DIALÉCTICA MATERIALISTA EN LA
SÍNTESIS CIENTÍFICA EN EL SIGLO XXI
Valentín Vásquez
San Andrés Ixtlahuaca, Oaxaca, México
Valentin02111956@gmail. com
Introducción
La
dialéctica materialista al estudiar las leyes generales que rigen el movimiento
de la materia en el universo, constituye el fundamento teórico que orienta los
descubrimientos científicos e las ciencias particulares y los generaliza
(sintetiza) y, como lo general está parcialmente contenido en los conocimientos,
es posible la deducción lógica. Respecto a la contraparte de la deducción: la inducción:
esta se mueve de los resultados empíricos obtenidos por las ciencias particulares
para elevarlos a principios generales.
Así
pues, el concurso de la dialéctica materialista como ciencia filosófica, es
indispensable para ordenar, sistematizar y generalizar o sintetizar los
conocimientos fragmentarios de las ciencias particulares. En este sentido, las
verdades parciales de las ciencias particulares se elevan a la categoría a un
mayor grado de generalización y síntesis, siendo así, un peldaño más en el logro
de verdades más integras (concretas) en la esfera del pensamiento lógico. En suma,
cuando las leyes de la dialéctica materialista se hacen conscientes en la mente
de los investigadores y se convierten en un faro que ilumina el proceso de
investigación para el logro de nuevos conocimientos científicos, de lo
contrario el proceso del conocimiento se mueve a “ciegas” en el complejo mundo
de la ciencia.
Este
escrito, es un intento de generalizar o sintetizar los descubrimientos más
importantes de la Física, Química y Biología alcanzados hasta principios del
siglo XXI.
1. Marco de referencia dialéctico
materialista
El marco de referencia dialéctico
materialista está integrado por tres leyes universales de la dialéctica
materialista, expuesta entre 1839 y 1886 por grandes pensadores alemanes, entre
los que destacan: Ludwig Feuerbach, Karl Marx y Friedrich Engels, quienes
invirtieron la dialéctica idealista del gran pensador también alemán, Friedrich
Hegel, para depurarla de su “misticismo religioso” y transformarla en
materialismo dialéctico (materia en movimiento) cuyas leyes son las siguientes:
1.1. Ley de la contradicción
Esta
ley establece que en el universo todos los procesos son contradictorios tanto
en lo material como en su expresión mental (pensamiento). Esta ley es la más
importante, ya que la contradicción es la que mueve a la materia y al
pensamiento, lo que permite definir a la dialéctica como la ciencia de la
contradicción.
1.2. Tránsito
recíproco de la cantidad vs la cualidad
Esta
ley es un caso particular de la anterior ley de la contradicción y concibe que
en el universo todos los procesos materiales y mentales, se desarrollan en
forma gradual (cantidad) y al rebasar cierto rango (medida) se produce un
cambio repentino (brusco) cono conocido como salto con el que aparece una nueva
cualidad (nuevo proceso). Los cambios cuantitativos (graduales) son
acumulativos, mientras no se rebase un límite (medida) y el salto implica la
aparición de un nuevo proceso material o mental.
1.3. Ley
de la negación de la negación
Esta
ley es la síntesis de las dos anteriores, ya que en el proceso dialéctico la
contradicción implica la eliminación de dos adversarios; es decir, se trata de
una doble negación para retornar al punto de partida, pero a un nivel superior.
De esta ley se deduce que en el universo: todos los procesos son cíclicos y se
mueven en espiral, porque no vuelven exactamente al punto de partida. Además,
establece que el movimiento (cambio o transformación) de la materia y el
pensamiento es de lo simple a lo complejo.
Las
tres leyes universales de la dialéctica materialista, son el fundamento teórico
de todas las ciencias particulares, ya que lo universal o general está
parcialmente contenido en lo particular. Es decir, que todo objeto es la unidad
contradictoria de lo general vs lo singular, puesto, que lo particular es solo
un eslabón intermedio entre ambos y son fundamentales para el estudio de los
procesos materiales y mentales específicos, de todas las ciencias particulares.
Posteriormente en el siglo XX, Lenin
hizo otras aportaciones para enriquecer a la dialéctica materialista
(materialismo dialéctico), particularmente en su obra: Materialismo y
empiriocriticismo (1908) argumenta que definir un concepto es elevarlo
a otro de mayor generalidad: por ejemplo, el carbono es un átomo y el átomo es
materia, pero para definir el concepto de materia, no se puede seguir el mismo
criterio, porque no hay otro concepto de mayor generalidad. En este caso, solo
se puede definir a la materia recurriendo a su contraparte: la conciencia. En
este sentido la materia puede ser definida como todo lo que existe, a excepción
de la conciencia y viceversa. Pero Lenin, no siguió el criterio lógico descrito
y definió a la materia como la realidad objetiva que existe independiente
de la conciencia que la refleja mentalmente. Esta argumentación es la que
utilizó para polemizar con los físicos idealistas de su época que plantearon
que la “materia había desaparecido”, con el descubrimiento del electrón en 1897
y demostrarles que la materia como realidad objetiva que existe independiente
de la conciencia, seguía siendo válida, por tratarse de una verdad absoluta,
resultado de la síntesis de verdades relativas aportadas por la Física, a pesar
de que en el siglo XX, se descubrieron otras partículas atómicas: protones,
neutrones y quarks.
Es evidente, que, sin el concurso de la
dialéctica materialista o materialismo dialéctico, las ciencias particulares en
general y la Física en particular se mueven sin “rumbo” en su quehacer
científico.
2. Física y química
Rodríguez
Quintero (2026) documenta que los protones y los neutrones están constituidos
por unidades elementales que fueron denominadas como quarks. Son los quarks los
que sienten la fuerza fuerte, portada por los gluones (partículas elementales,
específicamente bosones sin masa ni carga eléctrica, que actúan como mediadores
de la fuerza nuclear fuerte), que mantiene los núcleos ligados y, aunque no
pueden ser vistos, constituyen el sustrato elemental de la materia visible.
Se
ha alcanzado por el momento, una etapa más en el viaje iniciado por los
filósofos atomistas griegos (Leucipo, Demócrito y Epicuro) que imaginaron que
el átomo era el elemento último componente de la materia. Hoy se sabe que la
realidad es más compleja y que además de protones y neutrones, se estructura de
tres parejas de quarks y otras tres parejas formadas, cada una, por un letón
neutro y uno cargado. Todas estas partículas elementales interactúan por medio
de la fuerza débil, intercambiando tres tipos de bosones W+, W-
y Z0, o, si poseen carga,
por medio de la fuerza electromagnética, intercambiando fotones.
Solo
los quarks interaccionan entre sí a través de la fuerza fuerte, intercambiando
gluones. Como resultado de la acción fuerte, los quarks se presentan únicamente
en forma de combinaciones de dos y tres quarks, los hadrones. De todos los
hadrones, solo dos, formados por la pareja de quarks más ligera, se hallan en
la naturaleza de forma estable: protón y neutrón. Con estos se obtienen todos
los núcleos, estables e inestables, que podemos encontrar, y junto con el
leptón cargado más ligero, el electrón, se forman todos los átomos neutros que constituyen
a toda la materia, incluyéndonos a nosotros mismos.
Herrera
(2016) escribe que, en 1993, Leon Lederman, físico estadounidense, escribió con
Dick Teresi La partícula de Dios, un
libro de divulgación científica en la que relata brevemente la historia de la
física de partículas, comenzando con lo griegos para llegar hasta 1993. El
título de este libro se referís al Higgs que en ese tiempo no había sido
observado y que escaba a todo intento de verlo. Pero, ¿Qué es el Higgs? Es el
campo que faltaba en la tabla de partículas elementales que describe la
estructura de la materia. Representa el nivel de profundidad al que se ha
llegado en la búsqueda las partículas elementales, de las que se forma toda la materia
del universo.
El
Higgs descubierto en 2012, se caracteriza por que interacciona con todos los
campos de materia y de fuerza que presentan una resistencia al movimiento, es
decir, que tienen masa. Los campos de fuerza del fotón y del gluón no tiene masa
porque el campo de Higgs no interacciona con ellos. El campo de Higgs permea
todo el espacio y cuando toma un valor más bajo de energía, éste es negativo,
de tal manera que si uno quisiera anular al campo de Higgs en alguna región
sería necesario inyectar energía para lograrlo.
El
Higgs es el responsable de dar a las partículas una resistencia al movimiento,
pero además podría estar relacionado con la inflación (expansión) cósmica.
Hacyan
(2019) explica que, en enero de 2016, un equipo compuesto por más de 1000
científicos y técnicos anunció que, después de un análisis minucioso y
comparación con modelos teóricos, tenían la primera evidencia clara de haber
detectado una onda gravitacional que había llegado a la Tierra en septiembre
del 2015.
Según
el autor descrito, la propiedad fundamental de una onda de cualquier tipo -luz,
sonido, ola marina, etc.-es transportar energía sin transportar materia.
En
resumen, el autor, dice, que “tomando en cuenta que, en la teoría de Einstein,
el espacio-tiempo se curva, las ondas gravitacionales se pueden interpretar
como… ¡olas en el espacio-tiempo!:
unas olas que se propagan a la velocidad de la luz. Algo semejante a las olas
en el mar, producidas por el viento o un tsunami, que se propagan a una
velocidad de algunos metros por segundo.
¿Cómo
se manifestaría la presencia de una onda gravitacional? Siendo olas del
espacio, la forma más directa sería por la vibración de algún cuerpo material
al paso de la onda, como un corcho que flota en las olas del mar. Pero las olas
gravitacionales son extremadamente débiles, ya que la fuerza de la gravedad es
muchísimo más débil que la electromagnética.
Si
la fuerza de gravedad es tan extremadamente débil con respecto a la
electromagnética, ¿por qué es la fuerza dominante a escala astronómica? Por la
simple razón de que la gravedad es atractiva y las masas siempre se suman y
atraen entre sí, mientras que las cargas eléctricas son tanto positivas como
negativas, por lo que la fuerza eléctrica puede ser atractiva, repulsiva o
simplemente nula si las cargas se cancelan mutuamente, que es lo que sucede a
gran escala. En todos los cuerpos macroscópicos en el universo, en planetas,
estrellas o galaxias, hay un balance perfecto entre cargas eléctricas positivas
y negativas. La Tierra contiene tantos protones como electrones y su carga
eléctrica neta es cero; en cambio las masas de sus protones y electrones se
suman para dar una gran masa total que no se anula. Dicho de otro modo, sólo
hay masas positivas.
Queda
claro, pues, que las ondas gravitacionales que se puedan detectar tendrían que
ser generadas por el movimiento de cuerpos astronómicos. En cambio, basta
agitar electrones en un pequeño circuito eléctrico para producir ondas
electromagnéticas. Evidentemente, no se pueden producir ondas gravitacionales
en la Tierra como se producen ondas de radio: sólo podríamos detectar las que
provienen del cosmos, como fue lo que sucedió en septiembre de 1915.
3. Biología
Margulis
y Sagan (1986) escribieron que “la transición biológica entre bacterias y
células con núcleo, es decir, entre procariontes y eucariontes es tan repentina
que no puede ser explicada en modo alguno por cambios graduales en el tiempo. La
división entre bacterias y aquellas células nuevas es realmente la más
espectacular que se da en toda la biología. Vegetales, animales, hongos y
protistas están basados en el diseño nuclear de la célula, distinción que
refleja la herencia común de estos organismos. Juntos, estos grupos forman el
superreino de los eucariontes, que difiere radicalmente del mundo bacteriano o
superreino de los procariontes (reino Morera).
Las nuevas células, que no eran simplemente bacterias más avanzadas, eran
mayores y más complejas. Presentaban canales tortuosos de membranas internas,
incluyendo la que envolvía el núcleo. En su citoplasma flotaban orgánulos
primorosamente empaquetados que utilizaban oxígeno y eran capaces de
reproducirse.
Algunos
de los eucariontes unicelulares o protistas, como algas que dejaron estructuras
orgánicas fósiles, también poseían suspendidos en su citoplasma, paquetes
portadores de clorofila capaces de realizar fotosíntesis. Estos componentes
celulares fotosintéticos, llamados plástidos, coexistían en las algas o células
planctónicas con los componentes utilizadores de oxígeno, las mitocondrias. Igual
que las mitocondrias, los plástidos podían autorreproducirse por división directa,
a pesar de estar formando parte de una célula protista mayor. Es muy posible,
que los plástidos y las mitocondrias representen bacterias que quedaron
atrapadas dentro de otras bacterias. La súbita y generalizada aparición de
estructuras orgánicas en el registro fósil da fe del gran éxito de las nuevas
células, que eran probablemente comunidades entrelazadas de células dentro de
otras células, surgidas hace unos 1400 millones de años. Adoptando la forma del
primer plancton marino de este mundo, las nuevas células flotaban y se
reproducían en la superficie de los antiguos mares. Algunas de ellas murieron y
quedaron sepultadas bajo las extrañas formas esféricas y poligonales
convirtiendo en fósiles.
Las
nuevas células parecen haber sido confederaciones bacterianas. Cooperaron entre
ellas y centralizaron las funciones formando un nuevo de gobierno celular. Aquellos
advenedizos tenían una organización cada vez más centralizada y sus diversos
orgánulos celulares acabaron integrados a una nueva unidad biológica.
