más seis décadas y que impide al gobierno cubano adquirir tecnologías, materias primas e innumerables productos básicos para la sobrevivencia cotidiana. Pese a ello, y en medio de enormes dificultades y problemas reales, el Estado revolucionario continúa manteniendo el ideario socialista, siendo el único país del sur global que pudo producir vacunas efectivas contra el covid-19, defendiendo su soberanía y enarbolando el socialismo.

Colussi concluye que, aunque hoy en día el capitalismo se ostenta triunfador, hay que seguir construyendo la alternativa socialista, que es la única que puede significar un mejoramiento real para toda la especie humana. Nos convoca a tener esperanza, que no es lo mismo que ilusión. Este libro, nos reitera, es un llamado vehemente y enérgico a no perder las esperanzas, y a actuar con el pesimismo de la razón y con el optimismo del corazón, como pensaba Gramsci.

Esta obra, sin duda, será una valiosa contribución para alentar particularmente a las jóvenes generaciones que, a contracorriente y en un panorama incierto, se incorporan a la lucha contra el capitalismo y por la construcción de una sociedad socialista.

Semo (2025), escribe que “A principios de 1971, el secretario del Tesoro de Estados Unidos, John Connally Jr.–antiguo gobernador de Texas, quien recibió un balazo cuando acompañaba a John F. Kennedy en su última y fatal gira– sugirió a Richard Nixon una medida rotunda para hacer frente a las compras masivas de oro por la banca internacional: desvincular el valor del dólar de su equivalente en oro. Su argumento fue elemental: Los extranjeros nos quieren joder; nuestro trabajo consiste en joderlos primero. Ecos de esa misma acometividad resuenan hoy (en calidad de ensañamiento) en la auténtica masacre arancelaria diseñada por Peter Navarro y Howard Lutnick. El shock provocado por Nixon en 1971 permitió a Washington inducir la crisis petrolera de 1973-1977 –que estuvo a punto de derribar a la economía mundial–, establecer el dólar como moneda franca del mercado global y dar comienzo a la era neoliberal. Por cierto, fue Henry Kissinger quien disipó todas las dudas al respecto. Lo aclara en su autobiografía, en el capítulo que lleva por título la pregunta: ¿Quién provocó la crisis petrolera? Él mismo responde en la primera frase: Fuimos nosotros.

Neil Ferguson, el historiador británico, puso de relieve recientemente otro aspecto del exotismo de la singularidad estadunidense. Ningún imperio en la historia, ni Roma ni Estambul, ni España u Holanda, tampoco Inglaterra, logró preservar su hegemonía después de perder el control de su déficit fiscal y adentrarse en la ruta de los saldos rojos de su balanza comercial. La primera cifra delata el dominio creciente de una élite rentista; la segunda, un desplome general de la productividad y un abuso de la fuerza y de las armas. Estados Unidos es el único caso que refuta este axioma. Durante 54 años, desde 1971, su economía creció como ninguna otra bajo un déficit fiscal ascendente (hoy estrafalario) y una balanza comercial endémicamente deficitaria. A cambio, gracias a su asombroso sistema financiero, contó con un privilegio indiscutible: los recursos provenientes de todo el mundo –depositados religiosamente en Wall Street– para propiciar y monopolizar una de las mayores revoluciones tecnológicas de la historia: la digitalización del mundo (y todas las partes que lo definen: la producción, la guerra, la comunicación, la educación y hasta la vida emocional. En ese mismo medio siglo provocó –y padeció– cuatro crisis mayores y de dimensión global –la crisis petrolera, el desplome de los valores dot.com, la de las hipotecas en 2008 y la de la pandemia). Quien diga que se trata de un sistema estable está hablando de una economía imaginaria. El misterio es cómo logró mantener la confianza de los inversionistas durante todos esos trances.

En el fondo de la actual disputa por los aranceles se encuentra algo de lo que pocos hablan: los profundos cambios que han transformado el mundo de la producción y el trabajo. La automatización cibernética tiene uno de sus antecedentes remotos en el fordismo de los años 20 del siglo XX. Conjugada con la actual estrategia neoliberal, ha provocado una transferencia de la riqueza del trabajo al capital como nunca. El dilema de Washington no es un déficit en la manufactura –como pregona su retórica oficial–, sino los síntomas crecientes de una peligrosa crisis de sobreacumulación. Por un lado, un nivel de productividad y tecnologización que evade cualquier límite; por el otro, un estancamiento relativo de los asalariados, a los que escapa la posibilidad de consumir lo producido. Se olvida siempre que en el capitalismo son las contradicciones de la abundancia (y no de la escasez) lo que causa los peores desastres. El fordismo y los locos años veinte del siglo XX, fueron el preámbulo de la depresión de 1929; ojalá y el automatismo digital –y la furia productivista de China– no desemboquen en una catástrofe semejante.

