miércoles, 7 de diciembre de 2016

NATURALEZA FEUDAL DE LA ECONOMÍA DEL MÉXICO COLONIAL

NATURALEZA FEUDAL DE LA ECONOMÍA DEL MÉXICO COLONIAL

Valentín Vásquez
Oaxaca, México
valeitvo@yahoo.com.mx

1. Introducción

En cualquier sociedad las condiciones básicas para la producción son: medios de producción y mano de obra, para generar los bienes que la sociedad requiere para su consumo.

Durante el inicio de la dominación colonial, el principal medio de producción fue la tierra para la obtención de los alimentos indispensables para el consumo de la sociedad. Como los conquistadores carecían de medios de producción -principalmente la tierra- tuvieron que recurrir a la encomienda, institución económica introducida por Hernán Cortés poco después de la conquista militar en 1521. La encomienda se basó en la propiedad comunal de las tierras de los pueblos indígenas, cuya mano de obra la utilizaron para producir para su subsistencia y un excedente en forma de tributo –en especie y trabajo- destinado al encomendero como pago a los servicios que prestaba a los pueblos encomendados, principalmente la evangelización de sus miembros. La producción de la tierra de los comuneros indígenas se producía en el propio espacio territorial y en la misma jornada laboral. La Encomienda fue una institución económica que en lo esencial conservaba el viejo Modo de Producción Tributario (MPT) heredado de las sociedades prehispánicas. Lo que cambio fueron los beneficiarios de los tributos aportados por los campesinos comunitarios encomendados a los conquistadores españoles. Ahora eran los encomenderos los que recibían el trabajo excedente en lugar del grupo gobernante prehispánico. En este sentido, la Encomienda representa una etapa de transición del MPT al Modo de Producción Feudal.

La Corona española prohibió el tributo en trabajo, el cual quedó integrado en las Leyes de Indias de 1542. En la Nueva España se suprimió hasta 1549. Desde entonces el tributo se pagaba en especie y en dinero, condición que contribuyó a la mercantilización de la economía colonial.

Ante la catástrofe demográfica –descenso de la población de 15 a 3 millones- de la población indígena, debido a la sobre-explotación y enfermedades contagiosas, la mano de obra no fue suficiente para cubrir las necesidades de los propios encomenderos, así como de los nuevos propietarios privados de minas, haciendas, obrajes y obras públicas. En consecuencia, desde la segunda mitad del siglo XVI las autoridades virreinales recurrieron al repartimiento forzoso de la mano de obra indígena para cubrir las necesidades de los nuevos propietarios privados, dueños principalmente de minas, haciendas y obrajes. Así es como inicia propiamente el Modo de Producción Feudal en México. 

El repartimiento -trabajo forzoso- no resolvió la demanda laboral de los primeros propietarios privados españoles, pues éstos,  requerían mano de obra libre de medios de producción para poder contratarla, condición que se produjo con la formación de la población mestiza -clase proletaria-, cuya carencia de medios de producción -tierra principalmente- propios, los obligó a alquilarse para no morirse de hambre, pero dada la competencia entre las empresas españolas por la escasa mano de obra mestiza, ésta pasó de la "libertad" a la dependencia laboral, por medio del peonaje por deudas, ya que se convirtió en mano de obra “cautiva”, sin libertad de movimiento y de venta de su fuerza de trabajo. El peonaje por deudas existió como principal fuente de trabajo permanente de las actividades económicas principales, desde principios del siglo XVII, cuando se legalizó en 1632 la extinción del repartimiento forzoso hasta la primera mitad del siglo XVIII. Además, en el caso de las actividades agropecuarias por su naturaleza -dependiente de las condiciones ambientales-, cuando desapareció el trabajo forzado -repartimiento- y por la carencia o insuficiencia de tierra de los campesinos, los hacendados recurrieron a la aparcería en la que la producción se distribuía entre hacendados y campesinos arrendatarios en distintas proporciones, siendo muy común el reparto del producto a medias, dando como resultado la formación de los campesinos medieros, muy común en México. Asimismo, cuando la naturaleza de las actividades agropecuarias lo requerían los hacendados contrataban mano de obra asalariada en forma temporal. Así pues, en el campo se establecieron relaciones de dependencia de diversa naturaleza, entre el hacendado poseedor de la tierra y el ganado y los campesinos en sus diversas modalidades, con cuyo trabajo obtenían los medios de subsistencia necesarios y la renta destinada al terrateniente, que incialmente fue en trabajo forzado -repartimiento- y posteriormente en especie -producto- y dinero, rasgos que caracterizan al modo de producción como feudal.

Con el surgimiento de las minas en la región centro-norte, se formaron grandes ciudades aunadas a las ya existentes, así como producto de las congregaciones de la población sobreviviente después de la catastrófe demográfica, en las que se desarrolló la industria artesanal, cuya organización gremial también fue típica del sistema feudal.


2. Marco de referencia teórico

 Dobb (1971) define al feudalismo como una relación  entre el productor directo -campesino que cultiva la tierra o artesano de un taller- y su superior o señor inmediato y el contenido económico-social de la obligación que los liga. Además, considera al feudalismo como un modo de producción con el que se identifica la servidumbre: una obligación impuesta al productor por la fuerza, e independientemente de su voluntad, de cumplir ciertas obligaciones económicas de un señor, ya cobren éstas la forma de servicios a prestar o de obligaciones a pagar en dinero o en especie [producto]. Este sistema de producción difiere, por un lado de la esclavitud, pues, como lo expresó Marx "el productor directo se halla aquí en posesión de sus propios medios de producción, de las condiciones objetivas de trabajo necesarias para la realización de su trabajo y para la creación de sus medios de subsistencia; efectúa su trabajo agrícola como la industria doméstico-rural con él relacionada, por su propia cuenta", mientras "el esclavo con condiciones de producción ajenas. En estas condiciones, solo la coacción extra-económica, cualquiera que sea la forma que revista, puede arrancar a estos productores [siervos] el trabajo sobrante, para el terrateniente. La forma económica específica en que se arranca al productor directo el trabajo sobrante no retribuido determina la relación de señorío y servidumbre. La relación directa existente entre los propietarios de las condiciones de producción y los productores directos es siempre la que nos revela el secreto más recóndito, la base oculta de toda la construcción social y de cada forma específica de Estado. Lo cual "que la misma base económica pueda mostrar en su modo de manifestarse infinitas variaciones y gradaciones", debidas a "innumerables circunstancias empíricas, condiciones naturales, factores étnicos, influencias históricas que actúan desde el exterior, etc. que solo pueden comprenderse mediante el análisis de estas circunstancias empíricamente dadas". Al mismo tiempo, servidumbre implica que la "relación de propiedad tiene que manifestarse a la par como relación directa de dominio y de servidumbre y el productor directo, por consiguiente, como un hombre privado de libertad: carencia de libertad que puede ir desde la servidumbre de la gleba hasta el deber de abonar simplemente un tributo al señor. En la plenitud de su desarrollo se caracterizó por el cultivo de las tierras del señor, realizado a menudo en escala considerable, mediante prestaciones personales obligatorias".

Momdzhián (1980) para definir al feudalismo recurre a su comparación con el modo de producción esclavista, y caracteriza al esclavismo como un sistema en el que el esclavista es dueño de los medios de producción y del esclavo, así como de su trabajo.  En cambio al feudalismo lo describe como un sistema en el que el señor feudal es dueño de la tierra y parcialmente también es dueño del campesino siervo. Este debía trabajar para el señor feudal, pero simultáneamente tenía tierra de propiedad personal. El señor feudal tenía derecho de vender y ceder sus servicios, más la ley no permitia matarlo como al esclavo el el régimen esclavista.

Al igual que el anterior autor, Hobsbawm (2011) compara al feudalismo con el esclavismo para comprender su esencia. Caracteriza al esclavismo como un modo de producción en el que el esclavista se apropia de los medios de producción -tierra principamente- y parcialmente del campesino siervo. Además, la dependencia personal implica la ausencia de libertad de cualquier tipo y dependencia de los hombres del campo como anexo de la tierra.