Cualquier
tipo de célula o tiene núcleo o carece de él; no se da un término medio. La
brusquedad de su aparición en el registro fósil, la total discontinuidad entre
formas vivas con y sin núcleo y la enigmática complejidad de los orgánulos
internos capaces de autorreproducirse hacen pensar que las nuevas células se
formaron por un proceso fundamentalmente distinto de la mutación simple o de la
transferencia genética bacteriana. El trabajo científico de la pasada década
nos ha convencido de que este proceso fue la simbiosis. Procariontes
independientes penetraron en el interior de otros para digerir los desechos de
la célula que los albergaba; sus productos de desecho eran utilizados, a su
vez, como alimento de la célula huésped. Como resultado de esta íntima
participación conjunta se establecieron relaciones permanentes: las células de
las siguientes generaciones eran células adaptadas a la vida en el interior de
otras células. Con el tiempo, estas poblaciones de bacterias que habían
evolucionado conjuntamente se convirtieron en comunidades de microorganismos
con una interdependencia tan arraigada que llegaron a ser, a efectos prácticos,
organismos individuales estables (protistas). La vida había dado otro paso más
hacia adelante, hacia el sinergismo de la simbiosis, dejando atrás en entramado
de la libre transferencia genética. Se mezclaron organismos separados, creando
nuevas unidades que eran superiores a la suma de sus componentes.
La
teoría endosimbiótica que explica el origen de las células eucariotas no es
nueva. Los biólogos de fines del siglo pasado, utilizando el recién inventado
microscopio compuesto, observaron inclusiones de aspecto bacteriano en células
vegetales y animales y creyeron que podían ser, o podían haber sido en el
pasado, bacterias. Ya en 1893 el biólogo alemán A. Schimper propuso la idea de
que las partes fotosintéticas de las células vegetales podían de cianobacterias
(o algas azules, como se les llamaba en aquel tiempo). Durante la primera
cuarta parte del presente siglo, el anatomista estadounidense Ivan Wallin y el
biólogo ruso Konstantin Mereschovsky llegaron, independientemente, a la misma
conclusión. En 1910 Mereschovsky, publicó una visión esencialmente moderna
sobre el origen de las células eucarióticas a partir de varios tipos de
bacterias.
El
desarrollo de la genética moderna destacó la importancia del núcleo de la
célula eucariota, y en el siglo XX ha sido normal rechazar las teorías de la
simbiosis entre células, tachándolas de ridículas y absurdas. Sin embargo,
cuando fue posible analizar el DNA, pronto se vio que esta suposición
presentaba una debilidad importante: no podía explicar la presencia de DNA en
ciertos orgánulos, ni por qué este DNA era parecido al de las bacterias y
distinto del contenido en el núcleo.
Una
de las ideas más arraigadas es que la evolución es una lucha sangrienta en la
que sólo sobrevive el más fuerte. Darwin se habría sorprendido al ver el mal
uso que se hacía de sus ideas. El utilizó la frase de Spencer “supervivencia
del más apto” refiriéndose no a fuertes músculos, hábitos depredadores o al
látigo del patrón, sino al hecho de dejar más descendencia. El mejor, en
lenguaje evolutivo, significa el más fecundo. No importa tanto el castigo de la
muerte, que es inevitable, como la propagación de la vida, que podría no darse.
Se ha hablado mucho más de la competencia, en la que el fuerte es el que vence,
que de la cooperación. Pero determinados organismos aparentemente débiles a la
larga han sobrevivido al formar parte de colectivos, mientras que los llamados
fuertes, que no han aprendido nunca el truco de la cooperación, han ido a parar
al montón de desechos de la extinción evolutiva.
Si
la simbiosis es tan frecuente e importante en la historia de la vida como
parece, habrá que reconsiderar la biología desde el principio.
La
historia de la primitiva fase puramente procariota se conserva de manera
especial en tres tipos de estructuras intracelulares. Las mitocondrias, los
plástidos (cloroplastos) y los undulipodios (cilios y flagelos para la
movilidad). Sin ellos no existirían nuestro mundo interior, el mundo que nos
rodea ni la insignificante interfase entre estos dos mundos que conocemos como
vida humana.
Con toda complejidad, la célula procariota es
una entidad muy sencilla entre las formas de vida; una membrana que rodea algo
de citoplasma salpicado por centenares de ribosomas; por el centro, flotando,
un cordón libre de DNA, casi puro que almacenas unos 4000 genes. La célula con
núcleo, por el contrario, es mayor, más compleja, está sembrada de mitocondrias
y plástidos y se mantiene unida por una estructura reticular y por el
citoplasma que se mueve alrededor de todas sus estructuras. El DNA del núcleo,
en gran parte repetitivo, se encuentra enrollado de manera apretada en los
cromosomas que están contenidos en un núcleo limitado por una membrana. Con la
capacidad de juzgar y comprender un hecho nos da la visión posterior del mismo,
las células eucariotas ahora parecen el producto de la fusión de distintos
organismos. Igual que en las empresas constituidas por seres vivos, algunas de
etas fusiones empezaron como una tentativa hostil de un organismo para dominar
a otro. Pero a lo largo de centenares de millones de años llegaron a estar tan
bien armonizadas, tan entrelazadas, que fueron necesarios el microscopio
electrónico y el análisis bioquímico para acabar con la ilusión de que la
armonía existente entre las distintas partes celulares se había dado siempre.
El
primer componente de la empresa celular que proporcionó pistas sobre su origen
fue la mitocondria. Presente en casi todas las células con núcleo, está
limitada por una membrana proporcionaba a la célula que lo rodeaba abundante
energía proveniente del oxígeno del aire. Debido a la presencia de las
mitocondrias, todos los seres vivos de la Tierra formados por células con
núcleo tienen metabolismos extraordinariamente semejantes. Dejando de lado el
metabolismo fotosintético monopolizado por plantas y algas (que es
prácticamente idéntico al de las cianobacterias), el metabolismo eucariótico es
el mismo en sus detalles fundamentales. Las bacterias, por el contrario,
presentan una gama mucho más amplia de variaciones metabólicas que los
eucariontes. Se permiten extrañas fermentaciones [oxidación anaeróbica],
producen gas metano, “comen” nitrógeno en forma gaseosa directamente del aire,
producen energía a partir de glomérulos de azufre, precipitan hierro y
manganeso al respirar, queman hidrogeno utilizando oxígeno para producir agua,
crecen en agua en ebullición y en aguas con elevadas concentraciones de sales,
almacenan energía utilizando el pigmento rojo rodopsina, y así sucesivamente. Como
grupo, las bacterias obtienen su alimento y energía con métodos muy ingeniosos,
utilizando todo tipo de fibra vegetal y residuos animales como producto
inicial. Si esto no fuera así viviríamos sobre un montón cada vez mayor de
basura. Nosotros, en cambio, utilizamos sólo uno de muchos diseños metabólicos
para la producción de energía, a saber, el de la respiración aeróbica, la
especialidad de las mitocondrias.
En
las células eucarióticas los restos de moléculas nutritivas fermentadas en el
citoplasma, tales como alcoholes y ácido láctico, entran a la mitocondria y
pasan por un ciclo de reacciones que implican la intervención de oxígeno y el
mismo tipo de cadenas de electrones que se encuentran en las bacterias aeróbicas.
Estas reacciones en el interior de las mitocondrias producen la mayor parte de
ATP necesario para la mitocondria y el resto de la célula. La oxidación de las
moléculas nutritivas origina dióxido de carbono y agua como producto residual.
Las
mitocondrias han mantenido muchos misterios respecto a su condición anterior de
organismos libres. Aunque se encuentran en el exterior del núcleo de la célula,
poseen su propio aparato genético, incluyendo su propio DNA, RNA mensajero, RNA
de transferencia y ribosomas encerrados en las membranas mitocondriales. Como
el DNA bacteriano, el suyo no está compactado en forma de cromosomas y, a
diferencia del cromosoma que se encuentra en el núcleo de la célula en que
vive, no está recubierto por ninguna capa de histona (proteína). Las
mitocondrias ensamblan proteínas en ribosomas que son muy semejantes a los
ribosomas de las bacterias.
Como
la mayor parte de las bacterias, y diferencia de la complicada reproducción de
las nucleadas, las mitocondrias se dividen en dos para reproducirse,
normalmente en momentos distintos cada una e independientemente de la
reproducción del resto de la célula.
Todo
lo anterior sugiere la explicación de que las mitocondrias fueron en un tiempo
pasado bacterias que acabaron ocultándose de manera simbiótica en el interior
de células bacterianas mayores. En suelos húmedos del proterozoico o en un
tapete microbiano con bacterias verdes o cianobacterias en el que burbujeaban
increíbles cantidades de oxígeno contaminante por toda la superficie, forzando
a todos los seres vivos a su alrededor, surgió un tipo de bacteria que podía
respirar oxígeno por la integración de mitocondrias en su interior.
Quizás
unos 100 millones de años después de que las mitocondrias quedaran integradas
en las células eucariotas, un nuevo de organismos se unió a ellas en el
citoplasma de ciertas células se trató de los plástidos (cloroplastos). Los
antepasados de los plástidos (los órganos fotosintéticos de las células con
núcleo probablemente fueron ingeridos por eucariontes. Esos antepasados de ser
las cianobacterias que se encuentran en todas partes, los mismos seres vivos
que, con tanto éxito, tejieron los tapetes microbianos y construyeron los
estromatolitos. Ingeridas de manera rutinaria, algunas de estas bacterias
resistieron la digestión en el interior de sus hospedadores con sus pigmentos
captadores de luz aún activos.
Actualmente,
encerrados en el interior de todas las plantas y de muchos protistas, los
plástidos llenan la biósfera de nutrientes y oxígeno, una contribución mucho
mayor que ninguna otra que hayan podido hacer todos los mamíferos de la Tierra
juntos. Los plástidos fabrican alimentos a partir de agua, dióxido de carbono y
luz solar.
Los
plástidos verde llamados cloroplastos de las plantas y algas verdes son mayores
e incluso más parecidos a bacterias que las mitocondrias. Tienen también su
propio DNA y RNA mensajero. Sus ribosomas también son del mismo tamaño que los
de las bacterias. Como en el caso de las mitocondrias, los plástidos se
encuentran aislados del resto de la célula por una membrana. Su DNA, al igual
que el DNA bacteriano, carece de la histona que se encuentra mezclado con el
DNA de los cromosomas. También se divide directamente en dos, como las
bacterias. Y el DNA, RNA y proteínas que producen estos orgánulos son
extraordinariamente semejantes a los de las bacterias, especialmente a los de
las cianobacterias.
Los
nuevos eucariontes se habían diversificado, y ahora algunos tenían dos
mecanismos básicos: la respiración y la fotosíntesis. Los que además
adquirieron la capacidad de nadar fueron prácticamente imparables y en su
expansión hacia ambientes compatibles cada vez más lejanos. No es sorprendente
que, en forma de algas y fitoplancton, empezaran a dominar los océanos y otros
lugares húmedos del mundo. Lo cierto es que siguieron evolucionando hasta el
punto de dejar el agua, ocupar la tierra y acabar siendo las plantas
primigenias del macrocosmos.
Respecto
a la esencia de la vida, los autores citados, escriben que la vida, ese sistema
acuático de macromoléculas basadas en el carbono, es autopoyesis reproductiva,
es decir se trata de un sistema capaz de mantenerse y reproducirse por sí
mismo. La visión autopoyética es circular. La vida es una máquina metabólica
que no sólo se reproduce, sino que almacena información intensamente y la
utiliza para poder resistir su propia desintegración.
Para
James Lovelock, la mejor representación de la vida en la Tierra, es un sistema
ambiental que se auto mantiene y la denominó Gaia, vocablo griego para desinar
a la Diosa griega de la Tierra. Se trata de un superorganismo constituido por
toda la vida en la Tierra, mantiene la composición del aire y la temperatura de
la superficie del planeta, regulando las condiciones para la permanencia de la
vida. El medio ambiente de nuestro planeta es producto de la vida y es
controlado por ella, en la misma proporción que la vida es producto del medio
ambiente y está influenciada por él. Según la idea de Lovelock, la hipótesis
Gaia, la biota terrestre, en la cual está incluida la especie Homo sapiens, autopoyética: reconoce,
regula y crea las condiciones necesarias para su continua supervivencia.
Capra
(1996) en lo concerniente a la hipótesis Gaia, cita a Lovelock:
“La
atmósfera terrestre es una extraordinaria e inestable mezcla de gases y, sin
embargo, yo sabía que se mantenía constante en su composición durante largos
períodos de tiempo. ¿Podría ser que la vida sobre la Tierra no sólo estuviese
haciendo la atmósfera, sino que además la estuviese regulando, manteniéndola en
una composición constante y a un nivel favorable para los organismos?
El
proceso de autorregulación es la clave de la idea de Lovelock. Sabía por los
astrofísicos que el calor del Sol se ha incrementado en un 25% desde el inicio
de la vida sobre la Tierra y que, a pesar de dicho aumento, la temperatura en
la superficie de la Tierra se ha mantenido constante, a un nivel confortable
para la vida, durante estos cuatro mil millones de años. ¿Y si la Tierra fuese
capaz de regular su temperatura -se preguntó- así como otras condiciones
planetarias (la composición de su atmósfera, la salinidad de los océanos, etc.)
, al igual que los organismos vivos son capaces de autorregularse y mantener
constante su temperatura corporal y otras variables vitales? Lovelock se dio
cuenta de que su hipótesis equivalía a una ruptura radical con la ciencia
convencional:
Considerad
la teoría Gaia como una teoría alternativa a la creencia convencional que ve a
la Tierra como un planeta muerto, hecho de rocas inanimadas, océanos y
atmósfera, meramente habitado por vida. Considerarlo como un sistema real
incluyendo toda su vida y todo su entorno, íntimamente acoplados para formar
una entidad autorreguladora.
Por
aquel entonces, Lovelock no tenía ni idea de cómo la Tierra podía regular su
temperatura y la composición de su atmósfera, exceptuando que sabía que los
procesos autorreguladores involucrar organismos de la biósfera. Tampoco sabía
que organismos producían que gases. Al mismo tiempo, no obstante, la
microbióloga norteamericana Lynn Margulis estaba estudiando los mismos procesos
que Lovelock necesitaba comprender: la producción y eliminación de gases por
diversos organismos, incluyendo especialmente la miríada de bacterias del suelo
terrestre.
