miércoles, 8 de marzo de 2017

DE LA COMUNIDAD PRIMITIVA A LA SOCIEDAD CLASISTA

DE LA COMUNIDAD PRIMITIVA A LA SOCIEDAD CLASISTA PRE-CAPITALISTA

Valentin Vasquez
Oaxaca, México
valeitvo@yahoo.com.mx

1. La producción de bienes materiales

Marx (1859) en el prólogo de su obra Contribución a la crítica de la economía política, plantea las tesis fundamentales del materialismo histórico:

En la producción social de su vida, los hombres contraen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se erige una superestructura política y jurídica y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social.

El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia de los hombres la que determina su ser, sino, por el contrario, su ser social el que determina su conciencia. Al llegar a una determinada fase de su desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad chocan con las relaciones existentes o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas. Y se abre así una época de revolución social. Al cambiar la base económica, se revoluciona, más o menos rápidamente, toda la inmensa superestructura erigida sobre ella. Cuando se estudian estas revoluciones, hay que distinguir siempre entre los cambios materiales ocurridos en las condiciones económicas de producción, que pueden apreciarse con la exactitud propia de las ciencias naturales, y las formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas; en una palabra las formas ideológicas en que los hombres adquieren conciencia de este conflicto y luchan por resolverlo. Y del mismo modo que no podemos juzgar a un individuo por lo que el piensa de sí, no podemos juzgar a estas épocas de revolución por su conciencia, sino que, por el contrario, hay que explicarse esta conciencia por las contradicciones de la vida material, por el conflicto existente entre las fuerzas productivas sociales y las relaciones de producción. Ninguna formación social desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella y jamás aparecen nuevas y más altas relaciones de producción antes de que las condiciones materiales para su existencia hayan madurado en el seno de la propia sociedad antigua. Por eso la humanidad se propone siempre únicamente los objetivos que puede alcanzar, pues, bien miradas las cosas, vemos siempre que estos objetivos solo brotan cuando ya se dan o, por lo menos, se están gestando, las condiciones materiales para su realización.

Marx (1867) en su obra cumbre –El Capital- respecto al trabajo lo describe como un proceso entre el hombre y la naturaleza, un proceso en el que el hombre media, regula y controla su metabolismo con la naturaleza. El hombre se enfrenta a la  materia natural misma como “un poder natural. Pone en movimiento las fuerzas naturales que pertenecen a su corporeidad, brazos y piernas, cabeza y manos, a fin de apoderarse de los materiales de la naturaleza bajo una forma útil para su propia vida. Al operar por medio de ese movimiento sobre la naturaleza exterior a él y transformarla, transforma a la vez su propia naturaleza. Desarrolla las potencias que dormitaban en ella y sujeta a su señorío  el juego de fuerzas de la misma. Los elementos simples del proceso laboral son la actividad orientada a un fin -o sea el trabajo mismo-, su objeto y sus medios. La tierra (la cual, económicamente hablando, incluye también el agua), en el estado originario en que proporciona al hombre víveres, medios de subsistencia ya listos para el consumo, existe sin intervención de aquel como objeto general del trabajo humano. Todas las cosas que el trabajo se limita a desligar de su conexión directa con la tierra son objetos preexistentes en la naturaleza. Si el objeto de trabajo ya ha pasado por el filtro de un trabajo anterior, lo denominamos materia prima. El medio de trabajo es una cosa o conjunto de cosas que el trabajador interpone entre él y el objeto de trabajo y que le sirve como vehículo de su acción sobre dicho objeto. El trabajador se vale de sus propiedades mecánicas, físicas y químicas de las cosas para hacerlas operar, conforme al objetivo que se ha fijado, como medios de acción sobre las cosas. La tierra es, a la par que su despensa originaria, su primer arsenal de medios de trabajo. Proporciona, por ejemplo, la primera piedra que arroja, con la que frota, corta, etc. La tierra misma es un medio de trabajo, aunque para servir como tal en la agricultura suponga a su vez toda una serie de otros medios de trabajo y un desarrollo relativamente alto de la fuerza laboral. Apenas el proceso laboral se ha desarrollado hasta cierto punto, requiere ya medios de trabajo productos del trabajo mismo. En las más antiguas cavernas habitadas por el hombre encontramos instrumentos y armas líticos. Junto a las piedras, maderas, huesos y conchas labrados, desempeña el papel principal como medio el animal domesticado, criado para tal efecto, y por lo tanto ya modificado por el propio trabajo. El uso y la creación de medios de trabajo, aunque en germen se presentan en ciertas especies animales, caracterizan el proceso específicamente humano de trabajo, y de ahí que Franklin defina al hombre como “a toolmaking animal”, un animal que fabrica herramientas. La misma importancia que posee la estructura de los huesos fósiles para conocer la organización de las especies animales extinguidas, la tienen los vestigios de medios de trabajo para formarse un juicio acerca de formaciones económico-sociales primitivas. Lo que diferencia unas épocas de otras no es lo que se hace, sino cómo, con qué medios de trabajo se hace. Los medios de trabajo no solo son escalas graduadas que señalan el desarrollo alcanzado por la fuerza de trabajo humana, sino también indicadores de las relaciones sociales bajo las cuales se efectúa ese trabajo. El el proceso laboral,…la actividad del hombre, a través del medio de trabajo, efectúa una modificación del objeto de trabajo procurada de antemano. El proceso se extingue en el producto. Su producto es un valor de uso, un material de la naturaleza adaptado a las necesidades humanas mediante un cambio de forma. El trabajo se ha amalgamado a su objeto. Se ha objetivado, y el objeto ha sido elaborado. Lo que en el trabajador aparecía bajo la forma de movimiento, aparece ahora en el producto como atributo en reposo, bajo la forma del ser. El obrero hiló, y su producto es un hilado. Si se considera el proceso global desde el punto de vista de su resultado, del producto, tanto el medio de trabajo como el objeto de trabajo se pondrán de manifiesto como medios de producción, y el trabajo mismo como trabajo productivo.

Mitropolski (1960) explica que “para la producción de bienes materiales son necesarios los objetos del trabajo, es decir, el material sobre el cual actúa el trabajo del hombre, y los medios de trabajo, especialmente los instrumentos. Los medios de trabajo y los objetos del trabajo forman los medios de producción. Pero éstos no proporcionan de por sí bienes materiales a la sociedad. Es el elemento activo de la producción la fuerza de trabajo, o sea, la aptitud del hombre para el trabajo, sus fuerzas físicas y espirituales, sus conocimientos y hábitos, que le ponen en condiciones de producir bienes materiales. La fuerza de trabajo crea y acciona los medios de producción. Así, pues, las fuerzas productivas de la sociedad son la unidad de los medios de producción –en primer lugar, los instrumentos de trabajo- creados por la misma y de los hombres que los accionan y producen bienes materiales. Puesto que los instrumentos de trabajo se perfeccionan constantemente en el proceso de la actividad laboral, el hombre se independiza cada vez más de las fuerzas de la naturaleza e implanta su dominio sobre ella. El continuo progreso de los instrumentos de trabajo es la base y el factor más importante del avance de la sociedad humana. El nivel de desarrollo de los instrumentos de trabajo determina el grado de dominio del hombre sobre las fuerzas de la naturaleza. Para comprender el progreso histórico y económico de la sociedad humana se tiene que examinar, en primer lugar, su factor decisivo: el desarrollo de la producción de bienes materiales y el perfeccionamiento de los instrumentos de trabajo. La contra-parte de las fuerzas productivas, son los vínculos sociales que los hombres establecen durante el proceso de producción, son las relaciones de producción que son parte inalienable de la producción material. Las relaciones de producción determinan el modo de distribuir cuanto se produzca en la sociedad. La distribución de los productos del trabajo, que enlaza la producción y el consumo, depende de quienes son los propietarios de los medios de producción. Las relaciones de producción no dependen de la voluntad de los hombres, porque éstos no pueden elegir a su albedrío las fuerzas productivas. Cada generación encuentra un nivel determinado de desarrollo de las fuerzas productivas y se ve sujeta a las leyes del desarrollo del modo de producción correspondiente hasta que éste se extinga en el proceso de cambio de las fuerzas productivas. Las fuerzas productivas con sus correspondientes relaciones de producción, tomadas en su conjunto, forman el modo de producción históricamente determinado que constituye la base material de la vida de la sociedad. El modo de producción de los bienes materiales desempeña el papel determinante en el progreso social y es distinto para cada etapa del desarrollo de la sociedad.


2. Comunidad primitiva

Mitropolski (1960) escribe que el término “comunismo primitivo” suele aplicarse de manera convencional a la sociedad primitiva, a sus relaciones de producción y a todo el régimen de la misma. La sociedad primitiva puede llamarse comunista únicamente porque desconocía la explotación del hombre por el hombre, la propiedad privada y la división en clases, siendo iguales todos sus miembros. Pero el comunismo primitivo era fruto del estado embrionario de las fuerzas productivas, de los propios hombres y del rendimiento extremadamente bajo de su trabajo. En los siglos XIV-XIII a.C. prosiguió el desarrollo de las fuerzas productivas. El mayor invento de aquel tiempo fue el arco y la flecha, el arma más potente y de largo alcance del hombre primitivo. Además, con el empleo de anzuelos y arpones de hueso y primitivas redes aumentó la significación económica de la pesca. Los nuevos instrumentos incrementaron la productividad del trabajo. Todo esto permitió al hombre permanecer más tiempo en un mismo lugar, lo que lo indujo a construir viviendas de madera (casas). Así, el hombre abandonaba poco a poco la vida nómada por el sedentarismo. El aumento de la productividad del trabajo proporcionó al hombre la posibilidad a tipos de producción estables: la agricultura y la ganadería. Esto ocurrió cuando la productividad del trabajo se había elevado tanto como para permitir al hombre vivir largo tiempo a cuenta de otros tipos de producción y de las reservas creadas, hasta que madurasen las cosechas o creciera el ganado. El paso de la recolección a la agricultura primitiva solo se hizo posible con el invento de aperos especializados de labranza (palos de punta aguda y endurecida y azadas) y gracias a los hábitos y experiencia acumulados en largos años de vida recolectora. Durante el período de la comunidad primitiva se domesticaron casi todos los cultivos agrícolas conocidos en la actualidad. Las tribus indias de América se especializaron desde tiempos remotos en la recolección, al desarrollar la agricultura obtuvieron de las especies silvestres de la flora americana, cultivos importantes como el maíz y la papa. El paso a la agricultura condicionó cierta independencia del hombre respecto de la naturaleza, ya que una productividad más alta, propia de esta ocupación, permitía crear reservas de productos para el futuro. La agricultura vino a ampliar considerablemente la esfera de la actividad laboral humana. El hombre adquirió experiencia y hábitos laborales nuevos, comprendió más a fondo las leyes del desarrollo de la naturaleza y creó nuevos instrumentos de producción. El desarrollo de la ganadería primitiva coincidió, aproximadamente, con el de la agricultura. El primer paso hacia la domesticación de animales fue el acorralamiento. A los animales salvajes acorralados se les conservaba como reserva viva de carne: al principio, por un tiempo muy corto; luego, un encierro prolongado permitió la multiplicación de los animales de corral. El ganado contribuyó en gran medida, al desarrollo del hombre, al abastecerle de carne en los períodos desfavorables de caza. La forma colectiva de propiedad sobre los instrumentos y medios de producción concordaba con el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad. La agricultura y ganadería primitivas impedían cualquier forma de propiedad que no fuera social, ya que el cultivo de la tierra  con los medios de producción rudimentarios (hacha de piedra para la tala de bosques y azada de madera o palo para cavar), como asimismo el acorralamiento de animales eran imposibles sin el concurso de la comunidad. El trabajo colectivo imponía la forma social de propiedad sobre los medios de producción fundamentales: la tierra, los cazaderos, los botes, etc. La economía casera, a su vez, tenía carácter social porque la gente siguió viviendo en casas comunales, algunas de cuales contaban con centenares de moradores. La comunidad primitiva basada en la propiedad comunal de los medios de producción, excluía la propiedad privada y por consiguiente estaban ausentes las clases sociales, en consecuencia, el Estado como producto irreconciliable de la lucha de clases no existía.