3. Modo de Producción Tributario (MPT)

Rivera Martín (1983) escribe que: "podemos concluir que las sociedades mesoamericanas, tanto las correspondientes a los grandes señoríos de la Triple Alianza [México-Tenochtitlán, Texcoco y Tacuba], como los miembros de esta misma, se encontraban en una etapa de transición entre la sociedad tribal y la sociedad civil tipo moderno, con estratificaciones marcadas y pronunciada tendencia hacia la constitución de clases sociales definidas. En el momento de arribo de los españoles, la estratificación se encaminaba hacia una sociedad con cierta permeabilidad social debido, entre otros factores, al aumento de la producción agrícola y al consecuente incremento de los tributos, así como también la consiguiente redistribución de los productos. De no haber sobrevenido la conquista, el factor de crecimiento de las sociedades mesoamericanas habría conducido al establecimiento de una sociedad con expansión en el intercambio de productos, basado ya no solo en los tributos sino en el comercio, donde no se puede suponer el verdadero establecimiento de un sistema monetario y el perfeccionamiento de la comercialización de la tierra y sus productos". La base económica en que se basaba la transición de la comunidad tribal a la sociedad clasista, era el surgimiento de la propiedad privada, la cual ya existía en la Triple Alianza representada por la propiedad del Tlatoani y de la nobleza; las cuales coexistían con la propiedad comunal. Aunque Carrasco (1985) argumenta que en realidad los gobernantes procedían de la nobleza poseedora de tierras propias y que para poder desempeñar los cargos los dirigentes políticos, particularmente al Tlatoani se le asignaban tierras por el común de la población, es decir, era una forma de remuneración por el cargo desempeñado. Así pues, solo existía la propiedad privada de la nobleza y la propiedad comunal (callpullalli). En conclusión, dice Carrasco que "el régimen de la tierra demuestra que dominaba la distribución políticamente determinada de este medio fundamental de producción. A cada estamento, a cada institución y puesto público, correspondía un tipo especial de tierras destinadas a sostener a sus poseedores en el ejercicio de las funciones de ellos requeridas en la organización política. El dominio político de la distribución de la tierra era lo suficientemente firme para permitir que herencia y ventas, efectuaran cambios y reajustes dentro del marco políticamente definido. Lo más importante en la organización económica del México antiguo era el hecho de que había una economía dirigida y regulada por el organismo político. La base de la economía era una estructura de dominación definida por la existencia de dos estamentos fundamentales: los nobles (pipiltin), que formaban, la clase dominante que controlaba los medios materiales de producción, y los plebeyos (macehualtin), que eran la clase trabajadora dependiente económica y políticamente de la nobleza. Los medios fundamentales de producción estaban controlados por el organismo político. La rama más importante de la producción era la agricultura, que producía no solo alimentos sino también materias primas para muchas artesanías. Entonces los medios de producción fundamentales en esa economía eran, por una parte la tierra, y por la otra el trabajo. Tanto tierra como trabajo estaban controlados por el mecanismo político. El trabajo también estaba administrado por el organismo político. Todo individuo en el México antiguo tenía la obligación de dar su tequitlTequitl quiere decir oficio, trabajo o tributo: se puede decir que es la obligación de todo individuo de contribuir con algo a la sociedad. El Tlatoani, el rey, tenía su tequitl que era el gobernar; un sacerdote daba su tequitl, el servicio religioso; el tequitl del guerrero era batallar, etcétera; todos daban su tequitl. Tratándose de la organización de la economía, lo fundamental era el tequitl aportado por la gran masa de la gente común -los productores- para el sostenimiento del Estado en su totalidad o de los miembros de la clase dominante de quienes dependían. A cambio de usufructuar una parcela para su sustento, el macehual tenía que pagar tributo en especie y en trabajo. En resumen, se puede concluir que en el México antiguo la producción estaba organizada sobre la base de la distribución políticamente determinada de los medios de producción, o sea tierra y trabajo: tierra dada al macehual para que se sustentara y aportara tributo y servicios personales; tierra dada a instituciones y miembros del estamento gobernante con el derecho a exigir tributo y servicios de los macehuales. La clase dominante, por lo tanto, estaba organizada como personal gobernante y recibía sus ingresos como tributo. Todo el excedente económico tomaba la forma de tributo". El autor citado considera que la economía del México antiguo, puede describirse como una variedad del modo de producción asiático, cuyas características, también las sintetiza, tal como las esbozó Marx: 1) comunidades campesinas auto-suficientes que organizan la producción para el mercado interno, más un excedente que se paga como tributo al soberano; 2) despotismo, o sea, poder absoluto o arbitrario del soberano; 3) sumisión política de toda la población lo que indujo a Marx a concebir el modo de producción asiático como "esclavitud general" (en contraste con la esclavitud clásica en la que el esclavo era propiedad privada de ciudadanos libres); y 4) obras de riego y control de aguas como base material que en manos del Estado explica la concentración del poder. En este sentido, lo esencial del modo de producción asiático es "la organización política de la economía, en la que los medios materiales de producción están controlados o reglamentados por el Estado y las relaciones de producción son relaciones políticas y constituye parte de la organización estamental de la sociedad. La concentración del poder económico y político en manos del Estado es lo que conduce al despotismo".

En sentido similar se pronuncia Florescano (1986) al escribir que la mano de obra utilizada en la agricultura como principal actividad económica estaba condicionada  a “la disponibilidad de grandes cantidades de energía humana, una característica del llamado “despotismo asiático”, llevó a los grupos dominantes a crear complejos sistemas administrativos dedicados a organizar y dirigir la fuerza de trabajo, de manera de armonizar el calendario agrícola –que determinaba la ocupación de la mayor parte de la energía humana en épocas fijas- con las necesidades del aparato administrativo, militar y ceremonial. Así, la especialización temporal que imponía el calendario agrícola (épocas de roza o quema de los campos, siembra, deshierbe y cosecha), se adaptó un calendario administrativo, religioso y ceremonial, creado por los grupos dirigentes, de manera que durante todo el año tenían ocupados a los macehuales u hombres comunes, desempeñando diversos trabajos en tiempos y lugares precisos. Este sistema conocido en los tiempos coloniales con el nombre de cuatequitl, administró centralmente la fuerza de trabajo disponible en un territorio y en épocas determinadas, mediante la organización en cada jurisdicción territorial de cuadrillas de trabajadores encargadas de cumplir tareas definidas (tequitl o tequio en el español de la colonia), por períodos también determinados, los cuales eran sustituidos por otras tandas de trabajadores organizados en la misma forma, de manera que “por su tanda y rueda” toda la fuerza activa de los pueblos se aplicaba a las tareas asignadas por el sistema central…el cuatequitl era un sistema laboral que maximizaba la disponibilidad de enormes contingentes de energía humana, pues tomando sólo una parte pequeña de la población trabajadora de cada barrio o jurisdicción territorial, lograba reunir grandes contingentes de trabajadores que, coordinados en tiempo y lugar, podían realizar tareas gigantescas en un tiempo relativamente corto, sin que los barrios y provincias que aportaban los trabajadores disminuyeran o suspendieran sus actividades rutinarias. Al igual que el tributo o el reclutamiento de hombres para el ejército, el cuatequitl era una forma de extraer, de manera regulada y periódica, el excedente de energía humana de las aldeas, para aplicarlo luego concentradamente en las áreas estratégicas que seleccionaba el grupo dominante. Actuaba como un sistema gigantesco de concentración y redistribución de la energía humana, que aunque beneficiaba sobre todo al sector dirigente y a los centros políticos dominantes (cabeceras de los señoríos y centros ceremoniales y administrativos), también se aplicaba a obras de beneficio común: calzadas, caminos, obras hidráulicas, terrazas de cultivo, desmonte y ampliación de áreas agrícolas, graneros, edificios públicos, etc.)…En este sistema la religión desempañó una función muy importante, ya que “la mentalidad religiosa rural, y la ideología religiosa al servicio del Estado, concebía  a los elementos de la naturaleza como una manifestación de los dioses o como habitados por dioses y fuerzas sobre-naturales: de ahí que todas las actividades relacionadas con la naturaleza, y particularmente con el ciclo agrícola, estuvieron rodeados de actos propiciatorios y ceremonias religiosas, de tal manera que el trabajo agrícola era también un ritual cargado de sentido religioso. Roturar el suelo, sembrar las semillas, limpiar los cultivos y cosechar los frutos, eran para el campesino actos religiosos en los que su actividad se unía a la de los dioses de la renovación y la fecundidad”. Tanto el trabajo como la producción eran colectivos. “Tanto los sistemas de trabajo como los medios de producción –hombres, tierra, materias primas-, como el fin mismo del trabajo…eran producir bienes para satisfacer necesidades colectivas”. En este sentido, “también la apropiación de una parte del producto social por los grupos dirigentes no se hacía individualmente, sino en tanto funcionarios o representantes de la colectividad. Y aun esta apropiación del producto social por el grupo gobernante no se hacía sin antes dejar al calpulli o las aldeas, la parte necesaria para su reproducción…todo aumento importante de los tributos o de las cuotas de trabajo ocurría por agregación, por conquista y sujeción política de nuevos pueblos, no por cambio o mejoría de las condiciones internas del sistema. Así, en los últimos tiempos del dominio azteca, más que un desarrollo de las fuerzas productivas hubo un proceso continuo de conquistas que agregaron nuevos tributos y recursos humanos a los ya disponibles”.

Para Semo (2004) también la formación social mexica se asemejaba al modo de producción asiático y para liberarlo de cualquier implicación geográfica lo identifica como Modo de Producción Tributario (MPT), el cual fue más común en el extremo Oriente, en los países islámicos, en México y Perú; se caracteriza: 1) por la inexistencia o la extrema debilidad de la propiedad privada de la tierra, ya sea ésta de origen noble o campesino. Las tierras es del Estado, la comunidad agraria o incluso, en algunos casos, de la tribu, pero no privada; 2) tanto a nivel de la nobleza como de los plebeyos, el individuo no ha roto el cordón umbilical que lo une a la comunidad. Sólo a través de ella puede tener acceso a la tierra y a otras prerrogativas económicas; 3) la nobleza carece de poder propio. Sus miembros son funcionarios del Estado central y reciben del monarca la mayor parte de sus privilegios; 4) el monarca, que frecuentemente se identifica con una deidad o cumple altas funciones sacerdotales, acumula un poder enorme sustentado en la concentración de funciones políticas, económicas y religiosas que involucran poblaciones numerosas; 5) el Estado acrecienta su poder mediante la realización y mantenimiento de grandes sistemas de riego o, en su defecto, de importantes obras públicas (como las que necesitaba permanentemente Tenochtitlán) o en el mantenimiento de numerosos ejércitos imperiales, tareas que no pueden asumir pequeños señores feudales; 6) el sistema produce una extensa burocracia profesional que se encarga de administrar el tributo y el imperio; 7) en la medida en que existen, los comerciantes a distancia son también dependientes del Estado. Más que aliados y/o competidores, son un apéndice, un complemento de éste, sin posibilidad alguna de constituirse en poder autónomo. La iniciativa individual del comerciante es debilitada por la rigidez de sus gremios y el carácter hereditario de la profesión. El MPT es una estructura que combina relaciones comunitarias con relaciones de clase, en las cuales la explotación económica y el dominio político están ya presentes. Una definición más "estatista" sería: "la combinación de la actividad productiva de las comunidades aldeanas y la intervención económica de una autoridad estatal que explota a éstas al mismo tiempo que las dirige". La "unidad superior"...puede ser identificada con esa forma del Estado. El MPT aparece frecuentemente en la transición de las sociedades agrícolas igualitarias a las sociedades de clase. En él, las aldeas agrícolas son sujetas al poder de un grupo reducido de individuos que representan una comunidad superior. Este poder se constituye en el ejercicio de funciones religiosas, políticas y económicas por medio de las cuales esa minoría acaba sometiendo a las comunidades dispersas en nombre de una unidad superior, verdadera o imaginaria. Lo que sigue es que el carácter comunal de la propiedad de la tierra en la aldea queda paulatinamente condicionada por el derecho inmanente del rey sobre ella. Para Marx, el modo de producción asiático responde a la necesidad de llevar a cabo grandes proyectos económicos y que superan los medios y la capacidad productiva de las comunidades aisladas o los señores feudales. Es en ese contexto en el cual surge un poder central fuerte, que Marx denomina "despotismo oriental". La existencia de esos proyectos determina la concentración del poder en manos de un monarca absoluto que se apropia de ese excedente que toma la forma de tributo. En un principio la aparición del MPT se asocia con la aparición de las grandes civilizaciones de Egipto, India, Mesopotamia y China y representa un desarrollo brillante de todos los aspectos de la civilización: nuevas tecnologías en la agricultura, la arquitectura, avances en el comercio, la escritura, las matemáticas y el derecho. Con el tiempo, la coincidencia de las estructuras comunitarias y las relaciones de clase se vuelven una fuente de estancamiento que sólo pueden superar la consolidación paulatina de la propiedad privada y la producción para el mercado. En algunos casos la propiedad privada de los nobles sobre la tierra, la aparición de siervos que trabajan en ellas, el desarrollo de la producción para el mercado y el dinero se abrieron camino, reduciendo la importancia de la comunidad, el tributo y el poder despótico del monarca, al permitir el paso a una formación social de tipo feudal. El MPT y el feudalismo no son sociedades excluyentes. Pueden darse en el mismo escenario en forma sucesiva o simultánea y en un orden inverso, pero eso no disipa las profundas diferencias que las separan. Una sociedad determinada puede tener elementos de ambas, pero si se considera un período prolongado sólo uno de ellos puede ser dominante. A veces nuestros conocimientos históricos nos impiden resolver este problema, pero es difícil concebir una coexistencia pacífica indefinida entre ambas modalidades de organización pre-capitalista. La existencia de un Estado despótico que controla la división del trabajo, la producción y la distribución en el ámbito imperial, excluye la dispersión del poder político y económico del feudalismo. La relación entre comunidades e individuo es invertida, y la ciudad burguesa, tolerada por el feudalismo, es lo opuesto del comercio paraestatal del MPT. Existen evidencias irrefutables de que la sociedad mexica era una combinación de relaciones comunitarias y propiedad privada, en la cual las primeras jugaban claramente un papel dominante. Tanto entre los macehuales como entre los nobles [pipiltin], para tener acceso a la tierra había que pertenecer a la comunidad, ya sea campesina o a esa "comunidad superior" que conforman el Estado y la nobleza adscrita a él con el huey tlatoani en su cúspide. La pertenencia a la nobleza mexica está fijada por los valores políticos y reforzados por múltiples privilegios de rango. En Tenochtitlán, los artesanos y comerciantes tenían sus propios calpullis, y los segundos estaban organizados en una corporación gremial que normaba estrictamente las actividades de cada individuo. La propiedad privada, la autonomía individual, las relaciones contractuales y las relaciones de explotación y dominación están sumergidas en el mundo de las lealtades y funciones comunitarias y familiares en todos los estratos. El impacto de esa herencia prehispánica había de hacerse sentir durante mucho tiempo, frenando el surgimiento de iniciativas individuales y la consolidación de instituciones, ligadas con el capitalismo. Durante el primer siglo de historia colonial, algunos rasgos de la Corona española y el sistema colonial, en lugar de debilitar, refuerzan los elementos del modo de producción tributario existentes en la sociedad indígena. Un Estado burocrático extrae tributo de las comunidades indígenas, sin abocarse a destruirlas. En cierta medida, se produce una continuidad socio-económica reflejada en la legislación española sobre la comunidad y las repúblicas de indios. Al mismo tiempo la colonia produce los elementos de la modificación del modo de producción tributario: La integración de México a la economía-mundo europeo naciente y el desarrollo de los grandes latifundios privados".