Los
antecedentes científicos y las respectivas áreas de experiencia de Lovelock y
Margulis resultaron ser una combinación ideal. Margulis estaba en condiciones
de aclarar a Lovelock muchas cuestiones en relación con los orígenes biológicos
de los gases atmosféricos, mientras que Lovelock aportaba conceptos de química,
termodinámica y cibernética a la emergente teoría Gaia. Así, los dos
científicos pudieron desvelar gradualmente una compleja red de bucles de
retroalimentación -supusieron– era la responsable de la autorregulación del
planeta.
La
capacidad primordial de estos bucles de retroalimentación consiste en vincular
sistemas vivos con sistemas no vivos. No podemos ya pensar en rocas, animales y
plantas separadamente. La teoría Gaia demuestra que existe una íntima relación
entre las partes vivas del planeta (plantas, animales y microrganismos) y las
no vivas (rocas, océanos y atmósfera).
Según
la teoría Gaia, el exceso de dióxido de carbono en la atmósfera es absorbido y
reciclado en un extenso bucle de retroalimentación que incluye la erosión de
las rocas como elemento clave.
En
el proceso de erosión de las rocas, éstas se combinan con el agua de lluvia y
con el dióxido de carbono para formar compuestos químicos, llamados carbonatos.
El dióxido de carbono es pues retirado de la atmósfera y disuelto en soluciones
líquidas. Estos son procesos puramente químicos, que no requieren la
participación de organismos vivos.
Los
carbonatos son luego arrastrados a los océanos donde unas minúsculas algas,
imperceptibles a simple vista los absorben para construir sus delicadas
cáscaras de carbonato cálcico. Así, el dióxido de nitrógeno que estaba en la
atmósfera acaba convertido en cáscaras de estas diminutas algas. Estas, además,
absorben directamente dióxido de carbono del aire para la fotosíntesis.
Cuando
las algas mueren, sus cáscaras de carbonato de calcio precipitan al fondo de
los océanos, donde forman sedimentos masivos de piedra caliza (otra forma de
carbonato cálcico). Debido a su enorme peso, estos sedimentos de caliza se
hunden gradualmente en el manto terrestre donde se funden, llegando incluso a
desencadenar los movimientos de las placas tectónicas. en realidad, parte del
dióxido de carbono contenido en las rocas fundidas será reenviado a la
atmósfera por los volcanes para iniciar otra vuelta en el gran ciclo de Gaia.
El
ciclo entero -que vincula volcanes, erosión de rocas, bacterias del suelo,
algas oceánicas, bacterias del suelo, algas oceánicas, sedimentos de caliza y
de nuevo volcanes- actúa como un gigantesco bucle de retroalimentación que
contribuye a la regulación de la temperatura. A medida que el Sol aumenta su
temperatura, la acción de las bacterias se ve estimulada, con lo que el proceso
de erosión de las rocas se incrementa, lo que significa también una mayor
absorción del dióxido de carbono de la atmósfera y el consecuente enfriamiento
del planeta. Según Lovelock y Margulis, similares ciclos de retroalimentación
-que comprenden plantas y rocas, animales y gases atmosféricos, microorganismos
y océanos- regulan el clima de la Tierra, la salinidad de los océanos y otras
importantes constantes planetarias.
La
teoría contempla la vida de un modo sistémico, uniendo geología, microbiología,
química atmosférica y otras disciplinas, cuyos especialistas no están acostumbrados
a comunicarse entre sí. Lovelock y Margulis desafiaron los conceptos
establecidos de que éstas son disciplinas separadas, que las fuerzas de la
geología marcan las condiciones para la vida sobre la Tierra y que los animales
y plantas son meros pasajeros que hallaron, por pura casualidad, las
condiciones adecuadas para su evolución. Según la teoría Gaia, es la vida la
que crea las condiciones aptas para su propia existencia.
Cuando
las plantas absorben materia inorgánica del medio para producir compuestos
orgánicos y éstos circulan a través del ecosistema para servir de alimento de
los procesos de producción de estructuras más complejas, toda la red se regula
a través de múltiples bucles de retroalimentación. Continuamente mueren
componentes individuales de la red alimentaria, que son descompuestos y
reemplazados por los procesos de transformación de la red.
La
Tierra está cubierta con una fina película de organismos vivos –la biósfera-
que profundiza en los océanos unos diez mil metros y asciende otro tanto en la
atmósfera. Así pues, la parte viva de Gaia no es más que una delgada capa que
rodea al globo.
Al
igual que la corteza del árbol protege su fina capa de tejido vivo, la vida
sobre la Tierra está rodeada por la capa protectora de la atmósfera, que nos
resguarda de la radiación ultravioleta y de otras influencias perjudiciales,
manteniendo al mismo tiempo del planeta en el punto justo necesario para el
florecimiento de la vida. Ni la atmósfera sobre nuestras cabezas, ni las rocas
bajo nuestros pies, están vivas, pero ambas han sido considerablemente
moldeadas y transformadas por los organismos vivos, exactamente igual que la
corteza y la madera del árbol. Tanto el espacio exterior como el interior de la
Tierra son parte del medio de Gaia.
Según
la teoría Gaia, la atmósfera de la Tierra está creada, transformada y mantenida
por los procesos metabólicos de la biósfera. Las bacterias juegan un papel
crucial en dichos procesos, influyendo en la proporción de reacciones químicas
y actuando, así como equivalente de las enzimas en una célula. La atmósfera es
semipermeable -al igual que la membrana de una célula- y forma parte de la red
planetaria.
El
sistema Gaia es también claramente autogenerador. El metabolismo planetario
convierte sustancias inorgánicas en orgánicas y materia viva, restituyéndolas
después al suelo, a los océanos y al aire.
Finalmente,
el sistema Gaia es evidentemente autoperpetuante. Los componentes de los
océanos, suelo y aire, así como los organismos de la biósfera, son continuamente
reemplazados por los procesos planetarios de producción y transformación.
Así
pues, parece que la evidencia del sistema Gaia como red autopoiética es
irrefutable.
La
confianza de Margulis en la idea de una red planetaria autopoiética se basa en
tres décadas de trabajo de vanguardia en microbiología. Para comprender la
complejidad, diversidad y capacidad de organización de la red de Gaia, resulta
absolutamente indispensable una profunda comprensión del microcosmos, es decir,
de la naturaleza, extensión, metabolismo y evolución de los microorganismos.
La
vida sobre la Tierra apareció hace aproximadamente tres mil quinientos millones
de años. Durante los primeros dos mil millones, el mundo vivo consistió
únicamente de microrganismos. En los primeros mil millones de evolución, las
bacterias -la forma más básica de vida- cubrieron el planeta con una intrincada
red de procesos metabólicos y empezaron a regular la temperatura y la
composición química de la atmósfera, algo que fue favorable para la evolución
de formas superiores de vida.
Las
plantas, los animales y los seres humanos son los recién llegados a la Tierra,
habiendo emergido del microcosmos, hace menos de mil millones de años. Incluso
hoy, los organismos vivos visibles funcionan sólo gracias a sus bien
desarrolladas conexiones con la red de vida bacteriana. “Lejos de haber dejado
atrás a los microorganismos en alguna escalera evolutiva”, escribe Margulis,
“estamos rodeados y compuestos a la vez por ellos. Debemos a nosotros mismos y
a nuestro entorno como un mosaico evolutivo de vida micro cósmicas”
Durante
la larga historia de la evolución de la vida, se ha extinguido más del 99% de
todas las especies que han existido, pero la red bacteriana ha sobrevivido,
perseverando en su regulación de las condiciones aptas para la vida sobre la
Tierra, como lo había hecho a lo largo de los tres mil millones de años
precedentes.
Miríadas
de bacterias que habitan en el suelo, las rocas y los océanos, así como en el
interior de todas las plantas, animales y seres humanos, regulan continuamente
la vida sobre la Tierra.
Margulis
(2001) explica que, para entender los sistemas biológicos es importante
precisar que la reducción es equivalente a la adición de átomos de hidrogeno,
mientras que la oxidación equivale a sustraerlos. Por ejemplo, en las bacterias
fijadoras de nitrógeno, el nitrógeno se reduce a amoniaco (NH3) mientras que la fuente de
hidrogeno se oxida.
Desde
el siglo XIX, cuando empezaron a ser observadas con claridad por el
microscopio, se sospechaba que las cianobacterias habían evolucionado a partir
de las bacterias anaeróbicas fotosintéticas y, hoy en día hay bastantes hechos
que apoyan esta conjetura. En 1975 un grupo de microbiólogos israelíes estuvo
trabajando en el lago Solar, en el desierto del Negev. Es éste un pequeño lago
artificial en donde el agua caliente, a diferencia de lo que ocurre en la
mayoría de lagos, es la más profunda. En el curso de sus estudios descubrieron
el organismo filamentoso Oscillatoria
limnetica. Esta hermosa cianobacteria, cuyo nombre responde a su movimiento
por deslizamiento, resultó ser un fósil viviente, un eslabón perdido entre las
bacterias anaeróbicas fotosintéticas del azufre y las cianobacterias: si se
haya en un ambiente donde la concentración de sulfhídrico es alta y la de
oxígeno baja actúa como bacteria anaeróbica fotosintética y en vez de utilizar
el agua como donante principal de hidrogeno en la fotosíntesis, revierte a su
forma ancestral y utiliza el sulfhídrico. Después del descubrimiento de Oscillatoria limnetica los científicos
descubrieron rápidamente que muchas otras cianobacterias pueden revertir al
“modo anaeróbico” de fotosíntesis si se las coloca en las condiciones
apropiadas. Pero a diferencia de los fotosintetizadores anaeróbicos las
cianobacterias tienen dos clases de centros de reacción, y esto es lo que les
permite romper las moléculas de agua para obtener hidrogeno.
La
innovación que aportaron las cianobacterias consistió en un nuevo tipo de
centro de reacción y de las enzimas y proteínas asociados, llamado fotosistema
II.
Todas
las plantas, algas y cianobacterias, es decir todos los fotosintetizadores que
liberan oxígeno, contienen estos dos fotosistemas enlazados. No se conoce
ningún organismo que contenga sólo el fotosistema II, aunque todos los
fotosintetizadores anaeróbicos contienen sólo el fotosistema I, lo que sugiere
que éste evolucionó primero y que la fotosíntesis oxigénica evolucionó sólo
después de que el fotosistema I funcionara bien. Los fotosistemas combinados
ganaron más moléculas de ATP que el fotosistema I solo y así las cianobacterias
son fotosintetizadores más eficientes que sus antepasados anaeróbicos.
Precisamente esta eficiencia y el acceso a la más importante fuente de
hidrogeno del planeta (el agua) serían las causas de que las cianobacterias
alcanzaron un desarrollo espectacular. Una vez combinados los átomos de
hidrogeno del agua con el dióxido de carbono para formar compuestos orgánicos,
las cianobacterias eliminan las moléculas de oxígeno residuales. La acumulación
de los desechos de estos microorganismos constituyó el comienzo de la
revolución del oxígeno.
Aunque
existen ciertas variaciones de detalle entre las distintas especies de
microorganismos, la respiración aeróbica puede describirse como una combustión
controlada que rompe moléculas orgánicas y produce dióxido de carbono y agua,
compuestos poco energéticos. La energía liberada se aprovecha para producir
ATP. La fermentación [respiración anaeróbica] de una molécula de azúcar [glucosa]
produce dos moléculas de ATP; la respiración aeróbica de la misma molécula de
azúcar hasta 36 moléculas de ATP. Es evidente la mayor eficiencia energética de
la respiración aeróbica.
Las
cianobacterias fueron probablemente los primeros organismos que usaron oxígeno
en la respiración, oxígeno producido por ellas mismas y con el cual tenían que
hacer algo. Se diferencias de otros organismos aeróbicos en que solamente
respiran en la oscuridad, aparentemente porque utilizan la misma maquinaria
molecular para la cadena de transporte de electrones respiratoria y la cadena
de transporte de electrones fotosintética; los componentes compartidos no se
pueden utilizar simultáneamente en ambas vías y por lo tanto, como la fotosíntesis
se produce en la luz, la respiración ha de producirse en la oscuridad. En las
algas y en las plantas, que evolucionaron más tarde, los dos procesos pueden
darse al mismo tiempo porque se producen en diferentes partes de la célula, la
fotosíntesis se produce en los cloroplastos mientras que la respiración consume
el oxígeno excretado en las mitocondrias.
Al
generar oxígeno en la fotosíntesis y consumirlo en la respiración, las
cianobacterias, literalmente, encontraron su lugar bajo el sol. Con la luz del
sol, unas pocas sales que siempre se hallan en el agua, y dióxido de carbono en
la atmósfera, podían producir todo lo que necesitaban; ácidos nucleicos,
proteínas y vitaminas.
Finalmente,
muchas cianobacterias coloniales o filamentosas conservaron la fijación del
nitrógeno en su estrategia metabólica y desarrollaron grandes células llamadas
heterocistos (otras células) que se especializaron en la fijación del nitrógeno
atmosférico. Tales células no son una excepción al principio que establece que
la fijación del nitrógeno sólo es posible en condiciones anaeróbicas, porque
las espesas paredes de los heterocistos están diseñadas para excluir el oxígeno
y no realizan fotosíntesis oxigénica. De hecho, basan su alimentación en las
moléculas que difunden procedentes de las células fotosintéticas vecinas.