Para sortear el atolladero, Estados Unidos necesitaba un Roosevelt, no un gánster, como Trump. Es decir, reducir la jornada de trabajo de 40 a 35 horas, una reforma fiscal que grave ganancias, cobertura de salud universal y educación universitaria gratuita.

Pero la historia no admite agendas prestablecidas. ¿Acaso es el neofascismo la etapa superior del neoliberalismo? Lo cierto es que la política de aranceles es un impuesto que castiga principalmente a quien vive de su salario. También los recortes anunciados del personal gubernamental. Si Wall Street muestra hoy una tendencia hacia la recesión, falta el tercer capítulo de este trance. Una vez que Peter Navarro anuncie próximamente la reducción de impuestos a las corporaciones, y Trump se divierta recibiendo a las delegaciones de más de 50 países para renegociar aranceles pertinentes, la Bolsa de Nueva York volverá a sonreír.

López y Rivas (2025) comenta que “El libro de Camilo Valqui Cachi, Karl Marx en el siglo XXI: Crítica alternativa a la fractura capitalista del metabolismo natural y humano (Editorial Plaza y Valdés y Universidad Autónoma de Guerrero, 2024), destaca por su profundidad teórica y su capacidad reflexiva, al enfrentar con maestría el reto de actualizar las contribuciones del marxismo en el análisis de lo que su autor acertadamente describe como la crisis, la barbarie y la decadencia de la violenta civilización capitalista en el siglo XXI. La obra está escrita con la erudición y los estilos de gran calado de la tradición marxista, con sugerentes epígrafes, notas a pie de página con información adicional y sugerencias bibliográficas, excelente redacción de principio a fin, una extensa y actualizada bibliografía, incorporando obras inéditas de Marx, que recientemente han sido publicadas gracias a los esfuerzos de colegas de otras latitudes, como Néstor Cohan. Con la congruencia ética que lo caracteriza, Valqui aclara que este estudio es la continuidad de una trayectoria de vida dedicada a estos temas, y reconoce que muchos de sus planteamientos, tesis e hipótesis están diseminados en libros colectivos y otros personales.

Valqui analiza los nexos internos de la complejidad dialéctica capitalista, histórica y concreta, como una síntesis de múltiples determinaciones, y observa el sistema capitalista como una moderna esclavitud de los seres humanos y la naturaleza. Su estudio escudriña las formas de explotación y dominio, sus contradicciones internas, sus expresiones estructurales y supraestructurales, su conformación clasista y las luchas de clases, sus crisis, límites históricos, su decadencia y descomposición civilizatoria, así como la tendencia a su fin.

Con toda razón, Valqui se adscribe entre los investigadores que consideran que la perduración de la actual civilización capitalista conlleva al fin de la vida humana y natural del planeta. Por ello Valqui examina la alternativa comunista de Marx al capitalismo y su imbricación con la comunidad ancestral para superar el actual desorden planetario. El autor afirma que las comunidades originarias, los pueblos y los modernos esclavos asalariados, dotados de conciencia histórica, son los sujetos políticos para superar la prehistoria capitalista. De allí la razón por la que el capitalismo militarizado y delincuencial se plantea como estrategia recolonizar y llevar la guerra a los territorios de las comunidades originarias, para devastar sus condiciones de vida, la base material de su reproducción, para saquear su cultura y destruir las prácticas comunitarias.

El imperialismo, por su parte, intensifica en el mundo el despotismo mediático, el fundamentalismo, el macartismo, la fascistización trasnacional, la criminalización, la infiltración de organizaciones, la división y la fragmentación de la lucha de clases, de los movimientos, resistencias y luchas de masas oprimidas, la cooptación de sus dirigentes y la flagrante supresión de los derechos humanos.

Valqui reivindica un marxismo crítico, que refuta a quienes consideran que ya no aplica, que está superado, y demuestra lo que esta corriente de pensamiento puede ofrecer a la lucha de la humanidad por su supervivencia. No hay ningún dejo de triunfalismo o cómoda modorra por parte del autor en cuanto al ejercicio del pensamiento crítico, incorporando, en ese camino, las ideas revolucionarias de Rosa Luxemburgo y de tantos otros que ayer y hoy asumieron el compromiso de cambiar el mundo para construir una sociedad comunista.