 
4. De la Encomienda al feudalismo (1521-1550)

Soto y Gama (2002) cita a Bernal Díaz del Castillo, quien describe la organización de la expedición de Cortés y sus promesas para convencer a sus acompañantes: “Les anunció el objeto de la expedición, les habló del rey de España en cuyo nombre ella se haría, y a todos los que en ella participasen, les ofreció, de modo expreso y sin ambages, sus partes del oro, plata y joyas que se hubiese, y encomiendas de indios”.

El mismo autor descrito cita una carta de Cortés dirigida a Carlos V del 15 de mayo de 1522: “Por una carta [anterior] mía hice saber a Vuestra Majestad […] que a esa causa me parecía grave por entonces, compelerles (a los naturales de estas partes) a que sirvieran a los españoles de la manera que los de las otras islas; y que también, cesando aquesto [el trabajo forzado de los indios], los conquistadores y pobladores de estas partes no se podían sustentar. Y que para no constreñir por entonces a los indios, y que los españoles se remediasen, me parecía que Vuestra Majestad debía mandar que de las rentas que acá pertenecen a Vuestra Majestad fuesen socorridos para su gasto y sustentación […] Y después acá, vistos los muchos y continuos gastos de Vuestra Majestad […] y visto también el mucho tiempo que hemos andado en las guerras, y las necesidades, y deudas, en que a causa de ellas todos estábamos puestos; y sobre todo, la mucha importunación de los oficiales de Vuestra Majestad y de todos los españoles, y que de ninguna manera me podía excusar, fuéme casi forzado depositar (es decir, dar encomienda) los señores y naturales de estas partes, a los españoles, considerando en ello las personas, y los servicios que en estas partes a Vuestra Majestad han hecho, para que en tanto que otra cosa mande proveer, o confirmar esto, a quien estuvieren depositados, lo que hubieren menester [los españoles] para su sustentación”. Y tan luego como se establecieron las encomiendas, Cortés “se apresuró a tomar para sí y para sus inmediatos allegados, las mejores tierras, con el mayor número de indios encomendados, a tal grado que llegó a tener veintitrés mil vasallos y que, no conforme exigió que se computasen, no individualmente, sino por cabezas de familia”.

Blanco y Romero (2004) explican que “el control y la explotación iniciales de las poblaciones sedentarias del centro y del sur, muchas de las cuales habían pagado tributo a los señores y reyes mexicas en la época Prehispánica, se llevó a cabo mediante la encomienda. Esta consistió en el goce de un impuesto que la Corona cedía a ciertos particulares españoles en compensación por determinados servicios, fundamentalmente por la evangelización de los naturales. Los indios de encomienda continuaron siendo productores campesinos radicados en su poblado, que de manera forzada y temporal realizaban tareas múltiples para el encomendero. La encomienda aparece así delineada como una adjudicación de la fuerza de trabajo indígena o de parte del producto cosechado en el territorio de los naturales. De hecho, en la práctica la encomienda remplazó al antiguo tributo imperial y hasta 1550, período en el que, tuvo peso dicha institución, las formas del tributo dentro de los señoríos conservaron sobre toda la forma prehispánica”.

Las mismas autoras citadas comentan que a lo largo del siglo XVI la encomienda se debilitó y fue colocada bajo el derecho real. La legislación de la reforma de 1542-1543 prohibió la posesión de encomiendas. Esto produjo la confiscación de la encomienda Tenayuca-Coatepec, propiedad del tesorero Juan Alonso de Sosa. En 1549, después de la primera epidemia seria que redujo a una tercera parte la población indígena del valle, la Corona dispuso que los encomenderos siguieran recibiendo el tributo, pero ya no permitió disponer de la mano de obra de indígenas que les estaban asignados”. Las principales formas establecidas durante la conquista para suministrar mano de obra perdieron vigencia en la segunda mitad del siglo XVI. “La encomienda quedó reducida a una renta en moneda y maíz.

Florescano (1986) explica que “la implantación de la encomienda, la institución que obligó a los indios a dar tributo en especie y servicios personales a los conquistadores, desmanteló primero el antiguo sistema de extracción de la energía humana de los pueblos y luego lo adaptó, introduciéndole profundos cambios cualitativos, acordes con las necesidades de la colonización española. La conquista cambió el complejo sistema que habían elaborado los aztecas y sus aliados de la Triple Alianza para captar los tributos y la energía humana de los pueblos sometidos: en lugar de mantenerse la administración centralizada del tributo y del cuatequitl, los conquistadores optaron por el reparto individual de los pueblos, asignando a cada conquistador cierto número de pueblos y tributarios…El reparto individual entre los conquistadores del tributo y la fuerza de trabajo indígena cortó de tajo la recreación del sistema de producción indígena, pues significó la destrucción de la administración política central que antes asignaba y organizaba la tierra, el trabajo y la redistribución de los bienes, bases que sostenían la reproducción general de las formas de producción nativas. De golpe las unidades productivas de cada aldea, barrio o jurisdicción territorial perdieron su vinculación con el sistema central que las unificaba y las reproducía globalmente y quedaron desarticuladas, cortadas de sus antiguos centros políticos, sometidas a las demandas e intereses del encomendero que les había tocado en suerte. Si la conquista [militar] destruyó a la clase gobernante que dirigía a la Triple Alianza [Mexicas de Tenochtitlán, Acolhuas de Texcoco y Tepanecas de Tlacopan], la encomienda pulverizó al antiguo sistema estatal que administraba globalmente el tributo y los excedentes de energía humana que cada grupo étnico, retrocediendo a las aldeas campesinas a una etapa anterior a la aparición de los organismos políticos que dominaban extensas áreas territoriales. La familia y las relaciones de parentesco y reciprocidad entre las familias de una misma aldea, volvieron a ser las bases de la organización económica y social campesina. Arrasado el poder central que aseguraba la reproducción global de las familias y grupos campesinos, y coaccionados éstos a tributar productos y servicios personales a los conquistadores, todas las poblaciones indígenas comenzaron a sufrir un proceso irreversible de desgaste y debilitamiento que las incapacitó para auto-reproducirse a la manera antigua. El tributo principal forma de extraer el excedente de los pueblos, se modificó totalmente al transformarse en encomienda: cambió su monto y periodicidad, los recursos para producirlo, las personas obligadas a tributar, y se transformó su naturaleza misma, pues de ser para los indígenas un tributo en valores de uso, en manos de los españoles se convirtió en un tributo en mercancías y energía humana creadora también de mercancías…Así, el proceso de destrucción del antiguo sistema de organización del trabajo y sustracción regulada del excedente de los pueblos, y al progresivo debilitamiento del sistema de autosuficiencia y reproducción de los grupos indígenas, en la década de 1530 la comercialización de la economía agregó la pérdida del sentido antiguo del trabajo. Por primera vez en su milenaria historia el indígena cultivó la tierra, extrajo metales, edificó casas, construyó caminos y levantó templos con propósitos extraños, ajenos a sus motivaciones sociales y culturales, de manera forzada y sin gratificación social o personal. El acto de trabajar perdió su sentido ritual y religioso, dejó de ser una forma de comunión con las divinidades y fuerzas sobrenaturales que generaban la vida y se convirtió en una acción gratuita, sin sentido, extenuante y aterradora. El producto del trabajo no tuvo más el fin del contribuir al sostenimiento de la colectividad y de alimentar a los dioses que la protegían. Por el contrario, gran parte de los bienes que producía el indígena le fueron arrebatados para beneficiar a los hombres que destruían sus formas tradicionales de vida y atentaban contra su existencia…”