Los
tremendos cambios evolutivos que condujeron a la aparición de los animales y
plantas tenían aún que producirse, pero las cianobacterias oxigénicas habían
preparado ya el terreno para ello. Los animales, por ejemplo, no hubieran
podido aparecer antes que el oxígeno y los alimentos producidos
fotosintéticamente, de los que son totalmente dependientes. Sin embargo, la
preparación del terreno en sí misma no era suficiente. Ni los animales ni las
plantas hubieran podido evolucionar hasta que el tipo de célula del que están
hechos, la célula eucariota, hiciera su aparición.
Respecto
al origen de las células eucariotas, la autora cree que varios microorganismos
se unieron, primero por casualidad y, después, formando asociaciones más
estables. Con el paso del tiempo y conforme la presión evolutiva favorecía
dichas uniones simbióticas, los microorganismos simbiontes llegarían a estar
unidos permanentemente en un nuevo tipo de célula formada por componentes
interdependientes entre sí. Según esta teoría tres tipos de orgánulos
(mitocondrias, plástidos y undulipodios) vivieron anteriormente como
procariontes independientes, idea que explicaría el porqué de la diferencia de
materiales genéticos.
La
autora considera que el núcleo de las células eucariotas surgió para proteger
al material genético (DNA) de la reacción oxidante del oxígeno. Las membranas
de los eucariontes, al igual que las de los procariontes, se componen de
proteínas y lípidos, pero las membranas de los eucariontes contienen además una
serie de lípidos que no se encuentran en la mayoría de los procariontes. Entre
estos se encuentran los compuestos por varios anillos fusionados denominados
esteroides. Los esteroides requieren oxígeno para su síntesis, de modo que,
utilizando pequeñas cantidades de este gas para sintetizar esteroides, las
células eucariotas podían mantener el oxígeno lejos de su material genético. La
necesidad de esta segregación explicaría por qué los esteroides se
seleccionaron inicialmente. Más adelante le serían útiles a la célula eucariota
de muchas otras maneras. Por ejemplo, debido a que las membranas eucarióticas
contienen esteroides que “lubrican” las proteínas de las membranas, tales
membranas son flexibles, se rompen y fusionan fácilmente, forman vesículas y
envuelven orgánulos.
Cualquiera
que fuera su origen, la membrana nuclear tuvo probablemente una influencia
directa en el desarrollo de los cromosomas que son complejos de ADN y proteínas
densamente enrollados. Los grupos fosfato de las cadenas de del ADN tienden a
ionizarse negativamente y a repelerse unos a otros. Por lo tanto, podría
esperarse que el ADN no tolerara un empaquetamiento denso. Sin embargo, el
fluido del núcleo tiene una concentración de iones sodio notablemente superior
al del resto de la célula y los iones de sodio positivos tiende a neutralizar
los grupos fosfato que de otro modo se repelerían mutuamente. De esta manera,
el ambiente especial encerrado en la membrana nuclear puede haber favorecido la
formación de cromosomas. Actualmente, en la mayoría de los eucariontes la carga
negativa de las moléculas de DNA es neutralizada por la carga positiva de las
proteínas cromosómicas denominadas histonas.
Todas
las enzimas respiratorias de los eucariontes se hallan en las mitocondrias, que
son potentes generadores de ATP, por lo tanto, la evolución de las mitocondrias
incrementó la eficiencia de la generación de energía en el interior de la
célula.
A
diferencia de los procariotas, que pueden fermentar muchos compuestos orgánicos
diferentes e incluso extraer energía de ciertos compuestos inorgánicos, todos
los eucariontes respiradores obtienen la energía de forma muy parecida. Normalmente
el metabolismo empieza en el citoplasma, donde moléculas alimenticias, como la
glucosa, son fermentadas formando ácido pirúvico. Las moléculas de ácido
pirúvico se transforman en un compuesto denominado acetil coenzima A, que
penetra en las mitocondrias. En el interior de las mitocondrias tiene lugar una
serie de reacciones conocida por ciclo del ácido cítrico o de Krebs. Algunas de
estas reacciones rompen las moléculas orgánicas liberando dióxido de carbono.
En consecuencia, los eucariotas liberan dióxido de carbono como producto
residual de la respiración.
Durante
el ciclo de Krebs, se transfieren átomos de hidrogeno procedentes de pequeños
compuestos de carbono, a una cadena de transporte de electrones formada por la
misma clase de compuestos, citocromos y otros, que forman la cadena de
transporte de electrones en las bacterias aeróbicas. Las cadenas de transporte
de electrones de los eucariontes son todas sorprendentemente parecidas. En
todas ellas, el aceptor final de electrones es el oxígeno, que después de
recibir los electrones, se reduce a agua.
Conforme
el oxígeno de la atmósfera aumentaba, surgieron microorganismos no ya
fotosintéticos, sino únicamente respiradores, que dependían enteramente del
oxígeno para su metabolismo. Es probable que las bacterias aeróbicas con
sistemas respiratorios parecidos a los de las mitocondrias, entablaron una
asociación, primero casual, después más estable y finalmente permanente, con
bacterias anaeróbicas de mayor tamaño. En algún momento los hospedadores se
hicieron completamente dependientes de sus anteriores enemigos y los hospedados
renunciaron a su vida libre, convirtiéndose en las primeras mitocondrias. Las
mitocondrias son, por lo tanto, células en el interior de otras células. Conforme
hospedador y hospedado se hacían más dependientes uno del otro, evolucionaron
hasta producir la célula eucariota moderna.
Las
investigaciones realizadas en muchos laboratorios han demostrado que las mitocondrias
de todos los organismos contienen los componentes esenciales de los sistemas de
replicación bacterianos. Las mitocondrias tienen su propio DNA, RNA mensajero,
RNA de transferencia y ribosomas. Todos ellos envueltos por las membranas
mitocondriales.
Una
vez que las células eucariotas estuvieron bien integradas con sus hospedadores,
algunas de las células eucariotas adquirieron un nuevo endosimbionte, un
procarionte fotosintético, añadiendo de esta manera la fotosíntesis al
repertorio de reacciones generadoras de energía de los eucariontes. Dichos
simbiontes llegaron a ser completamente dependientes de los hospedadores al
igual que las bacterias convertidas en mitocondrias, y con el tiempo,
evolucionaron convirtiéndose en plástidos, orgánulos pigmentados rodeados por
una membrana que se encuentran en todos los eucariontes fotosintéticos.
Los
primeros eucariontes fotosintéticos fueron probablemente algas. Con el término
alga, que se traduce simplemente como “plantas acuáticas”, se describe más una
forma de vida que un grupo de organismos relacionados entre sí. Con este
término se ha hecho referencia tradicionalmente a la mayoría de organismos
acuáticos que viven mediante la fotosíntesis y liberan oxígeno.
Los
plástidos poseen su propio DNA y RNA y pueden sintetizar parte de las proteínas
que forman sus membranas. El DNA de los genes de los plástidos se parece al DNA
de las células procariotas; es una molécula circular no revestida por las
proteínas (histonas) que cubren el DNA de las eucariotas.
La
teoría simbiótica del origen de los plástidos propone que la fotosíntesis fue
adquirida muchas veces, y en forma ya desarrollada y refinada, por varios tipos
de células heterotróficas con núcleo, es decir protozoss (el término para los
protistas no fotosintéticos). Tras adquirir procariontes fotosintéticos estos
protozoos se convirtieron el algas móviles o inmóviles. Las algas móviles
poseían la eficiencia, la rapidez de movimientos y la capacidad de desarrollo
de los protozoos, junto a las reacciones fotosintéticas de los procariontes
aeróbicos. Así mismo, de dos formas de generar ATP, mediante las reacciones
lumínicas de la fotosíntesis y mediante la respiración. No es de extrañar que
llegaran a dominar los océanos y otros ambientes acuáticos del mundo
constituyendo el fitoplancton. En esta forma ha continuado tal dominación hasta
el presente, y además, algunas algas verdes finalmente dieron lugar a las
plantas terrestres.
El
cuanto, a los undulipodios, Margulis dice que los cilios y flagelos de los
eucariontes son tan parecidos entre sí y tan distintos de los flagelos
bacterianos, mucho más pequeños y formados por un solo filamento, se ha
sugerido que una terminología más apropiada debería reservar el término flagelo
para los procariontes y utilizar el de undulipodios (pies ondulantes) para los
eucariontes.
Se
han encontrado trazas de RNA en el interior de los cinetosomas, hallazgo que
parece apoyar el punto de vista de que los undulipodios se originaron a través
de una unión simbiótica. La hipótesis es que descienden de bacterias de vida
libre similares a las espiroquetas. Estas formaron asociaciones con protistas
heterotróficos. Las espiroquetas se adhirieron a la superficie de sus protistas
hospedadores con el fin de aprovechar el alimento excretado a través de la
membrana externa de últimos. Al cabo del tiempo las espiroquetas, gracias a su
movimiento ondulante, comenzaron a propulsar a sus hospedadores a través del
medio acuoso. Este tipo de relaciones entre espiroquetas y hospedadores son
bien conocidos en organismos que viven en la actualidad.
Fuere
cual fuere la forma en que ocurrió la asociación de espiroquetas y protistas,
la evolución de los undulipodios formados por microtúbulos constituyó un gran
avance en el desarrollo de las células.
Gould
(2004) dice que Goethe eligió la botánica para su estudio más extensivo y,
probablemente, su contribución más lúcida a la ciencia. En este importante
trabajo, Goethe aplicó a las plantas la misma visión que Geoffroy y Owen luego
al tratar al tratar de reducir la gran complejidad t diversidad de la forma
animal (al menos la vertebrada) al patrón generador único de un arquetipo
vertebral. Para Goethe, la hoja representaba una forma arquetípica para todas
las partes vegetales derivadas del tallo central (desde los cotiledones hasta
los frutos, pasando por las hojas caulinares y los sépalos, pétalos, pistilos y
estambres de las flores.
La
síntesis común del sistema de Goethe -todo es hoja-no debería tomarse al pie de
la letra como la reducción de toda la diversidad de partes vegetales a la forma
de una hoja caulinar típica. Tal lectura contravendría el carácter platónico de
los arquetipos en la teoría formalista. La “hoja” representa un principio
generador abstracto, del que las hojas caulinares son la expresión menos
alterada. Goethe escribe: “Deberíamos disponer de un término general para
designar este órgano tan diversamente metamorfoseado y con el que comparar
todas las manifestaciones de su forma. […] Podríamos afirmar de manera
equivalente que un estambre es un pétalo contraído o que un pétalo es un
estambre expandido; que un sépalo es una hoja caulinar contraída que tiende a
cierto grado de refinamiento, o que una hoja caulinar es un sépalo expandido
por el influjo por el influjo de una sabia elaborada” (1790).
En
su ensayo, Goethe expresó el meollo de su sistema en un tono mesurado (1790):
“los órganos vegetativos y florales de la planta, aunque en apariencia
disímiles, se originan todos de un único órgano, a saber, la hoja”. En privado
se mostraba más efusivo. “[He reducido] los múltiples fenómenos específicos en
el magnífico jardín del universo a un principio general simple”. Ante amigos,
como el filósofo J.G. Herder, podía francamente mostrarse exaltado: “La planta
arquetípica, tal como yo lo veo, será la creación más maravillosa del mundo
entero, y la naturaleza misma me envidiará por ello. Con este modelo y su llave
de acceso, uno podrá inventar plantas […] que, aunque no tengan una existencia
real , podrían tenerla, pues no serían meras imágenes pintorescas, ni visiones
o ilusiones poéticas, sino organismos con una verdad y una lógica internas. La
misma ley será aplicable a cualquier ser vivo”.
Probablemente
en el arquetipo abstracto de Goethe se inspiró Hegel, para fundamentar su
dialéctica idealista del concepto (Idea, Espíritu, Dios) como creador de la
naturaleza, ya que tenía al poeta en una gran estima.
Respecto
a la teoría de la evolución, Gould cita a Curtis y Barnes 81985):
“Aunque
el registro fósil documenta muchas etapas importantes de la historia evolutiva,
hay numerosos vacíos. […] Por supuesto, se han descubierto mucho más fósiles en
los cien años pasados desde la muerte de Darwin. No obstante, se han encontrado
menos ejemplos de cambio gradual de lo que podía esperarse. Hasta hace poco, la
discrepancia entre el modelo de cambio filético y la pobre documentación de
dicho cambio en buena parte del registro fósil mismo. Hace alrededor de una
década, dos jóvenes científicos, Niles Eldredge, del Museo Americano de
Historia Natural, Stephen Jay Gould de la Universidad de Harvard, aventuraron
la propuesta radical de que, después de todo, el registro fósil podría no ser
tan imperfecto. Tanto Eldredge como Gould se formaron en geología y
paleontología de invertebrados, y a ambos les impresionaba la escasa evidencia
de cambio filético en las especies fósiles que estudiaban. Típicamente una
especie aparecía de manera abrupta en los estratos fósiles, duraba de 5 a 10
millones de años, y desaparecía con un aspecto no muy distinto del que tenía en
primera instancia. Otra especie, emparentada pero distinta –“plenamente
formada”-, tomaba su lugar, persistía sin apenas cambio y desaparecía de manera
igualmente abrupta. Supongamos, argumentaron Eldredge y Gould, que estos largos
períodos sin cambios (“estasis” es la palabra que usan) puntuados por vacíos no
son defectos del registro, sino que son el registro, la evidencia de lo que
realmente pasa”.