El autor somete a una crítica demoledora a los ideólogos de todas las disciplinas, enajenados en su condición de partidarios del eurocentrismo y del estadunidocentrismo, que plagan a la mayoría de las facultades y centros de investigación de ciencias políticas y jurídicas con paradigmas funcionales a la compleja recolonización imperial, promoviendo la condición colonial epistémica, académica y profesional, en la docencia, la investigación y la extensión universitaria, que afecta de manera histórica y concreta a la formación de los nuevos profesionales, que egresan cargados con muchos prejuicios para conocer y asumir las ciencias y la filosofía en su complejidad dialéctica y materialista, y para asumir las causas insurgentes de los pueblos y de la madre naturaleza.

Este trabajo refuta a esa academia funcional al sistema, y será de gran utilidad a los movimientos sociales y a las nuevas generaciones que requieren vencer, a contracorriente, la campaña en marcha del sistema capitalista para aniquilar todo rastro de pensamiento antisistémico y emancipatorio.

Romero (2025) escribe que “Desde la Revolución Industrial, el mundo giró en torno a un centro. Inglaterra inauguró la era del carbón, el acero y la máquina de vapor; su imperio fue el laboratorio del capitalismo moderno. Las guerras del siglo XX agotaron esa hegemonía y transfirieron el poder a Estados Unidos, que salió de la Segunda Guerra Mundial con la mitad de la producción industrial global y un privilegio sin precedente: emitir la moneda que el resto del mundo debía aceptar.

Ese “privilegio exorbitante”, como lo llamó De Gaulle, permitió a Washington financiar su expansión con deuda. Bretton Woods hizo del dólar el eje de la economía mundial, y cuando en 1971 Nixon rompió con el oro, el sistema no colapsó: se consolidó. Desde entonces, buena parte del planeta trabajó, ahorró y comerció en dólares, financiando déficits y guerras del país que los imprimía.

La guerra fría fue el marco institucional de ese poder. Mientras el planeta se dividía entre capitalismo y socialismo, Estados Unidos usó su superioridad industrial y militar para construir alianzas y mercados bajo su órbita. La caída de la URSS en 1991 pareció confirmar la supremacía definitiva del modelo estadunidense. Pero el mundo unipolar que nació entonces expresó menos fortaleza propia que agotamiento de competidores.

El giro neoliberal, impulsado por Reagan y Thatcher, reestructuró el capitalismo: el capital financiero desplazó al industrial; la rentabilidad trimestral sustituyó la inversión a largo plazo, y la producción intensiva en mano de obra se trasladó a países con salarios bajos y regulaciones débiles, primero México y el sudeste asiático, luego China. Tras su ingreso a la OMC en 2001, China absorbió tecnología, conocimiento y capital bajo un diseño de Estado: planificación, inversión pública, control tecnológico y disciplina industrial. A diferencia de otros países en desarrollo, obligó al capital extranjero a asociarse con el nacional, asegurando transferencia tecnológica y aprendizaje productivo. El resultado es conocido: la manufactura china superó ampliamente a la estadunidense y, en sectores como la construcción naval, pasó de una presencia marginal a casi la mitad de la producción mundial. En una generación, Asia –y en particular China– desplazó el eje de la economía real.

La desindustrialización tuvo consecuencias estratégicas. Una potencia que externaliza su manufactura erosiona también su capacidad bélica. La industria militar estadunidense enfrenta sobrecostos, retrasos y dificultades para reponer inventarios, y en varias fronteras tecnológicas –semiconductores, robótica, IA, telecomunicaciones, energías renovables– su ventaja se acorta. Rusia compite en misiles hipersónicos y defensa antiaérea; China escala en inteligencia artificial y producción avanzada. La hegemonía que fue un hecho se ha vuelto una aspiración crecientemente difícil. Estamos en el ocaso del largo ciclo anglosajón y en el ascenso de un nuevo equilibrio, con Asia como eje económico, tecnológico y político.

Pese a ello, Washington actúa como si el tablero no hubiese cambiado. Amenaza a rivales, sanciona a aliados e impone aranceles con lógicas de guerra fría. Pero cada sanción acelera la construcción de circuitos financieros y comerciales alternativos. El grupo BRICS –ya mayor que el G-7 en PIB por paridad de poder de compra– amplía pagos en monedas locales y reduce su dependencia del dólar. Convertir la divisa en arma política termina por erosionar el propio sistema que la sostiene.

A lo externo se suma lo interno. Estados Unidos es hoy una sociedad más desigual y fragmentada. Uno por ciento de la población concentra una porción desproporcionada de la riqueza, la clase media se reduce, el empleo industrial bien pagado se desvanece y la movilidad social que alguna vez definió su relato nacional se debilita. En lo político, la democracia muestra desgaste estructural: campañas capturadas por dinero corporativo, polarización partidista y un Senado envejecido que bloquea reformas. El cascarón institucional parece sólido, pero su capacidad de adaptación a las transformaciones del siglo XXI es cada vez menor.