5. Modo de produccón feudal

5.1. Repartimiento forzado de la mano de obra (1551-1632)

Florescano (1986) escribe que “entre 1530 y 1542 miles de indios reducidos a la condición de esclavos por oponer resistencia a la dominación española, o por ser mayeques, terrazgueros o esclavos de los antiguos señores de la tierra, más un reducido número de esclavos negros importados de África, formaron la fuerza de trabajo permanente de las primeras explotaciones mineras, ingenios azucareros y obrajes que crearon los españoles. A estos miles de indios esclavos se sumaron los indios de encomienda, que en éstos años eran muy numerosos, pero que solo prestaban servicios estacionales a los encomenderos: cumplidas sus tareas regresaban a sus pueblos, donde permanecían el resto del año, renuentes al contacto traumático con el español. Por eso los encomenderos tuvieron que combinar en las primeras empresas, el trabajo permanente de los esclavos con el servicio estacional de los indios de encomienda y la extracción de los recursos de los pueblos para producir las primeras mercancías…En su inicio la sociedad colonial la base que sostenía a la empresas españolas, eran trabajadores y en su mayoría eran esclavos indios que los pueblos de encomienda daban a los encomenderos como parte del tributo, aunque también era frecuente que los encomenderos los poseyeran como botín de guerra, y entre 1530 y 1540, que fueran adquiridos por compra. El segundo componente de peso en las compañías españolas eran los alimentos, tanto de los esclavos indios como de los indios de servicio y de los esclavos negros y mozos o supervisores españoles, pero todos estos alimentos procedían de los tributos que daban los pueblos a los encomenderos. A cargo de los pueblos de encomienda corría también, en la mayoría de los casos, la manufactura de herramientas simples, el transporte de alimentos y utensilios de trabajo y la realización de muchas otras tareas en los centros de producción: edificación de chozas, apertura de brechas y caminos, desviación y canalización de corrientes de agua, tala de bosques, acarreo de materiales de construcción, etc. Por último el salario de los administradores, supervisores y trabajadores calificados se deducía de las ganancias, pues estos trabajadores se contrataban a partido con quienes ponían los medios de producción. Es decir, los recursos que daban vida a estas empresas provenían de los pueblos de indios, siendo mínimas o inexistentes las erogaciones en dinero para adquirirlas. Cuando las había, se reducía a la compra de herramientas que no fabricaban los indios esclavos o de encomienda, o a la compra de esclavos, yuntas, ganado o maquinaria para los trapiches e ingenios azucareros, compras que antes de 1540 solo fueron importantes entre los encomenderos que se habían enriquecido explotando a los pueblos indios. Si entre 1521 y 1540 la extracción arbitraria de hombres, alimentos y materias primas de las aldeas campesinas proporcionó a los encomenderos sus primeras formas de acumulación de riqueza, los esclavos indios les ofrecieron la posibilidad de multiplicar esa riqueza mediante la producción de mercancías. Sin estas, o su equivalente en dinero, los encomenderos no podían adquirir las manufacturas, las herramientas y los alimentos que procedían de España. Pero producir mercancías se requerían medios de producción, locales, inversiones y una organización del trabajo radicalmente distintos a la encomienda. En primer lugar, trabajadores de tiempo completo, permanentemente dedicados a la producción. Por eso, ante la imposibilidad de obtener estos trabajadores de la encomienda, los españoles se dedicaron a una verdadera caza de esclavos entre 1521 y 1540. Todas las empresas que acometieron en estos años (lavaderos de oro en los ríos, explotación de yacimientos mineros, cultivo de la seda, obrajes para elaborar telas, ingenios y trapiches azucareros), fueron precedidas o acompañadas por salvajes incursiones de rescate en los pueblos de indios, o por presiones en los pueblos de encomienda para obtener esclavos… En suma, puede afirmarse que hasta 1550 el origen y sustento de las primeras empresas españolas dedicadas a la producción de mercancías fue el trabajo esclavo de los indios, la explotación sin límite de los pueblos de indios, y marginalmente el trabajo esclavo de los negros de África”.

Soto y Gama (2002) analiza el repartimiento forzado de trabajadores y dice, “que al principio fueron sinónimos de encomiendas, poco a poco se fueron distinguiendo y apartando de estas, hasta convertirse en cosa bastante diversa: en la distribución que de cierto número de indios se hacía a un agricultor, hacendado o minero español (aunque no fuese encomendero), para que de ellos se sirviese de modo forzado y casi gratuito, en sus labranzas en esas fincas o en sus minas. El pago que recibía el indio por su trabajo era en verdad irrisorio. Tales repartimientos de indios de hacían también para la edificación de casas, para el servicio de minas y labores en los obrajes, para el transporte de alimentos o mercancías y para diversas obras públicas. El pretexto que sirvió de base a estos repartimientos fue que los indios se negaban a alquilarse voluntariamente (esto es, a trabajar como jornaleros o peones), y que por lo mismo, sino se les obligaba por la fuerza, faltaría el pan, dejarían de explotarse las minas y se desatenderían otros servicios indispensables”.

Blanco y Romero (2004) escriben que “a medida que finalizaba la fase militar de la conquista el suministro de esclavos fruto de las guerras decayó y simultáneamente se reforzaron las leyes que limitaban la esclavización de los indígenas. La Corona creó un nuevo método para transferir fuerza de trabajo indígena a las empresas europeas. Apareció así el repartimiento de indios o cuatequitl. El repartimiento forzoso de indios a las minas se extendió por la Nueva España durante el último cuarto del siglo XVI. El virrey Martín Enríquez lo formalizó en 1570 al disponer “que los indios naturales trabajen la labor de las minas de oro, plata y otros metales y que no solamente lo hagan los que a ello quisieran ir de su voluntad, sino que también se provea cómo de los pueblos comarcanos se repartan los indios que conviniesen respecto de la gente que tuviesen para que vayan al beneficio de ellas según como se reparten para los panes y obras de las iglesias y monasterios […] pagándoles lo que justamente mereciesen…junto con el hecho de que los indios recibían un salario, propició que entraran a formar parte de un mercado, lo cual aceleró el proceso de mercantilización de la economía de la Nueva España.