“¿Cómo
podría aparecer una nueva especie tan súbitamente? La respuesta la encontraron
en el modelo de especiación alotrópica. Si las nuevas especies se forman
principalmente a partir de poblaciones pequeñas en la periferia de la
distribución geográfica de las especies, si la especiación procediera
rápidamente (por “rápidamente” los paleontólogos entienden miles en vez de
millones de años) y si la nueva especie venciera en la competencia con la vieja
y conquistara su dominio geográfico, la pauta fósil sería la observada. […]
Nick
(2008) respecto del origen de la vida, en una de sus lecciones de su obra, dice
que es importante destacar que de la década de 1920-1930 Oparin y Haldane
publicaron obras acerca del origen de la vida, en las que señalaron su origen
químico en las condiciones de una Tierra, cuya atmósfera era reductora
(ausencia de oxígeno molecular) en la que la que predominaban el hidrógeno y
sus compuestos: el amoniaco (NH3), el metano (CH4) y el vapor de
agua (H2O).
Una
vez dicho lo anterior, el autor al explicar el experimento que Stanley Miller
desarrolló en 1953: “Miller llenó un gran matraz de vidrio con agua y una
mezcla de gases para simular lo que para él era la composición primordial de la
atmósfera de la Tierra. Se cree gracias a la espectroscopía que los gases
elegidos constituían la atmósfera de Júpiter, y se daba razonablemente por
sentado que algunos también abundaban en la Tierra joven, a saber, el amoniaco,
el metano y el hidrógeno. Miller hizo pasar chispas eléctricas por esta mezcla
para simular rayos y aguardó. Al cabo de unos días, unas semanas, unos meses,
tomó muestras y las analizó para determinar exactamente qué estaba cocinando. Y
sus conclusiones superaron incluso sus imaginaciones más disparatadas.
Lo
más sorprendente es que los aminoácidos contenidos en la sopa de Miller solían
ser los mismos que los utilizados en la vida, y no otras sacados al azar de un
gran depósito de estructuras potenciales. En otras palabras, Miller electrificó
una mezcla simple de gases, y en ella cuajaron todos los componentes básicos de
la vida. Fue como si hubieran estado esperando que les dieran la oportunidad de
existir. De repente el origen de la vida parecía fácil.
Simulaciones
más realistas de la atmósfera primigenia resultaron decepcionantes. Si hacemos
pasar descargas eléctricas a través de una mezcla de dióxido de carbono y
nitrógeno con trazas de metano y otros gases, la producción de moléculas
orgánicas disminuye de manera deprimente. Apenas un aminoácido a la vista. La
sopa primordial acabó siendo poco más que una curiosidad, aunque todavía una
excelente demostración de que era posible
fabricar moléculas orgánicas con medios sencillos en el laboratorio.
Las
moléculas de la comida quieren de veras reaccionar con el oxígeno, pero por
suerte no lo hacen espontáneamente, de lo contrario acabaríamos envueltos en
llamas. Sin embargo, la llama de la vida, la combustión lenta que nos sustenta,
es exactamente una de reacción de este tipo: el hidrógeno desprendido de los
alimentos reacciona con el oxígeno para liberar toda la energía que necesitamos
para vivir. En el fondo, toda la vida
está sustentada por una reacción principal de un tipo similar: una reacción
química que quiere producirse, y libera energía que puede ser utilizada para
accionar todas las reacciones secundarias que constituyen el metabolismo. Toda
esta energía, toda nuestra vida, se reduce a la yuxtaposición de dos moléculas
en total desequilibrio entre sí, hidrógeno y oxígeno: dos cuerpos opuestos que
conforman una feliz unión molecular con una abundante descarga de energía, que
deja sólo un pequeño charco de agua caliente.
La
idea de que replicantes como el ARN fueron los primeros fragmentos de vida,
anterior a cualquier fuerza impulsora termodinámica, es, en palabras de Mike
Russell, “como quitarle el motor a un coche y esperar que el ordenador
regulador se encargue de la conducción”. Pero, si no procedía de una sopa, ¿de
dónde procedía el motor?
La
primera pista de una respuesta apareció a principios de la década de 1970,
cuando se observaron columnas cada vez mayores de agua templada en la falla
[geológica] de las Galápagos, no lejos de las islas Galápagos. Las islas cuya
riqueza en otro tiempo sembró en la mente de Darwin la semilla del origen de
las especies ofrecía ahora, muy apropiadamente, una pista del origen de la vida
misma.
Durante
años pasó poca cosa. En 1977, ocho años después el Alvin [sumergible de investigación] descendió a la falla en busca
de las chimeneas hidrotérmicas marinas que probablemente originaban los
penachos de agua templada, y como era de esperarse las encontró. De todos
modos, aunque su existencia apenas causó sorpresa, la pura exuberancia de vida
en las profundidades oscuras supuso una verdadera conmoción. Había gusanos de
tubo gigantes, algunos de hasta dos metros y medo, mezclados con almejas y
mejillones grandes. Si en las profundidades marinas no son infrecuentes los
gigantes, su gran abundancia era pasmosa. Las densidades de población en las
chimeneas de las profundidades marinas son comparables a las de los bosques
ecuatoriales o los arrecifes de coral, pese a ser impulsadas por las
exhalaciones de las chimeneas y no por el Sol.
Cuando
el agua del mar se filtra hasta el magma de debajo de las fumarolas, se
calienta muchísimo y se carga de minerales y gases, especialmente sulfuro de
hidrogeno. Las bacterias sulfurosas pueden extraer hidrogeno de esta mezcla y
unirlo al dióxido de carbono para formar materia orgánica. La reacción constituye
la base de la vida en las chimeneas, permitiendo a las bacterias prosperar sin
entrada directa del Sol. De todos modos, la transformación de dióxido de
carbono en materia orgánica requiere energía, y para proporcionarla, las
bacterias sulfurosas necesitan oxígeno. La reacción del sulfuro de hidrogeno
con el oxígeno la libera energía que acciona el mundo de las chimeneas, y es
equivalente a la reacción del hidrogeno y el oxígeno que acciona nuestra vida.
Los productos son agua, como antes, pero también azufre elemental, el bíblico
fuego del infierno que su nombre a las bacterias sulfurosas.
Wächtershäuser
propuso, para el origen de la vida, un esquema químico que no se parecía a
ninguna otra cosa. La energía liberada en la formación de piritas no basta para
transformar el dióxido de carbono en materia orgánica por lo que a
Wächtershäuser se le ocurrió que el monóxido de carbono era un intermediario
más reactivo; de hecho, este gas se detecta en las chimeneas ácidas. También
promovió otras reacciones orgánicas lentas con diversos minerales de
hierro-azufre, que parecían tener extraños poderes catalizadores. Y encima, él
y sus colegas consiguieron realizar muchas de estas reacciones teóricas en el
laboratorio, con lo que se probó que no eran sólo verosímiles. Fue un tour de force que acabó con décadas de
ideas sobre el origen de la vida y evocó un entorno infernal constituido por
los ingredientes más inesperados, en esencia sulfuro de hidrogeno, monóxido de
carbono y pirita de hierro.
Wächtershäuser
y Russell coinciden en que las chimeneas hidrotérmicas son esenciales para el
origen de la vida; pero, aparte de esto, donde uno ve negro, el otro ve blanco.
Uno postula vulcanismo, el otro su antítesis; uno prefiere ácidos, el otro
álcalis. Para ser ideas que a veces confunden, tiene muy poco en común.
La
reacción del agua del mar con rocas procedentes del manto hace más que impulsar
simplemente el implacable vulcanismo del planeta. También libera energía en
forma de calor, junto con grandes cantidades de gases como el hidrogeno. El
principal gas que emana es el hidrogeno, simplemente porque el agua de mar es
sobre todo agua; pero hay cantidades más pequeñas de otros gases que recuerdan
la mezcla de Stanley Miller, muy útiles para generar los precursores de
moléculas complejas como las proteínas y el ADN. Así pues, el dióxido de
carbono se transforma en metano; el nitrógeno regresa como amoniaco, y el
sulfato es eructado como sulfuro de hidrogeno.
El
calor y los gases vuelven a la superficie, donde se abren paso como el segundo
tipo de chimeneas hidrotérmicas.
Difieren
de las chimeneas negras en prácticamente todos los detalles. Lejos de ser
ácidas, suelen ser muy alcalinas.
En
un documento de 1994, Russell y sus colegas sugerían que:
La
vida surgió de agregados cada vez mayores de burbujas de sulfuro de hierro que
contenían una solución alcalina e hidrotérmica muy reducida. Hace cuatro mil
millones de años, estas burbujas se hincharon hidrostáticamente en fuentes
termales submarinas sulfurosas ubicadas a cierta distancia de los centros de
extensión oceánicos.
Las
palabras fueron visionarias, pues en aquella época aún no se había descubierto
ningún sistema tal de chimeneas alcalinas vivas en las profundidades marinas. Después,
con el inicio del nuevo milenio, científicos a bordo del sumergible Atlantis se
tropezaron precisamente con esta clase de chimenea, a unos quince kilómetros de
la dorsal atlántica, en una montaña bajo el agua que casualmente tenía el
nombre de macizo Atlantis. Inevitablemente bautizada como Ciudad Perdida por la
metrópolis mítica, las delicadas columnas blancas y los dedos de carbonato que
alcanzaban la impenetrable negrura que el nombre fuera sorprendentemente
adecuado.
En
la Ciudad Perdida, la vida se crea a partir de la reacción del hidrogeno y el
dióxido de carbono, la cual en realidad constituye la base de toda la vida en
nuestro planeta. En la Ciudad Perdida, algo insólito, la reacción es directa,
cuando en casi todos los demás casos es indirecta. El hidrogeno puro, en bruto,
borbotando en forma de gas, es un regalo inhabitual en nuestro planeta, por lo
que normalmente la vida se ve obligada a buscar suministros ocultos, unidos en
fuertes enlaces moleculares a otros átomos, como sucede en el agua o el sulfuro
de hidrogeno. Para arrancar el hidrogeno de estas moléculas y unirlo al dióxido
de carbono hace falta energía, energía que en última proa instancia procede del
sol en la fotosíntesis o del aprovechamiento de los desequilibrios químicos en
el mundo de las chimeneas. Sólo en el caso del propio gas hidrogeno es
espontánea la reacción, aunque también desesperadamente lenta. Sin embargo,
desde una perspectiva termodinámica, la reacción es un almuerzo gratis por el
que encima cobramos. En otras palabras, la reacción genera moléculas orgánicas
directamente, y en seguida libera una cantidad considerable de energía que, en
principio, puede ser utilizada para accionar otras reacciones orgánicas.
Así
pues, las chimeneas alcalinas de Russell satisfacen los requisitos como
creadores de vida. Son una parte esencial de un sistema que remodela la
superficie del globo, lo que favorece su agitado vulcanismo. Están en
permanente desequilibrio con los mares, haciendo burbujear una provisión
continua de hidrogeno que reacciona con el dióxido de carbono para formar
moléculas orgánicas. Constituyen un laberinto de compartimentos porosos, que
retienen y concentran cualquier molécula orgánica producida, con lo que es
mucho más probable el ensamblaje de polímeros como el ARN.
Así
pues, hemos propuesto las chimeneas hidrotérmicas templadas en las
profundidades marinas, que hacen borbotar gas hidrogeno en un mar saturado de
dióxido de carbono, como escenario más probable del origen de la vida.
Si
Martin y Russell están en lo cierto, los antepasados remotos de las arqueas
estaban realizando el mismo conjunto de reacciones en un entorno casi idéntico,
hace 4000 mil millones de años, en los albores de la vida. De todos modos, la
reacción del hidrogeno con el dióxido de carbono no es tan sencilla como suena,
pues las dos moléculas no se combinan de forma espontánea. Son más bien
“tímidas”, y un catalizador debe convencerlas de que bailen; y también
necesitan una pequeña entrada de energía para ponerse en marcha. Solo entonces
se unen realmente, al hacerlo liberan bastante más energía. El catalizador es
muy simple. Las enzimas que catalizan actualmente la reacción contienen en sus
núcleos pequeñas agrupaciones de hierro, níquel y azufre con una estructura muy
parecida a un mineral hallado en las chimeneas. Esto da a entender que las
células primordiales simplemente incorporaron un catalizador ya existente,
rasgo que indica la gran antigüedad de la vía, pues no conlleva la evolución de
proteínas sofisticadas. Tal como dijeron Martin y Russell, la vía tiene raíces
rocosas.
La
fuente de energía necesaria para poner las cosas en marcha, al menos en el
mundo de las chimeneas, resulta ser las propias chimeneas. Lo revela un
producto de reacción inesperado: una forma reactiva de vinagre conocida como acetil tioéster. Se forman acetil-tioésteres
porque el dióxido de carbono es muy estable y resiste el ataque del hidrogeno,
pero es muy vulnerable a los “radicales libres” más reactivos de carbono o
azufre hallados en las chimeneas. De hecho, la energía necesaria para convencer
al dióxido de carbono de que reaccione con el hidrogeno procede de las propias
chimeneas en forma de radicales libres reactivos, los cuales dan origen a los
acetil-tioésteres.
Las
bacterias no pueden eludir esta ecuación: ninguna puede crecer gracias a la
reacción directa del hidrogeno con el dióxido de carbono usando sólo ATP. Y sin
embargo crecen mediante el ingenioso método de quimiósmosis, propuesto por el
químico Peter Mitchell, premio Nobel en 1978. El premio por fin acabó con
décadas de encarnizadas disputas. En la actualidad, sin embargo, con la
perspectiva de otro milenio, vemos que el descubrimiento de Mitchell está entre
los más importantes del siglo XX. No obstante, incluso los pocos investigadores
que durante largo tiempo defendieron la importancia de la quimiósmosis se las
ven t las desean para explicar por qué un mecanismo tan extraño debe ser
omnipresente en la vida. Como el código genético es común a todas las clases de
vida, y parece haber sido una propiedad del último antepasado común universal,
LUCA.