La paradoja es que esa debilidad interna convive con una deuda externa colosal. Para mediados de 2025, la deuda externa bruta de Estados Unidos supera 28.6 billones de dólares, equivalentes a 94 por ciento de su PIB, mientras la deuda pública total –interna y externa– ronda 38 billones. Es un imperio que ya no se financia con su productividad, sino con su crédito: un país que vive del ahorro global y cuyo poder depende de que el mundo siga confiando en el dólar, aunque cada vez más actores comiencen a buscar alternativas.

A ello se suma el costo de mantener más de 750 bases militares en más de 80 países, un aparato desplegado para sostener un orden que se resquebraja. Cada base es un recordatorio de una hegemonía sostenida por la fuerza más que por la legitimidad. Estados Unidos ya no puede con el peso de su propio dispositivo imperial: gasta más en defensa que las siguientes 10 potencias combinadas, abusa de su poder sobre aliados y adversarios por igual, y usa las sanciones como sustituto de la diplomacia. Pero ese exceso de dominio ha comenzado a volverse en su contra. Ya no tiene capacidad de abrir nuevos frentes: está atado militarmente en Taiwán, Ucrania, Irán y otras regiones en tensión, y aun así insinúa intervenir en Venezuela, una aventura que no podría sostener sin desbordar sus límites económicos y estratégicos. Cada semana acumula conflictos que exceden su fuerza real, como si el poder se hubiera convertido en una inercia imposible de detener.

La combinación de endeudamiento crónico, exceso militar, desigualdad y parálisis política configura un deterioro sostenido. No se trata de un colapso repentino, sino de un proceso acumulativo. El país que simbolizó la modernidad enfrenta límites que su poder financiero y militar ya no logra ocultar. Estamos presenciando el final de la hegemonía anglosajona y el tránsito hacia un mundo plural, donde la fuerza se mide no por la moral que se predica, sino por la capacidad de producir, innovar y sostener un orden propio.

 

Fernández Vega (2025) explica que “A paso veloz, el demencial inquilino de la Casa Blanca repite la palabra Lebensraum del imperio alemán –cuya práctica más reciente fue la del Tercer Reich–, pero ahora en versión gringa: expansionismo, colonización, limpieza étnica, asesinato sistemático, robo de recursos naturales, invasión, gobiernos títeres, autocracia y todo lo que ello conlleva, y, como sucedió a partir de 1933 con Adolfo Hitler, parece que hoy nadie se atreve a detener la bestial andanada de Donald Trump y sus halcones, por mucho que históricamente las consecuencias para la paz y la estabilidad mundial son conocidas. ¿volverá la comunidad de naciones a sentarse cómodamente y esperar para ver en qué momento revienta todo esto?

En este relanzamiento de Lebensraum gringo, el pretexto ya no puede ser la “crisis de los Sudetes”, como en 1938, sino Venezuela con la enloquecida “exigencia” de Trump de que esa nación libre, soberana y propietaria de sus recursos naturales “devuelva a Estados Unidos todo el petróleo, las tierras y otros activos que nos robaron”; caso contrario, dice el energúmeno, “invasión” y ¡viva la Doctrina Monroe y el Destino Manifiesto!

En cuestión de semanas, la excusa de Trump pasó del combate al “narcotráfico” venezolano al “terrorismo de Estado” de Nicolás Maduro; de ahí a robar un buque petrolero en un descarado saqueo bucanero; y lo más reciente, que no lo último, “bloqueo total” a esa nación sudamericana e invasión “de ser necesaria”, porque lo que realmente quiere es el petróleo venezolano. Lo demás es verso. Una vergüenza, pero, salvo honrosas excepciones, el grueso de la comunidad de naciones, como sucedió 92 años atrás, calladita, encorvada y cooperando, creyendo que así evitará las consecuencias del Lebensraum gringo. Todo ello sin olvidar el intervencionismo en los procesos electorales de cuando menos Argentina, Chile (con dos sicarios pro gringos y sionistas en los respectivos gobiernos) y Honduras, más la permanente amenaza a México y Colombia.

Así, el demente de la Casa Blanca, rodeado de sus halcones, proclamó: “Venezuela está completamente rodeada por la armada más grande jamás reunida en la historia de Sudamérica. Ésta sólo crecerá y la conmoción para ellos será como nunca la han visto, hasta que devuelvan a Estados Unidos todo el petróleo, las tierras y otros activos que nos robaron antes. El régimen ilegítimo de Maduro utiliza el petróleo de estos yacimientos robados para financiar el narcoterrorismo, la trata de personas, el asesinato y el secuestro”.