Florescano (1986) escribe que al unirse la gran catástrofe demográfica de 1545-1547 con las consecuencias de la aplicación de la Leyes Nuevas de 1542, las cuales prohibían la esclavitud de los indios y liberan a estos de los servicios personales –tributo en trabajo-, la naciente sociedad colonial vivió su primera gran crisis… Los trabajadores se volvieron el factor más escaso de la economía colonial y por eso la administración española aceptó y promovió la importación de esclavos africanos. Los encomenderos y colonos culparon de los trastornos a las Leyes Nuevas y renovaron sus peticiones para que se les concediera el reparto perpetuo de los indios, amenazando con desertar de la tierra sino eran satisfechas sus demandas. Frailes, cabildos municipales, mineros y encomenderos entraron en disputa por la escasa fuerza de trabajo disponible y como fuente de tributo…entre 1550 y 1560 se uniformó considerablemente la tasa del tributo, fijándose una cuota a cada individuo de un peso y media fanega de maíz al año, y se acordó no variar las tasaciones en forma arbitraria, sino mediante visitas periódicas de funcionarios y ante la presencia de los afectados…Pero sin duda la transformación más importante que sufrió el tributo fue su conversión de tributo en especie y en trabajo a tributo en dinero…La supresión de la renta en trabajo (servicios personales gratuitos de los indios a los encomenderos) y la transformación del antiguo tributo en múltiples especies por un tributo pagado en dinero principalmente y en productos agrícolas (maíz y trigo sobre todo), significó el abandono definitivo de la renta en productos agrícolas y su sustitución por la renta en dinero. De hecho, al abolir el servicio personal gratuito de los indios y obligarlos al mismo tiempo a pagar gran parte del tributo en dinero, la Corona española estaba coaccionando a los indios a trabajar en las empresas españolas, a cambio de un jornal, para pagar con este sus tributos. Esta decisión de la Corona se materializó en el repartimiento forzoso de trabajadores, la nueva forma de reclutar y distribuir a los trabajadores indígenas que sustituyó  a la encomienda. Suprimidos en 1549 los servicios personales de la encomienda, se intentó en 1550 implantar un sistema de trabajo mediante el cual los indios se alquilaran a jornal en las explotaciones españolas, disponiendo el uso de la fuerza si no la hacían voluntariamente. Y como aquéllos no aceptaron voluntariamente abandonar sus pueblos para ir a trabajar en las extrañas actividades españolas, fueron obligados a hacerlo de manera compulsiva. A partir de estos años y hasta 1630 se generalizó este sistema conocido como cuatequitl o repartimiento forzoso de trabajadores, destinado a apoyar las explotaciones agropecuarias y mineras principalmente. Empleando la compulsión se obligó a cada pueblo de indios a proporcionar el 2 o el 4% de su fuerza activa de trabajo en tiempos normales, y el 10% en épocas de escarda y cosecha. Este porcentaje se repartía en tandas semanales, de manera que cada trabajador servía en promedio tres o cuatro semanas al año, pero distribuidas en plazos cuatrimestrales. Es decir, la Corona revivió el antiguo sistema prehispánico de reclutamiento y distribución de los trabajadores, pero en beneficio de las actividades básicas de la economía española.  A cambio de su trabajo debería pagárseles un jornal que entre 1575 y 1610 varió de medio real a un real y medio (1 peso=8 reales). Así, al despojar a los encomenderos del servicio personal que le proporcionaban los indios, la Corona liberó de la encomienda a la escasa energía humana y la volcó a la promoción de la economía mercantil y de nuevos grupos de mineros y agricultores. Es decir, tomó posición en contra de la renta “feudal” que disfrutaban los encomenderos y a favor de la mercantilización de la economía, porque el trabajo de los indios utilizado a la minería o a las explotaciones agro-ganaderas implicaba también un incremento de la producción de mercancías y de los ingresos monetarios de la Corona por concepto de impuestos. Esta gran transformación de la economía colonial, ocurrida entre 1550 y 1560, cuarenta años apenas después de la conquista, acabó política y económicamente con la encomienda y con la renta en productos agrícolas que suministraba el antiguo tributo. Si para los indígenas el período de la encomienda fue una época de trastrocamiento general, el período de repartimiento forzoso significó su vinculación definitiva al proceso de desarrollo económico dirigido por los españoles, en condiciones de subordinación y explotación crecientes, de debilitamiento y desgaste progresivos. La imposición del nuevo sistema de trabajo introdujo cambios radicales en el pueblo de los indios, sobre todo porque si antes de la conquista y durante el período de la encomienda el indígena producía sus medios de subsistencia y el excedente impuesto por sus conquistadores generalmente en el mismo espacio y bajo las mismas condiciones de producción, en el sistema de repartimiento el trabajo necesario para producir los medios de subsistencia se hizo en las tierras del pueblo, y buena parte del trabajo excedente fuera de él, bajo condiciones de producción diferentes. Bajo el repartimiento eran los funcionarios españoles quienes fijaban los tiempos de trabajo forzado, el salario, las condiciones de trabajo y el reparto de los trabajadores, no las autoridades del pueblo indígena. Estas ya no ejercieron el control pleno sobre la organización del trabajo excedente y además, a partir del repartimiento los indígenas fueron obligados a trabajar en sectores especializados de la economía española (minería, agricultura y ganadería), con medios de producción ajenos. Lo significativo es que bajo el repartimiento los pueblos indígenas asumieron la función de reproducir, con sus propios medios, la fuerza de trabajo que requerían las empresas españolas, y de proporcionar estacionalmente los trabajadores que demandaban las haciendas agropecuarias, las minas, las manufacturas, las obras públicas y las crecientes actividades de los religiosos. Una consecuencia de esta transferencia de trabajadores fue la progresiva pérdida de autosuficiencia del pueblo indígena. La extracción constante de trabajadores impidió a los pueblos producir lo que antes consumían y esto incrementó su dependencia respecto a los bienes producidos en la economía española. Así, para cubrir lo que dejaban de hacer los indios que iban a trabajar con los españoles, los pueblos se vieron forzados a exigir más trabajo y más producción de sus miembros para compensar estos desequilibrios. Pero gran parte de esta producción tuvo que mandarse al mercado español, tanto para obtener los ingresos necesarios para los pagos monetarios que se le exigían al pueblo en forma de tributo, como para comprar los bienes que había dejado de producir o que le imponía la coacción política de los dominadores. De esta manera la exigencia del tributo en dinero y la obligación de trabajar en las actividades españolas encadenaron a los pueblos indígenas con la economía española. Esta nueva relación puso fin al período de la explotación arbitraria y sin tasa de la encomienda, e inició una forma de extracción regulada y constante del excedente de los pueblos campesinos. Así pues, desde 1550 las características de las empresas españolas se modificaron por la intervención de factores políticos, demográficos y económicos…La prohibición de hacer esclavos indios (1542), la liberación de miles de ellos entre 1550 y 1560, la supresión de los servicios personales de la encomienda (1549) y el derrumbe catastrófico de la población indígena por la gran epidemia de 1545-1547, convirtieron el trabajo indígena en el factor más escaso de la economía colonial, al mismo tiempo que el descubrimiento de las minas de plata en el norte reforzó el carácter mercantil de la economía, que en adelante se concentró en la explotación y exportación de plata…El peligro de que el auge de la producción y de las exportaciones de plata a España se detuviese por la falta de mano de obra indígena se conjuró por la decisión de importar esclavos africanos en cantidades crecientes y por la conversión de los antiguos esclavos indios en trabajadores permanentes de las minas, haciendas y obrajes. Los primeros naborías o indios libres que de manera “voluntaria” decidieron trabajar en forma permanente en las empresas españolas a cambio de un jornal y de medios de subsistencia, fueron estos antiguos esclavos y sus descendientes, es decir, individuos que durante dos o tres décadas se habían acostumbrado al trabajo y al contacto con los españoles y había perdido sus vínculos económicos y sociales con las aldeas campesinas. Los descendientes de estos indígenas, más los esclavos africanos, formaron la planta básica de trabajadores permanentes de las nuevas actividades económicas que cambiaron el destino de la Nueva España”.

5.2. Peonaje por deudas y aparcería (1633-1859)

Florescano (1986) explica que “hacia 1600-1630 todas las nuevas actividades económicas estaban ejerciendo una presión tremenda sobre la fuerza de trabajo indígena. Según Charles Gibson, a fines del siglo XVI el repartimiento se había convertido, en casi todas partes, en un sistema de imposición, abuso y explotación de los trabajadores. La decisión adoptada en 1632 por el virrey Cerralbo de poner fin en 1633 a todos los repartimientos forzados de los trabajadores, con la excepción de los destinados a la minería, disminuyó entonces la presión sobre los pueblos indígenas y la dirigió sobre un nuevo sector de la población. Enfrentados a la escasez y altos precios de los esclavos negros y a las limitaciones del repartimiento forzado, que solo ofrecía trabajadores temporales que volvían a sus pueblos inmediatamente después de terminada su tarea, la nueva población resultado de la mezcla étnica y cultural de indios, negros y europeos, sin bienes y sin arraigo social fue la solución salvadora para los propietarios necesitados de trabajadores permanentes. Una solución ideal, pues ésta nueva población no deseaba otra cosa que alimentos, vivienda y algún vestido a cambio de su trabajo, que era lo único que poseía. La nueva población fue producto de las minas, ingenios, haciendas, obrajes y ciudades que aceleradamente fundaron los españoles a lo largo del siglo XVI, impulsado por un proceso de continua mercantilización de la economía, de explotación de nuevos espacios y recursos y de creación de nuevos mercados. La gigantesca transformación del territorio y de la economía congregó en esos centros a individuos de diversas etnias (indígenas, negros, europeos, asiáticos) y condiciones sociales (esclavos negros, mulatos e indios libres, indios de pueblos forzados a servir temporalmente en las unidades productivas, indios desarraigados de sus comunidades, españoles y europeos sin más bienes que su ambición de hacer fortuna rápidamente, y un puñado de españoles enriquecidos por la previa explotación de los indios y su acceso a cargos públicos), y de ese variado origen y condición social surgió la nueva población mestiza… Lo característico de la nueva población era que carecía de medios de producción propios, que estaban obligados a vender su fuerza de trabajo para poder subsistir, y para ello tenían que ocuparse en las actividades creadas por la nueva economía. Étnica, cultural y económicamente eran mestizos. Este contingente humano, no los indios, formó las filas de los trabajadores permanentes de las haciendas, ingenios, minas, obrajes, talleres y oficios urbanos. Para los propietarios de las empresas casi fue natural incorporar a sus establecimientos a esta nueva población y formar con ello el núcleo básico de trabajadores que mantuvieron ininterrumpida la producción. En primer lugar porque eran los hijos de sus antiguos trabajadores, el saldo humano que dejó la mezcla racial que originalmente congregó en las unidades productivas a los trabajadores de la encomienda, la esclavitud y el repartimiento forzado. En segundo lugar porque estos nuevos hombres eran los mejor capacitados para atender las exigencias de la producción mercantil: muchos habían nacido en las mismas unidades productivas y la mayoría, a diferencia del indígena, estaba adiestrada y adaptada mentalmente al trabajo y al intercambio mercantil. En tercer lugar, era incomparablemente más barato para el propietario alquilar estos trabajadores que comprar esclavos. Solo tenía que  desembolsar unos cuantos pesos por adelantado y ya disponía de un trabajador que podía probar durante meses y retener, si le resultaba bueno, con más adelantos de dinero y ropa. Así surgió la gañanía del peonaje acasillado o de los trabajadores que permanentemente trabajaban y residían en el territorio de las unidades productivas. En 1632 el virrey legalizó este sistema de trabajo que se había expandido en la práctica y suprimió el repartimiento forzado de trabajadores para todas las actividades, con excepción de la minería. En el Valle de México y en todo el centro-sur indígena la supresión del repartimiento forzado de trabajadores afectó sobre todo a cientos de rancheros y dueños de haciendas agrícolas medianas, quienes no pudieron competir con los grandes propietarios en la lucha por atraer y fijar a los escasos trabajadores…Los recursos financieros y el crédito fueron decisivos para atraer trabajadores mediante anticipos en dinero, ropa y otros bienes. Usando estos poderes los dueños de las grandes haciendas agrícolas y ganaderas dispusieron por primera vez de una fuerza de trabajo permanente no esclava durante todo el año. La expansión territorial de la hacienda, que alcanzó uno de los momentos más altos en el período 1560-1630, se consolidó con la conquista de estos trabajadores que a partir de 1580-1630 se fijaron y crecieron en los límites territoriales de la propiedad constituyendo el peonaje acasillado, trabajadores prácticamente sin libertad de movimiento. Con estos trabajadores fijos la hacienda agrícola y ganadera dejó de ser mera “tierra de labor” o “estancia de ganados”, como se le menciona en los documentos del siglo XVI y principios del siglo XVII, para constituirse en una unidad de producción formal, en un espacio territorial permanentemente habitado, con tierras de cultivo y de descanso, trojes para conservar los productos cosechados, casas para los dueños y administradores, chozas para los trabajadores y edificios para las herramientas y pequeñas artesanías. Junto a las construcciones de de la unidad productiva crecieron también las dedicadas a la función social que empezó a desarrollar la hacienda como centro de habitación rural permanente: la capilla o iglesia, la tienda ¨de donde los trabajadores adquirían alimentos y artículos manufacturados (tienda de raya), el corral del jaripeo y los caseríos de los “arrimados”. La explicación más divulgada del peonaje hace descansar el éxito y la vitalidad de esta institución en los bajos salarios y en el procedimiento de endeudar a los trabajadores. Sin embargo, la consideración exclusiva de estos factores y la leyenda negra que crearon los liberales del siglo XIX y más tarde los revolucionarios de 1910, ha hecho olvidar otros aspectos importantes. En el centro y sur del país el origen del peonaje se explica mejor por la tremenda transformación que desquició las bases económicas de los pueblos indígenas y por el intenso proceso de aculturación que afectó a sus pobladores, que por el atractivo del “salario” o de los adelantos en ropa y dinero. Los individuos que a partir de 1580 aceptaron la perspectiva de vivir y trabajar en las haciendas fueron indios que habían servido ya en las labores de españoles bajo el sistema de la encomienda o el repartimiento, indios que habían perdido sus tierras o que habían nacido sin ellas, es decir, indios naborías recién liberados de la esclavitud o producto de la mezcla racial. En suma, indios ladinizados –españolizados-, aculturados, que por causas diversas habían perdido sus lazos étnicos, sociales y culturales con la comunidad de origen. En las haciendas del norte, en los ingenios, en las minas y en los obrajes de las ciudades se observa el mismo proceso con mayor fuerza: los trabajadores que decidieron contratarse permanentemente en estas unidades productivas ni siquiera recibieron el tratamiento de indios, se les llamaba mulatos, gente de “color quebrado”, pardos, morenos, o se usaban otras denominaciones y no la palabra indio, porque física y culturalmente ya no eran identificados como tales…Para los “indios sueltos” –no acasillados-, “indios vagabundos”, mestizos y mulatos, trocar su condición incierta por la de peón de hacienda no era caer más bajo, sino tener el alimento diario, vivienda y un núcleo social donde convivir con otros hombres. No puede olvidarse que bajo el peonaje la administración española no solo perdió el antiguo poder de asignar y distribuir la fuerza de trabajo a través de sus funcionarios, sino que de hecho entregó sin protección a los trabajadores en manos de los propietarios, que desde entonces se convirtieron en amos y “protectores” de los desamparados trabajadores, ahora como trabajadores permanentes y fijos en las haciendas. En lo referente al salario, la información disponible no permite afirmar que los peones acasillados recibían salarios propiamente, ya que lo que realmente percibían eran adelantos en dinero, vivienda, usufructo de las tierras de la hacienda y productos adquiridos en la tienda de raya. En contraste hay testimonios abrumadores que informan que el gasto corriente mayor de las haciendas lo constituía el pago monetario de los trabajadores estacionales. Pero esta retribución, que en el siglo XVII era de dos o tres reales diarios más las raciones habituales de maíz, tampoco puede considerarse como un salario cabal. En primer lugar porque los medios de subsistencia que realmente sustentaban a estos trabajadores provenía de su propio trabajo en las parcelas de su pueblo. Así que la retribución estacional que percibían en las haciendas era un complemento que apenas sería para pagar el tributo, las obvenciones religiosas y algunos artículos manufacturados que les imponían los españoles. Con excepción de los trabajadores estacionales, que eran campesinos con medios de producción propios, los demás tuvieron que aceptar las condiciones salariales y de trabajo que les imponía su contratador. De hecho, solo cuando su número fue muy escaso y las necesidades del propietario extremas, pudieron obtener ventajas mínimas en el salario y en las condiciones de trabajo. Pero en general, sin defensas económicas y con todo el aparato del sistema de dominación presionado sobre ellos, los trabajadores permanentes de las minas, ingenios, ranchos, haciendas y obrajes vivieron lo peor en ese tiempo que construyó una nueva economía y una nueva sociedad sobre sus espaldas. Jurídica y políticamente los trabajadores permanentes fueron los hombres menos libres durante esa etapa colonial, aunque su estatuto legal decía que eran plenamente libres. Apenas atravesaban el umbral de la mina, el ingenio, la hacienda o el obraje, ese estatuto se esfumaba para quedar convertidos en hombres sin libertad de movimiento, recluidos en chozas, barracas y cuadrillas vigiladas, sin más posibilidad de abandonar el trabajo, si las condiciones les eran adversas, más que la fuga. En el centro-sur se mantuvo vigente el repartimiento forzado de los campesinos para la labor de las minas, y aunque en 1633 se suprimió el repartimiento para las demás actividades, esta fue la forma regular para reclutar trabajadores estacionales para las haciendas y ranchos de Nueva Galicia, Oaxaca, Chiapas y Yucatán durante ese siglo, el XVIII y más tarde. En el siglo XVII y la primera mitad del siglo XVIII no puede hablarse, en un sentido estricto, de salarios monetarios efectivamente pagados en dinero, ni de trabajadores que disfrutaban de la libertad de movimiento y de libertad para contratar su trabajo. Lo que si puede decirse es que en comparación con el período de la encomienda y del repartimiento forzoso, una parte considerable de los trabajadores mineros y agrícolas mejoró sus condiciones de trabajo. 