En
líneas muy generales, la quimiósmosis es el movimiento de protones a través de
una membrana (de ahí el parecido el parecido con el nombre de ósmosis, el
movimiento de agua a través de una membrana). En la respiración, lo que sucede
es esto. Los electrones se desprenden de los alimentos y pasan por una cadena
de portadores hasta el oxígeno. La energía liberada en varios puntos se utiliza
para bombear protones a través de una membrana: el resultado es un gradiente de
protones a un lado y al otro de la misma. La membrana funciona un poco como una
presa hidroeléctrica. Igual que el agua que baja de un embalse acciona una
turbina para generar electricidad, en las células el flujo de protones a través
de turbinas proteínicas de la membrana acciona la síntesis de ATP. Este
mecanismo fue una sorpresa total: en vez de tener una sencilla reacción entre
dos moléculas, se intercaló un extraño gradiente de protones.
Si
Martin y Russell están en lo cierto y las formas más tempranas de vida
surgieron de esta reacción, la vida sólo pudo abandonar las chimeneas de las
profundidades marinas mediante quimiósmosis.
Recordemos
que las chimeneas hacen burbujear fluidos alcalinos en un mar que se está
volviendo ácido debido al dióxido de carbono disuelto. Los ácidos se definen en
términos de protones: un ácido es rico en protones; un álcali pobre. Así, hacer
borbotear líquidos alcalinos en mares ácidos genera un gradiente natural de
protones. En otras palabras, las células de las chimeneas alcalinas de Russell
son quimiosmóticas de manera natural. El propio Russell señaló esto hace muchos
años, y la comprensión de que las bacterias no podían abandonas las chimeneas
sin quimiósmosis fue uno de los frutos de su colaboración con Martin, que
estudiaba la energía de los microbios.
La
vida no podía dejar las chimeneas hasta haber aprendido cómo aprovechar su
propio gradiente su propio gradiente quimiosmótico, pero sólo podía utilizar el
gradiente genes y ADN. Parece ineludible: en su criadero rocoso, la vida debe
de haber desarrollado un sorprendente grado de sofisticación.
Esto
dibuja un extraordinario retrato del último antepasado común de todas las
formas de vida en la Tierra. Si Martin y Russell tiene razón -y yo creo que la
tienen-, ese antepasado no era una célula de vida libre, sino un laberinto
rocoso de células minerales, revestido de paredes catalizadoras compuestas de
hierro, azufre y níquel, y activado por gradientes naturales de protones. La
primera vida fue una roca porosa que fue generando moléculas complejas y
energía hasta llegar a los genes y el ADN.
Nick
(2008) en otra lección de su obra, acerca de la fotosíntesis habla de que el
oxígeno es la clave de la vida planetaria. Siendo sólo un producto de desecho,
es realmente la molécula que fabrica un mundo. Resulta liberado por la
fotosíntesis tan deprisa que acaba colmando la capacidad para absorberlo. Al
final, todo el polvo y el hierro de las rocas, todo el azufre de los mares y el
metano del aire, todo aquello que puede ser oxidado es oxidado, y se vierte
oxígeno libre en el aire y los océanos. Una vez allí, el oxígeno pone fin a la
pérdida de agua del planeta. El hidrogeno, cuando es liberado del agua,
inevitablemente se encuentra con más oxígeno antes de conseguir llegar al
espacio. Reacciona con rapidez para formar otra vez agua, que ahora llueve
desde el cielo, lo que detiene la pérdida de los mares. Y cuando el oxígeno se
acumula en el aire, se forma un escudo de ozono, que reduce la virulenta de los
rayos ultravioleta y hace que el mundo sea un sitio más habitable. El oxígeno
no sólo salva la vida al planeta: infunde vigor a toda la vida, y hace que ésta
florezca. Las bacterias pueden vivir perfectamente sin oxígeno, tienen una
habilidad sin parangón en electroquímica: son capaces de hacer reaccionar
juntas prácticamente todas las moléculas para obtener un poco de energía. Sin
embargo, la suma total de energía que pueden obtener de la fermentación, o en
la reacción entre dos moléculas como el metano y el sulfato, es desdeñable en
comparación con el poder de la respiración mediante oxígeno (literalmente
quemar alimentos con oxígeno), oxidándolo totalmente hasta convertirlo en dióxido
de carbono y vapor de agua. Ninguna otra cosa puede suministrar la energía
necesaria para satisfacer las demandas de la vida multicelular. Los animales,
las plantas, todos dependen del oxígeno durante al menos parte de su ciclo
vital.
La
depredación aumenta el tamaño de los animales, impulsando una carrera armamentista
entre depredadores y presas. Los caparazones luchan contra los dientes, el
camuflaje engaña al ojo, y el tamaño intimida tanto al cazador como al cazado. Con
el oxígeno, por tanto, la depredación es provechosa; y a los depredadores el
tamaño les resulta provechoso. Así, el oxígeno genera organismos grandes, no
sólo viables, sino también probables.
También
ayuda a construirlos. La proteína que procura a los animales su resistencia a
la tensión es el colágeno, la principal proteína de todos los tejidos
conectivos, tanto calcificada en los huesos como “desnuda” en los ligamentos,
los tendones, el cartílago o la piel. El colágeno es con mucho la proteína más
abundante en los mamíferos, constituyendo un 25% del total de las proteínas
corporales. Fuera de los vertebrados, también es el componente crítico de
conchas, cutículas caparazones y tejidos fibrosos de todas clases -la “cinta y
el pegamento” del conjunto del mundo animal-. El colágeno se compone de algunos
elementos esenciales poco corrientes que requieren oxígeno libre para formar
enlaces cruzados entre fibras proteínicas adyacentes, lo cual proporciona a la
estructura global una elevada resistencia a la tensión. El requisito de oxígeno
libre viene a decirnos que los animales grandes, protegidos con conchas o
esqueletos fuertes, sólo pudieron evolucionar cuando los niveles de oxígeno
atmosférico fueron lo bastante elevados para sustentar la producción de
colágeno, un factor que quizá contribuyó a la brusca aparición de animales
grandes en los registros fósiles a principios del período cámbrico, hace 550
millones de años, poco después de un gran aumento general del oxígeno
atmosférico.
La
necesidad de oxígeno para la producción de colágeno parece no ser más que un
accidente: si no colágeno, ¿Por qué no otra cosa sin el requisito del oxígeno
libre? ¿El oxigeno es necesario para proporcionar resistencia o es sólo un
ingrediente aleatorio que se incorporó casualmente y luego ya se quedó para siempre
como parte de la receta? En realidad, no lo sabemos, pero es llamativo que las
plantas superiores también precisen oxígeno libre para formar su soporte
estructural mediante el fortísimo polímero denominado lignina, que da a la
madera su resistencia flexible. La lignina se forma de una manera caprichosa,
utilizando oxígeno libre para construir enlaces cruzados entre cadenas, muy
difíciles de romper, razón por la cual la madera es tan fuerte y tarda tanto en
pudrirse. Si elimináramos la lignina de la madera de los árboles, éstos se
desplomarían, incapaces de aguantar su propio peso siquiera en la más ligera
brisa.
La
sede de la fotosíntesis, es el cloroplasto y se observa en todas las células
fotosintéticas de todas las plantas y las algas. Los cloroplastos son
omnipresentes y están obviamente relacionados entre sí.
Comparten
una historia secreta. La pista acerca de su pasado reside en su tamaño y su
forma: parecen bacterias que viven que viven dentro una célula huésped más
grande. Esta insinuación de ascendencia bacteriana se ve confirmada por la
existencia de anillos de ADN independientes en todos los cloroplastos. Estos
anillos de ADN se copian cada vez que los cloroplastos se dividen, y pasan a
los descendientes igual que sucede en las bacterias. La secuencia detallada de
letras en el ADN cloroplástico no sólo corrobora el vínculo con las bacterias,
sino que también señala con un dedo acusador a los parientes vivos más
cercanos: las cianobacterias. Por último, aunque no por ello menos importante,
el esquema Z de la fotosíntesis en las plantas, junto con sus cinco partes
componentes, se prefigura exactamente (aunque con una maquinaria más simple) en
las cianobacterias. En resumen, no hay duda de que los cloroplastos fueron
antaño cianobacterias de vida libre.
En
otro tiempo llamadas erróneamente, “algas azul verdosas”, las cianobacterias
son el grupo conocido de bacterias que pueden descomponer el agua mediante la
forma “oxigénica” de la fotosíntesis. Exactamente cómo algunas de ellas
acabaron viviendo en una célula huésped más grande es un misterio envuelto en
la mortaja del tiempo geológico. Sin duda pasó hace más de 1000 millones de
años, pero cabe supones que algún día simplemente fueron tragadas,
sobrevivieron a la digestión y a la larga resultaron útiles para su célula
huésped. Ésta, impregnada de cianobacterias, pasó a fundar dos imperios, las
algas y las plantas, pues actualmente todas ellas se definen por su capacidad
para vivir del sol y el agua gracias al aparato fotosintético heredado de sus
huéspedes bacterianos.
Así,
la búsqueda del origen de la fotosíntesis se convierte en la búsqueda del
origen de las cianobacterias, las únicas bacterias que han hallado la solución
al problema de la escisión del agua. Y éste es uno de los relatos más
controvertidos, y de hecho aún no resuelto, de la biología moderna.
Los
estromatolitos vivos son cúpulas en proceso de mineralización que crecen
acumulando capas, de hasta un metro más o menos de altura, que se forman
mediante prósperas comunidades de bacterias que recubren las enterradas capas
minerales. Al final, toda la estructura se vuelve roca sólida, a menudo
asombrosamente bella en una sección transversal. Normalmente las capas
exteriores, vivas, de los estromatolitos modernos bullen de cianobacterias, de
modo que esas formas antiguas constituían una prueba más de la aparición
temprana de las cianobacterias. Por si había una duda, Schpf pasó a demostrar
que estos fósiles supuestos contenían restos de carbono orgánico, de una clase
que parecía diagnóstico de vida, y de vida no sólo antigua sino fotosintética. En
general, decía, las cianobacterias, o algo que se les parecía mucho, ya habían
evolucionado en la Tierra hace unos 3500 millones de años, unos cuantos de
cientos de millones de años después de que el gran bombardeo de asteroides
dejara un sello en los primeros años del planeta, o sea poco después de la
formación del propio sistema solar.
No
resulta fácil reconciliar la evolución temprana de las cianobacterias
-probablemente eructando oxígeno como producto de desecho, como en la
actualidad- con los primeros signos geológicos de oxígeno en la atmósfera,
bastante más de mil millones de años después. Y, ya más en serio, la
complejidad del esquema del esquema Z que la mayoría de los biólogos se
mostraron contrarios a la idea de la fotosíntesis oxigénica hubiera podido
evolucionar tan deprisa. Las otras formas de fotosíntesis, al ser más
sencillas, parecían concordar con una gran antigüedad. En términos generales,
por tanto, se aceptaba que eran bacterias, tal vez bacterias fotosintéticas,
pero había dudas sobre si eran realmente cianobacterias.
En
resumen, el fotosistema I cogió un pigmento muy sencillo, la porfirina, y
asoció su química espontánea accionada por la luz a reacciones que, de todos
modos, tienen lugar en células bacterianas. El resultado fue una forma
primitiva de fotosíntesis que podía utilizar la luz para arrancar electrones de
fuentes “fáciles”, como el hierro o el sulfuro de hidrogeno, y pasarlos al
dióxido de carbono al dióxido de carbono para generar azúcares. De modo que
estas bacterias usan la luz para fabricar alimentos.
¿Y
que hay del fotosistema II? Las bacterias que lo utilizan se valen de la luz
para hacer un truco totalmente distinto. Esta forma de fotosíntesis no produce
materia orgánica, sino que más bien transforma la energía lumínica en energía
química, de hecho, electricidad, que puede emplearse para accionar la célula. El
mecanismo es muy simple. Cuando un fotón alcanza la molécula de clorofila, un
electrón es enviado a un nivel superior de energía, como antes, donde es
capturado por una molécula cercana. A continuación, este electrón pasa
“enrachado” de portador en portador por una cadena de transporte de electrones,
liberando un poco de energía cada vez hasta regresar a un nivel energético
inferior. Parte de la energía liberada en este proceso es capturada para
producir ATP. Por último, el agotado electrón es devuelto a la misma clorofila
de la que salió, con lo que completa el circuito. Resumiendo, la luz hace
saltar un electrón a un nivel superior de energía y, mientras éste cae en
cascada hasta nivel “de reposo”, la liberación de energía es capturada como
ATP, una forma de energía que la célula puede utilizar. Es sólo un circuito
eléctrico que funciona con luz.
¿Cómo
llegó a surgir un circuito así? De nuevo la respuesta es “mezclando y
emparejando”. La cadena de transporte de electrones es más o menos la misma que
la utilizada para respirar, que, evolucionó en las chimeneas, simplemente fue
tomada prestada para un objetivo apenas nuevo. En la respiración, los
electrones son arrancados de la comida y, a la larga, pasan a formar agua. La
energía liberada se utiliza para genera ATP. En esta forma de fotosíntesis
sucede exactamente lo mismo: electrones de alta energía pasan por una cadena,
no hacia el oxígeno sino hacia una forma “codiciosa” (oxidante) de clorofila. Cuanto
más puede la clorofila “tirar de” electrones (es decir, cuanto más cerca está
del oxígeno en el sentido químico), más eficiente es la cadena, absorbiendo
electrones y extrayendo su energía. La gran ventaja es que no hace falta
combustible, ni comida, al menos para suministrar energía (hace falta para
sintetizar moléculas orgánicas nuevas).