Y algo más: “por el robo de nuestros activos y por muchas otras razones, incluyendo el terrorismo, el narcotráfico y la trata de personas, el régimen venezolano ha sido designado organización terrorista extranjera. Por tanto, hoy ordeno un bloqueo total y completo de todos los petroleros autorizados que entran y salen de Venezuela. Los inmigrantes ilegales y criminales que el régimen de Maduro ha enviado durante la débil e inepta administración de Joe Biden están siendo devueltos a Venezuela a un ritmo acelerado. No permitiremos que criminales, terroristas ni otros países roben, amenacen o dañen a nuestra nación, ni permitirá que un régimen hostil se apodere de nuestro petróleo, tierras ni ningún otro activo, todo lo cual debe ser devuelto a Estados Unidos inmediatamente”.

De inmediato, el presidente Venezolano Nicolás Maduro denunció ante la Organización de Naciones Unidas –el enorme florero con sede en Manhattan– las amenazas de Trump y el bloqueo total contra su país “por constituir una amenaza directa a la soberanía, al derecho internacional y a la paz”. Ágil y reactivo, como siempre, el burócrata que despacha como secretario general de la ONU, Antonio Guterres, se limitó a “dar seguimiento a la situación”, y tan preocupado quedó que apenas ameritó un comunicado oficial de 10 líneas.

Y Venezuela es la primera en la lista, de tal suerte que de no poner un hasta aquí, no quedará rincón en el planeta sin ser saqueado por Trump y su Lebensraum. Entonces, ¿quién detendrá al nuevo Hitler? De no hacerlo, de nueva cuenta el mundo entrará en la ignominiosa dinámica de los años del führer”.

Robinson (2026) explica que: “El ataque estadunidense-israelí a Irán ha encendido de nuevo a Medio Oriente, pero no es más que el último de una vertiginosa serie de convulsiones globales que abarcan desde el conflicto geopolítico en Ucrania y Oriente Medio, hasta las guerras civiles en Myanmar y Sudán, las disputas arancelarias, el ataque estadunidense a Venezuela, y el terrorismo del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) en ciudades estadunidenses, entre otros. Este tumulto global está impulsado por un catalizador sistémico común: las violentas estrategias expansivas de un nuevo complejo hegemónico del capital trasnacional, en respuesta a la crisis de época del capitalismo global.

El complejo triangulado reúne a las gigantescas empresas tecnológicas, el capital financiero trasnacional y el complejo militar-industrial-represivo. El Gran Tech controla todo el ecosistema del capitalismo digitalizado, convirtiendo su enorme poder estructural en control político directo por medio del Estado fascista. Para impulsar su agenda, el bloque ha recurrido al Trumpismo Global, uno de los varios síntomas políticos morbosos que emergen a medida que se desmorona el orden internacional pos Segunda Guerra Mundial.

Las 20 principales empresas tecnológicas del mundo tenían una capitalización bursátil combinada superior a los 20 billones de dólares en 2025, una quinta parte del PIB global. El Gran Tech está, a su vez, entrelazado con los gigantescos conglomerados financieros globales, que poseen más de la mitad de las principales empresas tecnológicas. En 2022, había 33 empresas de gestión de inversiones de capital valoradas en 83 billones de dólares de activos combinados, más de cuatro quintas partes del valor del PIB mundial.

Silicon Valley y sus patrocinadores financieros están recurriendo a las tecnologías digitales para la guerra y la represión, fusionándose con el complejo militar-industrial-represión, completando así el eje del poder del complejo, que a su vez se alinea con estados autoritarios, dictatoriales y fascistas. Los multimillonarios tecnológicos y financieros se están convirtiendo en actores geopolíticos globales. Ejercen su enorme poder estructural por medio del Trumpismo Global, desarrollando nuevas modalidades de control sobre la sociedad civil y buscando formas alternativas de legitimidad basadas en la inestabilidad y el caos que faciliten el control de países y recursos.

El gobierno estadunidense ha denominado la nueva dispensación política como Pax Silica. “Si el siglo XX funcionó con petróleo y acero, el siglo XXI funciona con computación y los minerales que la alimentan”, declaró el Departamento de Estado. Pax Silica implica el desarrollo de “cadenas globales de suministro de IA” que impulsarán “oportunidades históricas y demanda de energía, minerales críticos, manufactura, hardware tecnológico, infraestructura y nuevos mercados aún no inventados”. En virtud de esta Pax Silica, el régimen de Trump ha emprendido una desregulación radical de la IA y de las finanzas. Ha seguido una estrategia de mercantilismo digital, inscribiendo en sus negociaciones arancelarias con otros países la demanda de derogación de sus leyes que regulan la IA, mientras el Gran Tech busca su eliminación en al menos 64 países.