Con todo, si el peonaje o “contratación voluntaria” de los trabajadores a cambio de un jornal resolvió básicamente el problema de las minas, obrajes y algunos oficios urbanos, para las haciendas agrícolas y los ingenios azucareros no fue más que una solución parcial. Estas unidades, además de una planta básica de trabajadores permanentes requerían un mayor número de trabajadores estacionales. De ahí su ininterrumpida relación con los pueblos indios, la única fuente capaz de atender esa continua y extensa demanda. En las regiones norteñas y de nueva colonización, donde no había población indígena numerosa asentada en los pueblos, como en el Bajío, las haciendas agrícolas acudieron a diversas medidas para obtener los grandes contingentes de trabajadores adicionales que se requerían en las épocas de siembra, escarda y cosecha. En el siglo XVII los rancheros y hacendados de esta región dieron solución a este problema a través de la renta de parte de sus tierras a los campesinos de los pueblos de los alrededores, con el compromiso de estos de trabajar para la hacienda en las labores estacionales. Esta medida se practicó en muchas de las zonas agrícolas de frontera y también en el centro-sur indígena, dando lugar a la formación de los “arrimados”, terrazgueros, medieros y aparceros, o formas de arrendamiento de la tierra que apenas disfrazaban verdaderas relaciones de trabajo. El propietario usaba así su recurso más abundante y barato –la tierra-, para atraer el recurso más escaso y costoso –los trabajadores estacionales-, cuya nómina anual en la mayoría de las haciendas agrícolas representaba el gasto corriente más elevado. En el centro-sur indígena la relación entre haciendas y pueblos indios se concentró alrededor de los trabajadores estacionales y se volvió conflictivo en la medida que se ampliaron los mercados y aumentó la necesidad de producir mayores cantidades de bienes, lo cual significó para las haciendas mayor demanda de trabajo estacional y mayor demanda de trabajadores a los pueblos. Para los rancheros y medianos propietarios, la falta de dinero líquido los obligó a formar sus equipos permanentes de trabajadores con un reducido número de peones y la participación de casi todos los miembros de la familia. Entre los rancheros más pobres el trabajo permanente recayó en la familia, pues solo contrataba jornaleros en las épocas de siembra y cosecha. 

Para evitar también el pago de trabajadores asalariados estacionales los propietarios de medianos recursos acudieron al arrendamiento de pequeñas parcelas, imponiendo al arrendador la prestación de servicios en las temporadas de mayores exigencias de mano de obra. La práctica de “ir a medias”, poniendo el propietario la tierra y a veces parte de la semilla y aperos, y los campesinos el trabajo, también fue común entre rancheros y hacendados de escasos recursos, que así obtenían la mitad de una producción que no podían producir de otra manera. Del mismo modo la aparcería permitió a estos propietarios utilizar en sus tierras fuerza de trabajo que no podían contratar. En fin, la recurrencia a estos sistemas hizo producir tierras ociosas, aumentó los ingresos del ranchero y mediano propietario, llevó campesinos sin tierras a establecerse en las del propietario y creó trabajadores que explotaban al máximo el trabajo familiar.

5.3. Industria artesanal en las ciudades

5.3.1. Los gremios

Florescano (1980) que continuando con una tradiciòn española y mediterránea, las ciudades novohispanas crearon cuerpos privilegiadosartesanos (gremios) dedicados a la producción de objetos preciosos (sederos, bodadores, hiladores de seda, doradores, pintores, escultores, plateros, etc.), o de artìculos de consumo urbano as extendido (panaderos, zapateros, curtidores, carpinteros, herreros, etc.). Regulados por disposiciones rigurosas que elaboraban y supervisaban los cabildos, los gremios formaron una organizaciòn artesanal cerrada (los no españoles tenìan prohibido el acceso a puestos de maestro y oficial), jeràrquica (las ordenanzas definían con detalle las diferencias y funciones de aprendices, oficiales y maestros) y monopólica (la constituciòn de un monopolio impedìa la formaciòn de otro que compitiera con él). Bajo la protecciòn del gremio naciò entonces un importante sector medio y acomodado de artesanos urbanos, polìticamente ligado a los privilegios que disfrutaban las ciudades y dotado de una organización refractaria al cambio, conservadora del monopolio de los maestros y de las habilidades transmitidas familiarmente de generacon en generación. Este carácter conservador se consolidò con la creación de las cofradías, las instituciones religiosas de ayuda mutua que cohesionaron y distinguieron a los miembros  de cada gremio. Junto a estos cuerpos protegidos que aumentaron la división étnica y económica de la población urbana, surgieron los establecimientos que promovieron la producción de manufacturas en una escala mayor y la aparición de un nuevo tipo de trabajadores: los obrajes y los talleres, los centros especializados en la manufactura de tejidos de lana y algodón. Los obrajes de los paños de lana y los talleres de tejidos y telas de algodón introdujeron la maquinaria textil europea (telares y tornos), las técnicas españolas de hilado y tejido, los procedimientos para pintar los hilos y telas con tinturas de origen europeo (añil, y hierba pastel), y la concentración de decenas de trabajadores en un mismo local, que para muchos fue centro de trabajo, casa y prisión. Por ser un resultado de la insuficiencia industrial de la metróli española para cubrir de la demanda colonial, y por no ocupar un lugar estratégico en la polìtica económica española, los obrajes de lana no se beneficiaron del reparto forzado de trabajadores indìgenas, como fue el caso de la mineia y de la agricultura. Con la excepción de la cría d elos gusanos de seda y la fabricación de hilos de seda, actividades que si tuvieron el apoyo de los pueblos indígenas en un período breve (1530-1590), la manufactura textil se asentó en el trabajo de indios naborías, negros e indios esclavos y de delicuentes obligados a pagar sus penas en los obrajes. Las manufacturas textiles se especializaron en la elaboraciòn de paños de lana fabricados en unos 150 obrajes distribuidos en toda la Nueva España, aunque los más numerosos y grandes se concentraron en las ciudades de México (45) y Puebla (35), los centros de mayor población. Los obrajes grandes empleaban más de 100 trabajadores indígenas en las tareas de cardar, hilar, urdir y tejer la lana, dirigidos por artesanos españoles. El trabajo en los obrajes vino a ser una combinación de trabajo forzado, peonaje por deudas y prisioneros, siendo esta última una de las peores formas de coerción extraeconómica y jurídica que agobió a los trabajadores, casi siempre indios, mulatos y mestizos. Los datos conocidos muestran que en la medida en que disminuyó la población indígena y los indios naborías se fijaron en las minas y en las haciendas agroganaderas, los obrajes dependieron más y más de los prioneros, del peonaje por deudas y de la esclavitud de negros y mulatos. Además de los trabajadores del taller (prisioneros, esclavos negros y mulatos e indiso naborías) a formarse un grupo numeroso de trabajadores textiles que laboraban en forma independiente, sea en telares ubicados en viviendas particulares, o realizando diversas partes de la manufactura por encargo de comerciantes o de propietarios de obrajes establecidos. El comerciante o propietario que contrataba a estos trabajadores se ahorraba el pago de raciones y salarios diarios, la construcción de grandes instalaciones y muchos servicios administrativos, pues solo quedaba obligado a pagar la obra que necesitaba y demandaba, a los precios que él fijaba. El crecimiento en las ciudades grandes y medianas de de población mestiza sin tierra y sin trabajo fijo, y el progresivo control que fue adquiriendo el comerciante sobre la circulación de mercancías y el crédito a la producción, determinaron el nacimiento de este tipo de trabajadores textiles ajenos al obraje y al taller. Estos trabajadores y la intervención de los comerciantes en la producción textil resolvieron la contradicción creada por el aumento de la demanda de textiles y la incapacidad del obraje y el taller artesanal para transformarse en centros fabriles dedicados a producir en gran escala. Así, la limitación productiva del gremio y la incapacidad económica del artesano para convertirse en empresario, dejaron el campo libre al comerciante para invadir la esfera de la producción, bien como propietario de obrajes, como socio capitalista de los maestros artesanos, o más frecuentemente como habilitador del crédito y de materias primas, todo lo cual lo convirtió en receptor de los productoos terminados.