3. De la comunidad primitiva a la sociedad esclavista

Los instrumentos de piedra, aunque perfeccionados, eran de rendimiento muy bajo. Los cambios radicales en el desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad primitiva se operaron en los milenios VI-V a.C., al comenzar el empleo de metales para la fabricación de instrumentos de trabajo. El uso de los instrumentos metálicos  estimuló el aumento de todas las fuerzas productivas de toda la sociedad, elevó considerablemente la productividad del trabajo y, como consecuencia, originó cambios en las relaciones de producción. El vasto empleo de instrumentos metálicos tuvo una importancia enorme para el desarrollo de la agricultura. En las regiones tórridas y secas, la tierra solo podía cultivarse en las faldas de las cordilleras donde eran frecuentes las lluvias y había ríos y riachuelos de montaña. El hombre empezó a cavar acequias –canales- para el riego de sus campos. Más tarde aprendió a elevar el agua por medio de diques y presas, así como conservarla en embalses artificiales y cisternas talladas en la roca. El desarrollo de la irrigación contribuyó a la extensión geográfica de la agricultura y al aumento de la superficie de siembra, elevándose por tanto, las cosechas. El cultivo de la tierra ya dependía menos de las condiciones naturales y proporcionaba más productos alimenticios al hombre. La agricultura progresó con mayor rapidez en los fértiles valles de los grandes ríos, donde las crecidas anuales depositaban en los campos el aluvión y el limo, ricos en sustancias nutritivas. Para el cultivo de zonas menos fértiles, el hombre tuvo que alternar los campos con mayor frecuencia. Talaba los bosques y quemaba los tocones y raíces para proceder luego al cultivo de la nueva parcela. En estos casos, la tierra podía utilizarse solo durante un tiempo limitado, al cabo del cual el hombre abandonaba por muchos años la agotada parcela que iba a ser nuevamente invadida por el bosque. Este sistema de agricultura se practicó en muchas regiones del mundo antiguo. La agricultura de tala y la irrigación exigían aperos metálicos. La tierra se cultivaba principalmente con la azada de piedra y, más tarde, metálica. En las regiones apropiadas la agricultura alcanzó, con el tiempo, un alto grado de desarrollo y se convirtió en la actividad principal del hombre. En las zonas desfavorables para la agricultura progresó la ganadería. Como la cría del ganado era más productiva que la caza, las tribus cazadoras pasaban poco a poco a la ganadería, especialmente en las estepas –extensas llanuras-. En varias zonas la ganadería era incluso más eficaz que la agricultura y vino a constituir la ocupación exclusiva de algunas tribus  antes agricultoras. Las tribus pastoras obtenían principalmente carne, leche y productos lácteos, pieles, lana, etc., mientras que las dedicadas a la agricultura producían, en cantidades relativamente grandes, diversos cereales, hortalizas, frutos y productos elaborados. Las tribus ganaderas permanecían en un mismo lugar durante largo tiempo, o sea, hasta el agotamiento completo de los pastizales. En algunos casos las tribus pastoras se instalaban en los valles esteparios, fundiéndose con la población agrícola o bien combinando la ganadería con la agricultura. En otros, tuvo lugar el proceso inverso, pasando las tribus agricultoras al pastoreo. El desarrollo de la agricultura y la ganadería constituyó un importante avance en la evolución de la humanidad. El hombre por medio de un trabajo tenaz, creó nuevas especies de plantas y domesticó nuevos animales. Creció la producción de bienes materiales indispensables para la vida. La productividad del trabajo de las comunidades primitivas se elevó con mucha más rapidez, acelerando el progreso de la sociedad. La especialización de las distintas tribus en una u otra esfera de la producción marcó la primera división social del trabajo en la historia de la humanidad. Las tribus pastoras ampliaban sus conocimientos y perfeccionaban los hábitos necesarios para el desarrollo de la ganadería, para incrementar la productividad del trabajo y obtener más productos. Las tribus agricultoras mejoraban los procedimientos de cultivo de la tierra y recogían cada vez mayores cosechas. La especialización de la actividad laboral propiciaba el desarrollo de los instrumentos de trabajo y medios de producción; por lo tanto, siguió en aumento continuo la productividad del trabajo. Los vínculos entre las tribus de pastoras y agricultoras influyeron considerablemente en el desarrollo de sus fuerzas productivas. Así pues, la primera división social del trabajo, originada por la especialización de las fuerzas productivas de la sociedad, coadyuvó al sucesivo desarrollo de éstas y al aumento de la productividad del trabajo. El proceso ulterior de las fuerzas productivas estaba asociado principalmente a un empleo, cada vez más amplio, de diversos metales para la fabricación de instrumentos de trabajo. Los nuevos instrumentos agrícolas que mejoraban el cultivo de la tierra y la vasta utilización del ganado en calidad de fuerza de tracción elevaron considerablemente la productividad del trabajo. La producción de hierro y otros metales, así como el invento de equipos de rendimiento relativamente elevado impusieron la formación, en las comunidades, de grupos de gentes habituadas a la fabricación de instrumentos de trabajo y objetos metálicos. El desarrollo de las fuerzas productivas exigía la especialización individual en un tipo de producción determinado. Aparecieron en la comunidad los artesanos profesionales que invertían la parte fundamental de su trabajo, no en la obtención directa de productos para su consumo personal, sino en la fabricación de objetos que la comunidad necesitaba. La producción de metales y artículos metálicos, la alfarería y la tejeduría dieron lugar a los primeros oficios. Así se produjo, en el proceso de desarrollo de las fuerzas productivas, la segunda división social del trabajo: la artesanía se separó de la agricultura y la ganadería. La segunda división social del trabajo suponía que las fuerzas productivas se habían desarrollado ya hasta el grado de poder satisfacer las necesidades de los miembros de la comunidad, incluidos aquellos que, sin participar de manera directa en la producción de objetos de consumo, estaban dedicados también al trabajo socialmente útil. La primera división social del trabajo condicionó la especialización económica de las tribus en dos direcciones fundamentales: la ganadería y la agricultura. La especialización exigía fortalecer los vínculos inter-comunales. En las comunidades dedicadas a la ganadería ya se producían excedentes de ganado, cueros, lana, carne y otros artículos pecuarios, pero se experimentaba una escases aguda de cereales, hortalizas y otros productos agrícolas. Y como en las comunidades agricultoras se observaba el cuadro contrario -exceso de productos agrícolas y escases de artículos pecuarios- surgió la necesidad del intercambio económico entre las distintas comunidades. En el período de la primera y la segunda división social del trabajo, la productividad de éste se elevó tanto que los miembros de la sociedad, además de asegurarse los medios de existencia, podían producir algo por encima de lo indispensable. Lo producido por encima de cuanto se requiere para mantener la vida del propio trabajador y de su familia se llama plus-producto, y el trabajo excedente para la creación de éste recibe el nombre de plus-trabajo. Cuando la producción alcanzó un nivel capaz de cubrir las necesidades vitales del hombre, e incluso asegurar un plus-producto, se abrió el camino para el progreso ulterior de la sociedad. En aquel período, gracias al desarrollo de las fuerzas productivas y al aumento de la productividad del trabajo, no solo de toda la colectividad, sino también de cada uno de sus integrantes, los hombres no necesitaban ya unirse necesariamente en grandes asociaciones de producción para obtener los medios de existencia indispensables. Los miembros de las comunidades se dedicaban a múltiples actividades, variando su productividad en dependencia del género de trabajo y del individuo. En estas circunstancias, la distribución igualitaria de los productos del trabajo basada en el esfuerzo igual de los miembros de la comunidad no cuadraba ya con las necesidades del desarrollo ulterior de las fuerzas productivas. De ahí los cambios operados en la esfera de la distribución: el que daba más a la comunidad, recibía más. El reparto igualitario de los bienes en la comunidad, aunque alterado, se practicó de hecho durante algún tiempo más, puesto que solo el plus-producto se distribuía conforme a la medida y a los resultados del trabajo, mientras que la distribución de los bienes fundamentales siguió siendo igualitaria. Más tarde, el desarrollo de las fuerzas productivas permitió a cada individuo que tuviera la productividad media del trabajo, asegurarse, sin la ayuda colectiva los bienes indispensables para la vida. Los nuevos métodos de producción en la agricultura, especialmente el empleo del arado y la azada, hacía innecesario el esfuerzo simultáneo de gran número de personas en un mismo proceso de trabajo. La base económica que exigía la cooperación laboral de un gran conjunto de trabajadores fue desapareciendo poco a poco. Con la aparición de medios técnicos nuevos el trabajo colectivo de la comunidad dejó de ser una necesidad; más aún, no correspondía ya al nivel de desarrollo de las fuerzas productivas por estar basado en la técnica antigua y limitar la utilización de instrumentos de trabajo nuevos, más perfectos. Así, pues, las relaciones de producción dejaron de corresponder al nivel de desarrollo de las fuerzas productivas. Las relaciones de producción antiguas, caracterizadas por el colectivismo y por la propiedad social sobre los medios de producción, empezaron a frenar el desarrollo de las fuerzas productivas y tenían que ser sustituidas, inevitablemente, por otras nuevas. Al crecer las fuerzas productivas y penetrar la división del trabajo en la comunidad, cuando sus miembros empezaron a producir cada uno por su cuenta y a intercambiar productos en el mercado, surgió la propiedad privada como expresión del aislamiento material de los productores de mercancías. El aumento de la productividad del trabajo originado por el desarrollo de las fuerzas productivas condicionó la aparición de la propiedad sobre el productor mismo: el hombre. Cuando la producción solo alcanzaba para mantener la vida humana, la explotación de un hombre por otro no era posible. Por ello, en la mayoría de los casos, se sacrificaba a los prisioneros de guerra, o bien se les admitía como miembros iguales en derechos, para reforzar la comunidad. El aumento de la productividad del trabajo hizo que el prisionero produjera ya más de lo que era necesario para su mantenimiento. Al obligar al prisionero a trabajar para sus captadores arrebatándole su porción correspondiente del plus-producto social, una parte de la sociedad pudo usurpar los bienes creados por el cautivo, es decir, explotarlo. Entonces, en lugar de sacrificar a los prisioneros se les convertía en esclavos, trabajadores sin derechos, mantenidos por la comunidad mientras proporcionaban plus-producto y eran ventajosos. Al esclavo se le podía matar desde el momento en que ya su trabajo dejaba de traer provecho a la comunidad. La aparición de la esclavitud era un fenómeno por completo lógico de aquel tiempo, cuando el trabajo pudo ya crear el plus-producto, aunque en un grado considerable, a cuenta del agotamiento de las fuerzas físicas y morales de los productores de bienes materiales. Al principio, los esclavos pertenecían a la comunidad en su conjunto o a la familia patriarcal. Posteriormente fueron apropiados, junto con otros bienes comunales, pasando a ser propiedad de los jefes más influyentes. Con la aparición del trabajo de los esclavos, consecuencia lógica del desarrollo de las fuerzas productivas comenzó un nuevo período en el desarrollo de la sociedad, el período de explotación del hombre por el hombre. La sociedad caracterizada por las relaciones de producción sobre la base de la propiedad colectiva de los instrumentos y medios de producción, se dividió en tres grupos fundamentales según las relaciones en que éstos se encontraban con respecto a dichos instrumentos y medios: a). Los esclavos carentes de toda propiedad y que pertenecían, ellos mismos, totalmente, a sus dueños, los esclavistas. b). Los esclavistas poseedores tanto de los instrumentos y medios de producción como de los esclavos, cuyo trabajo explotaban. c). Los miembros libres de las comunidades que tenían pequeña parcela propia basada en el trabajo personal y en la pequeña propiedad de los instrumentos y medios de producción. Muchos de estos pequeños propietarios se fueron arruinando y convirtiendo en esclavos, mientras que algunos otros se enriquecían hasta transformarse en explotadores esclavistas. Sin embargo, los pequeños propietarios libres, miembros de las comunidades, no dejaron de subsistir. El desarrollo de las fuerzas productivas afectó el aspecto más importante de las relaciones de producción: la pertenencia de los instrumentos y medios de producción. Según quien era el propietario de éstos se produjo la división de la sociedad en clases. Por primera vez en la historia de la humanidad surgió la sociedad de clases.

La aparición de la propiedad privada y con ella la sociedad clasista, la cual es típica en las antiguas Grecia y Roma, como lo expone Morgan (1877) en su obra: La sociedad antigua, al describir los estadios de desarrollo de la sociedad, en la que argumenta que la propiedad privada aparece en el período superior de la civilización: En las postrimerías de este período se generaliza la propiedad en masa –consistente en una variedad de bienes de propiedad individual- debido al asentamiento de la agricultura, manufactura, tratos locales, comercio exterior; pero: La antigua tenencia en común de las tierras no había cedido más que en parte a la propiedad individual. En este estadio se produjo la esclavitud; se halla directamente relacionada con la producción de la propiedad. En ella (la esclavitud) tuvo su origen la familia patriarcal del tipo hebreo y la familia semejante de las tribus latinas bajo autoridad paterna, así como también una forma modificada  de la misma familia entre las tribus griegas. Hacia el final del período superior de la barbarie, se produjo la tendencia a dos formas de propiedad, a saber de Estado e individual. Entre los griegos algunas tierras eran aún comunes a la tribu, otras comunes a la fratria [asociación de tribus] para usos religiosos, otras a la gens [grupo social unido por parentesco]; pero la mayor parte de las tierras habían caído en propiedad individual. Con respecto a Roma, el autor citado, escribió: Desde su primer establecimiento, las tribus romanas, tenían un campo público, el ager romanus, a la vez había tierras de la curia para fines religiosos, de la gens y de individuos particulares. Una vez que se extinguieron estas corporaciones sociales, las tierras que habían tenido en común fueron convirtiéndose en propiedad privada. Estas diversas formas de propiedad muestran que la tenencia más antigua de la tierra era la comunitaria de la tribu; tras iniciarse su cultivo, una parte de las tierras de la tribu se repartió entre las gentes, teniendo cada una de ellas su parte común, a esto sucedió con el transcurso del tiempo la adjudicación a individuos y por último estas adjudicaciones se convirtieron en propiedad privada individual. Así pues, el autor citado asocia el origen de la sociedad clasista en Grecia y Roma a la aparición de la propiedad privada de la tierra.