El telón de fondo de la vorágine global es la crisis de época del capitalismo global. Estructuralmente, el sistema se enfrenta a una crisis de sobreacumulación que genera una intensa presión para la expansión que impulsa a la clase capitalista trasnacional (CCT) a buscar salidas para descargar el excedente de capital acumulado. En 2025, China registró un superávit comercial récord de 1.2 billones de dólares –un aumento de 20 por ciento con respecto a 2024–, lo que indica una enorme sobrecapacidad global y contribuye a la creciente competencia geopolítica por los mercados y las oportunidades de inversión. Liderada por el nuevo complejo hegemónico de capital, la CCT está desatando una ronda depredadora de expansión impulsada por la digitalización, virando hacia formas más salvajes de acumulación extractivista, apoderándose de tierras, energía y recursos minerales para satisfacer la demanda de tecnología de la IA y centros de datos.

El Trumpismo constituye un Estado fascista embrionario que está forjando nuevas alianzas con estados represivos de todo el mundo. El fascismo en la era industrial y el fascismo en la era digital son distintos. El fascismo del siglo XXI implica la fusión del capital trasnacional con el poder político represivo y reaccionario en el Estado y con una movilización fascista en la sociedad civil, una fusión cada vez más visible en Estados Unidos bajo el régimen de Trump, a medida que el bloque hegemónico del capital se une al Estado fascista. En Estados Unidos, el ICE está emergiendo como una fuerza paramilitar fascista, una versión moderna de las camisas pardas que sirven de puente entre el desarrollo del Estado fascista y una reorganización fascista de la sociedad civil.

El Trumpismo Global reúne a diversas fuerzas autoritarias y neofascistas de extrema derecha, alineadas ideológica y políticamente, que defienden la agenda trumpista y aplauden su gansterismo trasnacional. La consolidación del complejo capitalista hegemónico parece depender ahora del extremismo ideológico y el caudillismo político del Trumpismo Global. Este complejo está profundamente inmerso en sistemas trasnacionales de guerra, control social, represión y vigilancia, a medida que la acumulación militarizada se arraiga en toda la economía y la sociedad global. El fascismo, la guerra y la acumulación están inextricablemente unidos en la modalidad de acumulación que ahora persigue dicho complejo. En la lógica depravada del capitalismo global en crisis, esta acumulación de masacres no es más que la contraparte de la acumulación de capital”.

Harari (2024) inicia su obra Nexus con la definición de la información, la cual la concibe como un nexo social lo que implica entender muchos aspectos de la historia de la humanidad, desde sus orígenes paleolíticos hace unos dos millones de años hasta el presente. A veces la información representa la realidad y a veces no. Pero siempre conecta. Esta es su característica fundamental. Si se analiza la historia de la información desde la edad de piedra hasta la Era del Silicio, el aumento constante de la conectividad no viene acompañado de un aumento simultáneo de la veracidad o sabiduría. Al contrario de lo que de la creencia de la idea ingenua, Homo sapiens no conquistó al mundo porque posea talento para transformar la información en un mapa preciso de la realidad. En lugar de eso, el secreto de su éxito reside en el desarrollo de su capacidad de conectar a masas de individuos a través del del uso de información.

En junio de 1989, pocos meses antes de la caída del Muro de Berlín y del Telón de Acero, Ronal Reagan declaraba que “el Goliat del control totalitario será pronto derribado por el David del microchip y que el mayor de los Grandes Hermanos se halla cada vez más desvalido frente a la tecnología de las comunicaciones. La información es el oxígeno de la era moderna. De filtra a través de los muros rematados con alambre de espino. Planea sobre las fronteras electrificadas y repletas de trampas. Brisas de rayos electrónicos soplan a través del Telón de Acero como si este fuera de encaje”. En noviembre de 2009, durante una visita a Shanghái, Barak Obama se dirigió con el mismo espíritu a sus anfitriones chinos: “creo firmemente en la tecnología y creo firmemente en la apertura cuando se trata del flujo de información. Considero que, cuanta más libertad haya en el flujo de información, más fuerte será la sociedad”.

A menudo, empresarios y compañías se han referido a la tecnología de la información con un optimismo similar. Ya en 1858, un editorial de The New Englander sobre la invención del telégrafo afirmaba: “es imposible que sigan existiendo viejos prejuicios y hostilidades, ahora que se ha creado este instrumento para que todas las naciones de la Tierra intercambien ideas”. Casi dos siglos y dos guerras mundiales después, Mark Zuckerberg decía que el objetivo de Facebook era “ayudar a la gente a compartir más con el fin de hacer que el mundo sea más abierto y promover el entendimiento entre personas”.

Hasta el presente, para funcionar, cada red de información de la historia dependía de creadores de mitos y de burócratas humanos. Las tablas de arcilla, los rollos de papiro, las imprentas y los aparatos de radio han tenido un impacto trascendental, pero siempre fue tarea de humanos componer los textos, interpretarlos y decidir quién debía ser quemada como bruja o esclavizado como los opositores al poder soviético en Rusia. A partir de ahora, con la revolución digital, los humanos tendrán que lidiar con creadores de mitos digitales y con burócratas digitales. En la política del siglo XXI, la división principal podría no darse entre democracias y regímenes totalitarios, sino entre seres humanos y agentes no humanos. En lugar de separar democracias de regímenes totalitarios, un nuevo Telón de Silicio puede separar a todos los humanos de nuestros jefes supremos algorítmicos e ininteligibles. Gente de toda nacionalidad -incluso dictadores- podría encontrarse al servicio de una inteligencia desconocida capaz de controlar todo lo que hacemos mientras tenemos poca idea de qué es lo que ella está haciendo.

Los mecanismos de auto control necesitan legitimidad para funcionar. Si los humanos somos propensos al error, ¿Cómo podemos en que los mecanismos de autocontrol sean infalibles? Para librarnos de este bucle en apariencia infinito, a menudo hemos fantaseado con un mecanismo sobrehumano, libre de todo error, en que podamos confiar para identificar y corregir nuestras propias equivocaciones. En la actualidad cabría esperar que la Inteligencia Artificial (IA) proporcionara dicho mecanismo, como cuando en abril de 2023 Elon Musk anunció: “Voy a poner en marcha algo que denomino TruthGPT o una IA suprema que busque la verdad e intente entender la naturaleza del universo”. Se trata de una fantasía peligrosa que no considera la falibilidad humana propensa al error.

 

Discusión

El capitalismo manufacturero apareció en Europa (Holanda, Italia, Inglaterra, etc.) en los siglos XVI y XVII sobre las “ruinas” artesanales del sistema de producción feudal, en el que la tecnología basada en la pólvora, la brújula y la imprenta fueron fundamentales para la navegación mundial, conquista territorial de nuevos países y difusión de las ideas; pero, lo que inaugura propiamente al capitalismo industrial es la primera revolución tecnológica en la segunda mitad del siglo XVIII en Inglaterra, basada en las industrias: acerera, mecánica (máquinas de vapor, molinos, reloj, etc.) derivadas de la aplicación de las ciencias a la producción, entre las que destacan la química, la termodinámica, la astronomía, etc.,  con lo que las ciencias naturales se convierten en verdaderas fuerzas productivas que impulsan el desarrollo del capitalismo industrial. Durante el siglo XIX se produjeron otras evoluciones industriales, entre las que destacan la eléctrica, la telegráfica y telefónica (para las comunicaciones) y petrolera en las postrimerías de dicho siglo.

El capitalismo industrial inició con empresas relativamente pequeñas basadas en la libre competencia, condición que prevaleció hasta fines del siglo XIX y principios del siglo XX en el que se empiezan a gestar la formación de monopolios que sustituyen a la libre competencia, dando origen al imperialismo en el que se produce la fusión del capital industrial con el capital bancario para formar el capital financiero, con lo que se instaura una nueva etapa en el desarrollo del capitalismo mundial: la exportación de capitales, en vez de la exportación de mercancías que caracterizó al capitalismo de libre competencia, así aparece también las guerras imperialistas por el reparto del mundo para proveerse de materias primas para sus industrias de los países subdesarrollados. Esto sucedió en la Primera Guerra Mundial (1914-1918) en la que las Potencias Centrales (Imperio Alemán, el Imperio Austro-Húngaro y Otomano), se enfrentaron a Triple Entente (Francia, Reino Unido, y Rusia). En lo político hizo su aparición el fascismo como la alternativa política reaccionaria, particularmente en Alemania en la que el Partido Obrero Socialdemócrata fue reprimido violentamente para contener el movimiento revolucionario del proletariado alemán y así arrástralo a la guerra imperialista en contubernio la dirigencia del partido. Además, después de la conflagración mundial aparece el fascismo en Italia (1922)

 Las guerras imperialistas de conquistas de nuevos territorios en el mundo, no culminan con la Primera Guerra Mundial, con la Gran Depresión Mundial (1929-1939) se dieron las condiciones económicas y políticas para el inicio de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) en la que los contendientes principales son: Potencias del Eje (Alemania, Italia, y Japón) vs Potencias Aliadas (Unión Soviética, Reino Unido, Francia y Estados Unidos) para un nuevo reparto del mundo. En lo político una vez más aparece el fascismo en Europa (Alemania, Reino Unido, España, etc.) para reprimir al movimiento popular que obstaculizaba el desarrollo de la guerra de conquista imperialista. Con la derrota de las potencias del Eje y el triunfo de las Potencias Aliadas el poder soviético se extendió a Europa Oriental (parte oriental de Alemania, Polonia, Hungría, Bulgaria, Checoslovaquia, etc.).

En la tercera década del siglo XXI en el contexto de la crisis económica y decadencia del capitalismo occidental (Unión Europea, Reino Unido y Estados Unidos) para frenar su colapso económico está recurriendo a la guerra militar y económica para enfrentar el ascenso económico de países emergentes agrupados en el bloque de los BRICS (Brasil, Rusia, China y Sudáfrica) que ponen en riesgo su hegemonía mundial, confrontación que puede escalar y desencadenar la Tercera Guerra Mundial con armas nucleares, en la que la humanidad en su totalidad estará en peligro de extinción. En lo político está echando mano del fascismo para reprimir el movimiento popular que se opone a sus políticas económicas, sociales y políticas que atentan contra sus interese. La derrota del bloque occidental implicará la derrota del fascismo y el triunfo del grupo de los BRICS abrirá la puerta a los movimientos proletarios en su lucha en favor del socialismo. El resultado final dependerá de la correlación de las fuerzas políticas de los contendientes. Esperemos que la cordura y la razón prevalezcan entre los adversarios y se evite la guerra nuclear.

La revolución tecnológica por sí misma es condición necesaria, pero no suficiente para derrocar el modo de producción que le es inherente, se requiere la acción revolucionaria del proletariado bajo la dirección de su vanguardia política para destruir el Estado del capital financiero (Estado Fascista) e imponer un nuevo poder político (Estado proletario) e implementar las transformaciones revolucionarias (políticas, económicas, sociales, etc.) para sentar las bases del modo de producción socialista.

 

Conclusiones

El fascismo es la dictadura reaccionaria del capital financiero no sometida a ninguna legalidad de la democracia liberal burguesa (poder legislativo y poder judicial) y el poder ejecutivo (gobierno) recurre a decretos y órdenes ejecutivos sin el aval de los poderes legislativo y judicial.

El fascismo y el socialismo son las políticas de la burguesía reaccionaria y del proletariado revolucionario respectivamente, en la época del capital financiero internacional.

En las épocas de crisis económicas del capitalismo financiero aparece la disyuntiva: ¿fascismo o socialismo? El desenlace ha dependido de la correlación de las fuerzas políticas contendientes: si favorece al capital se impone el fascismo; si favorece al movimiento proletario se impone el socialismo.

En el contexto de la Primera Guerra Mundial imperialista triunfaron la dos opciones: derrota de la socialdemocracia alemana socialista y la imposición del fascismo en Alemania; triunfo del Partido Bolchevique dirigido por Lenin en Rusia y la instauración del poder soviético.

En el marco de la Segunda Guerra Mundial imperialista triunfo el fascismo en Europa: principalmente Alemania, Italia y España, dada la debilidad del movimiento político del proletariado.

En la tercera década del siglo XXI en el contexto de la crisis económica y decadencia del capitalismo occidental (Unión Europea, Reino Unido y Estados Unidos) para frenar su colapso económico está recurriendo a la guerra militar y económica para enfrentar el ascenso económico de países emergentes agrupados en el bloque de los BRICS (Brasil, Rusia, China y Sudáfrica) que ponen en riesgo su hegemonía mundial, confrontación que puede escalar y desencadenar la Tercera Guerra Mundial con armas nucleares, en la que la humanidad en su totalidad estará en peligro real de desaparecer del planeta. En lo político está echando mano del fascismo para reprimir el movimiento popular que se opone a sus políticas económicas, sociales y políticas que atentan contra sus interese. La derrota del bloque occidental implicará la derrota del fascismo y el triunfo del grupo de los BRICS abrirá la puerta a los movimientos proletarios en su lucha en favor del socialismo. El resultado final dependerá de la correlación de las fuerzas políticas de los adversarios. Esperemos, que la razón prevalezca entre los contendientes para evitar una guerra nuclear.

La revolución tecnológica por sí misma es condición necesaria, pero no suficiente para derrocar el modo de producción que le es inherente, se requiere la acción revolucionaria del proletariado bajo la dirección de su vanguardia política para destruir el Estado del capital financiero (Estado Fascista) e imponer un nuevo poder político (Estado proletario) e implementar las transformaciones revolucionarias (políticas, económicas, sociales, etc.) para sentar las bases del modo de producción socialista.

Referencias bibliográficas

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