En fin con la generalización del peonaje por deudas y la aparceia, el feudalismo se convirtió en el modo de producción dominate en el México colonial. En este sentido se expresa Semo (1981) al escribir los rasgos principales de la naturaleza del feudalismo mexicano:

a). A diferencia del Modo de Producción Tributario prehispánico, los medios de producción fundamentales son de propiedad privada.

b). Los trabajdores en su mayoría están sujetos a la coacción extra-económica. Están ligados a los dueños de la tierra por medio de relaciones de servidumbre de diversos tipos.

c). Las heciendas tienen un sector importante de economía natural y están ligadas, casi siempre, , solo con el mercado local. Frecuentemente las pequeñas minas, ingenios y obrajes están integrados a la economía de la hacienda, dentro de la cual obtiene sus insumos.

d). La artesanía está dominada por un rígido sistema gremial de carácter cerrado, jerárquico y monopólico.

e). La iglesia -principal teniente corporativo- desvía hacia fines no productivos una importante proporción del producto excedente.

f). El capital comercial está intimamente ligado con la propiedad de la tierra.

g). El capital de préstamo (usurero) está en su mayor parte en manos d euna corporación conservadora: la iglesia.


6. Decadencia del feudalismo

Semo (1981) argumenta que el modo de producción feudal implantado por la conquista española, no se presentó en forma pura. En su se formando un capitalismo embrionario representado por las grandes minas que su su régimen interno, su función social y su vículo con el mercado internacional, fueron botes de capialismo incipiente. Asimismo, algunos ingenios azucareros, estancias y obrajes adquirieron naturaleza capitalista. Además el capital comercial alcanzó un alto nivel de desarrollo -sobre todo en los grandes centros mineros- penetró en la producción.

En la segunda mitad del siglo XVIII se produjo un salto en el desarrollo del capitalismo en México resultado de reformas de naturaleza liberal-burguesa, impulsadas por la dinastía de los borbones en la metrópoli española y extendidas a sus dominios coloniales.

6.1. Reformas borbónicas en la segunda mitad del siglo XVIII

Mariño (1986) explica, que la política colonial española durante el siglo XVIII con el arribo de los Borbones al poder, manifestaba una grave contradicción, por un lado, ante el empuje del desarrollo capitalista y el avance de teorías liberales, afloja los rígidos lazos coloniales y trata de modernizarse, pero por otro, frente al temor de perder los territorios dominados, aumenta el control y la represión sobre ellos. En pocas palabras, las reformas borbónicas significaron para la Nueva España una mayor sujeción, pues nunca como entonces fue tan patente su status colonial y su dependencia respecto a la metrópoli. La iglesia resintió el embate de la política borbónica desde las primeras décadas del siglo XVIII, cuando se prohibió la fundación de nuevos conventos en los territorios coloniales (1717), posteriormente se dispuso que no se admitieran más principiantes -novicios-  por un lapso de diez años (1734) y en 1754 se proscribió la intervención de las órdenes religiosas en la redacción de testamentos; pero es especialmente a partir de 1760 cuando las disposiciones que afectaban al clero se tornan más violentas. La Compañía de Jesús, la orden que tenía mayor influencia en la educación superior y que se caracterizaba por su gran riqueza y su independencia respecto al poder real, en 1767 fue sorpresivamente expulsada de todos los dominios españoles en América y sus bienes fueron confiscados a favor de la Corona en 1776. Años después en 1804, se dictó la Real Cédula sobre enajenación de bienes raíces y cobro de capitales de capellanías y Obras Pías para la consolidación de vales reales, que disponía que se entregara a la Corona, como préstamo, el capital que se obtuviera de la venta de los bienes raíces de la iglesia y el capital circulante que poseía; la finalidad era doble, por un lado llevar adelante la política desamortizadora que se aplicaba en la propia España desde 1798, y por otro, minar la base económica de la iglesia. En efecto, en la Nueva  España, la iglesia se vio directamente afectada por tal medida, pero indirectamente dañó numerosos intereses particulares, ya que el capital disponible que poseía esa institución, se encontraba colocado casi en su totalidad en préstamos hipotecarios otorgados a hacendados, agricultores, mineros y empresarios de la colonia, quienes así se veían obligados a redimirlos en un plazo corto para que el capital fuera enviado a España. Por su parte, el poderoso Consulado de Comerciantes de la Ciudad de México, que a lo largo de la dominación colonial había detentado el monopolio del comercio exterior, vio mermados sus privilegios cuando le fue retirada la concesión para administrar las alcabalas de la Ciudad de México (1754) y con la supresión de los alcaldes mayores –sus principales colaboradores– dictada en la Real Ordenanza de Intendentes (1786), proceso que culminó con la liberación del comercio y la aprobación para que se crearan otros consulados comerciales en Veracruz y Guadalajara (1795) y posteriormente en Puebla (1821). La política borbónica, en busca del control y fomento de la actividad minera, procuró crear los medios que permitieran la organización de los propietarios mineros al tiempo que les otorgó privilegios y derechos especiales, sólo comparables, a los que con anterioridad, habían gozado los grandes comerciantes. Así, se crean el Consulado de Minería, el Tribunal General de Minería, el Banco de Avío Minero, se establece el Colegio de Minas y se promulgan las Ordenanzas de Minería, lo que aunado a exenciones fiscales y reducciones importantes en los precios de la pólvora y el azogue –productos básicos para el beneficio de la plata-, causó un fuerte impulso a la minería y, en menor medida, de oro, así como la exportación de estos metales. A pesar del rápido aumento que se registró en la producción minera, persistían grandes obstáculos como la falta de crédito, el empleo de técnicas atrasadas, la escasez de mano de obra calificada y otros; aunque es indudable que el auge minero de fines del siglo XVIII provocó a su vez, el crecimiento y desarrollo de otras actividades como la agricultura, la ganadería y algunas manufacturas. La agricultura se desarrolla y diversifica también en este período pese a las severas limitaciones y prohibiciones que le imponía la política colonial, la cual se interesaba por alentar sólo el cultivo de aquellos productos que fueran complementarios y no representaran competencia para los producidos en la península. Estimuladas por el crecimiento demográfico, minero y comercial, las actividades agropecuarias crecieron notablemente, aunque en forma desigual e inestable. Por su parte, las actividades industriales ligadas al mercado interno, más que estimuladas resultaron frenadas por la rígida política de la Metrópoli que así protegía a los productores españoles y evitaba que en los territorios americanos surgiera competencia para ellos. No obstante, el hecho de que durante largos períodos se interrumpía la comunicación entre España y sus colonias, obligaba a que estas intentaran satisfacer sus propias necesidades y surgían en diversas localidades pequeños talleres artesanales y obrajes que, por lo menos en muchos casos, desaparecían una vez reanudada la comunicación y la afluencia de mercancías procedentes de Europa. Durante el siglo XVIII alcanzaron un grado de desarrollo notable los hilados y tejidos, así como la manufactura de cigarros y cigarrillos, la refinación de azúcar y elaboración de aguardientes, la fabricación de jabón, la curtiduría y otras más. Para 1810 se estima que alrededor de   60 000 personas trabajaban en la manufactura de textiles. Junto al tradicional gremio de artesanos, que era una institución cerrada, de tipo jerárquico y monopolista ya que exigía pureza de sangre a los aspirantes a formar parte del gremio, reservaba los puestos altos para peninsulares y eliminaba la posibilidad de que surgiera otro gremio capaz de competir con él o de que aumentara el número de agremiados para evitar el aumento de competencia interna, se empezó a desarrollar el obraje, llamado adecuadamente el embrión de la fábrica, donde laboraban, por lo general en condiciones deplorables numerosos trabajadores que percibían un salario. El crecimiento de la producción logrado en talleres y obrajes mediante la introducción de nuevas técnicas y cambios en los métodos de trabajo afectó en forma decisiva a la antigua institución gremial que entró en franca decadencia, aunque a su vez la naciente industria manufacturera resintió la cada vez mayor afluencia de mercancías extranjeras. Así pues, la Nueva España vive en la segunda mitad del siglo XVIII un período de cierta apertura y diversificación económica, se desarrollan las fuerzas productivas y hay cambios en las relaciones de producción. En tales condiciones, las diversas actividades compiten entre sí por la utilización de los recursos escasos disponibles, entre los que destacan la mano de obra, la tierra y el capital. Los ligados con el sector externo, como los mineros y comerciantes, recibieron la mayor parte de las utilidades generadas, en tanto que los demás sectores se veían menos favorecidos, por lo que era previsible una recomposición de grupos económicos. Los grandes comerciantes y propietarios mineros estaban entre los sectores más favorecidos por la política borbónica, tenían como fuentes principales de ingreso el comercio exterior, por lo tanto, trataban de mantener esa relación de tipo enclave y eran contrarios a que se rompieran las ataduras con España. Algunos de los integrantes de estos grupos eran al mismo tiempo comerciantes y mineros, o se desplazaban muy fácilmente de una actividad a otra; por ejemplo, cuando se decretó la libertad de comercio, muchos de los poderosos comerciantes invirtieron parte de su fortuna en la minería y continuaron desempeñando ambas funciones. Por otra parte, entre ellos lo mismo se encontraban fuertes grupos de peninsulares, así como poderosas asociaciones de criollos; en realidad, entre las familias privilegiadas nunca fue patente la contradicción entre criollos y peninsulares que si se expresaban entre otros niveles socio-económicos. Otro de los grupos cuya suerte estaba en función de que continuara la dependencia respecto de España era la burocracia política. Todos los puestos superiores, y buena parte de los de nivel medio, de la administración pública, del ejército y del clero se reservaban para peninsulares y en casos excepcionales para algún criollo de las principales familias. Todos ellos recibían beneficios especiales y prebendas de la Corona Española, por lo que compartían con los comerciantes exportadores y grandes mineros el interés por mantener la subordinación colonial. También integraban el sector privilegiado aunque más ligado al comercio interno, lo que los llevaría a tener fuertes contradicciones con la represiva política de la metrópoli, eran los grandes hacendados, los comerciantes, muchos industriales y la Iglesia misma. En la mayoría de los casos las actividades que dependían del mercado interno se veían coartadas por disposiciones de la Corona y, por lo tanto, su expansión era muy difícil.

Aguilar (1986) comenta que en general se conviene en que, más que propiamente una clase, la nobleza o aristocracia mexicana de la época colonial fue una fracción de la clase alta, a la que más que ciertos títulos la distinguió tener más dinero  y propiedades que otros, hechos en una u otra actividad mercantil. Parece claro que la clase alta de México de aquella época estuvo constituida por los propietarios y negociantes más ricos, con o sin títulos nobiliarios, muchos ligados al viejo régimen al que explicablemente defendían –como ocurría con los grandes propietarios, acaudalados comerciantes, altos funcionarios y dignatarios eclesiásticos, y otros, deseosos inclusive de que las cosas cambiaran-, la incipiente burguesía propiamente mexicana que empezaba adquiriendo importancia en el comercio, la minería, la industria y aun en ciertas actividades agrícolas y ganaderas y, que en defensa de sus intereses aceptó casi siempre el orden establecido, pero a la vez se mostraba inconforme y simpatizaba con la independencia política en tanto esta no afectara sus intereses económicos. En el otro extremo de la escala social, las clases bajas consistían en las masas pobres, en los trabajadores, campesinos, artesanos y soldados, principalmente indígenas aunque también mestizos e incluso elementos aislados de origen blanco, en parte insertos en la vieja economía y en la estructura del poder colonial, y en parte miembros ya de una fuerza laboral; es decir, de una masa creciente de trabajadores asalariados ocupados en empresas de diverso tipo, en que pese a todos los obstáculos, empezaba a abrirse paso el capitalismo. El clero y el ejército, no obstante, que a menudo fueron vistos como dos de las clases principales de entonces, en realidad eran dos poderosas corporaciones, la primera religiosa, la segunda civil, en cuyo seno había desde elementos muy ricos hasta empleados muy pobres que sin perjuicio de pertenecer formalmente a una misma organización, en horas de crisis como la Revolución de Independencia militaron en bandos contrarios. El clero y el ejército fueron más que clases privilegiadas, instituciones cuyos miembros gozaron de fueros y privilegios que a fines de la dominación colonial resultaban a todas luces anacrónicos e intolerables. A fines del siglo XVIII parece claro que la liberación de la fuerza de trabajo como condición para explotarla de manera propiamente capitalista, estaba en marcha como un nuevo fenómeno histórico. El trabajo asalariado predominaba en la minería, las principales empresas industriales, el comercio interior y exterior e incluso en ciertas explotaciones agrícolas y ganaderas. Así pues, las reformas borbónicas de naturaleza liberal-burguesas dieron impulso al desarrollo del capitalismo a fines del siglo XVIII.

6.2. Decadencia y fin del feudalismo

Tradicionalmente se ha creido que la decadencia y declinación del feudalismo se debiòn al desarrollo de las ciudades y el comercio aasociada a las mismas, especìficamente entre los productos artesanales y los los productos del campo. Sin embargo, esta concepción deja de lado las contradicciones internas del sistema feudal y prioriza al mercado -factor externo- como fundamenta. Esta opinión tan difundida es criticada por Dobb (1971) y enfatiza en los factores internos del feudalismo como los principales que contribuyeron a su declinación. Sus argumentos son los siguientes:

Un factor fundamenmtal de la decadencia del feudalismo en Europa occidental, y particularmente en Inglaterra, exponente de la crisis del sistema feudal en los siglos XIV y XV, fue la lucha de los pequeños productores para liberarse de las servidumbres de la explotación feudal. El estrato superior de campesinos acomodados que tenía posibilidades de extender el cultivo a nuevas tierras y mejorarlo, era especialmente conciente de estas servidumbres, y fue por consiguiente la cabeza de las revueltas. Estas tendencias fueron ayudadas y ayudaron, a su vez, a la ampliación del comercio y de la producción para el mercado. Pero en la medida en la cual la desintegración del antiguo régimen continuó, y el modo de producción en pequeña escala se vio libre de las servidumbres feudales y de la explotación feudal, el proceso de diferenciación dentro de dicho modo de producción se aceleró; y fue precisamente de este proceso de diferenciación social (con su doble tendencia a formar una clase de campesinos ricos por un lado, y una clase de "braceros" pobres o sin tierra por otra), el que dio lugar al nacimiento de las relaciones burguesas de producción. Pero tanto el proceso de desintegración como el de diferenciación necesitaron tiempo: y por esta razón el nuevo modo de producción no nació totalmente desarrollado del anterior, sino que solo pudo desarrollarse cuando la decadencia del antiguo había alcanzado una etapa bastante avanzada. Parece ser este el momento de recordar una esclarecedora distinción a la que Marx prestó atención, entre lo él llamó los "dos caminos" de la transición. Según el primero de ellos "el productor se convierte en comerciante y capitalista". Este es según él, "el camino verdaderamente revolucionario". Según el segundo, es el comerciante quien "toma posesión de la producción directamente", un camnio que, aunque "sirve históricamente como modo de transición no puede hacer mucho, en todo caso, para derrocar al antiguo modo de producción, sino que más bien lo conserva y se sirve de él"; y eventualmente se conbvierte "por todas partes en un obstáculo para un verdadero modo de producción capitalista".

En México, a pesar de las debilidades del capital industrial, a través de un proceso prolongado y azaroso el capitalismo se abrió paso en el seno del viejo modo de producción feudal, dando la combinación de ambos caminos en la transición del feudalismos al capitalismo con la predominancia del segundo, el màs conservador, ya que fueron los comerciantes los que poseían los recurosos financieros que permitieron apropiarse de la producción.

A pesar del carácter conservador de la consumación de la Revolución de Independencia de México, representó un salto político, que allanó el camino para el surgimiento del capitalismo a mediados del siglo XIX con la Revolución de Reforma liderada por Benito Juárez.


4. Conclusiones

El trabajo es el rasgo esencial de la especie humana y en combinación con los medios de producción –tierra, minas, ganado, etc.- genera los productos para el consumo de la sociedad.

Hace unos 1 000 años a.C. aparecieron las sociedades estratificadas, culminando con la Triple Alianza, en la que aparece el trabajo excedente –tributo- destinado a la clase gobernante. A partir de entonces, la jornada laboral se dividió en dos partes: una dedicada a la producción de bienes de subsistencia indispensables para la reproducción de las comunidades campesinas indígenas; la otra, para producir los bienes destinados a la clase gobernante como tributo.

El modo de producción “asiático” –Modo de Producción Tributario- es intermedio entre la comunidad primitiva, basada en una economía de apropiación directa de lo que proporcionaba la naturaleza, y la sociedad clasista que la relevó, ya que implica, la explotación de la comunidad campesina por la clase gobernante, es decir, existe la explotación social de un grupo por otro. No existe dependencia personal y la explotación es colectiva.

En el Modo de Producción Tributario, el incipiente desarrollo de las fuerzas productivas, determina la naturaleza colectiva del trabajo para la realización de grandes obras públicas, basadas no tanto en la tecnología, sino en el trabajo masivo de las comunidades campesinas. 

El modo de producción que sucedió a la Encomienda –etapa de transición- fue el feudal. En la cúspide del sistema estaba el virrey –dependiente del rey de España- y subordinados a él estaban la Iglesia y terratenientes que conjuntamente poseían en propiedad privada la tierra como principal medio de producción. El trabajo fundamental en las haciendas agro-pecuarias privadas era de los campesinos aparceros –principalmente medieros, arrendatarios-, que desempeñaban las labores más importantes y tributaban en especie y/o dinero al latifundista feudal. Este generalmente estaba subordinado a la Iglesia a través de los préstamos hipotecarios, ya en ausencia de un sistema financiero, era la iglesia la que lo suplía. El modo de producción feudal coexistió con el capitalismo embrionario y subordinado, representado primordialmente por las empresas mineras y obrajes manufactureros.
 

La riqueza generada por el trabajo desde el tributario hasta el peonaje por deudas se concentró en una minoría de prósperos empresarios, dueños de haciendas, minas, comerciantes, Iglesia y obrajes; contrastando con la pobreza de la mayoría de la población trabajadora, situación que se agudizó con la implementación de las reformas liberal-burguesas durante la segunda mitad del siglo XVIII, culminando con la Revolución de Independencia.

A pesar de la Revolución de Independencia y de la Revolución de Reforma que inauguró el nacimiento del capitalismo, el peonaje por deudas que aparec desde la primera mitad del siglo XVII, existió durante toda la época colonial y se prolongó hasta el siglo XX, cuando fue destruido por las reformas cardenistas (1934-1940), principalmente el reparto de los latifundios -haciendas-  a los campesinos, ya sea como dortación de tierras ejidales y restitución de tierras comunales a sus propietarios origirarios. Junto con la desaparición de las haciendas también desapareció la tienda de raya fundamental en la permanencia del peonaje por deudas.



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