Así,
como conclusión general, podemos decir que las formas más simples de
fotosíntesis se parecen a un mosaico. Ambas formas enchufan un nuevo
transductor, la clorofila, en la maquinaria molecular existente. En un caso,
esta maquinaria convierte dióxido de carbono en azúcares; en el otro, produce
ATP. Como sucede con la clorofila, en la Tierra joven seguramente se formaron espontáneamente
pigmentos similares de porfirina, y la selección natural hizo el resto. En cada
caso, pequeños cambios en la estructura de la clorofila alteran la longitud de
onda de la luz absorbida, así como las propiedades químicas. Todos estos
cambios modifican la eficiencia de los procesos que ocurren de manera
espontánea, bien que al principio de forma menos económica. El resultado
natural es una forma “tacaña codiciosa” de la clorofila para la síntesis de ATP
en algunas bacterias libres y sin compromiso y un tipo “timador callejero” de
clorofila para fabricar azúcares en bacterias que viven cerca de provisiones de
sulfuro de hidrogeno o hierro. Peo aún nos queda la pregunta más importante:
¿Cómo acabó todo esto unido en el esquema Z de las cianobacterias para
descomponer el combustible el combustible primordial, el agua? La respuesta
escueta es que no lo sabemos con seguridad.
Según
Allen, muchas bacterias activan y desactivan genes en respuesta a cambios de su
entorno, esto es, en sí mismo, sabiduría popular común. Uno de los cambios
ambientales más importantes es la presencia o ausencia de materias primas. Por
lo general, las bacterias no desperdician energía fabricando proteínas nuevas
para procesar materia prima si ésta no está cerca; cierran la fábrica hasta
nuevo aviso. Así pues, se imagina un entorno fluctuante. Las condiciones varían
según las mareas, las corrientes, la época del año, la actividad hidrotérmica,
etc. el factor crítico es que las hipotéticas bacterias de Allen deben poseer
los dos fotosistemas, como las cianobacterias actuales, pero a diferencia de
éstas sólo utilizan uno cada vez. Cuando está presente el sulfuro de hidrogeno,
las bacterias activan el fotosistema I, que usan para producir materia orgánica
a partir del dióxido de carbono. Pueden incorporar esta materia orgánica nueva
para crecer, reproducirse, etc. pero cuando cambian las condiciones y los
estromatolitos se quedan sin materia prima, estas bacterias cambian fotosistema
II. Ahora dejan de fabricar materia orgánica nueva (no crecen ni se producen
más), pero pueden mantenerse a sí mismas utilizando luz del sol para generar
directamente ATP hasta que vengan tiempos mejores. Cada fotosistema tiene sus
ventajas, y, cada uno evolucionó siguiendo una serie de pasos simples.
Pero
¿Qué pasa si la chimenea hidrotermal deja de funcionar, o corrientes cambiantes
originan alteraciones prolongadas en el entorno? Ahora las bacterias han de
basarse casi todo el tiempo en el circuito de electrones del fotosistema II.
Actualmente,
ni el hierro ni el manganeso se encuentran en concentraciones elevadas en el
agua de los mares, pues éstos están completamente oxidados; pero en tiempos
remotos abundaban. Es decir, en otros tiempos los mares estaban llenos de
manganeso.
¿Cómo
puede las bacterias sacar electrones del fotosistema II? He aquí la genialidad
de la hipótesis de Allen. El fotosistema II se encuentra abarrotado de
electrones, mientras que el fotosistema I está sin hacer nada por falta de
electrones. Lo único que han de hacer las bacterias es inutilizar el
interruptor que impide a los dos fotosistemas estar activos a la vez, sea
fisiológicamente o mediante una mutación simple. ¿Qué pasa después? Los
electrones entran en el fotosistema II procedentes de átomos de manganeso
oxidados. A continuación, se les hace saltar a un nivel superior de energía
mientras la forma “tacaño codicioso” de la clorofila absorbe un rayo de luz. Desde
aquí pasan a la cadena de transporte utilizando la liberación de energía para
generar un poco de ATP. Y luego una desviación. En lugar de volver a un
paralizado fotosistema II, son rescatados por el activo fotosistema I, sediento
como está de nuevos electrones. Ahora los electrones son enviados de nuevo a un
nivel elevado de energía, mientras la forma “timador callejero” de la clorofila
absorbe un rayo de luz. Y, naturalmente, desde aquí los electrones pasan al
dióxido de carbono para fabricar materia orgánica nueva.
En
resumen, al principio había un único fotosistema, que seguramente se valió de
la luz solar con el fin de extraer electrones del sulfuro de hidrogeno, que
combinó al dióxido de carbono para formar azúcares. En algún momento, el gen
quedó duplicado, quizá en un antepasado de las cianobacterias. Los dos
fotosistemas se separaron conforme a usos diferentes. El fotosistema I siguió
haciendo exactamente lo que había hecho antes, mientras que el fotosistema II
se especializó en generar ATP partiendo de la luz solar y usando un circuito de
electrones. Los dos fotosistemas se activan y desactivan según el entorno, pero
nunca se activan los dos a la vez. Con el tiempo, no obstante, el fotosistema
II tuvo un problema resultante de las propiedades de los circuitos de los
electrones: cualquier aporte adicional de electrones del entorno atasca el
circuito. Probablemente hubo entrada lenta y constante de electrones
procedentes de átomos de manganeso, utilizados por las bacterias para
protegerse de la radiación ultravioleta. Una solución era inactivar el
interruptor, lo que permitiría a ambos sistemas funcionar a la vez. Entonces
los electrones saldrían del manganeso y atravesarían los dos fotosistemas hasta
llegar al dióxido de carbono, a través de una vía compleja que prefigura el
enrevesado esquema Z en todos sus excéntricos detalles.
Ahora
nos encontramos sólo a un paso de la fotosíntesis oxigénica en toda la
extensión de la palabra. Se están extrayendo electrones del manganeso, no del
agua. Así, ¿Cómo se produjo el cambio final? La sorprendente respuesta es que
prácticamente no tuvo que cambiar nada.
El
complejo productor de oxígeno es el cascanueces que rompe el agua “sólo” para
desprender sus electrones uno a uno. Cuando se han sacado todos los electrones,
se hace salir al mundo el valiosísimo desecho, el oxígeno. El complejo
productor de oxígeno es realmente un componente del fotosistema II, pero se
halla situado en el mismo extremo, de cara al mundo exterior, y da la sensación
de estar “añadido”. Es increíblemente pequeño. El complejo es un grupo de
cuatro átomos de manganeso y un solo átomo de calcio, mantenidos todos unidos
por un entramado de átomos de oxígeno. Y eso es todo.
No
sabemos si el complejo original productor de oxígeno era simplemente un trozo
de mineral que acabó metido en el fotosistema II. Quizá diversos átomos de
manganeso se ligaron al oxígeno en un entramado mientras eran oxidados por
radiación ultravioleta, lo que iniciaría el crecimiento de un diminuto cristal
in situ. Quizá la proximidad de este grupo a la clorofila, o a trozos contiguos
de proteína, lo distorsionó un poco en cierto modo, optimizando su función. Pero
sea cual sea el origen del grupo, tenemos una sensación clarísima de que allí
hubo algo fortuito: está demasiado cerca de una estructura mineral para que sea
producto de la biología. Como sucede con algunas otras agrupaciones de metales
observadas en núcleos de enzimas, es casi seguro un atavismo de las condiciones
presentes en una chimenea hidrotérmica hace miles de millones de años. El grupo
de metales, la más preciosa de todas las joyas, estaba envuelto en una proteína
y guardado en depósito por las cianobacterias para toda la humanidad.
Se
formara como se formara, esta pequeña agrupación de átomos de manganeso,
inauguro un mundo nuevo, no sólo para las bacterias que lo atraparon al
principio, sino para toda la vida de nuestro planeta. Una vez formado, el
pequeño grupo átomos comenzó a descomponer el agua, los cuatro átomos oxidados
de manganeso combinando su avidez natural por arrancar electrones, liberando
así oxígeno como desecho. Estimulada por la continua oxidación del manganeso
debida a la radiación ultravioleta, al principio la descomposición del agua
habría sido muy lenta. Pero tan pronto el grupo se asoció a la clorofila, los
electrones empezaron a fluir. Al ir todo cada vez más deprisa a medida que la
clorofila se iba adaptando a su tarea, el agua fue absorbida, escindida, sus
electrones fueron arrastrados afuera, el oxígeno fue desechado. En otro tiempo
un goteo, al final una inundación, este vivificador flujo de electrones del
agua subyace a toda la exuberancia de la vida en la Tierra. Hemos de darle
gracias dos veces: por ser la fuente primordial de nuestro alimento, y también
por proporcionarnos todo el oxígeno que necesitamos para quemar este alimento a
fin de mantenernos con vida.
También
es la clave de la crisis energética mundial. No necesitamos dos ecosistemas,
pues no tenemos ningún interés en fabricar materia orgánica. Sólo necesitamos
los dos productos liberados del agua: oxígeno e hidrogeno. Si los hacemos
reaccionar otra vez obtenemos toda la energía que hayamos precisado jamás, y el
único desecho es el agua. En otras palabras, con este pequeño grupo de
manganeso podemos utilizar la energía del sol para descomponer agua, y luego
hacer reaccionar otra vez los productos para regenerar agua -la economía del
del hidrogeno-. Se acabaron la contaminación, los combustibles fósiles, el
efecto invernadero, el calentamiento global antropogénico…aunque si habría
cierto peligro de explosiones. Si esta pequeña agrupación de átomos cambió hace
mucho tiempo el carácter del mundo, conocer su estructura debería ser el primer
paso para cambiar nuestro mundo actual. Mientras escribo esto, químicos de todo
el mundo están compitiendo por sintetizar en el laboratorio este minúsculo
grupo de manganeso o algo similar que funcione igual. Pronto lo conseguirán,
sin duda. Y después no tardaremos mucho en aprender a vivir del agua y un poco
de sol.
La
célula es la unidad estructural y funcional de todos los organismos vivos y en
general está formada por una membrana que la delimita de los medios externo e
interno, para intercambiar materia y energía para el metabolismo, propiedad
fundamental de toda célula que define propiamente a la vida. Respecto a la
energía, los organelos encargados de producirla son las mitocondrias, conocidas
como “centrales energéticas” de las células, que generan energía en forma de
ATP.
Muchas
células de plantas contienen cloroplastos, orgánulos responsables de la
fotosíntesis. Como las mitocondrias, los cloroplastos eran en otro tiempo
bacterias de vida libre (en este caso cianobacterias), que un antepasado común
de todas las plantas y algas se tragó enteras. Por la razón que fuera, esta
célula ancestral no pudo digerir la cena y por medio de una indigestión
adquirió todo lo que precisaba para ser autosuficiente. De un trago, puso en
marcha la serie compleja de episodios que en última instancia separan el mundo
inmóvil de las plantas del dinamismo de los animales.
Hay
incluso uno o dos casos de bacterias que albergan a otras bacterias más
pequeñas en su interior -un descubrimiento enigmático, ya que no se conoce
ninguna bacteria capaz de tragarse células por fagocitosis-. Hay la impresión
de que las bacterias iniciaron su andadura por el sendero que conduciría a casi
todos los rasgos de las células eucariotas, pero por alguna razón se detuvieron
de golpe, incapaces de continuar con el experimento.
Las
bacterias dominaron durante los primeros 3000 millones de años o así de vida
(entre 4000 y 1000 millones de años atrás). Cambiaron su mundo por completo,
pero ellas no cambiaron apenas. Las modificaciones ambientales producidas por
las bacterias fueron impresionantes, de unas proporciones que a los seres
humanos nos cuesta concebir. Por ejemplo, todo el oxígeno del aire deriva de la
fotosíntesis, y al principio sólo de las cianobacterias. El “gran episodio de
la oxidación”, cuando el aire y la superficie de los mares iluminada por el sol
acabaron inundados de oxígeno, hace unos 2200 millones de años, transformó el
planeta para siempre; sin embargo, el cambio no causó prácticamente impresión
en las bacterias. Hubo simplemente un cambio en la ecología, hacia las
bacterias que les gusta el oxígeno. Un tipo de bacterias resultó favorecido
respecto al otro, pero todas siguieron siendo resueltamente bacterianas. Ocurre
exactamente lo mismo en otros cambios enormes en las condiciones ambientales.
Las bacterias fueron responsables de asfixiar las profundidades marinas de
sulfuro de hidrogeno, durante la friolera de 2000 millones de años; no
obstante, nunca dejaron de ser bacterias. Las bacterias se encargaron de oxidar
el metano atmosférico, lo que generó una helada global, la primera “Tierra bola
de nieve”; pero siguieron siendo bacterias. Tal vez el cambio más significativo
de todos se debió al aumento de los seres eucariotas multicelulares complejos
en los últimos 600 millones de años. Los eucariotas ofrecían nuevos modos de
vida a las bacterias, como provocar enfermedades infecciosas; pero las
bacterias son todavía bacterias. Una bacteria es lo más conservador que hay.
El
árbol de la vida Woese era la sorprendente estrecha relación entre las arqueas
(bacterias antiguas) y los seres eucariotas: ambos comparten un antepasado
común relacionado sólo vagamente con las bacterias. En otras palabras, el
antepasado común de los eucariotas y las arqueas se separó de las bacterias en
una fase muy temprana de la evolución, y más adelante se dividió para formar
las arqueas y los organismos eucariotas modernos. El árbol de Woese ha sido
comprobado de nuevo por la bioquímica, al menos en varios aspectos importantes.
Concretamente en sus procesos informativos esenciales, las arqueas y los seres
eucariotas tienen mucho en común. Ambos envuelven el ADN con proteínas
extraordinariamente parecidas (histonas), se replican y leen sus genes de una
forma equiparable, y fabrican proteínas por medio de un mecanismo compartido,
todo lo cual difiere de las bacterias en detalles. En estos aspectos, las
arqueas equivalen a un eslabón perdido, en parte con un pie en cada lado del
abismo entre las bacterias y los seres eucariotas. En esencia, las son afines a
las bacterias en cuanto al aspecto y la conducta, pero poseen algunos rasgos
asombrosamente eucariotas en el modo de manejar el ADN y las proteínas.