Marx (1881) en respuesta a carta de la rusa Vera Zasúlich describe los rasgos de la comuna agrícola rural: “Para juzgar ahora los destinos posibles de la comunidad rural, desde un punto de vista puramente teórico, o sea suponiendo siempre condiciones de vida normales, me es preciso ahora designar ciertos rasgos característicos que distinguen la comuna agrícola de los tipos más arcaicos”:

“Primeramente, las comunidades primitivas anteriores se basan todas en el parentesco natural de sus miembros; al romper ese vinculo, fuerte pero estrecho, la comunidad agrícola es más capaz de adaptarse, de ensancharse y de entrar en contacto con los extraños. Además, en ella, la casa y su complemento, el patio, son ya la propiedad privada del cultivador, mientras que mucho antes de la introducción misma de la agricultura, la casa común fue una de las bases materiales de las comunidades precedentes. Finalmente, aunque la tierra laborable sigue siendo propiedad comunal, es dividida periódicamente entre los miembros de la comunidad agrícola, de modo que cada cultivador explota por su cuenta las tierras que le son asignadas y se apropia individualmente de sus frutos, mientras que en las comunidades más arcaicas, la producción se efectúa en común y solamente se reparte el producto. Este tipo primitivo de la producción colectiva o cooperativa fue, claro está, consecuencia de la debilidad del individuo aislado y no la socialización de los medios de producción”.

Andreev (1988) cita la obra de Engels (1884): El origen de la familia, la propiedad privada y el estado: Al cotejar las épocas del salvajismo, la barbarie y la civilización, marcó la génesis y la evolución histórica de: a) la propiedad comunal-gentilicia en el marco de la comunidad primitiva, b) la propiedad particular de la época en que dicho régimen es sustituido por la sociedad de clases antagónicas y c) la propiedad privada como base de la esclavitud, el feudalismo y el capitalismo. Si al principio se recolectó el grano para el ganado, no tardó en llegar a ser un alimento para el hombre. La tierra cultivada continuó siendo propiedad de la tribu y se entregaba en usufructo primero a la gens, después a las comunidades de familias y, por último, a los individuos. Estos debieron tener ciertos derechos de posesión, pero nada más. La formación y el desarrollo de la propiedad particular sobre el ganado fueron probablemente más rápidos y menos difíciles. Nada sabemos hasta de cuándo y cómo pasaron los rebaños de propiedad común de la tribu o de la gens a ser patrimonio de los distintos cabezas de familia; pero, en lo esencial, ello debió de acontecer en ese estadio. La formación y la evolución impetuosa de la propiedad particular constituyeron una premisa económica para la sustitución lógica de la gens matriarcal por la familia patriarcal. Los lazos gentilicio-maternos crujieron por el impulso de los brotes de propiedad privada que se abrían paso precipitadamente para salir de la comunidad. El cambio que había separado al productor del consumidor propició este proceso. El objeto más dinámico del intercambio y de la propiedad particular fue el ganado. En las regiones donde, en virtud de las condiciones ecológicas y de otra índole, la ganadería no se había implantado con suficiente amplitud, y la agricultura se desarrollaba a base del trabajo con azada (civilizaciones autóctonas de la América precolombina, de África Tropical, etc.), la descomposición del régimen gentilicio asumió la forma de matriarcado postrero. Pero la célula principal en que fue particularizándose la propiedad y se libró la dramática lucha entre el principio colectivista y el de propiedad privada (introducido y estimulado por la producción mercantil) era la comunidad campesina agrícola: estructura social conservadora y, al propio tiempo, no exenta de dinamismo histórico, de la época de transición del régimen de la comunidad primitiva a la sociedad de clases antagónicas. En el seno de la comunidad maduraron las nuevas relaciones de producción, de tipo antagónico, contrarias a las propias de la comunidad primitiva. Su lugar resquebrajó y, con el transcurso del tiempo, aniquiló las tradiciones comunales. Con ello se abrieron vastos espacios para la diferenciación material y los antagonismos de clase. La comunidad gentilicia evolucionó, pasando por varias etapas y formas transitorias, hasta convertirse en una comunidad territorial (rural), que absorbía los conflictos antagónicos inherentes a la sociedad dada. La propiedad particular existió realmente en forma de repartos sucesivos –anuales (debido a la puesta en cultivo de eriales y baldíos), al principio, y cada vez más raros después- de las tierras comunales labradas por las familias, grandes y pequeñas. El primer terreno hecho propiedad privada de una persona fue la tierra en que se encontraba la casa. La inviolabilidad de la vivienda, base de toda libertad individual, se trasladó del campamento del nómada a la casa de troncos del campesino sedentario y, poco a poco, se convirtió en derecho de propiedad completo sobre la finca. El carácter sagrado de la vivienda no fue consecuencia sino causa de su transformación en propiedad privada. En pos de la finca fue haciéndose propiedad de familias e individuos la tierra de labor. Este proceso se operó con particular nitidez en las condiciones económicas extremas. El carácter del terreno y la necesidad de inversiones de recursos y trabajo especiales para preparar el aprovechamiento agrícola de la tierra –en los valles angostos, entre pantanos, en las zonas de altas montañas, etc.- obligaban en este caso a hacer del usufructo una prerrogativa de familias. Fueron el último baluarte de la marca (como de toda comunidad agrícola en general) los bosques, pastizales, eriales, pantanos, ríos, estanques, lagos, caminos, cazaderos y pesqueras de uso común. Pero también ellos se convirtieron poco a poco en propiedad familiar. Este proceso, muy desarrollado en la época feudal, bajo la presión de las relaciones capitalistas puso la marca –comunidad primitiva alemana- al borde de la perdición. Así pues, los estadios de la génesis de la propiedad privada sobre la tierra se hallan estrechamente vinculados y, en rigor, sincronizados con  las etapas de desarrollo de la comunidad, desde la gentilicia hasta la casera y, luego, rural, y con la descomposición de esta última en ricos y pobres sin tierra. La marca-comunidad otrora libre se transforma en aldea de campesinos parcelarios. En principio, la particularización de la propiedad comunal sobre la tierra pudo realizarse tanto “desde arriba” como “desde abajo”. Este proceso, pudo avanzar por dos causes. Antes se produjo en el plano histórico, su transformación en propiedad estatal sobre la tierra del tipo Ager publicus [tierra pública] romana. Más tarde aparecieron los islotes de propiedad territorial privada. La propiedad del Estado se encontraba por encima de las comunidades; su primera consecuencia histórica fue el poder supremo del tipo de los déspotas orientales, que conservaba la estructura comunal. La propiedad privada, por el contrario, fue producto e instrumento de descomposición de la comunidad. La propiedad plena y libre del suelo no significaba tan solo facultad de poseerlo íntegramente, sin restricción alguna, sino que también quería decir facultad para enajenarlo. De este modo, en el plano histórico, la propiedad privada creció del fondo social (de seguro, del culto, etc.) y del botín integrado en el mismo, conforme iban desarrollándose el cambio y el comercio. Fueron el primero objeto de la propiedad de nuevo tipo los bienes muebles (fácilmente transportables y enajenables): ganado, al principio, luego armas e instrumentos de trabajo, artículos de lujo y esclavos. Después pasaron a ser propiedad privada también la casa y la finca. El doble carácter de la propiedad en la época de transición radicó en que los bienes muebles eran ya privados, mientras que los inmuebles (ante todo, la tierra) seguían siendo todavía colectivos. El paso de la tierra a propiedad privada inició la época de su papel determinante en la vida social. Y por último, esa propiedad alcanzó sus formas maduras con el surgimiento de la circulación monetaria regular. La formación de la propiedad privada en tanto que relación social cualitativamente nueva es ajena, en principio, a la esencia misma del régimen de la comunidad primitiva. El sujeto de la propiedad privada estaba en las capas sociales nacientes: la aristocracia militar y la cúspide sacerdotal primero, los mercaderes y usureros después. La cristalización de la propiedad privada es a su vez un componente importantísimo de la instauración de la sociedad de clases antagónicas. La propiedad particular, surgida como forma social de aseguramiento de la actividad vital de las colectividades, iba convirtiéndose en su antítesis: usurpación de la tierra, de los instrumentos y otras premisas de la producción por la cúspide privilegiada. Esta última integró poco a poco la clase dominante y se excluyó del proceso de la producción social. Los productores directos fueron separados por la fuerza de los medios de producción. Los grupos sociales dominantes asumieron la función de unir la fuerza de trabajo con los medios de producción, aumentando de este modo sus privilegios, su riqueza y poder social. En la “superficie” de la vida social, la propiedad privada naciente se presentaba como actitud de los hombres ante las cosas más que como una nueva actitud de unos hombres para con otros. La propiedad privada tiene una base mucho más profunda. La actitud misma del hombre hacia la tierra, el ganado, los instrumentos y otras premisas de la producción (debido ya a su carácter social) está mediatizada lógicamente por la actitud de unos hombres para con otros. En los diversos componentes de la propiedad privada, ella “aflora” en grados diferentes: con el mayor relieve en las relaciones de disposición y mínimamente en las de uso. Valiéndose de la propiedad privada, precisamente, la clase dominante parasitaria, integrada por los mercaderes, usureros y elementos de la aristocracia gentilicia, conquista la dirección general de la producción y “avasalla” económicamente a los productores. Se convierte en el intermediario indispensable entre cada dos productores y los explota a ambos. La institución de la propiedad privada apareció lógicamente en la vida de los hombres cuando las fuerzas productivas y la división social del trabajo alcanzaron un nivel de desarrollo determinado. Es decir, no surgió como fruto de la actividad intelectual ni como realización de los objetivos abstractos de algunos grupos sociales, sino porque había madurado la necesidad de un modo nuevo en principio de regulación social de la producción y el consumo, que permitiera a la humanidad llevar adelante las fuerzas productivas y la cultura.

Linera (2009) ubica a la comunidad agrícola en una fase intermedia entre la comunidad primitiva ancestral y la sociedad clasista basada en la propiedad privada: “Siendo que la comuna agrícola emergió del desarrollo y extinción de la forma comunal ancestral, y la vez fue sustituida por formas de organización social en las que surge la propiedad privada de la tierra, (…). La comuna agrícola forma última de la configuración comunal de la sociedad, puede ser vista entonces como un momento de transición de la forma de propiedad comunal a la forma de propiedad privada de las condiciones de producción de la sociedad. Esto en virtud de que la comuna agrícola se basa en el trabajo comunitario de la tierra comunal –bosques, pastizales, etc.- y el trabajo familiar de la posesión particular”.

Zubritski (1960) dice que el modo esclavista de producción era más progresista que su antecesor, porque solo liberando una parte de la sociedad del trabajo manual se haría posible el ulterior desarrollo de la sociedad. La prolongada época de la esclavitud tiene varias fases. Comenzó en la esclavitud comunal aparecida bajo el régimen de la comunidad primitiva, antes de la descomposición de la propiedad comunal. Los esclavos pertenecían entonces a la comunidad en su conjunto. La esclavitud patriarcal, semejante a la comunal, nació en las mismas condiciones y durante largo tiempo coexistió con las relaciones de la comunidad primitiva y sus vestigios.  El prisionero de guerra o el miembro de la comunidad empobrecido, tenía que entregar a otra persona (jefe o sacerdote en la mayoría de los casos) todo su trabajo por la exigua alimentación que de él recibía. Con el desarrollo general de la propiedad privada se fue estableciendo el “derecho” a poseer no solo bienes materiales, sino también al productor mismo. El miembro de la comunidad empobrecido o el prisionero de guerra era ya esclavo tanto de hecho como de derecho, es decir, pertenecía por entero a su amo (dueño). Las fuentes principales de aumento de esclavos fueron ya entonces las guerras, el comercio de esclavos y la esclavización de los deudores insolventes. Estas fuentes eran propias, con ciertas modificaciones de las sociedades esclavistas en todos los continentes. La explotación de los esclavos fue la primera forma de explotación –y la más brutal- en la historia de la humanidad. Los esclavos, desprovistos de toda propiedad y siendo ellos, a su vez, propiedad del dueño, fueron objeto de la explotación más inhumana que registra la historia. Los integrantes de las comunidades eran libres, pero la masa llevaba una vida miserable y se encontraba bajo la eterna amenaza de caer en la esclavitud por las deudas no pagadas. Para mantener sumisos y hacer trabajar en provecho ajeno a los esclavos y plebeyos; para multiplicar sus riquezas y satisfacer su codicia sin limites, los esclavistas necesitaban un órgano permanente de violencia y coerción. Tal órgano, que iba naciendo paulatinamente, fue el Estado.  La función principal del Estado esclavista (igual que en las demás sociedades explotadoras posteriores: la feudal y la capitalista) fue la represión de los explotados. Los Estados esclavistas sostuvieron guerras continuas, saqueando a la población conquistada y convirtiendo en tributarios o esclavos a los vencidos. De ahí la segunda función del Estado, propia también de cualquier otro Estado basado en la explotación del hombre por el hombre: la expansión territorial. A diferencia de la época de la comunidad primitiva, en que la fuerza militar era una milicia que estaba constituida por todos los miembros de la comunidad aptos para las armas, en el Estado esclavista aparece una fuerza separada del pueblo y opuesta a él: el ejército profesional, llamado a defender los intereses particulares de los explotadores. Surgen también los tribunales, que en su actividad prescinden de los intereses de la sociedad en su conjunto para someterse a los de una parte insignificante de ella: los esclavistas. Los sacerdotes se identificaban en el Estado para formar con él un todo único, introduciéndose en el aparato estatal, como vigilantes, guardianes, escribientes, controladores, recaudadores de impuestos, etc.  Los tipos históricos de Estado explotador difieren unos de otros. Pero su esencia es la misma: la minoría explotadora domina sobre la mayoría explotada. La relación con que se encuentra la clase con respecto a los medios de producción es su rasgo característico principal, el que determina todos los demás: su papel en la organización social del trabajo, las fuentes de los ingresos y la cuantía de éstos. Así, pues, las clases son grandes grupos de individuos que se diferencian entre sí por el lugar que ocupan en un sistema de producción social históricamente determinado, por las relaciones en que se encuentran con respecto a los medios de producción (relaciones que las leyes refrendan y formulan en gran parte), por el papel que desempeñan en la organización social del trabajo, y, consiguientemente, por el modo y la proporción en que perciben la parte de la riqueza social de que disponen. Las clases sociales aparecen solo después de la aparición del plus-producto, es decir, cuando el desarrollo de las fuerzas productivas permite al hombre producir más de lo indispensable para satisfacer sus necesidades vitales. Las relaciones de producción incluyen las formas de propiedad sobre los medios de producción, la posición de las clases en el proceso de producción y las formas de distribución de los productos. A los esclavos se les podía vender, donar, intercambiar y heredar sin limitación alguna, cualquiera que fuese su situación familiar. Cada esclavo llevaba un sello con el nombre del propietario. Los esclavos, además de estar desprovistos de medios de producción, carecían en absoluto de los derechos humanos más elementales. Así, pues, la propiedad ilimitada del esclavista sobre todos los medios de producción y sobre el propio trabajador, el esclavo, constituía la esencia de las relaciones de producción esclavistas. El aumento del intercambio dio lugar a la aparición, ya en el régimen de la comunidad primitiva, de un equivalente universal de las mercancías, asumiendo esta función los productos más importantes: ganado, pieles, marfil y otros. En la sociedad esclavista, el papel de equivalente universal pasa gradualmente a los metales: al principio, el hierro y el cobre; más tarde, el oro y, especialmente, la plata. Aparece el dinero –en forma de lingotes y, luego, de monedas acuñadas- como equivalente universal y medio de circulación, como mercancía de tipo especial, como mercancía de las mercancías. El desarrollo del comercio estimuló la aparición de los mercaderes, que no participaban en la producción, sino que se dedicaban enteramente al intercambio, apropiándose parte de los productos. Así se produjo la tercera gran división social del trabajo, la cual consolidó las relaciones mercantiles en la sociedad esclavista.


4. Sociedad feudal

4.1. Origen del feudalismo

Kérov (1960) explica que las relaciones feudales surgieron en las entrañas de la sociedad esclavista, del mismo modo que las relaciones esclavistas nacieron en el seno de la comunidad primitiva. El desarrollo del sistema de colonato fue una manifestación de la crisis del modo de producción esclavista. La pequeña propiedad campesina había sido absorbida casi íntegramente por los grandes terratenientes. Los latifundios, basados en el trabajo de los esclavos y colonos, eran el prototipo de los futuros dominios feudales. Los grandes terratenientes, así como los colonos y esclavos que cultivaban los latifundios se contentaban con lo que se producía en éstos. La economía adquiría un carácter natural autárquico. Solo la lucha de clases en combinación con las invasiones de tribus germánicas y eslavas pudo llevar a término la ruina del Imperio Romano de Occidente y del régimen esclavista, contribuyendo al mismo tiempo al afianzamiento de las relaciones feudales. El período de formación de las relaciones feudales constituye el período inicial que los historiadores identifican con el término “Edad Media”. De ahí que dicho período sea considerado como la fase inicial del Medievo. En Europa comenzó éste en el siglo V, aproximadamente, y concluyó a principios del siglo XI. El segundo período de la Edad Media se identifica con la época del desarrollo del feudalismo, cuando los oficios se separaron por segunda vez de la agricultura y se formaron las ciudades como centros de artesanado y comercio. Este proceso se produjo en Europa durante los siglos XI-XV. El tercer período es el postrero del Medievo. Se caracteriza por la descomposición de las relaciones feudales y el nacimiento de las relaciones capitalistas. En Europa duró desde el siglo XV hasta mediados del siglo XVII. Así, pues, a mediados del siglo XVII terminó la época feudal (Edad Media) para dar comienzo a la era del capitalismo.

Entre los antiguos germanos y eslavos, los prisioneros de guerra hechos esclavos se asemejaban por su situación a los colonos romanos. Disponían de una parcela de tierra y pequeña hacienda propia, por las que pagaban al señor tributos en especie (ganado, cereales, etc.). En los primeros siglos de nuestra era la comunidad, en descomposición, de los antiguos germanos y eslavos fue cediendo su lugar a la comunidad vecinal o territorial (llamada marca por los germanos). La tierra pasaba a las familias en usufructo individual. Más tarde, a medida que la comunidad territorial iba desintegrándose, la tierra se convertía progresivamente en propiedad privada. Este proceso estuvo ligado al aumento de la productividad del método individual de laboreo. El empleo del arado pesado era imposible mientras predominaba la esclavitud. La nobleza de las tribus concentró en sus manos extensas tierras y ganado. En los siglos V y VI el desarrollo de la propiedad individual campesina había alcanzado ya grandes proporciones. Los esclavos y colonos del Imperio Romano de Occidente y de Bizancio apoyaban a las tribus germanas y eslavas invasoras, porque los conquistadores establecían un régimen  mucho mejor para la población local desamparada. Los germanos quitaban la tierra y los eslavos principalmente a los grandes terratenientes. Además, practicaban formas de explotación de los esclavos mucho más suaves que las utilizadas por los romanos. La situación de los campesinos libres mejoró también al principio, gracias a las costumbres comunales traídas por los germanos. Los grandes terratenientes romanos se fundían con la aristocracia germánica, constituyéndose así una clase dominante única. El cultivo de la tierra perteneciente a la familia real y a los grandes propietarios estaba a cargo de los esclavos. Pero éstos eran ya distintos esencialmente de los que vivieron en los tiempos del imperio romano. Muchos de ellos tenían su parcela y hacienda independiente por las que pagaban determinados tributos. Sin embargo, carecían en absoluto de derechos. A partir de los siglos V y VI, algunos propietarios (especialmente, los de mayor peso) distribuyeron algunas de sus tierras entre los campesinos libres empobrecidos. Por la parcela así recibida, el campesino pagaba a su propietario parte de la cosecha y cumplía determinados trabajos para éste. El campesino puesto al borde de la ruina por las vejaciones de los grandes terratenientes se veía constreñido a entregar su parcela en propiedad a uno de ellos, para recibirla luego en usufructo vitalicio o hereditario. El campesino entregaba al propietario parte de los productos y asumía algunas obligaciones más a cambio de la protección contra los atentados de otros feudales. En algunos casos, los campesinos recibían, además de su propiedad antigua, una parcela complementaria. Por este procedimiento, los grandes propietarios agrarios, comprendida la iglesia (los francos “adoptaron” el cristianismo en el siglo VI), movilizaban mano de obra para el cultivo de tierras baldías. La concesión de tierras en propiedad privada incondicional había cesado. Los miembros de la clase dominante tenían que prestar servicios militares, reclutando destacamentos en sus dominios, que mandaban personalmente, para pagar las tierras que el rey les otorgase. Esta posesión de tierra convencional se llamaba beneficio. El beneficio no era hereditario, sino vitalicio, con la particularidad de que podía ser retirado en caso de no cumplir el beneficiario los compromisos asumidos en cuanto al servicio militar. Después de la muerte del beneficiario, la tierra volvía al rey o a sus herederos. En los siglos IX y X se produjeron nuevos cambios en el carácter de las relaciones agrarias. El beneficio militar pasó a ser hereditario, convirtiéndose en feudo. El sistema de feudos guardaba vínculos directos con el vasallaje, o sea el reconocimiento, por el propietario de tierra, de su dependencia respecto a otro mayor, estableciéndose entre ellos las relaciones de vasallo y señor. A cambio de la finca que recibía del señor, el vasallo tenía que prestarle servicio militar. Se estaba formando la escala jerárquica característica para la organización estatal y política del feudalismo. La posición más alta correspondía a los grandes feudales que se consideraban vasallos inmediatos del rey. Más abajo se encontraban los propietarios de peso menor y, en el peldaño inferior de la escala, los pequeños feudales, llamados posteriormente caballeros. En cuanto a la técnica el perfeccionamiento de los métodos de elaboración del hierro dio lugar al empleo de los arados (pesados y ligeros) y algunos otros instrumentos agrícolas. Ello elevaba la productividad de la agricultura, contribuyendo a la introducción del sistema de tres hojas y aumento de la superficie de los viñedos. El desarrollo de la vinicultura obligaba a perfeccionar su técnica, por lo que iba mejorando continuamente la prensa de uva. Aparecieron los molinos de viento y otros dispositivos técnicos. El molino movido por agua, que ya existía desde los tiempos de la esclavitud, fue perfeccionado, añadiéndosele la rueda hidráulica accionada por gravedad. Más a pesar de haberse alcanzado cierto progreso, la técnica de la producción feudal de aquel período permanecía estancada. Esta situación caracterizaba a la economía feudal en todas las etapas de su desarrollo. Para caracterizar la esencia de las relaciones feudales, es preciso definir, en primer lugar, la forma de propiedad de los medios de producción, el modo de realización de dicha propiedad, el modo de distribución de los productos y, por último, la situación de los distintos grupos y clases sociales en virtud de los factores mencionados, y sus relaciones recíprocas en el proceso de producción. Los señores feudales realizaban su propiedad de doble manera. Desde el período de formación, las tierras se dividían en tres categorías. La casa con dependencias y huerta pertenecía al campesino. Las tierras de labor se consideraban propiedad comunal, pero se distribuían sistemáticamente entre las familias campesinas que las cultivaban. Los bosques, prados y otros terrenos eran propiedad comunal indivisible. Este sistema quedó en vigor, más o menos, durante la formación del feudalismo. Pero la mayor parte de las tierras de labor se encontraban ya bajo la observación directa de los gerentes del feudal, habiéndose convertido en dominios. Este fue uno de los métodos usados por los feudales para ejercer la propiedad monopolista de la tierra. El otro utilizado paralelamente al primero, consistía en conceder a los campesinos parcelas-tenencias en las que trabajasen sin vigilancia directa por parte del feudal. Los bosques y otras superficies de uso agrícola pertenecían igualmente al feudal, con la particularidad de que se hacían extensivos a ellos algunos derechos de los campesinos como miembros de la comunidad (el pastoreo, la pesca, etc.). Los campesinos conservaron durante siglos los restos de la comunidad en forma de organización social específica, protectora de sus intereses. La tierra era objeto de la producción. Había que cultivarla y luego recoger la cosecha. Para ello se necesitaban aperos agrícolas. Todo ello era propiedad de los señores feudales, que proporcionaban a los campesinos en determinadas condiciones, instrumentos y ganado. Esta parte de los medios de producción pasaba a ser propiedad de los campesinos. La economía revestía un carácter natural, típico para el modo de producción feudal. En el feudo, la producción tenía por objeto satisfacer las necesidades del feudal, laico o clerical, y de sus allegados, y en los dominios del rey, las de la corte real. Los oficios, separados de la agricultura en la época de la esclavitud, habían vuelto a unirse con aquélla como resultado del descenso económico durante el período de hundimiento del Imperio Romano. La producción feudal satisfacía las necesidades del feudal y abastecía de los artículos artesanos indispensables a los campesinos; todo lo producido, con muy pocas excepciones, se consumía dentro de la propia hacienda. Todo cuanto se producía en el feudo era fruto del trabajo campesino. Este producto puede dividirse en las tres partes siguientes:

a) la que se apropiaba el señor feudal;
b) la necesaria para el mantenimiento de la vida del campesino y de su familia; y
c) la obtenida por el campesino por encima del mínimo indispensable para la alimentación, gracias al aumento de la productividad del trabajo.

La segunda parte y la tercera eran lo que se llama producto necesario, mientras que la primera constituía el plus-producto. En consonancia con ello, el trabajo del campesino se dividía en necesario y adicional. Las condiciones de vida de los campesinos (y más tarde, de los artesanos) les obligaban a privarse hasta de lo más necesario con tal de poder pagar con las cosechas los tributos al señor feudal. La renta no se medía por las simples necesidades físicas de los feudales y campesinos. Los feudales arrebataban frecuentemente a los campesinos lo más indispensable, reduciéndolos a una vida miserable. La cuantía de la renta era función de las condiciones históricas determinadas, en primer lugar, de la relación existente entre las fuerzas de clase de los propietarios feudales y productores directos. Por consiguiente, variaba según la zona geográfica y período histórico. Los tipos de renta feudal se fueron modificando con el tiempo. Al principio, el campesino tenía que dedicar gran parte de su tiempo al trabajo en el campo señorial; es decir, se trataba entonces de la renta en trabajo. Al elevarse la productividad del trabajo del campesino y el nivel de sus hábitos laborales, los feudales estimaron conveniente concentrar la parte fundamental de la producción en la propia hacienda campesina. Así sobrevino la segunda etapa en el desarrollo de la renta feudal, cuando apareció la renta en especie. La mayor parte de la renta se percibía en concepto del pago por el uso de la tierra y de los instrumentos de producción proporcionados al campesino por el feudal. En esta categoría se incluía también el pago por el uso de los pastos y otros terrenos comunales apropiados por los señores feudales. Durante la fase inicial del Medievo se practicó la renta principalmente en trabajo, mientras que la renta en especie más bien era una excepción. Con el desarrollo de las ciudades adquirió importancia primordial la renta en dinero, porque el feudal no se contentaba ya con los productos de su hacienda, sino que, además, necesitaba dinero para comprar otros más. En la época del desarrollo de la renta en especie y, más tarde, en dinero, los tributos por el uso de la tierra representaban la parte fundamental de la renta feudal. El plus-producto se gravaba también con otras cargas, tales como pagos derivados de la dependencia personal, en primer lugar, y multas judiciales y administrativas. La dependencia personal, judicial y administrativa de los campesinos convenía a los feudales no solo como fuente de ingresos complementarios, sino que tenía además otra significación, mucho más importante. Es cierto que el pago de los tributos por el uso de la tierra implicaba elementos de dependencia económica de los campesinos. Sin embargo, para obligar al campesino, dotado de la tierra y poseedor de los instrumentos de producción, a entregar al feudal gran parte de cuanto producía se necesitaba una coerción no económica, el poder directo del feudal sobre la personalidad del campesino. La dependencia personal podía revestir formas muy distintas, desde la servidumbre hasta la limitación de los derechos de clase. El poder judicial y administrativo del feudal iba ligado estrechamente al poder que éste ejercía sobre la personalidad del campesino. La coerción no económica constituía uno de los rasgos típicos del modo de producción feudal. En la sociedad franca, la dependencia personal establecíase simultáneamente al saqueo de tierras comunales por los grandes propietarios. Los campesinos libres arruinados no tenían más remedio que pedir amparo a un vecino poderoso para quedar con vida y conservar algunos bienes en medio de guerras e incursiones constantes de los grandes feudales. Tal protección, que en estado rudimentario había existido ya en los tiempos del Imperio Romano, se llamaba patrocinio, mientras el hecho de entregarse uno a la protección de un gran terrateniente, se llamaba encomienda. Los ingresos de los feudales provenían de la sobre explotación de los productores directos: los campesinos y, más tarde de los artesanos. La inmensa mayoría de la población dependía por completo de los propietarios de la tierra, que constituían una minoría insignificante. De ahí el antagonismo principal de la sociedad feudal. Además de las clases antagónicas fundamentales –campesinos siervos vs propietarios feudales-, integraban la sociedad feudal los artesanos y otros grupos sociales. Las distintas clases y grupos sociales de la sociedad feudal se agrupaban, lo mismo que en la época de la esclavitud, en los estamentos o estados a los que distinguía su posición jurídica.

Rasgos típicos que caracterizan la formación del feudalismo en Europa Occidental: a) la creación de los grandes latifundios feudales, sobre la base de la propiedad feudal de la tierra, y el avasallamiento de la mayoría de los campesinos libres; b) la fusión de los esclavos y colonos, heredados de la época esclavista, con los campesinos siervos. Como resultado aparecieron la clase de los feudales y la clase de los campesinos, dependientes de aquéllos, y productores fundamentales de los bienes materiales. El terrateniente feudal detentaba cierto poder político. Las supervivencias de la comunidad libre de las tribus germánicas se manifestaron en la sociedad feudal en la forma de organización peculiar de campesinos siervos.

En resumen el rasgo típico del modo de producción feudal, es que la propiedad de los medios de producción principales –la tierra y los instrumentos de trabajo- era monopolio de los feudales. La concesión de esos medios al productor directo, condicionada por el carácter de la propiedad en el feudalismo, ligaba al campesino a la tierra, originando su dependencia económica y la coerción de carácter económico. Al mismo tiempo existía la dependencia personal del campesino respecto al señor, o sea, una coerción no económica, sin la cual habría sido imposible conseguir que los campesinos trabajasen en provecho de los feudales. Las formas y el grado de esa coerción variaban entre la servidumbre y la limitación de los derechos estamentales. La economía feudal tenía un carácter natural autárquico, siendo muy escasos sus contactos con el exterior. Premisa y consecuencia del sistema feudal de economía eran el nivel extremadamente bajo y el estado rutinario de la técnica. Por su esencia, el modo de producción feudal era más progresista que el esclavista, aunque ambos se basaban en la explotación de la mayoría trabajadora por la minoría dominante. A diferencia del esclavo, el campesino siervo tenía familia y pequeña hacienda propia y, por tanto, estaba interesado en su trabajo. El interés del productor directo por los resultados de su trabajo constituía la base del desarrollo de las fuerzas productivas en la sociedad feudal.

Para el feudalismo desarrollado es típico la aparición y progreso de las ciudades como centros de oficios y comercio en los que se concentraba la producción mercantil. El proceso de separación de los oficios de la agricultura, iniciado en tiempos de la comunidad primitiva y que había avanzado considerablemente durante la época de la esclavitud, quedó detenido después. En el feudalismo, los oficios volvieron a desgajarse de la agricultura como resultado de una compleja y prolongada evolución impulsada por el desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad feudal. Esos oficios pasaron a ocupar un lugar notable en las ocupaciones de la familia campesina, especializándose algunos de sus miembros en un arte mecánico determinado. Al principio, la segregación de los oficios no superó el marco del feudo. Posteriormente, al desarrollarse la especialización, el artesano acudía cada vez más a menudo al mercado para vender sus artículos y comprar cuanto necesitaba. Así, pues, se convertía en productor de mercancías, al destinar a la venta parte de su producción. La producción del artesano altamente calificado encontraba poca demanda en el campo. Además, la explotación feudal incomodaba cada vez más a los campesinos artesanos, viéndose obligados a huir del yugo del señor para vender libremente sus productos. La separación de los oficios rebasó el marco del feudo y de la comunidad rural para abarcar ya toda la sociedad. Este proceso de división social del trabajo creaba las premisas para la aparición de la contradicción entre la ciudad y el campo. Los campesino huidos de las aldeas, con permiso del señor o sin él, buscaron sitios cómodos para la venta de la producción artesana, próximos a las fuentes de materias primas y relativamente seguros. Por ello solían instalarse junto a las residencias fortificadas de los reyes, príncipes o arzobispos, o al lado de centros de gobierno administrativo o bien de grandes monasterios y abadías, también fortificados. Al trasladarse a nuevos lugares los campesinos (en general, siervos de la gleba) iban liberándose poco a poco del yugo feudal, puesto que el rey y los señores que les habían admitido estaban interesados en atraer a los artesanos y mano de obra. A medida que pasaba el tiempo, los feudales tuvieron que recurrir cada vez más a los servicios del mercado para la compra de artículos artesanos y la venta de productos agropecuarios. Los propios campesinos empezaban a adquirir algunos objetos en el mercado. La intensificación del yugo feudal impelía a los campesinos a abandonar sus aldeas, creciendo, por tanto, los poblados de carácter comercial y artesano que iban a convertirse en centros de oficios y producción mercantil. Sus necesidades en pan y otros productos agropecuarios condicionaron el comienzo del intercambio comercial entre la ciudad y el campo. La división social del trabajo, aparecida al comienzo de la evasión de los campesinos siervos, experimentó considerables progresos. La esfera única de la producción social se dividió en dos: la agraria y la industrial. Los productos se transformaron en mercancías. Al mismo tiempo se formó definitivamente una capa social nueva, la de los mercaderes. Estos compraban a los artesanos sus artículos para revenderlos luego en el mercado. Es decir, el artesano no vendía el mismo en el mercado, lo que había producido. Los campesinos huidos eran portadores de las costumbres y tradiciones propias de la comunidad. Sobre esta base se iban creando nuevas comunidades de las futuras ciudades importantes: la agricultura, a que seguía dedicándose, al principio, parte de la población, los oficios, el comercio, la defensa contra los feudales vecinos, etc. La comunidad prestaba una ayuda activa a los campesinos siervos ingresados en ella, contribuyendo a liberarles del poder de los señores feudales y a adquirir los derechos individuales y de posesión de bienes, propios del hombre libre. Poco a poco se iban creando las bases del gremio, organización de artesanos basada en los principios del gobierno comunal y que correspondía al carácter económico de una sociedad con débil desarrollo de la producción de la producción mercantil. Las ciudades medievales se encontraban en los dominios de los señores feudales y, por tanto, estaban supeditadas necesariamente al señor, que, al principio, concentraba la plenitud del poder en ellas. Los feudales procuraban extraer de las ciudades el máximo de ingresos, lo que tenía necesariamente que originar una lucha entre los municipios en proceso de formación y los señores feudales. Muchas ciudades, especialmente de las surgidas en las tierras pertenecientes al rey no habían obtenido los derechos de la comuna autónoma, pero gozaban de toda una serie de privilegios y franquicias. Los órganos electos de gobierno municipal actuaban allí de común con el representante del señor feudal o representante del rey. Pero todas las ciudades tenían un rasgo común, y consistía en que su población se había emancipado de la dependencia personal. Se consideraba libre cualquier campesino que hubiera residido en la ciudad durante un año y un día. Llegó a preponderar  en los órganos municipales la parte más rica de la población, a la que se dio posteriormente, por analogía con la antigüedad, el nombre de patriciado urbano (aristocracia). Integraban el patriciado los propietarios de tierras urbanas, los grandes mercaderes y los pocos feudales pequeños residentes en la ciudad, mientras que la masa fundamental de la población estaba compuesta de los artesanos con sus familiares. Los oficios constituían la base de la producción de la sociedad medieval. En la época del feudalismo, la pequeña producción era típica para la ciudad tanto como para el campo. El artesano, igual que el campesino, era pequeño productor. Tenía instrumentos de producción propios y una hacienda basada en el trabajo personal, con los cuales procuraba los medios de existencia sin aspirar a la obtención del beneficio. Los artesanos medievales se agruparon en gremios formados por individuos de un mismo oficio. El gremio reglamentaba la producción determinando, por ejemplo, la cantidad y las dimensiones de piezas de paño y la calidad de las materias primas. Como regla, cada artesano podía tener no más de dos oficiales y otros tantos aprendices. Los estatutos gremiales fijaban el salario de los oficiales y las reglas para la venta. También se reglamentaban los precios de los artículos manufacturados. Los gremios tenían el carácter de uniones de producción para la ayuda recíproca entre los agrupados. Desempeñaban asimismo funciones de carácter religioso, poseían sus capillas y sus santos protectores, celebraban fiestas religiosas, etc. Además, cada gremio formaba una unidad militar que, en caso de conflicto armado, actuaba con sus jefes al frente. En la mayoría de las ciudades, los gremios eran obligatorios. Nadie tenía derecho a practicar un oficio sin ser miembro del gremio correspondiente. Estaba prohibido vender en la ciudad los objetos producidos fuera de ella, sin que se hiciera excepción ni siquiera para las aldeas vecinas. La división del trabajo dentro de los gremios tenía un carácter limitado. El desarrollo de la técnica y de la especialización estimulaba el crecimiento numérico de los gremios, pero la producción seguía siendo pequeña. El número de gremios se contaba por decenas en cada ciudad, y por centenares en las grandes urbes. En París, por ejemplo, a principios del siglo XIV funcionaban 300 gremios de artesanos. Los gremios desempeñaban inicialmente un papel positivo al ayudar a los artesanos en la organización del proceso laboral y en la lucha por sus derechos. Pero más tarde empezaron a frenar el progreso económico. Los jefes gremiales se oponían a cualquier innovación o perfeccionamiento técnico. Cada gremio guardaba celosamente sus secretos de producción. En la organización de los oficios existía una especie de jerarquía feudal entre los maestros, los oficiales y los aprendices. Los maestros iban a constituir paulatinamente un grupo privilegiado. El oficial no siempre podía llegar a ser maestro. Para ascender a esta categoría, tenía que hacer la llamada obra maestra y someterla al examen de una comisión severa. Además, el aspirante aportaba una gran suma de dinero para la organización de la juerga tradicional. A medida que pasaba el tiempo era cada vez más difícil preparar la obra requerida, de modo que, prácticamente, solo podían aspirar a este título los hijos y demás parientes próximos de los maestros. Como consecuencia de esto se formó una capa permanente con los oficiales que, privados de toda esperanza en cuanto al ascenso, se agrupaban en alianzas o cofradías para proteger sus intereses. Simultáneamente se estaba operando la diferenciación, según los bienes de fortuna, entre los gremios y entre los maestros de un mismo gremio. Creció la explotación de los artesanos por el capital comercial. En los gremios de los grandes centros comerciales aparecieron personas que compraban artículos manufacturados y distribuían materias primas, procurando acaparar toda la producción de quienes les hubieren comprado éstas. Los maestros artesanos de escaso medios adquirían materias primas a crédito, para pagarlas después con su producción; poco a poco, caían bajo el domino de los acaparadores que iban a convertirse en mercaderes profesionales. A medida que aumentaba el papel del dinero, tanto los trabajadores como los feudales se veían constreñidos, cada vez con más frecuencia, a pedir préstamos. Esto provocó la aparición de un nutrido grupo de personas que acumulaban dinero para prestarlo con usura. En las ciudades del Norte de Italia, donde en los siglos XIII y XIV adquirieron gran envergadura las relaciones monetario-mercantiles, hizo su aparición la banca. Esta palabra es de origen italiano, como también la bancarrota, que quería decir el volcamiento de la mesa del banquero arruinado. Los banqueros usurario prestaban sus “servicios” también a los artesanos necesitados, contribuyendo a la depauperación de muchos de ellos. Los aprendices y oficiales, los artesanos y otros ciudadanos pobres de la ciudad medieval, opuesta a los mercaderes, usureros, artesanos acomodados y aristócratas feudales residentes en la ciudad, que formaban la capa superior de ésta. El aumento de la producción para el mercado marcó también su sello en el desarrollo de las relaciones agrarias. El papel de la renta en trabajo fue disminuyendo. La percepción y acumulación de dinero pasó a ser el objetivo principal de los señores feudales, a diferencia de lo que ocurría en la fase inicial de la Edad Media cuando el cambio de los tributos en especie por los monetarios revestía un carácter incidental y episódico. La conmutación de la renta en trabajo y en especie por dinero adquirió vastas proporciones. Los campesinos se veían obligados a vender más y más productos de su trabajo en el mercado. Los feudales concedían a los campesinos cierta autonomía económica para incrementar la renta en dinero. No importaba ya tanto la dependencia personal del campesino, pues consideraban más ventajoso trocar los tributos que ésta suponía por una gran suma en metálico. El precio de rescate que establecían era tan alto que los campesinos, a veces, no estaban en condiciones de pagarlo; exteriorizaban su protesta contra tal “liberación”. En muchos casos, los feudales tenían que recurrir a la fuerza de las armas para obligar a “emanciparse” a los campesinos. Todos los campesinos no estaban en condiciones de pagar los impuestos con que se gravaba sus parcelas. Los más pobres perdían su tierra o parte de ella. Muchas haciendas campesinas fueron a parar a manos de los usureros. El capital usurario penetraba en la esfera de las relaciones agrarias. Los campesinos necesitados hipotecaban sus parcelas a los usureros, sin poder desempeñarlas después a causa del interés elevado. Los campesinos ricos adquirían la tierra de sus vecinos, y muchos de aquéllos lograban aumentar en varias veces la superficie de sus parcelas. Muchos feudales, tanto los laicos como los eclesiásticos, abrumados por las dificultades financieras, pedían dinero a los feudales clericales más ricos y a los usureros, cayendo en dependencia respecto a éstos. Muchos de los grandes terratenientes empezaron a conceder en arriendo temporal parte de sus tierras, por un pago más elevado del que cobraban de las parcelas campesinas corrientes. Este sistema, muy ventajoso para los feudales, llamado pequeño arriendo campesino, se fue extendiendo cada vez más. La tierra se entregaba con frecuencia en condiciones de aparcería, llegando a veces a la mitad de la cosecha la cuantía del pago. La extensión del arriendo campesino atestiguaba el desarrollo sucesivo de las relaciones de producción feudales. En la vida del agro, la economía señorial fue decayendo al mismo tiempo que crecía la importancia de la hacienda campesina. Así, pues, con la extensión de las relaciones monetario-mercantiles a los campesinos se intensificó la explotación de sus miembros más pobres, en primer lugar, y de todo el campesinado en general. El desarrollo del comercio y la creación de mercados permanentes fortalecían la situación de las ciudades, que desempeñaron un papel cada vez más importantes en la vida económica de la sociedad feudal. El cambio de las condiciones sociales en virtud del desarrollo de las relaciones monetario-mercantiles planteó la necesidad de modificar la forma del poder político de la clase feudal. La nueva forma del Estado feudal reflejaba la tendencia a la centralización, motivada por la unidad económica de grandes territorios. La unificación política y la formación de Estados centralizados fueron un proceso histórico trascendental de la época del feudalismo desarrollado. Los reyes franceses redujeron a sumisión a los grandes feudales del país, uno tras otro, apoyándose en los feudales pequeños y medios que sufrían toda clase de vejaciones por culpa de aquellos. El poder real, como interprete de los intereses de la clase feudal, estimaba conveniente proteger el comercio y la industria artesana en las ciudades, por lo cual desempeñó un papel progresivo en aquel período. La clase de los feudales no se limitaba a fortalecer su dominio sobre las masas trabajadoras por medio de la explotación económica y opresión política; también se valió de un arma muy poderosa como es la ideología. En la ideología de la sociedad feudal ejercieron un papel decisivo la religión y la iglesia. Como se sabe, el cristianismo pasó a ser la religión oficial de los esclavistas en la época de los emperadores romanos. Durante la Edad Media, se convirtió en apoyo ideológico de la clase feudal dominante. La propia estructura de la iglesia católica imitaba la jerarquía clásica. El papa y la curia romana encabezaban el clero, siguiéndoles en jerarquía los cardenales, obispos, abades, etc. En los peldaños más bajos de la escala jerárquica se encontraban los curas, que mantenían contacto directo con la población. La iglesia católica era uno de los propietarios más ricos de Europa. Poseían tierras labrantías, viñedos, bosques y pastizales, así como ganado mayor, cabras, cerdos y ovejas. Además, los señores eclesiásticos recibían la décima parte del producto campesino (diezmo). La iglesia incrementaba sus riquezas a costa de una explotación despiadada de los campesinos y artesanos. En la fase inicial de la Edad Media y durante el período de feudalismo desarrollado, la cultura de la Europa Occidental tenía un carácter marcadamente clerical (católico). La filosofía antigua había sido desplazada por la teología católica. Desaparecieron las matemáticas y las ciencias naturales, ligadas estrechamente a la filosofía en la antigüedad. La literatura se redujo a vidas de “santos”, y la historia, a los anales monasteriales. La poesía, la música y todas las bellas artes estuvieron al servicio del catolicismo. La enseñanza pasó a ser monopolio exclusivo del clero.

El período de descomposición del feudalismo comienza en el siglo XVI, antecediéndole la producción capitalista, en su estado embrionario apareció ya en los siglos XIV y XV en las ciudades italianas. En cuanto a la técnica, el hombre empleó la rueda hidráulica en calidad de motor desde la época de la esclavitud, instalándola directamente en la corriente de agua. A partir del siglo XIV empezó a usarse la rueda movida por la fuerza del agua al caer de lo alto, por gravedad, constituyendo un factor de rendimiento mucho más elevado que la anterior. La rueda perfeccionada se utilizó en las ramas de producción más diversas. Esta rueda perfeccionada permitió pasar al soplado mecánico en el alto horno, inventado ya en el siglo XV. Antes, valiéndose de los fuelles accionados a mano, solo se alcanzaba reducir el metal al estado pastoso. Los altos hornos hicieron ya posible la fundición de diversos artículos de hierro. Comenzó la producción de acero. Todo ello coadyuvó al perfeccionamiento de los instrumentos de trabajo. Hicieron también su aparición los tornos y las máquinas de taladrar y pulimentar. Se inició, asimismo, el uso de mecanismos primitivos en la industria minera. En la producción textil, los telares verticales fueron cediendo su lugar a los horizontales, de un rendimiento mayor. El empleo de piezas metálicas permitió construir embarcaciones de gran capacidad, aptas para la navegación a grandes distancias. Se perfeccionó considerablemente la brújula. Se inventó la imprenta en 1443 y se dio principio a la industria de artes gráficas. Con el crecimiento de la población urbana aumentaba la demanda de alimentos. La industria en desarrollo exigía cada vez más lana, cueros, lino, cáñamo y otras plantas industriales. Durante el último período de la Edad Media experimentaron considerable progreso la ganadería, la horticultura y la vini-viticultura. El desarrollo múltiple de la industria y el avance de la agricultura profundizaron más aun la separación entre ellas y dieron lugar al nacimiento de nuevas ramas industriales. Prosiguió el aumento de la división social del trabajo, lo que suponía el desarrollo de las relaciones monetario-mercantiles y del comercio. Los mercados, que antes se limitaban a tal o cual región, adquirieron carácter nacional. El progreso del comercio, en las condiciones nuevas, contribuyó a la decadencia de la pequeña producción y a que surgieran elementos de las relaciones capitalistas de producción. El nivel relativamente de la producción mercantil  hacía que unas cuantas personas –mercaderes-, usureros, etc.- acumularan grandes sumas de dinero. Esta fue una de las premisas históricas para el surgimiento del capital. La otra se manifestó en la existencia de una masa de individuos personalmente libres, desprovistos de medios de producción y, por consiguiente, de medios de subsistencia como resultado de la expropiación violenta por parte de la clase feudal y de la burguesía naciente. En la creación de esas premisas consistió, precisamente, la esencia de la acumulación originaria del capital. La primera fase de desarrollo de la producción capitalista en la industria fue la cooperación capitalista simple. Exteriormente solo difería del taller de artesanos por un número mayor de trabajadores. Pero en esencia se trataba de que muchos trabajadores directos, convertidos en obreros asalariados, no trabajaban ya para sí mismos, sino para el capitalista, que podía ser un comerciante, acaparador, usurero o maestro artesano enriquecido. En el taller capitalista no se practico la división del trabajo, cumpliendo todos los obreros operaciones análogas. No obstante, la cooperación permitió ahorrar trabajo y elevar su productividad en comparación con el taller de artesanos. La diferencia de resultados del trabajo se la apropiaba el capitalista. El paso siguiente en el desarrollo de la producción capitalista fue la manufactura, o sea, la cooperación capitalista basada en la división del trabajo. En la manufactura se empleó, como antes, la técnica artesana. Al principio, los mercaderes, usureros o pequeños empresarios acaparaban los artículos producidos por dichos artesanos, aprovechando las dificultades materiales de éstos y su alejamiento de los mercados de venta. El acaparador establecía los precios de los artículos y suministraba a crédito materias primas e instrumentos al productor. Por fin, este acaparador terminó por convertirse en distribuidor, en empresario capitalista que pagaba un pequeño salario a los artesanos, antes independientes. Así apareció la manufactura, nuevo tipo de empresa capitalista, distinta de la cooperación simple, aunque basada también en el trabajo manual. Las empresas de éste género se creaban preferentemente a expensas del capital comercial y se les denominaba manufactura dispersa, puesto que los productores no trabajaban todavía en un local común, sino a domicilio. Otro tipo de formación de manufactura consistía en que el propio empresario compraba todas las instalaciones y materias primas necesarias y abría un gran taller en el que trabajaban obreros asalariados. En este caso se trata ya de la manufactura centralizada. La industria textil capitalista en desarrollo necesitaba más lana y mano de obra que la producción artesana. La cría de ovejas pasó a ser una ocupación ventajosa. Los numerosos rebaños exigían extensos pastizales, pero gran parte de las tierras utilizables para este fin eran pequeñas haciendas campesinas. En el siglo XVI, los lores feudales ingleses, que desde hacía mucho venían creando ovejas en sus dominios, empezaron a expulsar a los campesinos de sus tierras. La expulsión se efectuó en masa, despoblando extensos territorios. Los campesinos desahuciados, que no tenían ya bienes ni medios de subsistencia, iban a trabajar en la manufactura capitalista. A ello contribuyó también el gobierno feudal con las persecuciones de los “vagabundos” mediante leyes crueles (la llamada “legislación sanguinaria). La expropiación violenta de los campesinos, como modo de acumulación originaria de capital, tuvo lugar también en los países bajos y en Francia. Las deudas de Estado fueron un medio importante de acumulación originaria del capital. El Estado necesitaba siempre dinero para el mantenimiento del ejército y del aparato burocrático. Como generalmente los impuestos no bastaban para estos fines, el Estado feudal (en primer lugar, el francés) solía tomar a préstamo dinero de los usureros y mercaderes, pagándoles un elevado interés. Otro medio más de acumulación originaria, ampliamente fomentado por el Estado feudal, fue el proteccionismo. Los gobiernos de Francia y, más tarde, de Inglaterra y los países Bajos, gravaban con altos derechos arancelarios los artículos manufacturados de importación, prohibían la exportación de materias primas y alimentos y concedían subsidios, primas y otras ventajas a los mercaderes e industriales de su respectivo país. El saqueo de tierras recién descubiertas y convertidas en colonias, junto con la expropiación violenta del campesinado, ofrecía las mayores posibilidades para la acumulación de capital. El desarrollo de las relaciones monetario-mercantiles estimuló el afán de acumular riquezas pecuniarias en la clase feudal dominante en Europa. El deseo de adquirir oro y otros tesoros dio lugar a los “descubrimientos geográficos” y, luego, motivó la política colonialista de las potencias europeas. Los feudales y mercaderes españoles y portugueses fueron los primeros en emprender la colonización. En busca de oro los portugueses alcanzaron las costas de África y, después de doblarla, llegaron hasta la India. Desde finales del siglo XV depredaron este país, llevándose especias, oro, marfil y otras riquezas. Los conquistadores españoles saquearon las riquezas y destruyeron la cultura, altamente desarrollada, de los aztecas en México y de los incas en Perú. Aprovechando su superioridad en el armamento y con ayuda de predicadores católicos se apoderaron del continente Americano. La nación surgió sobre la base de las relaciones de producción capitalistas. Por consiguiente, los vínculos nacionales que se estaban creando eran vínculos burgueses. Siendo la burguesía una clase dominante, económica y políticamente, la nación adquiría el carácter burgués, aunque estuviera formada por todas las clases y capas de la población. Su ideología también era burguesa. El desarrollo de las relaciones capitalistas obligó a los feudales a crear una forma política nueva de su hegemonía clasista: la monarquía feudal absoluta. El desarrollo de las relaciones capitalistas en las ciudades de Italia de los siglos XIV y XV hizo surgir nuevos fenómenos en la esfera de la ideología. Se fue creando una cultura de la burguesía incipiente, llamada Renacimiento. La producción capitalista naciente despertó el interés por el estudio fundamental de los fenómenos naturales. Esta circunstancia contribuyó al impetuoso ascenso de las ciencias naturales y la técnica, iniciado a finales del siglo XV. La importancia de la producción gremial fue menguando continuamente. El desarrollo del capitalismo implicaba la formación de dos clases antagónicas, la burguesía y el proletariado. Este último creció numéricamente a cuenta de los campesinos y artesanos expropiados. Al oponerse a la religión católica que constituía la base ideológica de la sociedad feudal, la burguesía, como clase explotadora, no podía renunciar a la concepción religiosa del mundo. Por ello, no se planteó liquidar definitivamente la iglesia y la religión, sino que solo se propuso reformarlas: sustituir el catolicismo por una iglesia nueva, la protestante. El protestantismo reflejaba con la mayor idoneidad los puntos de vista e intereses de la joven burguesía. El protestantismo negaba la infalibilidad del Papa romano en las cuestiones de la fe, considerando que la única fuente de conocimiento de la verdad era la “santa escritura” (Biblia). Las ideas del protestantismo encontraron su encarnación clásica en la doctrina del predicador suizo Juan Calvino.


5. Capitales usurario y comercial: formas pre-capitalistas del capital

Marx y Engels (1894) escriben que el capital que devenga interés o, tal como podemos llamarlo en su forma antigua, el capital usurario, pertenece, con su hermano gemelo el capital comercial a las formas antediluvianas del capital, que preceden largamente al modo capitalista de producción y se encuentran en las más diversas formaciones económico-sociales. La existencia del capital usurario no exige sino que por lo menos una parte de los productos se haya transformado en mercancías y que, al mismo tiempo, con el tráfico de mercancías se haya desarrollado el dinero en sus diversas funciones. El desarrollo del capital usurario se vincula al desarrollo del capital comercial, y en especial al capital dedicado al tráfico del dinero. Se ha visto cómo con el dinero surge necesariamente el atesoramiento. Sin embargo, el atesorador profesional sólo se torna importante en cuanto se convierte en usurero. El comerciante pide prestado dinero para obtener ganancias con él, para emplearlo como capital, vale decir para desembolsarlo. También en sus formas más antiguas, pues, el prestamista de dinero lo enfrenta exactamente de la misma manera en que enfrenta al capitalista moderno. Las formas características en las que existe el capital usurario en las épocas que preceden al modo de producción capitalista son dos. Las mismas formas se repiten sobre la base de la producción capitalista, pero como formas meramente subordinadas. Estas dos formas son: primero, la usura por préstamo de dinero a nobles dilapidadores, fundamentalmente a terratenientes; segundo, la usura por préstamo de dinero al pequeño productor, que se haya en posesión de sus propias condiciones de trabajo, lo cual incluye al artesano, pero muy específicamente al campesino, ya que, en general, en las condiciones pre-capitalistas, en la medida en que las mismas admiten los pequeños productores individuales y autónomos, la clase campesina debe constituir su inmensa mayoría. Ambas cosas, tanto la ruina de los ricos terratenientes a causa de la usura como la expoliación de los pequeños productores, dan por resultado la formación y concentración de grandes capitales dinerarios. Pero en la medida en que este proceso destruya el antiguo modo de producción, tal como ocurriera en la Europa moderna, y el que remplace a éste por el modo capitalista de producción, son cosas que dependen por completo del grado de evolución histórica y de las circunstancias dadas con el mismo. El capital usurario en cuanto forma característica del capital que devenga interés corresponde al predominio de la pequeña producción, de los campesinos que trabajan personalmente y de los pequeños maestros artesanos. Cuando al trabajador las condiciones de trabajo y el producto del trabajo lo enfrentan en cuanto capital –tal como ocurre en el modo de producción capitalista desarrollado- no necesita tomar prestado dinero en su carácter de productor. Cuando lo toma, ello ocurre, como en el caso de la casa de empeños, por necesidades personales. En cambio allí donde el trabajador es propietario, real o nominal, de sus condiciones de trabajo y de su producto, se halla, en cuanto productor, en relación con el capital del prestamista dinerario, capital que lo enfrenta en su carácter de capital usurario. Newman expresa desabridamente la cosa cuando dice que al banquero se le respeta, mientras que al usurero se le odia y se le desprecia, porque el primero les presta a los ricos y el segundo a los pobres. Pues pasa por alto la circunstancia de que en este caso se halla de por medio la diferencia entre dos modos de producción social y de los órdenes sociales correspondientes a los mismos, y que la cuestión no queda zanjada con el contraste entre ricos y pobres. Por el contrario, la usura que esquilma al pobre pequeño productor va de la mano de la usura que esquilma al rico terrateniente. Una vez que la usura de los patricios romanos hubo arruinado por completo a los plebeyos romanos, a los pequeños campesinos, llegó a su fin esta forma de explotación y la economía esclavista pura asumió el lugar de la economía de los pequeños campesinos. Bajo la forma del interés, el usurero puede devorar aquí todos los excedentes por encima de los medios de subsistencia más estrictos (del monto de lo que será después el salario) de los productores (esto es, devorar lo que más tarde aparece como la ganancia y la renta de la tierra), y por ello es en extremo absurdo comparar el nivel de este interés, en el cual el prestamista se apropia de todo el plus-valor con excepción de aquello que le corresponde al Estado, con el nivel de la tasa de interés moderna, en la cual el interés –por lo menos el interés normal- sólo constituye una parte de ese plus-valor. Se olvida, al hacerlo, que el obrero asalariado produce y cede al capitalista que lo emplea la ganancia, el interés y la renta de la tierra, en suma, todo el plus-valor. Carey efectúa esta comparación absurda para demostrar con ella lo ventajoso que es para los obreros el desarrollo del capital y la disminución en la tasa de interés que acompaña a esa evolución. Además, cuando el usurero, no contento con arrancar por la fuerza el plus-trabajo de su víctima, adquiere poco a poco los títulos de propiedad sobre las condiciones de trabajo de ésta, sobre la tierra, su casa, etc., estando con ello permanentemente ocupado en expropiarla de ese modo, hay quienes vuelven a olvidar en cambio que esta total expropiación de las condiciones de trabajo del obrero, no es un resultado hacia el cual tienda el modo capitalista de producción, sino el supuesto ya acabado del cual parte. Al igual que el esclavo real, el esclavo asalariado está a salvo, por su posición, de la posibilidad de convertirse en esclavo por deudas, cuando menos en su calidad de productor; en todo caso solo puede llegar a serlo en su carácter de consumidor. El capital usurario en esta forma, en la que de hecho se apropia del todo el plus-trabajo de los productores directos sin modificar el modo de producción; en la que la propiedad o en su caso la posesión de las condiciones de producción por parte de los productores –y la pequeña producción aislada que le es correspondiente- es un supuesto esencial; en la que, por consiguiente, el capital no subordina directamente al trabajo, y por ello no lo enfrenta como capital industrial, este capital usurario causa la miseria de este modo de producción, paraliza las fuerzas productivas en lugar de desarrollarlas y perpetúa al mismo tiempo estas lamentables condiciones en las que no ocurre, como en la producción capitalista, que la producción social del trabajo se desarrolle a expensas del propio trabajo. De esta manera, la usura opera, por una parte, socavando y destruyendo la riqueza y la propiedad antiguas y feudales. Por otra parte socava y arruina la producción pequeño-campesina y pequeño burguesa, en suma, todas aquellas formas en las que el productor aparece aún como propietario de los medios de producción. En el modo de producción capitalista desarrollado, el trabajador no es propietario de las condiciones de producción, del campo que cultiva, de la materia prima que elabora, etc. Esta enajenación de las condiciones de producción con respecto al productor corresponde aquí, empero, a un verdadero trastrocamiento en el propio modo de producción. Los trabajadores aislados se reúnen en la gran fábrica para una actividad dividida y ensamblada; la herramienta se convierte en la máquina. El propio modo de producción ya no permite esa fragmentación de los instrumentos de producción vinculada con la pequeña propiedad, tal como tampoco permite el aislamiento de los propios trabajadores. En la producción capitalista, la usura ya no puede separar las condiciones de producción respecto del productor, porque ya están separados. La usura centraliza los patrimonios dinerarios allí donde los medios de producción están dispersos. No modifica el modo de producción, sino que se adhiere a él como un parásito, lo succiona y lo deja en la miseria. Lo vacía, lo enerva y obliga a que la reproducción prosiga bajo condiciones cada vez más lamentables. De ahí la aversión popular contra la usura, aversión que alcanza su punto máximo en el mundo antiguo, en el cual la propiedad del productor con respecto a sus condiciones de producción es, al mismo tiempo, la base de las condiciones políticas, de la autonomía del ciudadano. En la medida en que impera la esclavitud o en que el plus-producto resulta consumido por el señor feudal y su mesnada y el propietario del esclavos o el señor feudal sucumben a la usura, el modo de producción sigue también siendo el mismo, sólo se vuelve más duro para los trabajadores. El esclavista o el señor feudal endeudados esquilman más porque, a su vez, son más esquilmados. O bien, finalmente, ceden su lugar al usurero, quien se convierte personalmente en terrateniente o propietario de esclavos, como el caballero en la Roma antigua. El lugar de los antiguos explotadores, cuya explotación era más o menos patriarcal por ser, en gran parte, un medio de poder político, lo ocupa un advenedizo despiadado y ávido de dinero. La usura cumple una función revolucionaria en todos los modos de producción pre-capitalistas solamente por el hecho de que destruye y disuelve las formas de propiedad sobre cuya firme base y constante reproducción en la misma forma reposa la organización política. En las formas asiáticas la usura puede subsistir por largo tiempo sin acarrear otra cosa que la decadencia económica y la corrupción política. Sólo donde y cuando se hallan presentes las restantes condiciones del modo capitalista de producción, la usura aparece como uno de los medios de formación del nuevo modo de producción, por la ruina de los señores feudales y de la pequeña producción por una parte, y por la centralización de las condiciones laborales para constituir el capital, por la otra. El capital usurario posee el modo de explotación del capital sin su modo de producción. Esta relación también se repite dentro de la economía burguesa en ramos industriales atrasados o en aquellos que resisten el pasaje hacia el modo de producción moderno. Si se pretende comparar el tipo de interés inglés con el de la India, no se debe tomar en consideración la tasa de interés del Banco de Inglaterra, sino por ejemplo la de prestamistas de máquinas pequeñas a pequeños productores de la industria doméstica. Frente a la riqueza consumidora, la usura es históricamente importante por ser ella misma un proceso de surgimiento del capital. El capital usurario y el patrimonio comercial median la formación de un patrimonio dinerario independiente de la propiedad de la tierra. Cuanto menos se desarrolla el carácter del producto en cuanto mercancía, cuanto menos se haya apoderado el valor de cambio de la producción en toda su amplitud y profundidad, tanto más aparece el dinero como la riqueza propiamente dicha en cuanto tal, como la riqueza general frente a su restringido modo de presentarse en valores de uso. En ello se basa el atesoramiento. Prescindiendo del dinero en cuanto dinero mundial y tesoro, el dinero se manifiesta como forma absoluta de la mercancía principalmente en la forma del medio de pago. Y es especialmente su función en cuanto medio de pago la que desarrolla el interés y, por ende, el capital dinerario. Lo que pretende la riqueza corruptora es el dinero como dinero, el dinero como medio de comprarlo todo. (También para el pago de deudas). El pequeño productor necesita dinero, antes que nada, para pagar. (Aquí desempeña un importante papel el que las prestaciones en especie y las contribuciones a los terratenientes y al Estado se transformaran en renta dineraria y en impuestos en dinero). En ambos casos se utiliza el dinero como dinero. Por otro lado el atesoramiento sólo se torna real, sólo si cumple sus sueños en la usura. Lo que reclama el propietario del tesoro no es capital, sino dinero como dinero; pero en virtud del interés transforma ese tesoro dinerario para sí en capital, en un medio en virtud del cual se apodera del plus-trabajo en forma total o parcial, y asimismo de una parte de las propias condiciones de producción, aun cuando las mismas permanezcan enfrentándolo nominalmente como propiedad ajena. El usurero no conoce limitación alguna salvo la capacidad de pago o de resistencia de quien necesita dinero. En la producción pequeño-campesina y pequeño burguesa, el dinero se necesita principalmente como medio de compra cuando el trabajador (que en estos modos de producción es aún predominantemente el propietario de las condiciones de producción) pierde dichas condiciones por circunstancias casuales o por conmociones extraordinarias, o cuando menos si no puede reponerlas en el curso ordinario de la reproducción. Los medios de subsistencia y las materias primas constituyen parte esencial de estas condiciones de producción. Su encarecimiento puede imposibilitar su  reposición a partir de lo que rinda la venta del producto, así como simplemente una mala cosecha puede impedir que el campesino reponga las simientes. Las mismas guerras mediante las cuales los patricios romanos arruinaban a los plebeyos, obligándolos a prestaciones bélicas que les impedían la reproducción de sus condiciones de trabajo, y que por ende los hacían empobrecerse (y el empobrecimiento, restricción o pérdida de las condiciones de reproducción son aquí las formas predominantes), llenaban los depósitos y sótanos de aquéllos con el cobre (el dinero de aquel entonces) obtenido como botín. En lugar de proporcionarles directamente a los plebeyos las mercancías necesarias, los cereales, caballos, ganado vacuno, les prestaban ese cobre que era inútil para ellos mismos y aprovechaban esta situación para extorsionar enormes intereses usurarios, mediante los cuales convirtieron a los plebeyos en esclavos por deudas. Bajo Carlomagno, los campesinos francos también fueron arruinados por las guerras, de modo que no les quedó más recurso que transformarse de deudores en siervos. Como es sabido, en el Imperio Romano ocurrió a menudo que las hambrunas provocaran la venta de los hijos y que hombres libres se vendieran a sí mismos, como esclavos, a los más ricos. Esto es todo en lo que se refiere a las épocas de virajes de índole general. Consideradas en detalle, la conservación o pérdida de las condiciones de producción por parte del pequeño productor dependen de mil circunstancias fortuitas, y cada una de tales contingencias o pérdidas significa un empobrecimiento y se convierte en un punto en el cual puede asentarse el parásito usurario. El pequeño campesino no necesita sino que se le muera una vaca para quedar incapacitado de recomenzar su reproducción en la escala anterior. De ese modo cae víctima de la usura, y una vez que esto sucede no llega a librarse ya jamás de ella. Sin embargo, la función del dinero como medio de pago es el terreno propio, grande y peculiar del usurero. Cualquier prestación dineraria, interés de la tierra, tributo, impuesto, etc., que venza en un plazo dado, trae aparejada la necesidad de un pago en dinero. Por ello la usura en general se yuxtapone, desde los antiguos romanos hasta los tiempos modernos, a los arrendadores de contribuciones, arrendatarios generales,  y recaudadores generales. Entonces se desarrolla con el comercio y con la generalización de la producción mercantil la separación temporal entre compra y pago. El dinero debe entregarse en un plazo determinado. Las crisis dinerarias modernas demuestran cómo esto puede llevar a circunstancias en las que el capitalista financiero y el usurero se funden, aun hoy en día, en uno solo. Pero la misma usura se convierte en medio principal para seguir perfeccionando la necesidad del dinero como medio de pago, al hacer que el productor se vaya endeudando cada vez más profundamente y aniquilándole los medios de pago habituales al hacer que la propia presión de los intereses posibilite su reproducción regular. Aquí, la usura brota súbitamente del dinero en cuanto medio de pago y expande esa función del dinero, su terreno más peculiar. El desarrollo del sistema crediticio se lleva a cabo como reacción contra la usura. No significa ni más ni menos que la subordinación del capital que devenga interés a las condiciones y necesidades del modo capitalista de producción. En general, en el sistema crediticio moderno el capital que devenga interés se adecua a las condiciones de la producción capitalista. La usura como tal no solo subsiste, sino que entre los pueblos de producción capitalista desarrollada se la libera de las trabas que le había impuesto la antigua legislación. El capital que devenga interés conserva la forma de capital usurario frente a personas y clases o en condiciones en las cuales no se toma o no se puede tomar un préstamo de la manera correspondiente al modo capitalista de producción; cuando se toma prestado por necesidad personal, como en el caso de las casas de empeños; cuando se le presta a la riqueza para la dilapidación; o bien cuando el productor es un productor no capitalista, un pequeño campesino, artesano, etc., es decir que aun es dueño de sus propias condiciones de producción en cuanto productor directo; por último, cuando el propio productor capitalista opera en tan pequeña escala que se asemeja a los productores que trabajan personalmente. Lo que distingue al capital que devenga interés –en la medida en que constituye un elemento esencial del modo capitalista de producción- del capital usurario, no es en modo alguno la naturaleza o el carácter de ese propio capital. Solo lo diferencian las diversas condiciones bajo las cuales funciona, y por ello también la figura totalmente transformada del prestatario enfrentado al prestamista de dinero. Incluso cuando se le concede crédito a un hombre sin fortuna en su carácter de industrial o comerciante, ello ocurre confiando en que actuará como capitalista, en que mediante el capital prestado se apropiará del trabajo impago. Se le concede crédito en carácter de capitalista potencial. Cuanto más capaz sea una clase dominante de incorporar a los hombres más eminentes de las clases dominadas, tanto más sólida y peligrosa será su dominación. Esta lucha violenta contra la usura, esta exigencia del capital que devenga interés al capital industrial, es solo una precursora de las creaciones orgánicas que establecen estas condiciones de la producción capitalista en el sistema bancario moderno, sistema que por una parte despoja de su monopolio al capital usurario al concentrar todas las reservas de dinero que yacen inertes y lanzarlas al mercado dinerario, mientras que por otra parte restringe el monopolio de los propios metales preciosos mediante la creación del dinero crediticio. Es un error considerar que los recursos de los que dispone el moderno sistema bancario son solamente los recursos de los ociosos. En primer lugar está una parte del capital que los industriales y comerciantes tienen momentáneamente desocupado en forma de dinero, como reserva dineraria o como capital que aún se ha de invertir; vale decir capital ocioso, pero capital de los ociosos. En segundo lugar, la parte de los réditos y ahorros de todos, permanente o transitoriamente destinada a la acumulación. Y ambas cosas son esenciales para el carácter del sistema bancario. Pero nunca hay que olvidar que, en primer lugar, el dinero bajo la forma de los metales preciosos sigue siendo el sustrato del cual el sistema crediticio jamás podrá liberarse, conforme a su propia naturaleza. En segundo lugar, no hay que olvidar que el sistema crediticio tiene como supuesto el monopolio de los medios sociales de producción (bajo la forma de capital y propiedad de la tierra) en manos de particulares, ni que el propio sistema de crédito es, por una parte, una forma inmanente del modo de producción capitalista, y por la otra una fuerza impulsora de su desarrollo hacia su forma última y suprema posible. Con arreglo a su organización y centralización formal y tal como se manifestara ya en 1697 en Some Thoughts of the Interests of England, el sistema bancario es el producto más artificial y elaborado al que llega el modo de producción capitalista en su conjunto. De ahí el poderío tan inmenso de un instituto como el Banco de Inglaterra sobre el comercio y la industria, pese a que el movimiento real de éstos quede por completo fuera de su ámbito y a que se conduzca pasivamente a su respecto. De cualquier manera, con ello queda dada la forma de una contabilización y una distribución generales de los medios de producción en escala social, pero solo la forma. Hemos visto que la ganancia media del capitalista individual, o de cada capital en particular, está determinada no por el plus-trabajo de que se apropia este capital en primera instancia, sino por el monto del plus-trabajo global del que se apropia el capital global, en su carácter de parte proporcional del capital global, solo extrae sus dividendos. Este carácter social del capital solo se media y se efectiviza por completo en virtud del pleno desarrollo del sistema crediticio y bancario. Por otra parte, este sistema va más allá. Pone a disposición de los capitalistas industriales y comerciales todo el capital disponible y aun el potencial de la sociedad, que no haya sido ya activamente empleado, de tal modo que ni el prestamista ni el usuario de este capital son sus propietarios o productores. De ese modo deroga el carácter privado del capital e implica en sí –pero también solo en sí- la derogación del propio capital. En virtud del sistema bancario, la distribución del capital queda sustraída de las manos de los capitalistas privados y usureros en cuanto actividad particular, en cuanto función social. Pero a causa de ello, al mismo tiempo, la banca y el crédito se convierten asimismo en el medio más poderoso para impulsar la producción capitalista más allá de sus propios límites, y en uno de los vehículos más eficaces de las crisis y de las estafas. Por último, no cabe duda de que el sistema crediticio servirá como una poderosa palanca. Hemos visto que el capital comercial y el capital que devenga interés son las formas más antiguas de capital. Pero está en la naturaleza de las cosas que el capital que devenga interés se presente, en la idea popular, como la forma por excelencia del capital. En el capital comercial se produce una actividad mediadora, ya se la interprete como estafa, trabajo o como se quiera. En cambio, en el capital que devenga interés, el carácter autorreproductor del capital, el valor que se valoriza a sí mismo, la producción de plus-valor, se presenta en forma pura en cuanto calidad oculta. A ello se debe también que incluso una parte de los economistas políticos, especialmente en aquellos países en los que el capital industrial no se halla aun completamente desarrollado, como en Francia, se aferren a él como forma fundamental del capital, concibiendo la renta de la tierra, por ejemplo, solo como otra forma del mismo, ya que también en este caso predomina la forma del préstamo. De ese modo se desconoce por completo la articulación interna del modo capitalista de producción, y se pasa enteramente por alto que la tierra, al igual que el capital, solo se presta a capitalistas. Por supuesto que, en lugar de dinero, pueden prestarse medios de producción, tales como máquinas, edificios destinados a las actividades comerciales, etc. Pero en ese caso representan una determinada suma de dinero, y el hecho de que además del interés se abone una parte por el desgaste es cosa que surge del valor de uso, de la forma natural específica de estos elementos del capital. Lo decisivo es, una vez más, si se los presta a los productores directos, lo cual presupone la no existencia del modo capitalista de producción, cuando menos en la esfera en que ello acontece; o bien si se los presta a los capitalistas industriales, lo cual constituye precisamente el supuesto sobre la base del modo capitalista de producción. Más inapropiado, menos correspondiente aun al concepto es mezclar con esto el préstamo de casas, etc., para el consumo individual. Es un hecho evidente que también de este modo se estafa a la clase obrera, y de una manera que clama al cielo; pero ello ocurre igualmente en el caso del comerciante minorista que le proporciona sus medios de subsistencia. Es ésta una explotación secundaria que discurre paralela a la explotación originaria, esto es, a la que se desarrolla directamente en el propio proceso de producción. La diferencia entre venta y préstamo es aquí totalmente irrelevante y formal, sólo aparece como esencial a quienes desconocen por entero las conexiones reales. Tanto la usura como el comercio explotan un modo de producción dado, pero no lo crean, se comportan exteriormente respecto al mismo. La usura trata de conservarlo directamente para poder explotarlo en forma renovada y constante; es conservadora, y solo lo torna más miserable. Cuanto menos entren los elementos de producción como mercancías en el proceso de producción, y cuanto menos salgan de él como mercancías, tanto más aparecerá su génesis a partir del dinero como un acto especial. Cuanto más insignificante sea el papel que desempeñe la circulación en la reproducción social, tanto más floreciente será la usura. El hecho de que el patrimonio dinerario se desarrolle como un patrimonio especial significa, con respecto al capital usurario, que posee todas sus exigencias en la forma de exigencias de dinero. Se desarrolla tanto más en un país cuanto más restringido a prestaciones en especie, etc., es decir, al valor de uso, se halle el grueso de la producción. En la medida en que la usura produzca este doble efecto –en primer lugar, y en general, el de formar un patrimonio dinerario independiente junto al estamento comercial, y en segundo lugar el de apropiarse de las condiciones de trabajo, es decir el de arruinar a los poseedores de las antiguas condiciones de trabajo-, constituye una poderosa palanca para la formación de los supuestos del capital industrial. La iglesia había prohibido los intereses, pero no la venta de la propiedad para salir de apuros; ni siquiera había prohibido ceder la propiedad al prestamista de dinero por un lapso determinado y hasta la restitución del importe, a fin de que el mismo pudiese encontrar en ello su garantía, pero también, y durante su posesión y con su usufructo, la compensación por el dinero que había prestado. La propia iglesia, o las comunidades y corporaciones piadosas pertenecientes a ella, extrajeron de ella sus grandes beneficios, sobre todo en tiempos de las cruzadas. Esto llevó gran parte de la riqueza nacional a constituir lo que dio en llamarse “mano muerta”, sobre todo puesto que, de esta manera, el judío no podía dedicarse a la usura, ya que la posesión de una prenda de tal magnitud era inocultable. Sin la prohibición de los intereses, las iglesias y conventos jamás habrían podido llegar a ser tan ricos.


6. Conclusiones

El desarrollo de las fuerzas productivas constituyó la base material para el surgimiento de la propiedad privada de los medios de producción –principalmente la tierra-, así como la división social del trabajo procesos que condicionaron la aparición de las sociedades clasistas pre-capitalistas.

La comunidad primitiva igualitaria correspondió a una etapa en el desarrollo de la sociedad en las fuerzas estaban poco desarrolladas y solo eran compatibles con la propiedad comunal de la tierra como principal medio de producción.

El modo de producción “asiático” –despótico tributario- es intermedio entre la comunidad primitiva igualitaria y la sociedad clasista –esclavista o feudalista-.

Con el desarrollo de las fuerzas productivas aumento la productividad del trabajo y con ello la generación de un excedente, dando como resultado primero la propiedad privada de los objetos personales y después del principal medio de producción: la tierra. Y, con la aparición de la propiedad privada de la tierra y del esclavo, apareció el sistema esclavista, una sociedad clasista en la que las clases antagónicas fundamentales fueron la esclavista poseedora privada de los medios de producción y de la mano de obra, cuya contra-parte social fue la clase trabajadora esclava. Con la sociedad clasista aparece el Estado, poder político al servicio de la clase económicamente dominante.

La sociedad antagónica que relevo al esclavismo fue el modo de producción feudal, cuyas clases principales fueron: la feudal formada por los señores feudales propietarios de la tierra como principal medio de producción y su contra-parte estuvo formada por los campesinos siervos, cuyo plus-trabajo se apropiaba el terrateniente como renta: en trabajo, especie y dinero.

En Europa la comunidad primitiva igualitaria en general evoluciono a la sociedad esclavista y esta se transformó en el modo de producción feudal. En América la comunidad primitiva igualitaria se convirtió en sociedad feudal.

En el seno del feudalismo se abrió paso el capitalismo, cuyas condiciones fueron la expropiación de los productores directos propietarios de sus medios de producción y su conversión en mano de obra libre para ser contratada como asalariada por los nuevos propietarios privados capitalistas de los medios de producción.

El capital usurario y comercial antecedieron al capitalismo y surgieron desde el esclavismo y se adaptaron a los modos de producción con los que coexistieron. En el capitalismo se subordinan al desarrollo del capital industrial.

El comercio entre las ciudades y el campo feudal contribuyo a la declinación del feudalismo, pero fueron las contradicciones internas del modo de produccion feudal las decisivas para su desintegración y su relevo por el modo de produccion capitalista. Específicamente durante el periodo de crisis del sistema feudal un sector privilegiado de productores directos acomodados -campesinos siervos y artesanos- los que se enfrentaron a la clase feudal, la debilitaron y finalmente la derrotaron para ser realidad al capitalismo moderno basado en el capital industrial.


7. Bibliografía

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