Respecto
al origen de los organismos eucariotas, existen dos concepciones: un bando que
considera que los seres eucarióticos proceden de cambio continuos graduales, y
el otro, que sostiene que los prolongados procesos de cambios paulatinos se ven
alterados por cambios repentinos y bruscos (evolución vs revolución).
Otro
grupo propone que los seres eucariotas se originaron por cooperación en
contraposición de la competencia darwiniana. Dan por supuesto que hubo cierto
tipo de asociación entre dos o más células procariotas, que acabaron formando
una comunidad de células muy unidas.
4. Discusión
En
la Grecia antigua (siglos VII-VI), fueron los primeros filósofos naturalistas
(Tales de Mileto, Anaxímenes, Anaximandro, Empédocles, etc.), quiénes
reflexionaron acerca de la composición de la materia y con base en
observaciones cuidadosas concluyeron: que el agua, la tierra, el aire y el
fuego) eran los elementos que se combinaban para formar a los distintos tipos
de materia.
La
concepción naturalista de la materia continuo hasta la segunda mitad del siglo
XVIII, cuando químicos principalmente, ingleses y franceses descubrieron que
los elementos que daban origen a los tipos de materia, como lo concebían los
pensadores griegos, en realidad eran compuestos químicos: el agua era la
combinación de hidrogeno y oxígeno (H2O),
los sólidos terrestres, como el óxido de mercurio (Hg2O) estaba formado por mercurio y oxígeno, el dióxido de
carbono del aire (CO2)
estaba compuesto de los elementos químicos: átomos de carbono y oxígeno, etc.
Con base a los nuevos descubrimientos que demostraron que lo elementos
formadores de la materia como lo concebían los naturalistas griegos, en
realidad se trataba de átomos, como quedó evidenciado en la obra de Antoine
Lavoisier: Tratado elemental de química,
obra que representó una verdadera revolución en la ciencia de la química, al
echar por tierra la los elementos compuestos de los naturalistas griegos, con
lo se sentaron las bases de la química moderna.
El
desarrollo de la química continuo y a principios del siglo XIX, John Dalton,
químico inglés rescató la conjetura atomista de los filósofos griegos y con
base en los descubrimientos del siglo anterior estableció los pesos atómicos
relativos de los átomos conocidos en su época.
Finalmente,
en 1869, Dimitri Mendeléyev, ordenó y sistematizó con base en el peso relativo de
los átomos conocidos en su tiempo, para crear la Tabla Periódica de los
elementos químicos, hasta entonces conocidos, con lo que se produjo una nueva
revolución en la ciencia química.
Así
pues, se requirieron más de 2000 años de historia de los conocimientos químicos
para sentar las bases de la química basada en la estructura atómica de la
materia. Sin embargo, sólo en 80 años (1789-1869) se produjeron tres
revoluciones químicas: la de Lavoisier, la de Dalton y la de Mendeléyev,
después de la acumulación de más de dos milenios de años.
La
otra concepción respecto a la estructura de la materia fue la concepción
atomista. Su camino para entender la estructura de la materia ha sido
prolongado: inició con los filósofos atomistas en los siglos V-III a.C. en la
Grecia antigua con Leucipo, Demócrito y Epicuro, quienes, después de
observaciones meticulosas conjeturaron que la materia estaba por estructurada
por átomos, que al combinarse daban origen a toda la realidad en el mundo. Esta
concepción fue continuada en la Roma antigua en el siglo I a.C. por Tito
Lucrecio Caro, quien en su obra: De la
naturaleza de las cosas, escribió que todo lo material estaba constituido
por átomos.
Como
se explicó anteriormente, esta concepción convergió con la naturalista para dar
origen a la química como ciencia moderna en los siglos XVIII y prácticamente
todo el XIX.
En
lo relacionado, con la estructura del átomo concebido como la última partícula
indivisible de la materia, permaneció sin cambios hasta finales del siglo XIX
cuando se descubrió el electrón en 1897, así como sucesivos descubrimientos de
otras partículas en el siglo XX: el protón alrededor de 1920, el neutrón en
1932 y los quarks en la década de los 60 de dicho siglo. Los descubrimientos de
nuevas partículas continuaron en el siglo XXI: el bosón de Higgs en 2012, las
ondas gravitaciones en 2015, leptones, etc.
Especial
atención merecen las ondas gravitacionales descubiertas en 2015, cuya causa
detonante es la gravedad, que, a pesar de tratarse de una fuerza atractiva débil,
a escala macro cósmica se convierte en una fuerza muy potente debido a su
carácter aditivo (sumativo), capaz de producir nuevas estrellas (soles) y
galaxias. El nombre de ondas gravitacionales es muy desafortunado, por que se
presta para concebirlas como portadoras sólo de energía y negarles su capacidad
portadoras de materia. En realidad, se trata como toda onda: movimiento de partículas
en forma ondulatoria de gravitones. Además, existen otros tipos de ondas: electromagnéticas,
que no son más que el movimiento de fotones en forma ondulatoria, marinas
causadas por la interacción de masas de agua oceánica, sonoras causadas por la
interacción del aire, mecánicas causadas por movimientos tectónicos (terremotos
y vulcanismo) que provocan ondas de choque en la corteza terrestre.
Conforme
al marco de referencia dialéctico, que afirma que en el universo lo único que
existe es materia en movimiento, por consiguiente, no se descartan nuevos
descubrimientos de partículas atómicas. Nuevos descubrimientos de partículas
atómicas seguramente serán posibles, pero, la concepción de la materia como realidad objetiva que existe
independiente de la conciencia, seguirá siendo válida, por tratarse de una
verdad absoluta, resultado de la síntesis de verdades relativas aportadas por
la Física, a pesar de que, en el siglo XX, se descubrieron otras partículas
atómicas: protones, neutrones y quarks y, en el siglo XXI se añadieron: bosón
de Higgs, ondas gravitacionales, leptones, etc.
Respecto
al origen de la vida: es resultado de 1000 millones de cambios cuantitativos
(graduales) que desembocaron en la primera revolución biológica cuando la
materia inorgánica, se convirtió en materia viva (célula procariota). Después
de otros mil millones de años de cambios graduales, las cianobacterias, al
agotarse los alimentos producidos naturalmente por la acción de las radiaciones
del sol en las aguas superficiales de los océanos y en las orillas de las
plataformas continentales y/o los alimentos producidos por las bacterias que
tenían de hábitat en las zonas contiguas a las fuentes hidrotérmicas, también
se agotaron, las cianobacterias desarrollaron la capacidad de aprovechar la luz
solar, para romper las moléculas de agua de los océanos y combinar el hidrogeno
con el dióxido de carbono para producir glucosa, que una vez combinada con el
nitrógeno de la atmósfera del suelo y los minerales aportados por el mismo, se
formaron los compuestos orgánicos básicos para el metabolismo de los primeros
organismos vivos. Además, de la glucosa formada durante la fotosíntesis,
también se produjo oxígeno molecular (O2)
como desecho metabólico, siendo la primera contaminación metabólica de alcance
global, que fue letal para la vida bacteriana que le antecedió. Así pues, las
cianobacterias produjeron otra revolución biológica que fue crucial para el
desarrollo de organismos vivos más complejos.
El
oxígeno liberado por la fotosíntesis de las cianobacterias, primero causó la
oxidación de los metales en el océano, principalmente el hierro y, una vez
consumido se liberó a la atmósfera. Al ser utilizado principalmente para la
oxidación de los compuestos orgánicos (carbohidratos, proteínas y grasas) para
generar energía y otras sustancias estructurales, hormonales, enzimáticas, etc.
Además, el oxigeno fue crucial para formación de células más complejas, como es
la eucariota con un núcleo en el que se almacena y se protege el material
genético (DNA) y diversos organelos distribuidos en el citoplasma rodeado la
membrana citoplasmática, que regula el intercambio de materia y energía con el
medio ambiente externo e interno de la célula.
Otra
función de oxígeno muy importante fue su participación en la formación de
colágeno, la proteína más abundante en los organismos más complejos, que les da
soporte mecánico y flexibilidad en sus movimientos mecánicos. Con el oxígeno
fue posible también el desarrollo de organismos más grandes y complejos con
esqueletos, caparazones y cuernos para protegerse de los depredadores. Es
decir, el oxígeno hizo posible otra revolución biológica: el surgimiento de
organismos más complejos (célula eucariota, plantas y animales).
En
cuanto a los seres vivos desde la antigüedad griega hasta mediados del siglo
XIX, siempre se concebía que los seres vivos eran inmutables, hasta que Darwin
en 1859, publicó su obra: El origen de
las especies, en la que argumentó que las especies vivas evolucionan en
forma gradual (cuantitativa), sin sobresaltos o cambios bruscos o cualitativos
que cuando ocurrían se debían a la insuficiencia de los registros fósiles y son
resultado de la competencia en la que sólo sobreviven los más aptos.
No
obstante, en la segunda mitad del siglo XX y a principio del siglo XXI hay evidencias
de que también la cooperación ha sido fundamental para el desarrollo de formas
de vida más complejas. Tanto la célula procariota, como la eucariota, así como
los organismos multicelulares más complejos son el resultado de la
endosimbiosis. Incluso el planeta Tierra es un superorganismo complejo (Gaia)
regulado por la biósfera (esfera viva), principalmente por los microorganismos
(microcosmos).
En
síntesis, los organismos vivos se desarrollan como resultado de cambios
evolutivos y revolucionarios, así como por competencia y colaboración.
5. Conclusiones
En
el universo lo único que existe es materia en movimiento, por consiguiente, no
se descartan nuevos descubrimientos de partículas atómicas. Nuevos
descubrimientos de partículas atómicas seguramente serán posibles, pero, la
concepción de la materia como realidad objetiva
que existe independiente de la conciencia, seguirá siendo válida, por tratarse
de una verdad absoluta, resultado de la síntesis de verdades relativas
aportadas por la Física, a pesar de que, en el siglo XX, se descubrieron otras
partículas atómicas: protones, neutrones y quarks y, en el siglo XXI se
añadieron: bosón de Higgs, ondas gravitacionales, leptones, etc.
Las
ondas gravitacionales descubiertas en 2015 provenientes del macrocosmos
(galaxias y estrellas o soles), son la contraparte de los gravitones (partículas
gravitacionales), es decir, se trata de partículas (gravitones) que se mueven
en forma ondulatoria, porque no puede existir una onda sin su soporte material.
Los
conocimientos químicos durante dos mil quinientos años se han movido en forma
gradual (cuantitativa) y a saltos cualitativos (cambios repentinos o bruscos),
es decir la química es la unidad contradictoria de la cantidad vs la cualidad y
su transición recíproca genera el movimiento químico. La cantidad representa
los cambios graduales prolongados que han desembocado en cambios cualitativos o
revoluciones químicas.
La
vida es el resultado de la acumulación gradual (cuantitativa) de 1000 millones
de años para que se produjera un cambio cualitativo: la primera revolución
biológica: la aparición de la célula bacteriana procariota hace 3500 millones
de años.
La
siguiente revolución biológica producida por las cianobacterias, después de
otros 1000 millones de años de transformaciones graduales (cuantitativas)
produjeron la fotosíntesis para producir sus propios alimentos con
intermediación de la radiación solar como fuente de energía, así como la
producción de oxígeno molecular que liberaron a la atmósfera como desecho
metabólico, hace 2500 millones de años.
La teoría de la evolución sólo considera los
cambios evolutivos o graduales, pero en realidad el origen y desaparición de
toda especie viva, es un cambio cualitativo o revolucionarios de los organismos
vivos, es decir, el desarrollo biológico es la unidad contradictoria de la evolución
vs la revolución.
La
teoría de la evolución hace énfasis en la evolución a través de la competencia
de la que sólo sobreviven los más aptos, pero en el presente milenio hay
evidencias que la simbiosis ha sido crucial en la formación de seres vivos más
completos: desde la célula procariota, célula eucariota, algas, plantas,
animales, especie humana y el planeta Tierra como un todo funciona como un
superorganismo (Gaia) que es regulado por la biósfera, principalmente los
microorganismos (microcosmos).
En
síntesis, la física, la química y la vida se mueven como resultado de sus contradicciones.
Estas en su movimiento se anulan recíprocamente, para generar doble negación y
retornar a su punto de partida, pero a un nivel superior, lo que significa que
se trata de procesos que se mueven cíclicamente.
6. Referencias bibliográficas
Capra
Fritjof. 1996. La trama de la vida. Una
nueva perspectiva de los sistemas vivos. Editorial Anagrama, S.A. (1998).
Barcelona, España.
Gould
Stephen Jay. 2004. La estructura de la teoría de la evolución. TusQuets
Editores, S.A. Barcelona, España.
Herrera
Corral Gerardo. 2016. Universo. La historia más grande jamás contada. Penguin
Random House Grupo Editorial, S.A. de C.V.
México, D.F.
Lane
Nick. 2008. Los diez grandes inventos de la evolución. Editorial Planeta S.A.
(2009). Barcelona España.
Margulis
Lynn y Sagan Dorion. 1986. Microcosmos. TusQuets Editores, S.A. Barcelona,
España.
Margulis
Lynn. 2001. El origen de la célula. Editorial Reverte, S.A. Barcelona, España.
Rodríguez
Quintero José. 2016. Quarks y gluones. Las entrañas de las partículas
elementales. RBA Contenidos Coleccionables, S.A. Madrid, España.
Hacyan Shahen. 2019. Ondas gravitacionales. Las olas invisibles del universo. Fondo de Cultura Económica. Ciudad de México.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario